| Alazapa, alasapa | ||
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Petroglifos coahuiltecos grabados en piedras en la zona arqueológica de Chiquihuitillos. | ||
| Población | ±1000 | |
| Idioma | Coahuilteco | |
| Religión | Religión autóctona y catolicismo | |
| Patrono | San Antonio | |
| Etnias relacionadas | Coahuiltecos, Rayados, Carrizos | |
| Nuevo León | ||
Los alazapas son un grupo étnico de Nuevo León, México. Pertenecen a la familia étnica de los coahuiltecos y a lo largo de la historia han habitado varios municipios del noroeste y centro del estado, entre ellos Bustamante, Villaldama, Lampazos, Sabinas Hidalgo, Cerralvo, Apodaca y San Nicolás de los Garza.
Su presencia histórica se documenta desde el periodo virreinal en distintas zonas del Nuevo Reino de León, especialmente en las jurisdicciones de Monterrey, Cerralvo, Las Salinas, El Carrizal, Boca de Leones y el valle del río Salinas. A diferencia de otros pueblos del noreste novohispano que desaparecieron de los registros en épocas tempranas, los alazapas siguieron establecidos después de la independencia como nación, ranchería, parcialidad o pueblo indígena con identidad propia.
Con el pasar de los siglos, abandonaron su vida seminómada debido a su incorporación forzada o negociada al sistema de encomiendas, haciendas y pueblos de indios, y los conflictos posteriores por tierras y aguas frente a los tlaxcaltecas de San Miguel de Aguayo, actual Bustamante. A pesar de su asimilación cultural, hay descendientes del grupo étnico que se reconocen como tales.
Los alazapas formaban parte de los pueblos coahuiltecos cazadores-recolectores del noreste mexicano. Vivían en grupos pequeños, muchas veces de cincuenta a cien personas o incluso menos, y su subsistencia dependía de la caza, la pesca, la recolección de frutos, raíces, semillas y plantas silvestres. Su movilidad respondía a los ciclos del agua, la disponibilidad de alimento y las presiones de guerra, colonización y reducción.
Las fuentes virreinales presentan a los alazapas como uno de los grupos más combativos del norte del reino. Según el capitán Alonso Pérez de León, los alazapas protagonizaron un alzamiento cuyo origen estuvo relacionado con la codicia de algunos españoles por atraer indígenas a su servicio. El capitán Andrés de Araona salió de Cerralvo en 1637 para llamar a su gente, pero excedió la orden recibida y entró a una ranchería que no le correspondía. Allí fue muerto junto con un hijo suyo, en un episodio que se presenta como consecuencia de los abusos cometidos contra las rancherías indígenas.
Poco después, un grupo de alazapas “vaquerillos” de la hacienda de San Francisco y de la jurisdicción de Monterrey estuvo relacionado con la muerte de varios pastores indígenas y negros. Estos hechos, junto con castigos y ahorcamientos, provocaron una rebelión hacia el año 1640. El cronista identifica a Juan Alonso, indio alazapa, como cabeza principal del levantamiento. La reducción y castigo del movimiento fue encomendada al sargento mayor Jacinto García de Sepúlveda.
Desde finales del siglo XVI, por disposición de la Corona española, un gran número de familias nahuas de origen tlaxcalteca había sido trasladado hacia distintas zonas del norte novohispano con el propósito de poblar, evangelizar y contribuir a la reducción y pacificación de los pueblos llamados chichimecas. Los tlaxcaltecas recibieron privilegios especiales, entre ellos tierras, exenciones y formas de autogobierno. Esta política desembocó en la fundación de San Miguel de Aguayo por familias procedentes de San Esteban de Nueva Tlaxcala. La fundación se consolidó en 1686 bajo el gobierno de Agustín de Echeverz Subiza.
Los alazapas habían habitado anteriormente el territorio que correspondía al pueblo, pero abandonaron el lugar y tiempo después volvieron para reclamar sus territorios. Desde entonces, la convivencia entre tlaxcaltecas y alazapas fue compleja, ya que los primeros llegaron con privilegios reconocidos por la Corona y con experiencia agrícola, militar y minera. Los alazapas, en cambio, eran originarios de la región y eran vistos como sujetos a evangelizar y “pacificar”. En el año 1709, descubrieron las minas de Boca de Leones, noticia que comunicaron a sus nuevos vecinos, entre ellos el tlaxcalteca Agustín de la Cruz.

Posteriormente, se estableció el pueblo de San Antonio de los Alazapas cerca del asentamiento tlaxcalteca. San Antonio aparece ligado al reparto de tierras de 1711, cuando se reconoció la posesión de tierras a las parcialidades alazapa y tlaxcalteca. Asimismo, entre 1711 y 1712, tuvo una efímera existencia como pueblo de indios independiente y eligió su propio gobernador. No obstante, tras un incidente con los tobosos, fue agregado como barrio al pueblo de San Miguel de Aguayo.
Los alazapas, sin embargo, reclamaban no solo tierras, sino también el uso del agua, pues argumentaban que si la tierra había sido dividida entre ambos pueblos, las aguas debían repartirse en los mismos términos. Esto desencadenó sucesivos conflictos entre ambos grupos hasta bien entrado el siglo XIX. Ambos grupos continuaron separados hasta 1821, cuando los tlaxcaltecas intentaron unificar las parcialidades bajo un solo ayuntamiento sin su consentimiento, a lo que respondieron los alazapas con un juicio.
En 1826, el conflicto por las aguas volvió a presentarse de forma explícita ante las autoridades judiciales del recién creado estado de Nuevo León. El expediente planteaba la disputa como un conflicto entre dos pueblos reconocidos por el estado (San Antonio de Valenzuela, integrado en su mayoría por alazapas, y Tlaxcala de San Miguel de Aguayo). Los alazapas denunciaban que los pobladores tlaxcaltecas habían invadido parte de sus territorios y les habían quitado agua que corría por sus tierras, lo que afectaba directamente su vida cotidiana y generaba una tensión considerable entre ambas comunidades.
Los magistrados resolvieron que los alazapas eran dueños de una tercera parte del agua que cruzaba entre los dos pueblos. Aun así, el conflicto continuó durante años por el incumplimiento de la sentencia, la construcción de acequias y acueductos, y nuevas acusaciones de invasión territorial. En el año 1831 se hizo la separación del pueblo de Valenzuela de los Alazapas, que pertenecía a San Miguel de Aguayo, para anexarse a Villaldama.
Durante los siguientes años, los comanches atacaron constantemente la región. En 1851, a pesar de las sucesivas incursiones, el pueblo de los alazapas se erigió como villa independiente con el nombre de Llanos y Valdés. Una fuerza de milicia de unos 100 tlaxcaltecas y alazapas custodiaba los pasos de montaña que los asaltantes comanches probablemente utilizarían como parte de una fuerza móvil de 2000 jinetes que patrullaban el norte y el oeste del estado.
Finalmente, en el año 1864, con el apoyo del gobierno del estado, la villa de Llanos y Valdés se anexó voluntariamente al municipio de Bustamante, anteriormente conocido como San Miguel de Aguayo, tras una serie de inundaciones debido al crecimiento de las aguas del río y la entrada constante de indígenas enemigos en el territorio. Durante esta época, el gobernador Santiago Vidaurri dispuso que se enviaran a Monterrey hombres y mujeres alazapas para servir respectivamente como peones y trabajadoras domésticas.

Desde la perspectiva lingüística, se considera que los alazapas hablaban coahuilteco, una lengua que se extendía por gran parte de la región noreste de México y el sur de Texas. Este dato es conocido a través del Manual para administrar los santos sacramentos de Bartolomé García, publicado en 1760, en el cual se menciona una lista de grupos étnicos que hablaban la lengua, entre los que se encuentran los alazapas, pacoas, pajalates, pausanes y tilijayas.
Se cree que el idioma se habría dejado de hablar a principios del siglo XIX. Es posible que debido a la presencia de los tlaxcaltecas y los españoles, que introdujeron sus idiomas como lenguas de contacto, administración y vida comunitaria, los alazapas hubieran abandonado tempranamente su lengua a favor del náhuatl y el español. No obstante, su lengua se encuentra relativamente bien documentada, haciendo posible que se lleven a cabo programas de revitalización lingüística.
En la jurisdicción de Monterrey se mencionan rancherías con nombres como Gilaguan, Caguiliguama, Amoguamo, Capuche y Apujapo, y grupos alazapas como cogualeguamas, estiagnepo, capuchos, aquixapo, ajuipiayjaygo, ymioqualomo, ayguama o aguyamas, osilgua, tipogua, plutino, catomas y catomao. Algunos aparecen asociados a capitanes o individuos reconocidos.
La vida de los alazapas ha estado marcada por el nomadismo, el aprovechamiento del territorio y la organización en rancherías. Como otros pueblos indígenas del noreste mexicano, originalmente no dependían de una vida urbana ni agrícola permanente, sino de la caza, la pesca y la recolección de frutos y otros recursos silvestres. Esta forma de vida, de hecho, respondía a las condiciones del ambiente semiárido del noreste, donde era necesario desplazarse según la disponibilidad de agua, alimento, refugio y zonas de caza.
La cultura alazapa también fue transformada por la evangelización católica y por la convivencia con los nahuas tlaxcaltecas. Aunque las fuentes directas sobre sus creencias propias son limitadas, las crónicas del Nuevo Reino de León describen prácticas rituales comunes entre los pueblos indígenas de la región, como mitotes, cantos y danzas. Con el tiempo, los alazapas pasaron de una vida organizada en rancherías a una cada vez más vinculada con los pueblos, haciendas, minas y litigios territoriales. Asimismo, se destaca el uso del arco y flecha, que continuó siendo su fuerza militar hasta finales del siglo XIX.