| Castillo de los Tres Reyes del Morro | ||
|---|---|---|
|
| ||
|
Vista del castillo desde el malecón. | ||
| Ubicación | ||
| País |
| |
| Provincia |
| |
| Localidad | Habana del Este | |
| Ubicación | Entrada de la bahía de La Habana | |
| Coordenadas | 23°09′02″N 82°21′24″O / 23.15041667, -82.35666667 | |
| Características | ||
| Tipo | Fortaleza | |
| Materiales | Piedra de Jaimanitas | |
| Área | 14 000 m² | |
| Historia | ||
| Construcción | 1589-1610 | |
| Gestión y protección | ||
| Estado | Conservada | |
| Usos | Museo y actividades culturales | |
El castillo de los Tres Reyes del Morro, también conocido como castillo del Morro, es una fortaleza situada en un promontorio rocoso a la entrada de la bahía de La Habana, en Cuba. Proyectado por el ingeniero militar italiano Bautista Antonelli a finales del siglo XVI, formó parte del sistema defensivo establecido por la Monarquía Hispánica para proteger la ciudad y su puerto, uno de los principales puntos de reunión de las flotas españolas procedentes de América. Su construcción comenzó en 1589 y se prolongó durante las primeras décadas del siglo XVII.
La fortaleza desempeñó un papel destacado durante la toma de La Habana por los británicos en 1762, cuando resistió un prolongado asedio antes de ser capturada. Tras la restitución de la ciudad a España en 1763, fue reconstruida y modificada para integrarse en un sistema defensivo más amplio, que incluyó la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. Durante los siglos XIX y XX continuó desempeñando funciones militares y albergó instituciones de enseñanza y establecimientos penitenciarios, hasta su restauración y adaptación para usos culturales.
El castillo, coronado por su faro, es uno de los símbolos más reconocibles de La Habana. Desde 1982 forma parte del bien «La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones», inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Durante el siglo XVI, el puerto de La Habana adquirió una creciente importancia en las comunicaciones marítimas entre los territorios americanos de la Monarquía Hispánica y la península ibérica. La posición elevada del promontorio del Morro, junto al canal de entrada a la bahía, permitía vigilar la aproximación de embarcaciones y controlar el acceso al fondeadero. Las ventajas defensivas del lugar ya habían sido reconocidas en 1538 y, en 1551, el cabildo habanero acordó establecer allí puestos de vigilancia ante la amenaza de incursiones francesas.
Tras el ataque del corsario francés Jacques de Sores contra La Habana en 1555, las autoridades españolas impulsaron el fortalecimiento de las defensas costeras. En 1563 se construyó en el Morro una torre de mampostería que servía como puesto de observación y referencia para la navegación. El crecimiento de la actividad portuaria y el riesgo de nuevas incursiones favorecieron posteriormente la construcción de fortificaciones de mayor capacidad defensiva.

En 1587 llegaron a La Habana el maestre de campo Juan de Tejeda y el ingeniero Bautista Antonelli, encargados de desarrollar un programa de fortificaciones para proteger las rutas de las flotas españolas en el Caribe. Antonelli propuso levantar una fortaleza en el Morro y otra en la orilla opuesta del canal, donde se construiría el castillo de San Salvador de la Punta. El proyecto fue aprobado por Felipe II en 1588 y las obras de ambos castillos comenzaron en 1589.
La denominación «Tres Reyes» alude a los Reyes Magos, mientras que «Morro» hace referencia al promontorio rocoso sobre el que se levanta la fortaleza. Según la historiadora Tamara Blanes Martín, el nombre «Castillo de los Tres Reyes del Morro» ya figuraba en la real cédula de 1588.
La construcción avanzó lentamente debido a las dificultades económicas, las condiciones del terreno y los problemas relacionados con la mano de obra. En ella participaron canteros y otros trabajadores asalariados, así como personas esclavizadas y presos sometidos a trabajos forzados. En 1594, Antonelli fue destinado a otros proyectos de fortificación en América y la dirección de las obras pasó a su sobrino, el ingeniero Cristóbal de Roda, quien permaneció al frente de los trabajos hasta 1608.
Durante el gobierno de Pedro de Valdés (1600-1607) avanzó la construcción de las bóvedas, las plataformas artilleras y otras dependencias. Hacia 1615, las principales estructuras defensivas estaban muy avanzadas, aunque los trabajos continuaron durante las décadas siguientes. Tras una tormenta que causó daños en 1636, se repararon los cuarteles y las murallas. Hacia 1640 se completaron también el camino cubierto y el puente levadizo del frente terrestre.
Durante la guerra de los Siete Años, una expedición británica dirigida por George Keppel, III conde de Albemarle, atacó La Habana en junio de 1762. La operación formaba parte de la campaña británica contra las posesiones españolas en el Caribe, emprendida tras la entrada de España en la guerra. El Castillo del Morro constituía una de las principales defensas de la entrada a la bahía, por lo que su captura era un objetivo fundamental para los atacantes.
Las tropas británicas ocuparon las alturas de La Cabaña e instalaron allí baterías de artillería desde las que bombardearon la fortaleza. La defensa del Morro quedó bajo el mando del capitán de navío Luis Vicente de Velasco, quien contó con soldados, artilleros y marineros de la escuadra española estacionada en el puerto. Entre los oficiales que participaron en la resistencia se encontraba también Vicente González-Valor y Bassecourt, marqués de González. Pese a los continuos bombardeos, la guarnición resistió durante varias semanas.
El asedio culminó el 30 de julio de 1762, cuando los británicos abrieron una brecha mediante la explosión de una mina y asaltaron la fortaleza. Velasco resultó mortalmente herido durante el combate, mientras que González murió en la defensa del recinto. La caída del Morro permitió a los atacantes consolidar sus posiciones y contribuyó decisivamente a la capitulación de La Habana, ocurrida el 13 de agosto de ese año.

Tras la restitución de La Habana a España en 1763, las autoridades emprendieron una reorganización de las defensas de la ciudad. Los ingenieros militares Silvestre Abarca, Agustín Crame y Antonio Fernández Trebejo participaron en los proyectos de reconstrucción del Morro, gravemente dañado durante el asedio. Las principales obras de reparación comenzaron ese mismo año y concluyeron en septiembre de 1767.
Las intervenciones incluyeron la reparación de murallas y parapetos, la modificación de posiciones artilleras y la reorganización de las dependencias interiores. Las construcciones originales, deterioradas por los bombardeos, fueron sustituidas por un edificio central de muros resistentes y cubiertas abovedadas, destinado al alojamiento de la guarnición y a funciones de almacenamiento y administración militar. También se emprendieron mejoras en las baterías y en las defensas del frente terrestre.
El sitio de 1762 había puesto de manifiesto la vulnerabilidad del castillo frente a la artillería emplazada en las alturas cercanas. Para evitar que estas posiciones volvieran a ser utilizadas por fuerzas enemigas, se decidió fortificar la loma de La Cabaña. Allí comenzó a construirse en 1763 la fortaleza de San Carlos, que pasó a integrar, junto con el Morro, el sistema defensivo de la entrada del puerto.
En el siglo XIX, una de las principales transformaciones del conjunto fue la construcción de una nueva torre para el faro del Morro, entre 1844 y 1845, que sustituyó las antiguas estructuras de alumbrado y vigilancia.
Durante el siglo XIX, el castillo conservó su función militar, aunque algunas de sus dependencias también se utilizaron como prisión. En el transcurso de las guerras de independencia de Cuba, sus bóvedas albergaron a detenidos vinculados con el movimiento independentista, entre ellos Julio Sanguily y Juan Gualberto Gómez.
Durante la guerra hispano-estadounidense de 1898, el Morro formó parte del dispositivo de defensa marítima de La Habana, reforzado con nuevas piezas de artillería y puestos de observación. El 22 de abril de ese año, sus baterías efectuaron disparos de alarma ante la presencia de buques estadounidenses frente al puerto.
El 1 de enero de 1899, al comenzar la primera ocupación estadounidense de Cuba, la bandera española fue sustituida por la estadounidense en el castillo. El 20 de mayo de 1902, con el establecimiento de la República de Cuba, se izó allí la bandera cubana. Durante los primeros años del nuevo régimen republicano, la fortaleza continuó albergando unidades de artillería de costa del Ejército cubano.

En 1911, durante el gobierno de José Miguel Gómez, se estableció en el Morro la Academia Preparatoria para Oficiales del Ejército Permanente. Su programa incluía asignaturas de cultura general, instrucción militar, táctica, legislación de guerra y educación física. La institución permaneció en el castillo hasta 1945, cuando fue trasladada a nuevas instalaciones en el poblado de Managua, en las afueras de La Habana.
Tras el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959, el castillo albergó una escuela de alfabetización del Ejército Rebelde. Entre 1960 y 1966 sirvió como centro de entrenamiento de combatientes navales y sede de unidades de la Marina de Guerra Revolucionaria. Durante los acontecimientos relacionados con la invasión de bahía de Cochinos en 1961, también se utilizó para recluir a personas detenidas por motivos políticos.
A comienzos de 1967 se acondicionaron las bóvedas de la planta baja para su uso penitenciario. La fortaleza funcionó como prisión militar hasta finales de 1971 y posteriormente como cárcel para presos comunes, función que mantuvo hasta 1977.
En 1978, la Comisión Nacional de Monumentos de Cuba declaró monumento nacional al centro histórico de La Habana y su sistema de fortificaciones. Cuatro años después, en 1982, la Unesco inscribió «La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones» en la lista del Patrimonio Mundial, bajo los criterios culturales (iv) y (v). El castillo constituye uno de los componentes de este bien, con una superficie inscrita de 1,4 hectáreas.
En 1986, un equipo multidisciplinario coordinado por la Oficina del Historiador de La Habana inició trabajos de restauración dentro de un programa de recuperación del conjunto defensivo formado por el Morro y La Cabaña. En 1989 comenzó una etapa de intervenciones de mayor alcance, desarrollada con la participación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.

Los trabajos comprendieron la recuperación de las estructuras arquitectónicas y la adaptación de distintas dependencias para actividades culturales y museísticas. A comienzos de la década de 1990, el castillo pasó a formar parte, junto con la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, del Parque Histórico Militar Morro-Cabaña, abierto al público.
En 1995, la Alcaldía de Lyon, Francia, realizó una donación destinada a instalar un sistema de iluminación monumental en el castillo. El proyecto contemplaba la colocación de luminarias y proyectores para destacar los distintos elementos arquitectónicos de la fortaleza. El sistema fue objeto de modificaciones posteriores, entre ellas intervenciones realizadas en 2009.
El castillo de los Tres Reyes del Morro es un ejemplo de arquitectura militar abaluartada de finales del siglo XVI, cuya planta poligonal irregular se adapta al contorno del promontorio rocoso sobre el que se levanta. Su trazado aprovecha los desniveles naturales y se aparta de los modelos geométricos regulares habituales en otras fortificaciones renacentistas.

La fortaleza presenta dos frentes defensivos principales, uno terrestre y otro marítimo. El primero está formado por los medios baluartes de Tejeda y Austria, unidos por una cortina y protegidos por un profundo foso seco excavado en la roca. Entre los contrafuertes de los muros se construyeron bóvedas sobre las que descansaban las plataformas artilleras. El sistema se completaba con una contraescarpa y otras obras defensivas exteriores.
En el frente marítimo, las cortinas y plataformas se disponen de forma escalonada, siguiendo la pendiente del promontorio hasta aproximarse al nivel del agua. Esta configuración permitía emplazar artillería a diferentes alturas y cubrir tanto el mar abierto como el canal de entrada a la bahía. La entrada principal histórica se encontraba en una cortina situada entre los baluartes de Austria y Santiago. Hacia la costa norte se extendía una sucesión de murallas convergentes, complementadas por otras posiciones artilleras, entre ellas la plataforma de Santo Tomás y la batería de San Nicolás.

Entre las primeras instalaciones artilleras próximas al nivel del mar se encontraba la batería de la Estrella. Según Tamara Blanes Martín y Pedro A. Herrera López, esta fue destruida por el oleaje de un ciclón y trasladada a una posición más resguardada dentro del canal de entrada a la bahía, donde pasó a conocerse como batería de los Doce Apóstoles, por los doce cañones que albergaba. Estas defensas permitían establecer un fuego cruzado con el castillo de San Salvador de la Punta, situado en la orilla opuesta del canal.
La organización interior respondía a las necesidades de alojamiento, abastecimiento y defensa de la guarnición. El proyecto original de Bautista Antonelli contemplaba siete pequeñas edificaciones destinadas a diferentes funciones, entre ellas una capilla, las viviendas del comandante y del capellán, los alojamientos de la tropa, los almacenes y las oficinas. Los distintos niveles se comunicaban mediante pasajes, rampas y escaleras que facilitaban el desplazamiento de soldados, piezas de artillería y pertrechos. La irregularidad del terreno condicionaba tanto la distribución de las dependencias como las vías de circulación.
Tras los daños sufridos durante el sitio británico de 1762, las edificaciones originales fueron sustituidas por un edificio central de muros de cantería y cubiertas abovedadas, que albergaba los alojamientos de la guarnición, almacenes y oficinas. Esta reorganización permitió aprovechar mejor el espacio interior y proporcionar mayor protección frente al fuego de artillería.

Los antecedentes del faro del Morro se remontan al siglo XVI, antes de la construcción de la fortaleza. En 1563 se levantó una torre de mampostería que servía como puesto de vigilancia y referencia para los navegantes. Desde ella se utilizaban señales visuales para advertir sobre la presencia de embarcaciones, mientras que durante la noche se encendían hogueras para orientar a los buques que se aproximaban al puerto de La Habana.
La torre quedó destruida durante el sitio británico de 1762 y fue sustituida en 1764 por un faro provisional alimentado con leña. En 1795 se propuso modernizar su sistema de iluminación tomando como modelo el faro de San Sebastián de Cádiz. Durante las primeras décadas del siglo XIX se introdujeron nuevos dispositivos, entre ellos un fanal alimentado por gas en 1818 y otro por aceite en 1824, aunque su funcionamiento presentó diversos problemas que motivaron nuevos proyectos de mejora.
El proyecto de la torre actual fue encargado al subinspector del Cuerpo de Ingenieros Mariano Carrillo de Albornoz y redactado por el teniente coronel José Benítez. Fue aprobado el 16 de agosto de 1844 y las obras comenzaron tres días después, finalizando en julio de 1845. El nuevo faro entró en servicio el 24 de julio de ese año, con un sistema de iluminación de mayor alcance que los anteriores.

La torre es de planta circular y presenta un cuerpo troncocónico de cantería, recorrido interiormente por una escalera de caracol de 102 peldaños. Sobre el fuste se encuentran la cámara de servicio y la linterna, cuya estructura original era de hierro forjado y bronce. El aparato óptico, fabricado por la casa francesa Lepaute, incorporaba lentes basadas en el sistema desarrollado por el físico Augustin-Jean Fresnel, además de espejos y un mecanismo de rotación que permitían proyectar la luz a mayor distancia.
El faro utilizó inicialmente aceite de colza como combustible, sustituido posteriormente por otros tipos de aceite y, en 1928, por gas de acetileno. El 24 de julio de 1945, con motivo del centenario de su entrada en servicio, se inauguró su electrificación, que permitió aumentar la potencia de la señal luminosa.