
Las acllas (del quechua: akllasqa ‘escogida’) eran mujeres de singular belleza. Se escogían de distintos lugares del Imperio inca para servir al Inca o Inti (el dios Sol). Su preparación se llevaba a cabo en el acllahuasi, donde vivían las mujeres bajo la vigilancia de las mamaconas, aisladas en un servicio de alto honor.
Existían diversos tipos de Acllas; entre las más importantes se cuentan:
Cada año, el gobierno inca enviaba representantes, llamados Apu Panaka, para recoger niñas de ocho a diez años de edad de las provincias como tributo para el estado. Las niñas seleccionadas eran en su mayoría de las clases sociales más altas, con frecuencia provenientes de las familias de líderes provinciales no incas de la clase (curaca), sin embargo, no limitándose a esta. Eran elegidas con base en su belleza, habilidades e inteligencia y enviadas a que fueran formadas en centros provinciales para vivir juntas en complejos de edificios llamados Acllahuasi (casa de las elegidas) que podrían tener hasta 200 mujeres en residencia. Sólo las de más alto estatus eran enviadas a Cuzco para un entrenamiento adicional.
Las niñas eran entrenadas durante cuatro años en temas relacionados con la religión, el canto, la danza, la textilería, la alfarería, la cocina y la preparación de chicha. Luego eran asignadas a deberes religiosos y se convertían en mamakunas (sacerdotisas) o se casaban con hombres de posiciones prominentes. Las más hábiles y físicamente perfectas eran enviadas a Cuzco, la capital del imperio, y podían convertirse en esposas secundarias o concubinas del emperador inca y otros nobles. Unas pocas estaban destinadas a ser sacrificadas en una ceremonia religiosa llamada Cápac Cocha. Se han identificado varios contextos arqueológicos para aclla, específicamente en Huánuco Pampa, incluyendo evidencia recientemente descubierta de una aclla masculina. Su estatus y función en la sociedad se compara a veces con el de los hombres Yanacona.
Las Acllas era un grupo diverso en términos de su funcionalidad en la sociedad inca. El papel social general de las acllas eran dos: los que estaban involucrados con los rituales religiosos y los que se daban a los hombres como esposas. Dentro de estos roles, la asignación de las acllas se dividió por estatus. Acllas de estatus superior (aquellas que se consideraban más hermosas, más hábiles, y que provenían de familias de alto estatus) fueron enviadas al Cuzco al servicio del sol en el Coricancha o eran dadas como concubinas a los incas. Los acllas de estado inferior típicamente se quedaban en sus regiones de origen y eran puestos al servicio de cultos religiosos menores o se convertían en esposas de los nobles locales.
A pesar de las diferencias en cuanto así terminaron, los servicios que prestaban tendían a ser muy similares; las acllas se encargaron de fabricar textiles y cerámica, preparar alimentos y chicha para el consumo ritual, y cualquier otra habilidad que necesiten para ser una buena sacerdotisa o esposa noble. Sus servicios se consideran una base para las concepciones incas de la hospitalidad. Este punto fue dejado claro por Inca Pachacútec quien ordenó la creación y expansión del Acllahuasi con el propósito de fortalecer "la generosidad de la administración".Sin embargo, su trabajo puede incluso haber sido más especializado y matizado que esta comprensión general de su papel. Algunas fuentes sugieren que había muchos tipos diferentes de acllas con títulos específicos. Entre ellos se encontraban las Wayror Akllaq (escogida principal), que servían a Inti y a Quilla (la diosa lunar), las Wayror Akllaq Sumaq que estaban dedicadas a las principales huacas, las Taki Akllaq (escogida ceremonial) cuyo labor era cantar y bailar para alegrar las fiestas de la corte imperial,y las Aklla Chaupi Katikin Sumaq que fabricaban vestimentas y trabajaban en las chacras. Otras fuentes sugieren que pueden haber tenido más responsabilidades de las que normalmente se les atribuye. Debido a su posición única en la sociedad, también pueden haber tenido un papel como escribas.
Las acllas fueron una herramienta extremadamente importante de la artesanía estatal para el Cuzco. Los incas pensaron en gran medida en el sistema de reciprocidad que mantenía su imperio funcionando sin una economía monetaria formal. Redistribuir a las acllas, aunque fuera temporalmente, fue una forma extremadamente exitosa de ganarse la lealtad de aquellos que acababan de ser conquistados por los incas porque confirió estatus a las familias de mujeres seleccionadas y ayudó a generar confianza entre funcionarios y lugareños. El servicio de las acllas también era esencial para establecer la cultura inca en todo el imperio. La mano de obra que proporcionaban en forma de textiles, cerámica y alimentos se utilizaba como donaciones para ayudar a formar alianzas.
Aquellos que recibieron un aclla como esposa también recibieron todas las habilidades que podía proporcionar, lo que le permitía a esa persona un poder significativo.Aunque estas acllas son a menudo considerados como mercancías dentro del imperio, su influencia y significado llegó mucho más allá de un simple elemento para ser negociado. De hecho, muchas de ellas tendían a beneficiarse socialmente de su posición. Por ejemplo, las que estaban casadas con líderes provinciales se les daba su propia tierra y mandaban sobre los obreros que la trabajaban.
Las acllas exclusivamente dedicadas al sacerdocio conferían importancia de manera similar debido a sus habilidades para crear los medios necesarios para los rituales, a saber, la elaboración de chicha que era parte integral de las ceremonias religiosas. Su presencia se observa en el sitio ritual de Huánuco Pampa, donde las estructuras que han sido excavadas sugieren una gran presencia de acllas que tuvo acceso a los extensos almacenes de maíz y grano para hacer chicha. Era importante que estuvieran presentes en el sitio porque la chicha no se podía almacenar durante largos períodos de tiempo; tenía que hacerse más o menos en el acto.
Aunque es menos común, hay algunas pruebas de que las acllas se utilizaron en el sacrificio humano. Esto estaba ligado al sistema de reciprocidad en todo el imperio debido a su significado económico. En un contexto ritual, fueron un sacrificio extremadamente valioso porque representaban la capacidad de tanta riqueza potencial a través del uso de sus varias habilidades. También representaban una conexión entre Cuzco y las regiones periféricas que habían conquistado. La historia de Tanta Carhua es uno de esos relatos del proceso de unir el centro y la periferia.
Los documentos coloniales contienen registro de Tanta Carhua, quien fue sacrificada como Cápac Cocha en su hogar en Ocros. Después de visitar Cuzco y ser honrada por el emperador inca, Tanta Carhua se le acerca diciendo: "Puedes terminar conmigo ahora porque no podía ser más honrada que por las fiestas que celebraron para mí en Cuzco". A su regreso a casa, el padre de Tanta Carhua se convirtió en el curaca de su aillu y Tanta Carhua fue deificada. Su "sacrificio... ritualmente afirmaba el nuevo papel de su padre y de los descendientes de su padre como nexo entre Ocros y Cuzco mientras dramatizaba la subordinación de la comunidad a Cuzco".
El uso de las acllas sacrificadas estaba ligado al parentesco y al mantenimiento de la hegemonía dentro del imperio. La familia de una aclla elegida para el sacrificio se criaría en condición social. Estas acllas en sí honrarían a los principales dioses incas y serían honrados a cambio. Aquellas que no eran sacrificadas en Cuzco podrían ser devueltas a sus propias comunidades y ser sacrificadas allí. Esto crearía un vínculo ritual entre Cuzco y la región local; Cuzco había tomado a un miembro de la comunidad local y los había convertido en un representante del estado central. La aclla sacrificada había sido bendecida por el Emperador y se convirtió en la guardiana de las huacas locales. Esto marcó la entrada del imperio en la tradición y la religión locales.
Los cronistas atribuyen a las akllas el servicio perpetuo y monástico a una divinidad. El padre Antonio de la Calancha atribuye a las acllakuna características propias de las Vestales romanas, relacionando incluso la virginidad con el origen del hilado y el tejido:
“Mientras no se sacaban por orden del Inca, las enseñaban las Mamaconas lo que entre estos indios eran virtudes, entre ellas eran ilar, tejer ricos cumbis que no se los podían vestir, sino sus ídolos o sus Reyes, o quando por insigne premio ellos se los davan a sus governantes o capitanes (...) el tejer enseño Palas (...). El vestirse lanas, inventó Minerva (...) que fue virgen i adorada por casta, de manera que, el retiro de la Virginidad fue el inventor del ilar i tejer”.
De forma semejante, el padre Bernabé Cobo describe a las acllakuna comparándolas directamente con las Vestales: “Las mujeres recogidas y dedicadas al servicio de sus dioses al modo de monjas o de las Vírgenes Vestales de Roma”.
La referencia más temprana sobre el Acllawasi y las Acllakuna aparece en la obra de Francisco de Jerez, “Verdadera relación de la Conquista”, publicada en Sevilla en 1534. Allí menciona una “casa grande, cerrada y custodiada por porteros, que guardaba gran cantidad de mujeres hilando y tejiendo ropa para la hueste de Atabalipa”. Esta descripción coincide con modelos europeos donde, desde el siglo IV, las vírgenes dedicadas a la oración y a labores manuales vivían recluidas en monasterios. Diversos cronistas retomaron esta visión. Bernabé Cobo señala:
“Criábanse allí hasta los catorce años en compañía de las mamaconas que eran las mujeres escogidas recogidas y dedicadas al servicio de sus dioses al modo de monjas o de las vírgenes Vestales de Roma; las cuales enseñaban a estas niñas todas las obras y ejercicios mujeriles, como hilar y tejer lana y algodón, guisar de comer, hacer vinos o chichas”
Por su parte, el cronista cristianizado Felipe Guamán Poma de Ayala emplea categorías cristianas al afirmar: “Son las siguientes casas y depositarios de monjas que había de seis maneras de vírgenes de los ídolos y otras seis maneras de vírgenes comunes”. Dentro de la tradición cristiana, la virginidad posee un carácter sagrado y los votos de castidad eran indispensables para ingresar a la vida monástica. Bajo esa lógica, las Acllas fueron reinterpretadas como “vírgenes” consagradas al “servicio de sus dioses”.
La influencia de las Vestales romanas resulta aún más evidente en la crónica del “jesuita Anónimo”, atribuida a Blas Valera: “Y si cuando ellas pasaban por la calle acompañadas de sus criados y guardase acogía a ellas algún delincuente, no le podía prender la justicia porque le valía por amparo la presencia de las acllas”. Los historiadores romanos describían un privilegio similar de las Vestales: “Sí al pasar por la calle encontrábanse con un criminal que llevaban al suplicio salvábanle la vida con afirmar que el encuentro era fortuito”.
En el siglo XVII, Martín de Murúa y Felipe Guamán Poma de Ayala afirmaban que las Acllakuna estaban organizadas en “casas”, distinguiéndolas como “vírgenes de ídolos y vírgenes comunes”. Otra clasificación fue planteada por Juan de Santa Cruz Pachacuti y el agustino Alonso Ramos Gavilán, quienes sostenían que las Acllakuna se diferenciaban según su belleza y el color de sus túnicas, idea retomada después por Max Uhle en 1896.
Garcilaso de la Vega, buscando presentar a los Inkas como una sociedad cercana al cristianismo, estableció un paralelo entre las Acllakuna y las monjas cristianas. Según él, los Inkas adoraban al Sol “Por sumo, solo y universal Dios, que con su luz y virtud criaba y sustentaba todas las cosas de la tierra”, mientras que las Acllas, consideradas “mujeres del Sol”, permanecían en el Cusco dedicadas a su “servicio y al templo”, sin salir del Acllawasi, de manera similar a las monjas de clausura. La expresión “Solo y universal dios” resulta relevante dentro de los debates religiosos de la España donde vivió Garcilaso. Allí existía la discusión entre laxistas y rigoristas: los segundos condenaban a los habitantes del Tawantinsuyo al infierno por paganos, mientras que los primeros defendían la posibilidad de salvación de quienes, aun sin conocer el cristianismo, seguían la Ley Natural y creían en un dios único. Dentro de esta interpretación encajaban los Inkas y las Acllakuna descritos por Garcilaso. Sobre la clausura, escribió: “esta clausura era tan grande que aun el propio Inca no quería gozar del privilegio que como Rey podía tener [...] Sola la Coya, que es la Reina, y sus hijas tenían licencia para de entrar en la casa y hablar con las encerradas”. Sin embargo, Blas Valera contradice esa idea al señalar que las Acllakuna sí abandonaban el recinto para “visitar los templos y los santuarios que había en el pueblo, y a limpiarlos y aderezarlos… y traían una lanza en la mano y un arco con sus flechas”.
De acuerdo con la historiadora María Rostworowski, siguiendo los relatos de los cronistas, estas mujeres eran seleccionadas masivamente y alejadas de sus comunidades para ocupar los acllahuasi. Allí cumplían funciones para el Estado inka como la producción textil, la preparación de bebidas y el matrimonio político con distintos señores. Al igual que las Vestales romanas, elegidas entre los seis y diez años, Rostworowski sostiene que “las niñas elegidas para el acllahuasi tenían de ocho a diez años de edad”.
Las monjas cristianas eran consideradas “esposas de Cristo”, y de manera parecida Bernabé Cobo afirma que las Acllakuna contraían vínculo con distintas divinidades mediante “ceremonias y solemnidad y de allí adelante eran llamadas y tenidas por mujeres suyas”. Asimismo, Juan de Santa Cruz Pachacuti menciona que una Yurac aclla de sangre inka era considerada “la esposa del Sol”.
Las dos Relaciones Tempranas publicadas en Valladolid en 1534 también mencionan a las Acllakuna, aunque presentan contradicciones respecto a los castigos que, según Francisco de Jerez se aplicó a los que entraron al akllawasi y, según el cronista anónimo se aplicó a quienes no apoyaron a Atahualpa. Estas diferencias sugieren que los manuscritos no fueron revisados por los mismos inquisidores antes de su publicación.
Investigaciones arqueológicas
Respecto a los castigos, las crónicas atribuyen a las Acllakuna características semejantes a las Vestales romanas. Se menciona que “Si se averiguava aver despreciado su virginidad algunas de estas vírgenes las enterravan viva”, del mismo modo en que las Vestales eran castigadas cuando quebrantaban la castidad.
Un hallazgo arqueológico relacionado con las acllakuna fue realizado por Max Uhle en 1896 en una terraza de la Pachacámac. Allí descubrió el entierro colectivo de varias mujeres: “Todas las personas enterradas en el cementerio eran mujeres, el vestido era representado en traje completo, así mismo se halló gran cantidad de Topos, con lo que sujetan los vestidos, las mujeres fueron sepultadas luego de la estrangulación”. El llamado “Cementerio de la primera terraza sudoriental del templo del Sol” presenta características particulares. Las mujeres adultas fueron enterradas juntas con objetos utilitarios, alimentos de la sierra y elementos vinculados al Cusco. Varias conservaban en el cuello una gruesa cinta de algodón con la que se presume fueron asfixiadas.
Max Uhle señala que casi todas eran mujeres adultas y solo una mostraba cabello grisáceo. También observó “débiles rastros de bermellón” en algunos rostros. El ajuar funerario mostraba uniformidad y claras diferencias respecto a otros entierros de Pachacámac provenientes de diversas provincias. Las vasijas eran de estilo cuzqueño y junto a ellas aparecieron utensilios domésticos, textiles inconclusos, herramientas de cocina usadas, cinturones, canastas de labor desgastadas, peines con cabellos, además de perros y loros. Los alimentos encontrados eran propios de regiones altoandinas: chuño, tunta, oca, olluco, quinua y ají. También se hallaron numerosas bolsas para transportar coca, tejidas con lana y algodón de franjas rojas y amarillas. Entre los objetos recuperados aparecieron aríbalos, vasos, cántaros y adornos como collares, pendientes y brazaletes hechos de concha y madera. Uno de los objetos más llamativos era un sapo tallado en concha blanca con incrustaciones de piedras azules.
Según Max Uhle, el tipo de “sacrificio” observado fue: “estrangulación y entierro de cadáveres, este modo de sacrificio está confirmado por Cieza”. La fuente utilizada menciona: “las ahogaban y enterraban creyendo, ellas y los que las mataban que iban a servir a su diablo”. Sin embargo, Pedro Cieza de León añade que las mujeres sacrificadas eran enterradas “ricamente” adornadas con objetos valiosos. Uhle, por el contrario, afirma que en Pachacámac “los objetos de las tumbas carecían en general de significado religioso las personas habían sido enterradas como se iban y estaban”. Esto muestra diferencias importantes con otros contextos rituales. Además, el término “ahogar” usado por Cieza y “estrangulación” empleado por Uhle aluden a la misma acción, aunque el cronista la presenta como una práctica generalizada. El hallazgo de Pachacámac, no obstante, es único y podría responder a otras motivaciones distintas a las descritas por los cronistas.
En Tomebamba también se encontró un entierro de diecinueve mujeres en un Acllawasi junto con instrumentos textiles. Las edades oscilaban entre los quince y cuarenta años, aunque no se registraron las mismas características observadas en Pachacámac. Siguiendo a los cronistas, Max Uhle interpretó inicialmente el entierro como un “castigo” por romper un supuesto voto de castidad. Después cuestionó esa idea, señalando que no tendría sentido que mujeres castigadas fueran enterradas en un espacio sagrado. Más adelante propuso que “podría inferirse que las víctimas fueron sacrificadas a la deidad como diezmo, es decir, en el solemnísimo rito de la Capaj cocha”. Sin embargo, Pedro Cieza de León describe la Capaccocha principalmente como ofrendas de objetos valiosos y ganado: “La Capaccocha, que como digo era ofrenda que se pagaba en lugar de diezmos a los templos, de muchos vasos de oro y plata y de otras piezas y piedras cargas de mantas ricas y muchos ganado”.
Las investigaciones actuales sobre las Capaccochas muestran que eran rituales de altura. Entre Perú, Argentina y Chile se han hallado veintiséis cuerpos de niños y niñas asociados a estos rituales. Estos entierros incluyen Illas masculinas y femeninas, figuras de oro, plata y Spondylus, elementos que no aparecen en el cementerio estudiado por Uhle. Además, las muertes registradas en Pachacámac habrían ocurrido por estrangulamiento, por lo que el debate se centra más en las razones de estas muertes que en el método empleado. Todo ello evidencia que muchas funciones atribuidas a las Acllakuna provienen de modelos romanos y de interpretaciones cristianas. Franklin Pease señala que los cronistas asociaron a las acllas con ideas de castidad, encierro, confección de textiles y preparación de chicha. La identificación entre Aclla y “virgen del Sol” comenzó hacia la década de 1550 con los dominicos, como indicó Carlos Araníbar en 1995. Más adelante esta interpretación fue continuada por los jesuitas.
Respecto a las verdaderas funciones de las Acllas, algunas crónicas ofrecen pistas distintas. Blas Valera menciona que servían no solo al Sol, sino también “a la luna y al lucero”. Juan Polo de Ondegardo escribió que algunas Acllakuna estaban destinadas al “lucero que ellos llaman cuquilla”. Por su parte, Max Uhle concluye sobre la Huaca del Sol de Pachacamac: “En consecuencia el templo era un centro de adoración de los cuerpos celestes y otros fenómenos del firmamento, siendo el culto al sol meramente el principal”. El padre Antonio de la Calancha también compara a las Acllakuna con las Vestales y les asigna un rol central en Pachacámac:
“Este adoratorio y guaca de Pachacamac fue el mayor i mas populoso destos Indios...el templo se IIamaba del dios Pachacamac que después fue llamado Mamacona, nombre de las Vírgenes dedicadas al Sol como en Europa las Vestales, avia aquí muchas y respetadas como deidades”.
Lo que los cronistas llamaban “adoratorios” hoy es interpretado por investigaciones recientes como espacios de observación astronómica, útiles para la organización económica y ritual del Tawantinsuyu. Las investigaciones de Alfio Pinasco en la Huaca del Sol de Pachacámac determinaron que varios muros están alineados con estrellas de la constelación del Amaru, especialmente con Antares, además de relacionarse con los solsticios de invierno y verano. También identificó alineaciones vinculadas con la salida y puesta del Sol durante festividades como el Inti Raymi y el Capac Inti Raymi. Desde Pachacámac es posible observar planetas como Marte, Venus, Mercurio y Júpiter, además de constelaciones como Orión, el Amaru o Escorpio, la Chakana y los “Ojos de la Llama”. Alfio Pinasco sostiene que, salvo las plataformas relacionadas con los solsticios, la mayoría de alineaciones de la Huaca del Sol apuntan hacia estrellas de la constelación del Amaru. Esto sugiere que el lugar habría servido para observaciones astronómicas tanto diurnas como nocturnas, actividades que pudieron ser realizadas por hombres y mujeres bajo el principio andino de dualidad. Las mujeres enterradas en este sector podrían haber estado vinculadas con esas funciones. La constelación del Amaru (Escorpio) puede verse en el hemisferio sur entre mayo y noviembre. Su estrella principal, Choquechinchay o Antares, destaca por su enorme brillo. Uno de los fenómenos visibles es su conjunción con la Luna, que en ocasiones la oculta, hecho que probablemente tuvo relevancia en las observaciones realizadas desde la Huaca del Sol.
Por ello, resulta más coherente considerar que las Acllakuna participaron en labores textiles, agrícolas, rituales, de redistribución económica y posiblemente en observaciones astronómicas, actividades científicas y prácticas más acordes con la organización andina. Esta interpretación difiere de la visión de los cronistas y doctrineros hispanos, quienes interpretaron a las Acllakuna desde modelos europeos de castidad y encierro. Lo que parece claro es que “adorar” no equivale necesariamente a “observar”, y que las características arquitectónicas de la Huaca del Sol de Pachacámac indican una importante función astronómica.