
Colosenses 3 es el tercer capítulo de la Epístola a los Colosenses es el duodécimo libro del Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Fue escrito, según el texto, por Pablo el Apóstol y Timoteo, y dirigido a la iglesia en Colosas, una pequeña ciudad de Frigia cerca de Laodicea y aproximadamente a 100 millas (160,9 km) de Éfeso en Asia Menor.
División del capítulo:
Por el Bautismo el cristiano participa de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Por eso, Cristo debe llenar todos los horizontes de su vida.
Mi amor está crucificado (…). No me satisfacen los alimentos corruptibles y los placeres de este mundo. Lo que yo quiero es el pan de Dios, que es la carne de Cristo, nacido de la descendencia de David, y no deseo otra bebida que su sangre, que es la caridad incorruptible.
El deseo de vivir con Cristo proporciona una nueva perspectiva a la existencia en este mundo:
Los cristianos, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba (cfr vv. 1-2), lo cual en nada disminuye la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la construcción de un mundo más humano.
En este capítulo el apóstol Pablo inssta a los colosenses a apartarse del pecado de laa siguiente forma:
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El «hombre viejo» (v. 9) es el que se deja dominar por las inclinaciones de la concupiscencia desordenada. El discípulo de Cristo, que ha sido renovado y vive para el Señor, posee un nuevo y más perfecto conocimiento de Dios y del mundo, ve las cosas con una perspectiva más alta, con visión sobrenatural, que no es sino
...dejarse mover y poseer por la poderosa mano del autor de todo bien.
A lo largo de estos versículos, el apóstol habla sobre el crecimiento de la vida interior.
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Las virtudes que enumera el Apóstol como características del hombre nuevo son diversas manifestaciones de la caridad, que es el «vínculo de la perfección» (v. 14).
Si el amor no va por delante, no se cumplirá ninguno de los preceptos. Pues sólo dejamos de hacer el mal a los demás y nos preocupamos de hacer el bien, cuando amamos a los demás.
Haciendo las cosas bien, por amor, todas las realidades auténticamente humanas son santificables y deben ser santificadas (v. 17).
Os aseguro (…) que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intranscendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte (…) parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria.
En estos últimos versículos del tercer capítulo, Pablo se centra en dar unos consejos sobre el comportamiento en la vida familiar.
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Aplicar las enseñanzas de la doctrina cristiana en la vida familiar se fundamenta en la caridad y en una conducta orientada hacia Dios. Esto da un sentido espiritual y trascendente a los roles de padres e hijos, que dejan de ser solo obligaciones sociales y se convierten en una vocación de amor y respeto mutuo, guiada por los valores de la fe. Así, cada miembro de la familia contribuye al bienestar común desde una perspectiva que integra principios religiosos y éticos en su relación diaria.
En toda familia debe haber un «intercambio educativo entre padres e hijos (cfr Ef 6,1-4; Col 3,20 s.), en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana (cfr Gaudium et spes, n. 48). Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable.
Estos úktimos versículos escritos obre los amos y los siervos son de especial importancia para aquella época en que la servidumbre era tan radical que el amo podía hacer lo que quisiera del siervo. Con estos consejos Pablo da un sentido diferente a la idea de servir así como a la de ser amo, que no tiene derecho a todo sobre el sirvo. Las relaciones «amo-siervo» las lleva Pablo al extremo de tratarse uno a otro de corazón, con amor cristiano.
Para Dios no hay diferencia entre siervo y libre, pues «en Dios no hay acepción de personas» (v. 25). Desde esa perspectiva de la igualdad radical, el cristiano está llamado en cada momento a reflexionar sobre las relaciones laborales en su época, ya que
...no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre (…). En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen.
A pesar de los lentos progresos que se han dado a lo largo de la historia en ese ámbito, es mucho lo que todavía queda por hacer:
Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes