
Efesios 4 es el cuarto capítulo de la Epístola a los Efesios del Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Tradicionalmente, se cree que fue escrita por Apóstol Pablo mientras estaba en prisión en Roma (hacia el año 62 d. C.), pero más recientemente se ha sugerido que fue escrita entre los años 80 y 100 d. C. por otro escritor que utilizó el nombre y el estilo de Pablo. Este capítulo forma parte de la exhortación de Pablo (Efesios 4-6), con la sección particular sobre la interdependencia mutua de los cristianos como iglesia (versículos 1-16) y cómo deben vivir en el mundo (4:17-5:20).
El texto original fue escrito en griego koiné. Este capítulo está dividido en 32 Versículos.
Algunos manuscritos antiguos que contienen el texto de este capítulo son:
Cristo ha reconciliado a judíos y gentiles, creando un solo pueblo unido. Por eso, los cristianos deben esforzarse por preservar la unidad del Cuerpo de Cristo (vv. 1-10). Aunque haya diversidad de dones y funciones, esta diversidad no rompe la unidad, sino que fortalece al Cuerpo. Cada creyente, con los dones recibidos, tiene un papel en la Iglesia y el mundo, contribuyendo al crecimiento y edificación del Cuerpo de Cristo (vv. 11-16).
Pablo exhorta a la iglesia sobre su «llamamiento», a vivir la vida entera como respuesta a la llamada de Dios, manteniendo la unidad en el Espíritu; se trata de un llamamiento común para cada creyente, independientemente de su rango o capacidad, centrándose en un Señor común, Jesús.
Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que os conduzcáis como es digno de la vocación con que habéis sido llamados,
Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
⁴Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; ⁵un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; ⁶un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, y por todos, y en todos vosotros.
La confesión «triádica» – un Espíritu... un Señor... un Dios – en los Versículos 4-6 recuerda el alcance de la unidad en la iglesia.
La unidad del Cuerpo de Cristo es la principal exigencia presentada en la primera parte de la carta, y demanda de los cristianos humildad y perseverancia. Esta unidad de la Iglesia —un solo Cuerpo y un solo Espíritu (v. 4)— se basa en la realidad de que hay un solo Dios, un solo Señor, una sola fe y un solo Bautismo (vv. 5-6).
El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable reunión de los fieles, y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia.
La cita del v. 8 corresponde al Salmo 68,19. En él aparece Dios entrando triunfante en Sión, donde es recibido por su pueblo que le rinde homenaje y le hace entrega de sus ofrendas. La tradición judía había aplicado esta frase del salmo a Moisés, modificando su sentido: Moisés subió a lo alto, es decir, al monte Sinaí, y trajo dones a los hombres, concretamente la Ley de Dios. Aquí se enseña cómo este salmo se cumple en Jesucristo: por Él, por su vida terrena y por su muerte, por su humillación y exaltación, nos han llegado las gracias divinas. Jesús, desde la gloria del Cielo, en la que ya ha entrado, otorga a todos los dones que ha ganado con su Redención.
Esta sección puede verse como una elaboración de Romanos 12:4-8 y 1 Corintios 12:4-31, enfatizando que la iglesia como cuerpo de Cristo sólo puede funcionar eficazmente con el reconocimiento de la función de cada miembro de la iglesia dentro del cuerpo, y cada función individual es designada y hecha para trabajar eficazmente por la habilitación de Cristo.
El Salmo 68:18 dice
Y él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros,
hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;
La unidad de la Iglesia se sostiene gracias a la acción de Cristo, quien actúa como su Cabeza y genera los ministerios necesarios para que todos alcancen la madurez espiritual.
Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comporten de forma meramente pasiva, porque todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, todo el cuerpo crece según la operación propia de cada uno de sus miembros.
Cuando Israel fue liberado de la «esclavitud en Egipto», la sangre del cordero pascual, aplicada en los marcos de las puertas de sus casas, sirvió como señal que identificaba a quienes serían salvados. De manera similar, el sello del Espíritu Santo, recibido en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, marca de forma permanente el alma de aquellos que, gracias a la Redención de Cristo, son llamados a la salvación.
Mediante ese sello «el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble, permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados.
Extendiéndose hasta 5:20, esta parte da un conjunto general de instrucciones, con el clásico «despojaos (de los vicios) y vestíos (de las virtudes)» en los versículos 22-32, utilizando la familiar imaginería del cambio de ropa para cambiar el carácter y el estilo de vida.
La vida nueva en Cristo es esencial para que cada cristiano pueda colaborar en el crecimiento del Cuerpo de Cristo. Esta nueva vida implica abandonar la vanidad y el pecado previos a la conversión, y revestirse de Cristo, el hombre nuevo, manteniéndose fiel a Él en todo momento. Solo así se puede vivir plenamente la vocación cristiana y contribuir al fortalecimiento de la Iglesia.
Si, pues, no hay más que un vestido salvador, esto es, Cristo, nadie llamará hombre nuevo, el que ha sido creado según Dios, a ninguno fuera de Cristo. Es, pues, evidente, que quien se ha revestido de Cristo se ha revestido del hombre nuevo, de ese hombre nuevo que ha sido creado según Dios.
La vida nueva en Cristo tiene como primera consecuencia la práctica de las virtudes, las cuales permiten una convivencia armoniosa entre los cristianos, quienes forman parte del mismo Cuerpo de Cristo (vv. 25-32). Los seguidores de Cristo no necesitan aislarse del mundo para vivir conforme al Evangelio, sino que deben buscar a Dios en su vida diaria, especialmente en el ámbito laboral (v. 28). A través de esta vivencia de las virtudes cristianas, los cristianos están llamados a transformar el mundo, reflejando la vida de Cristo, particularmente en el acto de perdonar a los demás.