


La alpargata o esparteña es un tipo de calzado confeccionado con fibras hiladas, tanto de vegetales como el algodón, mimbre o bien de lona, con suela de esparto, fique, cáñamo, yute, caranday o una mezcla de algunas de estas. Se asegura al pie por ajuste o con cintas.
Es de uso común en España, el sur de Francia y varias regiones de América.
La palabra alpargata proviene del árabe andalusí: البَرْغَات (al-barḡāt), plural de: بَرْغَة (barḡa), probablemente del euskera: abarka, de: abar «ramita» y el sufijo adverbial -ka, es decir: «objeto hecho de ramas».


Las alpargatas se fabrican con una lona fuerte adherida a una suela de cuerda de yute o cáñamo, si bien en la producción industrial se utilizan hilos de nailon y suela de caucho, cocuiza u otra fibra vegetal. Están compuestas de las siguientes partes: «capellada», parte superior que cubre el empeine, «talonera» y «atadero» para sujetar la capellada a la talonera.
Las alpargatas se dividen entre aquellas que se ajustan con cintas o cordones y las que encajan en el pie, así como entre las de suela plana y las de talón alto, que suelen incorporar una cuña.
Las esparteñas tienen su origen en tiempos prehistóricos; se han hallado en la cueva de los Murciélagos, en Albuñol, Granada, las cuales datan del Neolítico y se las considera las más antiguas de Europa. En América se usaban antes del contacto con Europa; la más antigua corresponde a la cultura Anasazi en Nuevo México.

La alpargata ha formado parte del traje típico en América, la península ibérica y el sur de Francia, cuyo principal centro de producción era Mauleón, capital del territorio histórico de Sola, en el País Vasco francés.
En España se usó como calzado obrero urbano. En los países del Plata, Argentina y Uruguay, fue adoptada por los trabajadores rurales en sustitución de la bota de potro. En la primera mitad del siglo XX, la principal proveedora de este calzado era la Fábrica Argentina de Alpargatas, la cual promocionaba sus productos con calendarios de pared ilustrados por Florencio Molina Campos. Las alpargatas tuvieron una importancia simbólica como elemento de la clase obrera a partir de la década de 1940. Entre 1943 y 1944, el movimiento estudiantil opuesto a Juan Domingo Perón y los sindicatos que apoyaban sus medidas laborales, utilizó el lema: «no a la dictadura de las alpargatas», en alusión al origen popular, y supuestamente inculto, de estos, quienes, a su vez, respondieron con otra frase que se hizo célebre: «alpargatas sí, libros no».
En Uruguay también se elaboran alpargatas con suela de goma, a las que se denomina comercialmente como «rancheritas».
En Colombia es parte de la indumentaria de la mayoría de los trajes típicos, siendo, en algunos casos, de fique o cocuiza y en otros de cuero. Los habitantes de la cuenca del río Orinoco las fabrican también en piel de animal y las llaman «cotizas».
En Venezuela es un calzado ligero y cómodo, muy apropiado para el clima tropical, usado sobre todo por los guajiros, aunque la alpargata también se utiliza en la región de los llanos venezolanos y en muchas áreas rurales del país. En algunas regiones presentan variedades de bordes y formas del tejido, así como una «amapolita» en la tela, de color contrastante, detalle que corresponde a la cultura wayú oriunda de la península de La Guajira. En el baile del tamunangue del Estado Lara, este calzado es típico del atuendo femenino.