
En la mitología griega, Hades (en griego antiguo: ᾍδης, Hádēs), también llamado Aidoneo o Edoneo (Ἀϊδωνεύς, Aïdōneús), es tanto el dios del inframundo como el nombre del propio reino de los muertos. La etimología tradicional lo relaciona con la idea de “lo invisible”. A Hades se lo denomina como el «señor de los muertos que habitan bajo la tierra» y los mortales lo maldicen golpeando sus manos contra el suelo. En las artes sus símbolos suelen ser el cetro, la cornucopia y el casco de invisibilidad. Solo versiones anecdóticas lo incluyen entre los ‘doce dioses’ (δώδεκα θεοί), pero no era un dios olímpico: siendo un dios ctónico recibía sacrificios en un báratro (βόθρος, «foso»).
Para los expertos Hades es un dios de la muerte, mundo subterráneo, riquezas del suelo, vida de ultratumba y destino post mortem. Hesíodo dice que Hades era uno de los Cronidas, o hijo de los titanes Cronos y Rea, y Homero alega que los tres hermanos —Hades, Poseidón y Zeus— echaron a suerte el dominio de las tres partes del universo: «tocáronle a Hades las tinieblas sombrías». Hades representaba la finalidad inevitable y la frialdad de la muerte. Es por esto que los antiguos griegos reflejaban el profundo temor a la muerte a través de los epítetos que asignaban a Hades, como ‘el más odiado de todos los dioses’ o ‘aborrecible’. Es un dios implacable porque no cede ante los ruegos, las lágrimas ni las súplicas de los vivos.
El reino de Hades es oscuro y un camino sin regreso destinado a las sombras, como descubrieron algunos héroes en su catábasis o ‘descenso a los infiernos’. Homero usa el nominativo (ᾍδης) para referirse al nombre del dios, mientras que para el lugar se emplea el genitivo, “la casa de Hades” (δῶμα Ἅιδου). Esta ambivalencia entre dios y lugar está bien atestiguada en la tradición literaria. Nunca sale a la superficie pero una vez raptó a Perséfone y después se desposó con ella. En la tradición clásica el cortejo de Hades se corresponde con las Erinias, las Moiras, el can Cerbero, el barquero Caronte y los tres jueces de los muertos —Minos, Radamantis y Éaco.
A partir del siglo V a. C., los griegos comenzaron a llamar a Hades también Plutón (Πλούτων, «el rico»), un eufemismo que destacaba su papel como señor de las riquezas subterráneas Mientras Hades designaba al soberano del inframundo, Plutón enfatizaba su función como dispensador de riqueza. Los romanos adoptaron esta denominación bajo la forma Pluto. Otros autores lo denominaron como ‘Zeus ctonio’ o ‘Zeus infernal’ (Ζεὺς καταχθόνιος, en el sentido de ‘rey del mundo ctónico’). En la mitología romana Hades es nombrado con tres teónimos: Plutón, Dite y Orco.

Hesíodo nos cuenta que los titanes Cronos y Rea habían engendrado seis hijos: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus. Como es fama, Cronos había engullido a toda su prole para evitar ser destronado, con la excepción de Zeus, que fue salvado por una treta de Rea. Una versión tardía dice que la profecía del destronamiento solo incluía hijos varones y que Cronos no los devoró sino que expulsó de su reino (conjeturalmente el Olimpo) a sus tres hijos. De ellos, Hades fue exiliado al Tártaro.
Al hacerse adulto, Zeus se acercó con un engaño a Cronos y le hizo vomitar a sus hermanos. Tras ser liberados, los jóvenes dioses, junto a los aliados que lograron reunir, desafiaron el poder de los dioses Uránidas (‘hijos de Urano’) en la Titanomaquia. Zeus, Poseidón y Hades recibieron armas de los tres cíclopes como ayuda para la guerra: a Hades le construyeron un casco de invisibilidad. La guerra duró diez años y terminó con la victoria de los Cronidas (‘hijos de Cronos’), con la ayuda de los Hecatónquiros.
Después de esta victoria, según un pasaje famoso de la Ilíada, los tres Cronidas echaron a suerte el reparto de los tres lotes del mundo. Zeus se quedó con el cielo, Poseidón con los mares y Hades recibió el inframundo, el reino invisible al que los muertos van tras dejar el mundo. Así cada uno de los tres Cronidas se convirtieron en los reyes de cada parte del mundo. La tierra y el Olimpo, no obstante, son territorio común para los tres hermanos. Hesíodo, sin embargo, obvia el reparto del mundo: Zeus, por indicación de Gea, fue elegido como rey de los dioses y le dio a Hades la soberanía del inframundo.
Después de la Titanomaquia, Hesíodo ya presenta a Hades y Perséfone en una mansión ubicada en el Tártaro (como denomina al inframundo), custodiada por el perro Cerbero. Esta mansión no se encuentra muy lejos del palacio de Hipnos y Tánatos. Tras esta batalla a Hades no se lo vuelve a mencionar en otras teomaquias, como la Gigantomaquia o la Tifonomaquia. Durante este último episodio Hades temblaba al ver como la lucha entre Zeus y Tifón sacudía el cosmos entero, incluido el inframundo.

Temido y odiado, Hades personificaba la inexorable finalidad de la muerte. A diferencia del concepto cristiano del infierno, la mitología clásica no concebía a Hades como un ser malicioso que disfrutara con el sufrimiento humano. Su función consistía en garantizar que la frontera entre la vida y la muerte fuera inviolable, interviniendo de forma punitiva únicamente cuando un mortal pretendía escapar de sus dominios o ingresar en ellos sin haber fallecido primero.
Esta severidad pasiva, aunque totalmente inflexible ante las lágrimas o los sobornos de los vivos, era precisamente lo que inspiraba el terror más visceral entre los hombres del período arcaico. En la literatura homérica, esta faceta indomable queda perfectamente retratada a través de la pregunta retórica planteada por el rey Agamenón, quien resume la teología del inframundo al afirmar que la deidad es la más odiada por los mortales precisamente por ser «implacable e inflexible» ante las súplicas humanas. Hades, por lo tanto, no era un demonio que se complacía en infligir daño, sino la personificación misma del destino final: un juez implacable y un carcelero cuya sentencia era absoluta, eterna y carente de toda flexibilidad emocional.
Durante el reinado de Zeus, Hades informó al dios supremo de que muchas almas estaban llegando a su reino sin merecer su destino, debido a que los juicios se realizaban incorrectamente mientras los hombres aún vivían. A raíz de esta queja, Zeus reformó el sistema de juicio de las almas: dispuso que los muertos fueran juzgados después de la muerte, despojados de toda apariencia externa, y nombró a Minos, Radamantis y Éaco como jueces del más allá. En este relato, Hades aparece como garante del orden y de la justicia escatológica, preocupado por que el destino de las almas se decidiera con absoluta imparcialidad.

En el Himno homérico a Deméter, Hades fue presentado como un soberano legítimo y poderoso, no como una divinidad maligna. La consorte de Hades era Perséfone, hija de Zeus y Deméter. Hades obtuvo su consorte definitiva raptándola, teniendo el concepto del rapto varias interpretaciones simbólicas, en una historia que conectaba los antiguos misterios eleusinos con el panteón olímpico en un mito fundacional del reino de los muertos. Helios le dijo a la llorosa Deméter, madre de Perséfone, sobre Hades «que no es un indigno yerno el soberano de tantos, que es de tu misma semilla y sabes bien dónde vive y qué lote le tocó cuando se hizo el reparto entre los tres hermanos...». Perséfone no se sometió a Hades voluntariamente, sino que fue raptada por este mientras recolectaba flores en la llanura de Nisa —de dudosa localización— o en un valle próximo a la ciudad de Enna. Hades abrió un agujero en el suelo para llevarse a Perséfone sin que Deméter se diese cuenta. Zeus fue cómplice del rapto.
Después, Hades convenció a su sobrina de que sería un gran esposo y que ella sería reina del inframundo, la joven Perséfone se alegró al oír esto y accedió a comer los granos de granada que le ofreció su nuevo esposo. En protesta por este acto, Deméter lanzó una maldición sobre la tierra que produjo una gran hambruna, ella aseguraba que la tierra permanecería estéril hasta que volviese a ver a su hija. Por fin intervino Zeus, quien a través de Hermes pidió a Hades que devolviese a Perséfone. Este accedió, «pero antes de partir, tomó un grano de granada, que es dulce como la miel y que Hades le ofreció porque sabía que así tendría que regresar». Como quiera que Perséfone hubiera comido la fruta del inframundo estuvo obligada a pasar los inviernos bajo la tierra profunda en compañía de Hades.
Félix Guirand reinterpreta el episodio y dice que Perséfone fue cómplice del ardid subterráneo tras haberse enamorado de Hades y querer permanecer junto a él, lo que llevó a Zeus a proponer un compromiso de estancia dividida aceptado por todas las partes. Sin embargo, el autor no aporta ninguna referencia clásica para ello. Una versión tardía dice que Cíane se opuso a Hades durante el rapto de Perséfone. Al resultar inútil su empeño, cayó en un mar de lágrimas, terminando por disolverse, y originó un manantial y Hades, encolerizado, la transformó en un lago de color azul intenso.
| Consorte | a) Perséfone, b) Mente, c) Leuce, d) Teófila, e) Nix |
| Descendencia | a) Las Erinias, b) Macaria, c) Zagreo (dudosamente), d) Veneratio («Reverencia») |
En la tradición clásica, el matrimonio entre Hades y Perséfone se consideraba estéril. Hades nunca es descrito como padre de algún héroe ni figura en ninguna genealogía. La tradición órfica, apartada de la tradición común, dice que la pareja engendró a las Erinias. «Las renombradas Euménides, con benévola voluntad, son las castas hijas del gran Zeus Ctonio y de Perséfone». Proclo escribió que las Euménides eran nueve en número e hijas de Hades y Core. La tradición romana también sigue esta tradición. Estacio cita al «padre de las Euménides» (pater Eumenidum), refiriéndose al rey del inframundo. Para Virgilio, las Furias son hijas de Plutón, y en otra parte del poema su madre es la diosa Nox («Noche»). Servio ya expresa directamente que Plutón y Nox se unieron para engendrarlas.
En la Suda se imagina a Hades como padre de Macaria, sin especificar quién era la madre. Por otra parte, en uno de los fragmentos del Sísifo de Esquilo se asocia a Zagreo con Hades: «Ahora [vino] a despedirse de Zagreo y de su padre, el hospitalario». El texto se ha conservado muy fragmentario y no se indica si se refiere a Zagreo como hijo o epíteto de Hades. Melínoe, solo descrita en uno de los himnos órficos, era hija de Perséfone y Zeus; éste había adoptado la forma de Hades para yacer con su propia hija. En una tradición humanista se nos dice que la Reverencia (lat. Veneratio o Reverentia), entendida como el respeto hacia los mayores, nació solo de Plutón porque Proserpina era estéril. La Reverencia se casó con el Honor (lat. Honos) y de aquí nació la Majestad (lat. Maiestas). Boccaccio usa este episodio en clave simbólica: de las riquezas de Plutón surge la reverencia humana, por eso la reverencia y el honor se derivan simbólicamente del poder y las riquezas.
Aparte de Perséfone la mitografía nos habla de al menos tres amantes o concubinas de Hades. Mente era una ninfa, hija del Cocito, que fue metamorfoseada en la planta que lleva su nombre, la menta. Unos dicen que Mente fue convertida en concubina de Hades y más tarde fue pisoteada por Core y transformada en menta de jardín. Otros dicen que Mente fue la consorte anterior a Perséfone, y que Hades finalmente prefirió a esta última. O bien que Hades se desposó con Mente después de su matrimonio con Perséfone. Se dice que Hades también se enamoró de la oceánide Leuce. La raptó y la llevó al inframundo. Después de su muerte, su cuerpo fue metamorfoseado por Hades en un álamo blanco en los Campos Elíseos. Por último también se menciona a una tal Teófila. De esta muchacha solo se afirmaba que Hades la amaba y que era, a su propio juicio, mejor que Perséfone. Teófila posee un nombre parlante: «amada por el dios» y no se sabe a ciencia cierta si es un nombre propio o un epíteto.
En el relato de Orfeo y Eurídice narrado por Ovidio, Hades aparece como el soberano supremo e indiscutible del reino de los muertos, al que todas las criaturas mortales estaban destinadas a llegar tarde o temprano. Tras la muerte de Eurídice, Orfeo descendió al inframundo y se presentó ante Perséfone y Hades para suplicar la devolución de su esposa. En su súplica, Orfeo reconoció explícitamente la autoridad universal y duradera de Hades sobre toda la humanidad, afirmando que todos los seres vivos acabarían perteneciendo a su reino. Apeló además al propio matrimonio de Hades y Perséfone, recordando el antiguo mito de su unión amorosa, para despertar la compasión del dios. Conmovido por el canto de Orfeo, que hizo llorar incluso a las almas, a las Erinias y a los condenados del Tártaro, Hades, junto con Perséfone, accedió excepcionalmente a devolver a Eurídice al mundo de los vivos. Sin embargo, impuso una condición estricta: Orfeo no debía mirar a su esposa hasta haber abandonado completamente el inframundo. Cuando Orfeo incumplió esta orden, Eurídice regresó definitivamente al reino de los muertos.
El último de los doce trabajos de Heracles fue capturar a Cerbero. Para proporcionar sangre a las almas mató a una de las vacas de Hades, por lo que el pastor que las apacentaba, Menetes, hijo de Ceutónimo, lo desafió a luchar. Cuando Heracles pidió a Cerbero a Hades, este le concedió llevárselo si lo dominaba sin hacer uso de las armas que portaba. Cerca ya de las puertas del Hades encontró a Teseo, y a Pirítoo —quien había pretendido en matrimonio a Perséfone y por ello fue encadenado. Con el pretexto de brindarles hospitalidad, Hades primero los hizo sentar en el trono de Lete, donde quedaron fuertemente adheridos y aprisionados por anillos de serpientes. Al final Heracles salvó a Teseo y Pirítoo pero no se menciona reacción alguna por parte de Hades.
Hades y Heracles lucharon entre sí en una ocasión. Tras la conquista de Élide, el héroe marchó contra la ciudad de Pilos y exterminó el linaje del rey Neleo. Durante la batalla, la violencia alcanzó el propio plano divino cuando Hades intervino en la superficie para ayudar al ejército de Pilos, resultando gravemente herido en el hombro por una flecha de tres puntas disparada por Heracles, lo que obligó al señor de las sombras a huir al Olimpo para ser curado por el médico Peón.
Esquilo relata que la astucia de Sísifo logró engañar incluso a la muerte. En ese contexto, Hades aparecía como el señor del inframundo, dependiente de las ofrendas funerarias que mantenían el orden del mundo de los muertos. Según la tradición, Sísifo había ordenado a su esposa que no realizara sus ritos funerarios, de modo que Hades se había visto privado de las ofrendas habituales. Aprovechando esta situación, el propio Sísifo había logrado persuadir al dios para que le permitiera regresar al mundo de los vivos con el fin de reclamar el descuido de sus honras fúnebres. Sin embargo, una vez de vuelta en la superficie, Sísifo había roto su promesa de regresar, obligando finalmente a Hermes a conducirlo de nuevo al inframundo, bajo la autoridad de Hades. El episodio presentaba así a Hades como una figura que, aunque soberana del mundo de los muertos, podía ser engañada temporalmente mediante la interrupción de los rituales funerarios.
En Diodoro Sículo se contaba que Asclepio había llegado a devolver la vida a muchos muertos, lo que provocó la acusación de Hades ante Zeus, ya que el número de almas en su reino disminuía debido a las curaciones del médico divino; por ello Zeus, irritado por la alteración del orden natural, terminó fulminando a Asclepio con su rayo. En una fábula atribuida a Esopo, el mismo trasfondo aparece de forma irónica: mientras un paciente recuperado bromeaba sobre el mundo de los muertos, afirmaba que en el reino de Hades y Perséfone se había desatado la alarma contra los médicos porque estos impedían que los enfermos murieran, lo que reforzaba la idea de un Hades preocupado por la preservación del flujo natural de las almas y el equilibrio de su dominio.
Según el mito transmitido por Antonino Liberal, una peste había azotado Beocia, y el oráculo indicó que la cólera de Hades y Perséfone solo podía apaciguarse mediante el sacrificio voluntario de dos doncellas. Cuando las hijas de Orión, las Corónides, se ofrecieron libremente y se dieron muerte para salvar a la ciudad, descendieron al mundo subterráneo, pero los dioses del inframundo se compadecieron de ellas. Así, en lugar de permanecer entre los muertos bajo el dominio de Hades, fueron transformadas y elevadas al cielo como cometas, mostrando a Hades como una divinidad capaz de clemencia y de revertir el destino de algunas almas excepcionales.
Jerónimo, dando una versión evemerista, dice que Aidoneo o Edoneo era, en cambio, rey de los molosos:
«La fábula de Proserpina, a quien se llevó Aidoneo, es decir, Orco, rey de los molosos. Su perro llamado Cerbero, de enorme tamaño, devoró a Pirítoo, que había venido a raptar a su esposa (la de Aidoneo) con Teseo. Cuando éste se encontró ya en peligro de muerte, llegó Hércules y lo liberó. Por esta razón se habla de él (Hércules) como si hubiera sido recibido de los infiernos: así lo escribe Filócoro en el segundo libro del Ática».
Diodoro Sículo elabora un relato único. El pasaje puede entenderse como otra racionalización evemerista del origen de Hades: el dios del inframundo habría sido originalmente un legislador o benefactor cultural relacionado con los ritos:
«De Hades se dice que enseñó las normas relativas a los entierros y a los funerales y la manera de honrar a los muertos, respecto a lo cual en la época anterior no se tenía ningún cuidado. Por esto la tradición nos ha transmitido que es el dios de los muertos, porque desde antiguo se le ha asignado el gobierno y el cuidado de ellos».

En los antiguos mitos griegos, el reino de Hades es la neblinosa y sombría morada de los muertos —también llamada Érebo o, de forma tardía, inframundo— a la que iban todos los mortales. La filosofía griega posterior introdujo la idea de que los mortales eran juzgados tras su muerte y se los recompensaba o maldecía. En la tradición clásica, los únicos seres vivos que lograron adentrarse en el inframundo y desafiar la frontera de la muerte fueron héroes, protagonistas del célebre motivo del descenso, o catábasis. Entre ellos se encuentran, a saber: Heracles, Orfeo, Odiseo, Eneas, Teseo, Pirítoo y Psique. Ninguno de ellos estuvo especialmente satisfecho con lo que presenciaron en el reino de los muertos. No obstante, rara vez estos héroes tienen contacto con el propio Hades. Incluso Odiseo en su nekyia llama a las sombras de los difuntos, en lugar de descender hasta ellos.
«Allí delante [en el Tártaro] se encuentran las resonantes mansiones del dios subterráneo, del poderoso Hades y la temible Perséfone; guarda su entrada un terrible perro [Cerbero], despiadado y que se vale de tretas malvadas: a los que entran les saluda alegremente con el rabo y ambas orejas al mismo tiempo, pero ya no les deja salir de nuevo, sino que, al acecho, se come al que coge a punto de franquear las puertas».
Había varias secciones en el inframundo, incluyendo el Elíseo, los campos de asfódelos y el Tártaro. Los mitógrafos griegos no son totalmente consistentes sobre la geografía del más allá. Un mito completamente opuesto sobre la otra vida concierne al jardín de las Hespérides, con frecuencia identificado con las islas de los Bienaventurados, donde podían morar los héroes bendecidos. En la mitología romana, la entrada al inframundo localizada en el Averno, un cráter cercano a Cumas, fue la ruta usada por Eneas para descender al reino de los muertos. Por sinécdoque, «averno» puede usarse como referencia a todo el inframundo. Los di inferi (‘dioses infernales’, esto es, dioses del mundo inferior) eran los dioses romanos del inframundo.
La primera región del Hades comprendía los campos de asfódelos, descritos en la Odisea, donde las almas de los héroes vagaban abatidas entre espíritus menores, que gorjeaban a su alrededor como murciélagos. Solo libaciones de sangre que les eran ofrecidas en el mundo de los vivos podían despertarlos durante un tiempo a las sensaciones de humanidad.
En los poemas homéricos se nos dice que los cuatro ríos del reino de Hades y su significado simbólico eran el Aqueronte («dolor»), el Cocito («lamento»), el Piriflegetonte («ardiente») y el Estigia («odio»). En este último incluso los dioses juraban y en él Aquiles fue sumergido por Tetis para hacerlo invencible, sujetado por el talón que quedó sin sumergir. La sombra de Narciso seguía contemplando obsesivamente aquella imagen amada y destructiva, que permanecía reflejada perpetuamente en las oscuras aguas del lago Estigia. El Estigia constituía el límite natural que separaba el mundo de los vivos del de los muertos.
Para los helenos, los fallecidos entraban al inframundo cruzando el río Estigia o Aqueronte, porteados por Caronte, quien cobraba por el pasaje un óbolo, una pequeña moneda que ponían en la boca del difunto sus piadosos familiares. Los pobres y aquellos que no tenían ni amigos ni familia se reunían durante cien años en la orilla cercana. Los griegos ofrecían libaciones propiciatorias para evitar que los difuntos volviesen al mundo superior a «perseguir» a quienes no les habían dado un funeral adecuado.
En el antepatio del palacio de Hades y Perséfone se sentaban los tres jueces del inframundo: Minos, Radamantis y Éaco:
«Estos, después de que los hombres hayan muerto, celebrarán los juicios en la pradera en la encrucijada de la que parten los dos caminos que conducen el uno a las Islas de los Bienaventurados y el otro al Tártaro. A los de Asia les juzgará Radamantis, a los de Europa, Éaco; a Minos le daré la misión de pronunciar la sentencia definitiva cuando los otros tengan duda, a fin de que sea lo más justo posible el juicio sobre el camino que han de seguir los hombres».
También existían dos lagos: el de Lete («olvido») o Ameles («desatención»), a donde las almas comunes acudían para borrar todos sus recuerdos, y el de Mnemósine («recuerdo»), de donde los iniciados en los misterios preferían beber. Siendo este concepto del olvido de vidas pasadas, equivalente a que podemos encontrar en la mitología china, en el rol que cumple el personaje de Meng Po.
Allí, en el trivio consagrado a Hécate, donde los tres caminos se encontraban, las almas eran juzgadas; volvían a los campos de asfódelos si no eran virtuosas ni malvadas y eran enviadas al camino del tenebroso Tártaro si eran impías o malas, o al Elíseo (Islas de los Bienaventurados) con los héroes «intachables». En los Oráculos sibilinos, un curioso batiburrillo de elementos grecorromanos y judeocristianos, vuelve a aparecer el Hades como morada de los muertos, y por etimología popular, incluso procede del nombre de Adán (el primer hombre), afirmándose como motivo que fue el primero en entrar en él.
Hades es teológicamente fundamental para garantizar el orden cósmico al gobernar la muerte. No obstante casi no existieron templos dedicados a él, por lo que su veneración es rara, local o eufemística. La práctica religiosa antigua limitaba sus espacios sagrados debido al temor reverencial que infundía su nombre, haciendo que se le rindiera homenaje principalmente durante las ceremonias fúnebres y a través de libaciones. No obstante, su figura desempeñaba un papel muy importante de trasfondo en los cultos mistéricos, donde garantizaba un destino post mortem favorable para los iniciados.
El único templo (naos) dedicado a Hades del que se tiene constancia fue el de Élide. Pausanias documentó la existencia del único templo formal y cerrado de Hades dentro de una ciudad. Sin embargo, su funcionamiento demuestra el terror que le tenían. Permanecía abierto solo una vez al año y las puertas del templo permanecían selladas casi todo el tiempo. Únicamente el sacerdote principal podía cruzar el umbral ese único día del año. Los habitantes de Élide justificaban este aislamiento explicando que los seres humanos solo pueden descender al reino de los muertos una sola vez en la vida; por lo tanto, entrar a su templo con normalidad habría sido un desafío al destino.
La gran mayoría de sus santuarios (témenos) no se construían hacia arriba, sino hacia abajo, aprovechando cuevas o grietas naturales consideradas ‘puertas al Inframundo’. El Ploutonion de Eleusis era una pequeña estructura construida justo en la boca de una cueva. Los griegos creían que ese era el punto exacto por donde Perséfone ascendía y descendía del inframundo cada año. Aquí se le llamaba Plutón (el dador de riqueza mineral y agrícola) para evitar su nombre terrorífico. El Necromantío del río Aqueronte, ubicado en la región de Epiro, era un templo de nigromancia dedicado a Hades y Perséfone. Los fieles acudían a este complejo de pasillos oscuros subterráneos para purificarse, realizar rituales y lograr que las almas de los muertos emergieran para predecir el futuro. El Ploutonion de Hierápolis, era un santuario construido sobre una grieta que emitía gases tóxicos naturales (dióxido de carbono). Los sacerdotes metían animales como toros o pájaros, los cuales morían asfixiados al instante ‘por el aliento de Hades’, mientras los sacerdotes (que sabían cómo contener la respiración o mantenerse erguidos sobre el gas pesado) salían vivos ante el asombro del público. Pausanias describe otro santuario, el de Hermíone, donde arrojaban ganado a un foso natural en honor a Hades (bajo el nombre eufemístico de Clímeno, ‘famoso’).
Esta escasez de templos se tradujo también en una falta casi absoluta de iconografía monumental. En la actualidad, apenas se conservan dos estatuas de culto que compartan inequívocamente su fisonomía tradicional. Una de ellas es la célebre e imponente imagen de rasgos maduros esculpida por Briaxis, la cual fue trasladada a Alejandría y asimilada sincréticamente bajo el nombre de Serapis. En estas escasas manifestaciones del arte clásico, el soberano es retratado de forma invariable como un dios severo, entronizado o de pie, portando una densa barba y flanqueado por su guardián perimetral indomable, el perro de tres cabezas Cerbero.
La sangre de todos los sacrificios ctónicos, incluyendo los dedicados a Hades, goteaba a un pozo o grieta en el suelo. La persona que ofrecía los sacrificios tenía que apartar su cara. El culto de Hades pertenece de forma estricta al ámbito ctónico, lo que implica una diferencia ritual fundamental respecto a las divinidades olímpicas. En los sacrificios dirigidos a las potencias subterráneas, la ofrenda no se eleva hacia el cielo ni es consumida por los participantes, sino que se destina íntegramente al mundo de los muertos. Pausanias describe los rituales del santuario de Titane, donde los sacrificios ctónicos se realizan mediante holocausto en fosas (bothroi): «las víctimas son quemadas por completo dentro del foso y está prohibido que los participantes prueben la carne o eleven el humo como en los ritos olímpicos, ya que todo lo depositado en la tierra pertenece a los dioses infernales». Este pasaje establece una oposición clara entre el ritual ctónico (subterráneo, cerrado, no compartido) y el ritual olímpico (elevado, público, consumido).
Luciano de Samósata contrasta explícitamente ambos sistemas rituales: «los dioses olímpicos reciben ofrendas en altares elevados (bōmos), mientras que las divinidades ctónicas y los muertos reciben sacrificios a través de fosos en la tierra (bothros), sin consumo humano de la carne. Luciano sistematiza aquí una distinción ya establecida en la práctica religiosa griega entre cielo y subsuelo, vida y muerte. En la Odisea se dice que Odiseo había cavado un foso, virtió sangre negra e invocó explícitamente a Hades apartando la vista.
En los Himnos homéricos, Hades, bajo los nombres y epítetos de Aidoneo (Ἀϊδωνεύς), Polidegmón (Πολυδέγμων, «el que recibe a muchos»), Polisémantor (Πολυσημάντωρ, «gobernante de muchos») y Polínomo (Πολύνομος, «el de muchos nombres»), es descrito como uno de los grandes hijos de Cronos y hermano de Zeus.
La costumbre de referirse a Hades como «el rico» fue analizada por dramaturgos como Sófocles, quien explicó irónicamente que el sombrío dios no se enriquecía con el oro, sino «con nuestros suspiros y lágrimas». Para evitar la maldición de su nombre real, la religión griega desarrolló eufemismos de culto que con el tiempo se convirtieron en epítetos oficiales: se le llamaba Clímeno o «el célebre» para dignificar a su dinastía; Polidegmón o «el que acoge a muchos», en alusión a la inevitable hospitalidad del cementerio; y Eubuleo o «buen consejero», un título de carácter estrictamente místico e iniciático que salvaguardaba la justicia del juicio póstumo.
El filósofo Heráclito, unificando opuestos, declaró que Hades y Dioniso, la misma esencia de la vida indestructible (zoë), eran el mismo dios. Entre otros datos, Kerényi señala que la afligida diosa Deméter rehusaba beber vino, que es el don de Dioniso, tras el rapto de Perséfone, debido a esta asociación, y sugiere que Hades puede de hecho haber sido un «seudónimo» para el Dioniso del inframundo. Incluso sugiere que esta identidad dual puede haber sido familiar a quienes entraban en contacto con los misterios. Uno de los epítetos de Dioniso era Ctonio, ‘subterráneo’.

La evolución del gobernante del inframundo en la antigua Grecia demuestra que Plutón (gr. Πλούτων, Ploútōn) y Hades no son deidades distintas, sino dos nombres que reflejan un cambio drástico en la psicología religiosa de los propios griegos. El nombre original, Hades («el invisible»), infundía un terror tan profundo que los mortales evitaban pronunciarlo por miedo a atraer la muerte física. Por ello, a partir del período clásico (siglo V a. C.), los dramaturgos atenienses institucionalizaron el uso del eufemismo Plutón («el rico» en griego), transformando la percepción del dios de un carcelero implacable a un dador de abundancia material.
Esta faceta amable se fundamenta en que los griegos vinculaban el subsuelo con dos fuentes de riqueza absoluta: los metales preciosos y la germinación agrícola. Al adoptar el nombre de Plutón, el dios pasó a ser representado en el arte clásico no con atributos de muerte, sino portando la cornucopia o ‘cuerno de la abundancia’, un símbolo plenamente agrario. Esta dualidad entre la muerte y la regeneración de la vida se consolidó a través de los misterios eleusinos, donde Plutón, mediante el rapto consentido de Perséfone, se convierte en el garante de la fertilidad de los campos y de la prosperidad de los iniciados. Esta asimilación fue tan exitosa en el propio territorio heleno que los mitógrafos e historiadores griegos del período tardío abandonaron casi por completo el nombre de Hades, prefiriendo denominar sistemáticamente al soberano de las sombras como Plutón en todos sus textos de crónica y geografía.
Para la mentalidad clásica la riqueza no provenía únicamente de los ciclos agrícolas, sino también de los tesoros minerales e industriales ocultos en las entrañas de la tierra. Plutón era venerado como el guardián y dueño absoluto de los yacimientos metalúrgicos y de las vetas de oro y plata que se extraían de las minas para la acuñación de monedas en las polis, convirtiéndose en el motor financiero invisible del mundo antiguo. Al vincular la soberanía del inframundo con el control de estas riquezas y tesoros enterrados, los griegos lograron transformar el pánico biológico a la muerte en un reconocimiento de la necesidad económica del subsuelo, consolidando la transición iconográfica del dios hacia una figura benévola que derrama abundancia material e industrial sobre los mortales.
La interpretatio graeca y los procesos de sincretismo fueron mecanismos fundamentales en la Antigüedad para traducir y asimilar la figura de Hades a divinidades de otras culturas. Debido a su asociación con la muerte, el inframundo y las riquezas subterráneas, el dios griego pudo identificarse fácilmente con otras deidades de funciones similares. En el Mediterráneo oriental, los griegos identificaron al dios semítico Mot, señor de la muerte y del inframundo, con Hades, debido a su función como soberano de las profundidades y receptor inevitable de los mortales.
El ejemplo más exitoso fue el de Serapis, una divinidad creada en el siglo III a. C. por los ptolomeos para unificar las tradiciones griega y egipcia. Serapis fusionó los atributos de Osiris y Apis con los de Hades-Plutón, y fue representado con la apariencia típica del dios griego del inframundo: un soberano barbado y majestuoso, acompañado a menudo por Cerbero y coronado con el modius, símbolo de la fertilidad subterránea. Dentro de la propia tradición griega, Hades fue asociado con el llamado ‘Zeus ctónico’, concebido como la manifestación subterránea del poder de Zeus. Asimismo, en los ambientes órficos y mistéricos se desarrolló una profunda identificación entre Hades y Dioniso, resumida en el célebre fragmento de Heráclito según el cual «Hades y Dioniso son el mismo dios», reflejando la idea de que muerte y regeneración formaban parte de un mismo proceso cósmico.
Los romanos identificaron a Hades con diversas divinidades infernales propias. Dis Pater o Dite, el «Padre Rico», fue asimilado a la faceta de Hades como señor de las riquezas del subsuelo, mientras que Orco representó su aspecto más severo y punitivo. Con el tiempo, el nombre griego Plutón terminó imponiéndose en la tradición literaria y religiosa romana. El dios etrusco Aita fue identificado con Hades a través del contacto con la cultura griega, conservando al mismo tiempo rasgos iconográficos propios. Habitualmente aparecía como un dios barbado del inframundo junto a su consorte Persipnei, equivalente etrusca de Perséfone, constituyendo el paralelo más directo de Hades-Plutón en la religión etrusca.
Walter Burkert entiende a Hades no tanto como una figura psicológica o moral, sino como una función religiosa dentro del sistema griego de representación de la muerte. En su análisis de la religión griega, Hades no es un “dios del mal” ni una figura demoníaca, sino el soberano del inframundo como espacio necesario del orden cósmico. Su papel en el mito de Perséfone es estructural: garantiza la separación irreversible entre el mundo de los vivos y el de los muertos, pero también hace posible la integración de ese ámbito en la economía religiosa de los cultos mistéricos. Para Burkert, el rapto de Perséfone expresa la lógica del tránsito entre vida y muerte que los misterios de eleusis transforman en esperanza iniciática: el inframundo no es negación absoluta de la vida, sino parte del ciclo religioso que articula muerte y renacimiento simbólico.
Jean-Pierre Vernant interpreta a Hades desde una perspectiva estructuralista como la figura que representa la alteridad absoluta dentro del sistema simbólico griego. Hades no es simplemente un dios entre otros, sino la personificación del espacio radicalmente otro: el mundo subterráneo como dominio separado de la vida cívica. En el mito de Perséfone, su función no es emocional ni narrativa, sino estructural: introduce la lógica de la separación irreversible que define tanto la muerte como la transformación del estatus social femenino. El rapto de Perséfone por Hades no se interpreta como un acto “amoroso” o “violento” en sentido moderno, sino como la cristalización mítica de un cambio de estado: la salida del mundo materno hacia un orden cerrado y definitivo. Hades encarna así la frontera simbólica que organiza la relación entre vida, muerte y sociedad en el imaginario griego.
Karl Kerényi concibe a Hades no como una figura autónoma de poder, sino como parte del drama simbólico del descenso (katábasis) en el ciclo Deméter–Perséfone. En su interpretación fenomenológica, Hades es el espacio del otro mundo donde ocurre la transformación esencial del mito: el alejamiento de Perséfone no es solo una separación geográfica o cosmológica, sino una inmersión en la dimensión oculta de la existencia. Sin embargo, Kerényi evita reducir a Hades a un principio negativo: el inframundo no es únicamente privación de vida, sino un ámbito de experiencia necesaria para la totalidad del ciclo divino. En este sentido, Hades es el “escenario” de la pérdida y del retorno, más que una figura moral o psicológica. Su función es permitir la estructura arquetípica del mito, en la que el descenso precede siempre a la reintegración y la renovación de la vida.
El término «hades» en la teología cristiana (y en el Nuevo Testamento) es paralelo al concepto espiritual hebreo sheol "receptáculo de las almas", muy diferente al concepto material heb. kever, ‘tumba’ o ‘pozo de suciedad’. Sheol (en el Tanakh hebreo antiguo) o Hades (en el NT griego koiné) aludiría entonces a la morada de los muertos, i. e., nefesh (psyches) de las personas sin cuerpos materiales. El concepto cristiano latino eclesiástico de infierno toma su traducción equivalente del griego Hades y del hebreo Sheol, el cual se dividía en 2 departamentos antes de la llegada de Jesucristo: Seno de Abraham y Lugar de Tormento. Así también, se hace mención al Tártaro, una parte profunda y sombría del Hades usada como mazmorra de tormento y sufrimiento de los ángeles caídos.