En la mitología romana, Caco (en latín: Cacus) era un dios, héroe local o numen de Roma, cuyo mito está ligado al de Hércules. Se trata de un gigante, hijo del dios Vulcano, que escupía fuego y humo por la boca. Vivía en una cueva del monte Aventino, en la actual Roma, cuyas paredes adornaba con las cabezas sangrantes de sus víctimas. «Caco», en español, se ha convertido en sinónimo de ‘ladrón’.
Según la Eneida –en la que Evandro cuenta la historia a Eneas– tras haber derrotado a Gerión, Hércules condujo su rebaño de bueyes hasta las orillas del Tíber. Mientras los dejaba pastar, se durmió y Caco –quien moraba cerca– robó cuatro parejas de bueyes que condujo a su cueva arrastrándolos de espaldas por el rabo, de forma que no dejaran huellas.
Cuando Hércules despertó y se dispuso a abandonar los pastos, el ganado que le quedaba empezó a mugir lastimero hacia la cueva, donde una vaca respondió. Según otra versión, al momento de pasar con el resto del ganado frente a la cueva de Caco, las reses robadas, empezaron a llamarse unas a otras.
Caco había bloqueado la entrada con una roca enorme que mantenían sujeta unas cadenas forjadas por Vulcano. Cuando Hércules arrancó la cima de la montaña para abrirse paso, Caco le escupió remolinos de llamas y humo, de lo que Hércules se cubrió con ramas de árboles y rocas del tamaño de piedras de molino, hasta que perdió la paciencia, saltó a la cueva, se dirigió a la zona en la que el humo era más denso y estranguló a Caco. Según otra versión Caco fue muerto a golpes de porra.
Caco quedó representado al momento del robo en antiguos grabados en piedra, tales como "Hércules y caco" de Bacio Bandinelli en el Museo Bode y en el revés de una medalla de Antonino Pío que le muestra derrotado, sin vida, a los pies del héroe y, en torno a ellos, el agradecido pueblo. En los techos pintados por los Carracci en el palacio Zampieri de Bolonia, Caco aparece con cabeza de animal sobre cuerpo humano.
La figura y hazañas de este dios se simplificaron en la tradición culta. Así, en el Siglo de Oro se le tomaba casi como patrón de los ladrones: en La Palomilla, llaman al hurto y sus triquiñuelas «la ciencia de Caco». De él decía Covarrubias que: