| Reino de Asturias Asturum Regnum (latín) | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| Reino desaparecido | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| 718-924 | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| Lema: Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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El reino de Asturias en el año 910 | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Coordenadas | 43°21′45″N 5°50′35″O / 43.3625, -5.8430555555556 | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Capital |
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| Entidad | Reino desaparecido | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Idioma oficial |
Latín latín vulgar | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| • Otros idiomas |
Romance: Asturleonés referencia del 974 viable existencia para principios del siglo X | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Superficie | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| • Total | 60 000 000 000 m² | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Religión | Iglesia católica Rito hispanico | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Historia | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| • 718 | Pelayo, príncipe de los astures | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| • 924 | Traslado de la capital a León | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Forma de gobierno |
Monarquía electiva (718-842) Monarquía hereditaria (842-914) | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Rey • 718-737 • 910-925 |
Pelayo Fruela II | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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El Reino de Asturias (en latín, Asturum Regnum), existente entre el 718 y el 910 d. C, fue la primera entidad política cristiana erigida en la península ibérica como resistencia al avance del poder islámico tras el colapso del reino visigodo de Toledo en 711. Su origen estuvo vinculado a la resistencia de miembros de la aristocracia en el norte peninsular, cuya autoridad y tradición política confluyeron con las estructuras de poder locales, que lideradas por Pelayo iniciaron la rebelión en la batalla de Covadonga, librada hacia el 718 o 722. En ella, las fuerzas de Pelayo rechazaron a la expedición musulmana enviada para someter la rebelión, en un enfrentamiento que la tradición asturiana convertiría en el episodio fundacional de su reino y que la historiografía clásica consideró el inicio de la reconquista.
Nacido en los abruptos valles de la Asturias transmontana, aquel primer núcleo de resistencia apenas controlaba una pequeña franja de tierra. Su primera gran ampliación territorial se produjo durante el reinado de Alfonso I, cuyo matrimonio con Ermesinda, hija de Pelayo, vinculó las dos principales familias dirigentes opuestas a la conquista islámica. Alfonso I asociado al linaje godo del antiguo ducado de Cantabria, incorporó extensos territorios de la cornisa cantábrica y las campañas emprendidas durante su reinado, extendieron la autoridad asturiana hacia Galicia, Vizcaya y la Meseta septentrional, transformando el reducido núcleo en un reino emergente que controlaba la mayor parte de la franja norte peninsular.
La consolidación de Asturias a mediados del siglo VIII coincidió con el creciente fortalecimiento de una Córdoba independiente bajo el liderazgo de Abderraman I. Desde la segunda mitad del siglo VIII, las aceifas contra el reino se hicieron recurrentes. Durante casi un siglo, los ejércitos musulmanes sometieron periódicamente sus territorios a expediciones de castigo, en las que se incendiaban cosechas, se arrasaban poblaciones y se capturaban numerosos cautivos para su reducción a la esclavitud. Ni siquiera la capital quedó al margen: Oviedo fue saqueada y destruida en dos ocasiones durante el reinado de Alfonso II, mostrando hasta qué punto las expediciones musulmanas podían penetrar en el corazón del reino.
Esta situación contribuyó a desarrollar una interpretación apocalíptica de la amenaza islámica, cuyo máximo exponente fue la obra de Beato de Liébana. El reino tuvo que afrontar esta amenaza militar desde una inferioridad humana y material, combinando la defensa de los pasos montañosos, el aprovechamiento del terreno y las fortificaciones, con la explotación de las crisis internas de al-Ándalus mediante campañas ofensivas. En este marco histórico desfavorable, el reino asturiano no solo logró la supervivencia y conservar su independencia frente a una amenaza aparentemente superior, sino continuar su expansión hacia el sur aumentando considerablemente sus dominios.
Con Alfonso III a finales del siglo IX, en el máximo apogeo asturiano, se produjo un cambio progresivo en el equilibrio de fuerzas. La expansión territorial y el fortalecimiento militar del reino permitieron trasladar el escenario de la guerra hacia el sur y emprender campañas ofensivas de mayor alcance. La amenaza de las grandes expediciones cordobesas disminuyó progresivamente. Paralelamente, los asturianos desarrollaron un programa político-ideológico «Restauratio Hispaniae», plasmado en las crónicas alfonsinas, que adquirió una dimensión fundamental en la ideología regia. La monarquía asturiana se proclamó heredera del reino visigodo y asumió la restauración del antiguo orden hispánico como una empresa histórica, reivindicando la recuperación del reino perdido y la continuidad del poder cristiano en la península. Esta concepción proporcionó un fundamento ideológico a la expansión como depositaria de una legitimidad dinástica e histórica hoy conocida como neogoticismo.
La convergencia de estos procesos políticos y sociales, junto al importante avance hacia el sur hizo que la llanura leonesa y la cuenca del Duero se convirtieran en el verdadero motor demográfico, militar y económico del reino. La franja cantábrica quedó progresivamente relegada a la periferia, todo ello acompañado con el traslado de la corte a León, terminó desencadenando su trasformación y sucesión en el Reino de León.
A nivel social, la población del reino estaba formada mayoritariamente por poblaciones hispanorromanas de origen local, integradas con algunos elementos procedentes de las aristocracias vinculadas a la tradición política hispanogoda.La arqueología proporciona además indicios de que las poblaciones de la cornisa cantábrica no se encontraban aisladas del resto de Hispania, sino que mantenían contactos e intercambios con los circuitos políticos, económicos y culturales vinculados al reino visigodo de Toledo, tanto antes como después de la conquista islámica de 711. Desde los primeros tiempos del reino existen testimonios materiales de continuidad de esta cultura, especialmente visibles en la epigrafía, la arquitectura, la liturgia, la recepción de un orden jurídico como el Liber Iudiciorum, y las formas de representación del poder. La inscripción fundacional de Santa Cruz de Cangas de Onís de 737, en el mismo año de la muerte de Pelayo, constituye uno de sus testimonios materiales más tempranos e importantes. Esta tradición adquiriría una formulación política mucho más definida con la elaboración de las crónicas asturianas.
Hoy en día, todos estos testimonios vertebran un intenso debate académico, en cuyo espectro historiográfico se analiza el alcance real y la continuidad del orden político hispanogodo, abarcando desde las posturas que niegan su influjo hasta las que sostienen una preservación indiscutible.
La Cordillera Cantábrica, especialmente los Picos de Europa y el área central de la actual Asturias, donde se concentraron los principales acontecimientos de sus primeras décadas y según las descripciones de Estrabón y Dión Casio, estaban habitados en época prerromana por diversos pueblos, entre los que se encuentra los vadinienses, orgenomescos, selinos, lugones, astures, pésicos y galaicos. Esta diversidad se vio transformada por la conquista romana durante las guerras cántabras, culminadas bajo Augusto.
Tras las guerras cántabras, la cornisa cantábrica quedo integrada dentro de las estructuras socioeconómicas del Imperio romano, experimentando un profundo proceso de romanización que en décadas anteriores habría sido subestimado, cuyo legado esta extendido por todo el territorio y alcanza desde los valles montañosos hasta la costa. De esta nueva sociedad se preservan numerosos yacimientos y restos arqueológicos de mosaicos, termas, hipocaustos, orfebrería, necrópolis, foros, epigrafia, cerámica, vidrios y monedas. Este legado, refleja una sociedad compleja, jerarquizada, con un alto grado de desarrollo obtenido con la explotación de su territorio y el intercambio comercial mediante la red de calzadas de la Carisa o el Camíno Real de la Mesa y las rutas comerciales marítimas del Imperio en El Cantábrico.
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Principales evidencias arqueológicas romanas en la cornisa cantábrica | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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El proceso de asimilación cultural se evidencia en la adopción de nombres latinos por parte de las élites locales, como el militar de origen astur Caius Sulpicius Ursulus, llegado a prefecto de legión, o el linaje terrateniente de Veranius, titular de la gran villa bajoimperial que hoy conserva su nombre. Durante los siglos II y III d. C., la región experimentó una fase de consolidación económica y de plena pacificación (pax romana) sin registrar eventos violentos, impulsada por la profunda transformación de numerosos asentamientos castreños que adquirieron nuevas funciones económicas, en la actividad aurifera, o por la intensa actividad de las villas agropecuarias y el suministro continuado de productos foráneos.

Con el declive de Roma y tras cuatro siglos de integración en las redes imperiales romanas, la sociedad de la cornisa cantábrica experimento en el inicio de la Antigüedad tardía una profunda transformación. La perdida de las redes comerciales, la contracción monetaria y el fin de la administración, favorecieron la desurbanización y la descentralización del territorio, mientras la función de numerosos centros urbanos desapareció. Dando paso a una trasformación social que se caracterizara en oposición a la anterior por no dejar grandes restos monumentales y un menor registro arqueológico.
Tras las invasiones barbaras, el occidente asturiano estuvo durante parte del siglo VI dentro de la esfera de influencia del reino suevo, el único testimonio que tenemos es la mención es el Parroquial suevo, una relación de circunscripciones eclesiásticas que documenta la organización eclesiástica del noroeste peninsular donde incluye el territorio de Pesicos. Este testimonio, junto con otros indicios arqueológicos permite plantear la existencia de estructuras territoriales y poderes locales de estas comunidades en el reino suevo.Mientras que la situación política de los territorios orientales y de la actual Cantabria resulta mucho menos conocida.
La conquista del reino suevo por Leovigildo en 585 incorporó sus territorios a la monarquía visigoda de Toledo. Para este periodo, las fuentes escritas son escasas y fragmentarias, pero existen diversos indicios de la integración política de Asturias en el mundo hispanogodo. A finales del siglo VII, Valerio del Bierzo se refiere a sí mismo como nativo de Asturiensis provinciae, proporcionando el testimonio más explícito sobre la existencia de una estructura administrativa regional. La naturaleza exacta de esta entidad y su relación con la organización administrativa y militar del reino visigodo continúan siendo desconocidas. Durante el reinado de Wamba (672-680) y según las fuentes astures, estas dejan registro una rebelión en Asturias.

En el ámbito religioso, la continuidad de centros monásticos y religiosos en el ámbito cantábrico, junto con la existencia de pequeñas iglesias rurales, ermitas y complejos rupestres, muestra la importancia que había adquirido el cristianismo como estructura social y territorial. En Cantabria destacan, entre otros, los conjuntos rupestres de Santa María de Valverde y San Juan de Socueva, mientras que en Liébana la tradición monástica de Santo Toribio se desarrolló en un territorio que mantuvo una notable densidad religiosa durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media.
La numismática ofrece asimismo una evidencia particularmente significativa de la presencia de la administración visigoda en la región. En el territorio atribuido a los Pésicos se documenta una ceca que emitió tremis a nombre de Gundemaro (610-612) y Sisebuto (612-621). Aunque la localización exacta de la ceca sigue siendo objeto de debate, su vinculación con los Pésicos y con el territorio del occidente asturiano constituye un indicio de la incorporación de esta región a los circuitos monetarios y políticos del reino visigodo.
Por su parte la arqueología aporta otros indicios que en conjunto nos revelan cada vez con mayor claridad, la presencia de grupos aristocráticos de carácter local, que se encuentran al frente de asentamientos fortificados, como Gauzon o Peñaferruz y detrás de la fundación de iglesias como Veranes o Arguelles. integrados en una cultura material de cultura tardo antigua e hispanogoda. En líneas generales el patrón arqueológico y restos hispano godos de la cornisa cantábrica es comparable al de otras regiones rurales y periféricas de la Hispania visigoda, donde la integración en el reino podía manifestarse mediante comunidades campesinas, élites locales, espacios funerarios, fortificaciones, objetos de prestigio, armamento y establecimientos religiosos, sin necesidad de grandes centros urbanos. La cuestión relevante no es únicamente la existencia de monumentos, sino la presencia de conexiones con las redes sociales, políticas, económicas, militares y culturales del reino.

Los macroestudios genéticos realizados sobre yacimientos peninsulares que incluyen la época visigoda, sobre individuos enterrados con vestigios culturales hispanogodos, muestran componentes genéticos procedente de Europa septentrional o central situándose en algunos individuos relacionados con los periodos iniciales, hasta en un 50-80% de ascendencia noreuropea, para descender en fechas posteriores por debajo del 25%, según argumenta uno de estos estudios «Hasta la conversión del rey Recaredo a la fe nicena (católica) en el año 589 d.C., el arrianismo de los visigodos probablemente actuó como un mecanismo de segregación social» Estos estudios nos ayudan a tener otra perspectiva convergente para considerar la realidad social del mestizaje e integración con los nativos hispanoromanos, donde el componente germánico debió diluirse en pocas generaciones. Es por ello pertinente, entender las categorías socio-culturales como astures, hispanorromanos e hispanogodos no como grupos biológicos diferenciados. Pues, sus integrantes compartían la lengua, la religión y un sustrato demográfico mayoritariamente común, sin que ello eliminase algunas diferencias de identidad, tradición cultural o adscripción política. Se trata por tanto de categorías históricas cuyos significados podían solaparse, aunque también presentar diferencias en determinados contextos.
En conjunto, las evidencias escritas, arqueológicas, funerarias, numismáticas y religiosas permiten, situar la región dentro de las redes políticas de la Hispania visigoda rural o periferica. El reino asturiano no surgió, por tanto, en un territorio política, social y culturalmente aislado del resto de Hispania, sino en una región habitada por comunidades de antiguo sustrato local, profundamente transformadas por la romanización y con unas élites con tradición cultural romana e hispanogoda. La formación del reino astur en el siglo VIII debe entenderse sobre esta superposición de capas, resultado de la continuidad y transformación de las poblaciones locales a lo largo de los últimos siete siglos, aunque la naturaleza exacta de las estructuras de poder existentes en Asturias antes de 711 y el grado de dependencia efectiva respecto de Toledo sigan siendo cuestiones abiertas a debate.
Para principios del siglo VIII el Reino Visigodo de Toledo había consolidado territorialmente Hispania, la nobleza había abandonado el arrianismo y aceptando la fe de sus súbditos católicos, se habían promulgado leyes integradoras como la aprobación de matrimonios mixtos y creado un único código legal para todos sus súbditos indistintamente de su origen cultural. El proceso de desurbanización sufrido por Europa occidental se dio en una menor medida en Spania, perdurando una mayor actividad y red comercial. Para inicios del siglo VIII no existía una concepción del término godo estrictamente étnico sino que constituía ante todo una categoría política y de prestigio. Ya a mediados del siglo VII las élites del reino compartían una identidad vinculada al reino y al mismo tiempo, una concepción territorial de Hispania como comunidad política y cultural, expresada en la obra de Isidoro de Sevilla y en el desarrollo de la denominación Regnum Spaniae utilizada conjuntamente a la de Regnum Ghotorum. Dentro de este marco político y cultural sin embargo, coexistía con una profunda inestabilidad política derivada del sistema sucesorio de la monarquía electiva, que favorecía las disputas entre las principales facciones aristocráticas. Las luchas por el acceso al trono habían debilitado progresivamente la autoridad de la monarquía y la cohesión política del reino, hasta desembocar en la crisis sucesoria que precedió al final del reino.

En 710 muere Witiza con a una edad demasiado temprana, desencadenando una crisis sucesoria que dividió la nobleza hispano-goda. Rodrigo probablemente uno de los principales duques del reino, se hizo con el poder con el respaldo de gran parte de la aristocracia. La crónica mozárabe del 754 nos narra que su ascenso al trono fue tumultuoso y fue impulsado por el Senado, dandonos señales de que hubo una importante división. Agila señalado por tradición historiográfica como hijo de Witiza encabezaba la otra facción con base de poder sobre la tarraconense y la narbonense.
La crisis desembocó en una enfrentamiento civil que coincidió con la llegada de las tropas musulmanas a la península en 711. Los musulmanes cruzaron el estrecho y se asentaron en Gibraltar procedentes del norte de África, con una tropa compuesta principalmente por contingentes bereberes y dirigida por Ṭāriq ibn Ziyād. Tariq utilizó los primeros días para conquistar pequeñas plazas cercanas, lanzar pequeñas incursiones y saqueos, provocando que saliese a su encuentro el duque de la Bética, el cual fue derrotado. Durante las siguientes semanas la expedición musulmana siguió recibiendo nuevos refuerzos procedentes del norte de África, incrementando sus efectivos.
En ese momento Rodrigo se encontraba en campaña al norte de Spania, desconocemos si combatiendo en la guerra civil o contra los vascones, la noticia del desembarco musulmán y la derrota del duque de la Bética debió obligar a Rodrigo a interrumpir sus operaciones y dirigirse al sur. No sabemos con certeza que sectores de la nobleza hispanogoda ni en qué medida las facciones enfrentadas participaron conjuntamente en realizar los preparativos para repeler la invasión musulmana. Es plausible entender que ambas facciones marchasen al sur y se enfrentasen juntas a los musulmanes en la batalla de Guadalete.
فلما تقابلت الفئتان أجمع المند وأخوه على الغدر بلندريق، وأرسلوا في ليلتهم تلك إلى طارق يعلمونه أن لندريق إنما كان كلبًا من كلاب أبيهم وأتباعه، ويسألونه الأمان، على أن يخرجوا إليه بالصباح، وأن يمضي لهم ضياع أبيهم بالأندلس، وكانت ثلاث آلاف ضيعة، ثبتت بعد ذلك: صفايا الملوك. فلما أصبحوا انقشعوا عن معسكرهم إلى طارق، فكانوا سبب الفتح.« Cuando los dos ejércitos estuvieron frente a frente, Olmundo y sus hermanos decidieron traicionar a Rodrigo. Aquella noche enviaron mensajeros a Tariq para informarle de que Rodrigo no era sino «un perro entre los perros de su padre y sus partidarios», y pedirle garantías de seguridad a cambio de pasarse al día siguiente a su lado. Le pidieron que les restituyera las propiedades de su padre en al-Ándalus, que ascendían a tres mil fundos. A la mañana siguiente, ellos y quienes los acompañaban se unieron a Tariq y contribuyeron a su victoria.»
Conquista de Al-andalus de Ibn al-Qutiyya año 977

Una vez iniciado el combate y trabada la línea, las alas bajo control de la facción witizana desertaron, desencadenando una huida desorganizada o el envolvimiento de las líneas leales a Rodrigo, resultando en la muerte de Rodrigo y con seguridad de muchos notables de su causa. Tras la batalla los musulmanes explotaron su victoria avanzando junto con sus aliados hispanos hasta la ciudad de Écija, donde los restos del ejercito de Rodrigo junto con las tropas allí reunidas les presentaron batalla, siendo una difícil contienda para ambas partes en la que los musulmanes volvieron a imponerse. Los restos del ejercito hispano-godo se refugiaron en la ciudad de Écija que fue asediada y tomada. Quedando abierto el camino hacia la capital. Tarik avanzó hacia Toledo y tomó sin resistencia ese mismo año, durante los años siguientes, numerosos núcleos urbanos fueron rendidos o tomados bajo asedio entre ellos Mérida, Sevilla, Zaragoza o Córdoba.
La conquista musulmana de Spania fue presentada según los testimonios que han perdurado, como la pérdida de la patria y una catástrofe de enormes proporciones. La Crónica mozárabe de 754 refleja esta percepción en un contexto de tristeza e impotencia ante los acontecimientos y de sufrimientos derivados de la conquista, lamentando las «ruinas de Spania» y sus «tantos y tan grandes males», mientras describe la conquista mediante imágenes de devastación, hambre, cautividad y ciudades entregadas al fuego.
«Sicque regnum simulque cum patriam male cum emulorum internicione amisit»«Y así perdió miserablemente el reino y juntamente la patria, con la muerte de sus rivales.»
Crónica mozarabe del 754
Tras el derrumbe del poder central toledano, la nobleza hispanogoda con sus estructuras políticas se fragmentaron y adaptaron con distinta suerte a la nueva situación política. La facción aristocrática enfrentada a Rodrigo proclamó rey a Agila II, cuya existencia está respaldada, entre otros testimonios, por las acuñaciones monetarias realizadas en su nombre. Su reinado terminó hacia 713-714, coincidiendo con la violenta conquista musulmana del valle del Ebro, y se ha planteado la posibilidad de que muriera durante estos enfrentamientos. Fue sucedido por Ardo, prolongando la resistencia en el nordeste hasta la caída de Narbona en 720. Al mismo tiempo, una parte de la nobleza hispanogoda optó por capitular y conservar su posición mediante acuerdos con los conquistadorescomo los Banū Qāsīo Theodemir, mientras que otros sectores buscaron refugio en los territorios septentrionales, que según las crónicas alfonsinas, entre estos se encontraban miembros del officium palatino ligados a Rodrigo y del Ducado de Cantabria, quienes constituirían a posteriori el núcleo político de Asturias.
Las principales fuentes para reconstruir este periodo inicial son las crónicas asturianas, redactadas aproximadamente siglo y medio después de los acontecimientos. Aunque conservan tradiciones sobre hechos y personajes de los primeros tiempos de la monarquía asturiana, la distancia temporal, el carácter retrospectivo de sus relatos y sus propios propósitos políticos obligan a interpretar con cautela la información que proporcionan.
La historiografía ha ofrecido distintas interpretaciones de estos testimonios. Mientras que la tradicion romántica y goticista tendió a aceptar y desarrollar la continuidad política visigoda que presentan las crónicas, las corrientes indigenistas cuestionaron esa interpretación y el alcance histórico de sus relatos. La historiografia posterior ha prestado especial atención a su dimensión literaria e ideológica, interpretándolos también como relatos de legitimación dinástica y mitos fundacionales, sin que ello implique necesariamente negar la historicidad de los acontecimientos que constituyen su trasfondo.
Entre los elementos que aconsejan esta lectura crítica se encuentran las exageradas cifras militares, que alcanzan cientos de miles de combatientes, la intervención de personajes como Alqama y Munuza, presentados como mandos musulmanes directamente implicados en los acontecimientos,la mediación del obispo Oppas en Covadonga, y los episodios de carácter milagroso o bíblico, como el rechazo de las flechas y el derrumbamiento de la montaña sobre las tropas musulmanas. Todos estos elementos contribuyen a magnificar la victoria de Pelayo y a integrarla en una narración providencialista que explica la derrota visigoda como castigo por los pecados de sus gobernantes y la traición de los witizanos, y presenta la resistencia asturiana como el comienzo de una recuperación del reino cristiano.
La función legitimadora de estos relatos se aprecian especialmente en la vinculación de los primeros monarcas asturianos con la tradición política visigoda y en la presentación de su poder como continuador de aquella monarquía. No obstante, el carácter literario e ideológico de las crónicas no permite descartar en su totalidad la existencia de los personajes y acontecimientos que narran. Su información debe valorarse de manera diferenciada, atendiendo a cada episodio y contrastándola con otras fuentes documentales, arqueológicas, cronísticas y la convergencia con la realidad de los sucesos históricos.

Pelayo aparece en las fuentes asturianas como hijo de Fávila, un alto aristócrata hispanogodo al que atribuyen el título de dux, rango propio de la aristocracia superior del reino. En una monarquía de carácter electivo, en la que el rey era escogido entre los miembros de la aristocracia dirigente, esta posición situaba a Fávila por derecho germánico, entre los "pares" (iguales) que elegian al monarca. Las mismas tradiciones presentan a Pelayo como spatarius de los reyes Witiza y Rodrigo, mientras que otras lo hacen describen de estirpe regia y lo vinculan como "nepos" primo de Rodrigo, datos que, considerados conjuntamente, sitúan a su familia dentro de los estratos superiores de la aristocracia hispanogoda.
Según esta tradición, el antiguo territorio del reino suevo había sido confiado para su administración a Witiza hijo del rey godo Égica, quien lo asoció al trono y le ordenó residir en Tui, uno de los principales centros urbanos y episcopales del noroeste en la actual Galicia. La Crónica de Alfonso III explica esta disposición diciendo que fue «para que el padre tuviera el reino de los godos y el hijo el de los suevos», expresión que parece utilizar el antiguo territorio suevo como referencia geográfica y política, sin que pueda determinarse con seguridad si se trataba de una entidad administrativa heredada de la organización territorial anterior o de una referencia más amplia al espacio de la antigua Gallaecia. La histórica extensión del territorio atribuido a Witiza comprendería también Asturias, aunque la fuente no delimita expresamente su extensión. Y es aquí donde la tradición cronística nos narra como en un encuentro en Tuy, Fávila es asesinado por el propio Witiza. Tras el ascenso al trono de Witiza, asesino de su padre, y en un contexto de marcada oposición, Pelayo quien era miembro de la guardia real palatina fue desterrado de la corte, refugiándose en Asturias.
Años después, se interpreta por las crónicas que volvió a ser restituido como miembro de la guardia real palatina durante el reinado de Rodrigo, y que tras la invasión musulmana de la península y la caída de Toledo, se refugio en Asturias junto con su hermana ya en poder musulmán. la propias crónicas musulmanas y asturianas nos indican que tras su llegada a Asturias, es hecho prisionero y llevado a Córdoba como rehén de donde terminaría fugándose.

Estos hechos son significativos porque sitúan a Pelayo en Toledo junto al entorno político de la más alta aristocracia y a su vez en el territorio astur, de forma reiterada y más de una década antes de la conquista musulmana. Esta vinculación territorial encuentra además un apoyo documental en una donación de Alfonso III, en la que entrega unas propiedades heredadas de su bisabuelo Pelayo, lo que acredita la existencia de propiedades vinculadas al linaje de Pelayo en Asturias. La información disponible es fragmentaria, parcial y objeto de un intenso debate historiográfico, por lo que no permite reconstruir con certeza el origen exacto de Pelayo ni la posición territorial que había ocupado su familia. A ello se añade una referencia de finales del siglo VII, en la que se menciona la existencia de Asturiensis provincia. Aunque esta mención constituye un indicio relevante de la existencia de una circunscripción o ámbito territorial denominado Asturiensis, desconocemos con precisión su extensión, límites, organización interna y relación con los ducados del reino visigodo. La documentación disponible tampoco permite determinar si su familia ejerció alguna autoridad sobre este territorio. Al mismo tiempo, los primeros testimonios materiales de la monarquía asturiana presentan rasgos claramente integrados en la tradición cultural y política hispanogoda, como muestra tempranamente la inscripción fundacional de Santa Cruz de Cangas de Onís de 737, promovida por Fávila y Froiluba, junto con otros elementos epigráficos, arquitectónicos, litúrgicos y jurídicos que aparecen en las primeras décadas del reino.
En este contexto, la historiografía ha planteado diferentes interpretaciones sobre el origen y la posición de Pelayo y su familia. Una de ellas considera posible que se tratase de una familia aristocrática de tradición hispanogoda que conservaba posiciones o vínculos políticos en el noroeste y en el territorio astur; otra pone un mayor énfasis en la continuidad de las aristocracias hispanorromanas locales, y sus vínculos locales, integradas posteriormente en las estructuras políticas del reino visigodo. Ambas posibilidades no son necesariamente excluyentes, dado que la aristocracia del reino de Toledo estaba formada por grupos cuya identidad política y cultural se había desarrollado durante siglos en una sociedad profundamente romanizada y donde los matrimonios mixtos entre hispanogodos y hispanorromanos eran habituales. En consecuencia, las fuentes vinculan a Pelayo y a su padre, Fávila, con la tradición política y aristocrática del reino de Toledo, aunque no permiten determinar con precisión su linaje ni reconstruir de forma segura las posiciones territoriales que pudieron haber ocupado. También han tenido importancia historiográfica las interpretaciones criticas formuladas desde 1965, basadas en las obras de Barbero y Vigil, que destacaron la continuidad de las estructuras sociales indígenas del norte peninsular en la formación del reino asturiano. Su modelo, que atribuía un alcance limitado a la romanización, ha sido revisado a posterior ante los indicios de una profunda transformación del territorio durante la época romana, en convergencia con los avances de la investigación arqueológica altomedieval, que evidencian conexiones de la cornisa cantábrica con el resto de la Hispania visigoda.
Dentro de este debate, una de las propuestas más recientes es la identificación de Fávila, padre de Pelayo, con un hipotético dux Asturiensis. La hipótesis cuenta con algunos antecedentes y anteriormente se había relacionado a Fávila con otros territorios, pero esta nueva propuesta permitiría relacionar la aristocracia vinculada al reino de Toledo con las estructuras territoriales existentes en Asturias antes de la conquista musulmana y ofrecería un marco explicativo capaz de integrar los indicios conservados: la condición de Fávila como dux y miembro de la aristocracia vinculada al reino de Toledo; las noticias sobre la presencia de Pelayo en Toledo y Asturias antes de la conquista; la referencia a una Asturiensis provincia a finales del siglo VII; y la temprana manifestación de elementos materiales, culturales y políticos hispanogodos en la monarquía asturiana. Aunque la identificación no puede considerarse demostrada, esta interpretación permite articular estos testimonios dentro de una hipótesis de continuidad aristocrática entre las estructuras políticas del reino de Toledo y la formación del poder monárquico asturiano.

Según las crónicas asturianas y árabes: Pelayo logró regresar a Asturias durante el gobierno del valí Al-Hurr en 718 y posteriormente participó en una insubordinación que debió consistir en algunos enfrentamientos menores contra las autoridades musulmanas de la región por lo que el gobernador de Gijon Munuza ordeno su captura, al enterarse de las intenciones musulmanas, Pelayo se rebeló junto con sus seguidores, escaparon de Breceña, cruzó el río Piloña y se refugió en el monte Auseva cercano a Covadonga, donde Pelayo fue escogido princeps por los astures reunidos con él en las montañas.
Las fuerzas musulmanas llegaron hasta la zona montañosa al mando de Al-Qama para someter a este grupo y establecieron posiciones frente a la cueva donde se habían refugiado los rebeldes. El enfrentamiento se desarrolló en un terreno abrupto y de difícil acceso, favorable a un contingente reducido que podía aprovechar el relieve para resistir y hostigar a una fuerza superior. El relato describe el lanzamiento de flechas y otros proyectiles contra los hombres de Pelayo, seguido de una salida de los rebeldes que provocó la desorganización y retirada de las fuerzas musulmanas. La tradición posterior incorporó elementos de carácter providencial y legendario, como la devolución milagrosa de los proyectiles contra los atacantes y el desprendimiento de la montaña, que contribuyeron a presentar el episodio como una victoria extraordinaria.
Despojados de estos elementos, los relatos conservan la imagen de un enfrentamiento localizado en un espacio montañoso, en el que un contingente rebelde consiguió resistir y provocar la retirada de una fuerza enviada para sofocar la rebelión. Aunque la magnitud y el desarrollo exacto del combate son difíciles de determinar por la escasez de fuentes contemporáneas, la supervivencia del núcleo encabezado por Pelayo permitió su consolidación como autoridad política y convirtió posteriormente Covadonga en el episodio fundacional de la monarquía asturiana.
ولم يبق إلا الصخرة فإنه لاذ بها ملك يقال له بلاي، فدخلها في ثلاثمائة رجل، ولم يزل المسلمون يقاتلونه حتى مات أصحابه جوعًا، وبقي في ثلاثين رجلًا وعشر نسوة، ولا طعام لهم إلا العسل يشتارونه من خروق بالصخرة فيتقوتون به، حتى أعيا المسلمين أمرهم، واحتقروا بهم، وقالوا: ثلاثون علجًا ما عسى أن يجيء منهم؟ فبلغ أمرهم بعد ذلك من القوة والكثرة والاستيلاء ما لا خفاء به«No quedaba sino la roca, a la que se refugió un rey llamado Pelayo. Entró en ella con trescientos hombres. Los musulmanes no dejaron de combatirlo hasta que sus compañeros murieron de hambre, y quedaron treinta hombres y diez mujeres. No tenían alimento sino la miel que recogían de las grietas de la roca y con la que se alimentaban. Hasta que el asunto les resultó difícil a los musulmanes, y los despreciaron, diciendo: “Treinta infieles, ¿qué pueden llegar a hacer?”. Pero después su situación alcanzó tal fuerza, número y dominio que no había duda de ello.»ʿĪsā ibn Aḥmad al-Rāzī siglo X
Tras estos acontecimientos, las crónicas sitúan la retirada de Munuza desde Gijón hacia la Meseta por el Camino de la Mesa. Según el relato asturiano, fue interceptado y muerto por los astures en un lugar denominado Olalíes. La desaparición de la autoridad y el vacío de poder resultante fue remplazado con la consolidación de un núcleo de poder en torno a Pelayo, con centro en Cangas de Onís.
La memoria de Covadonga fue engrandecida por las crónicas asturianas posteriores, que transformaron una rebelión y victoria local en un episodio fundacional de la monarquía. El relato convirtió a Pelayo en un héroe providencial: refugiado en la montaña, elegido por los astures y capaz de derrotar a un ejército musulmán muy superior. A finales del siglo IX, las crónicas de Alfonso III a modo propagandístico culminaron esta construcción heroica presentando Covadonga como el lugar donde comenzaba la salvación de España: salus Spaniae.

Tras la muerte de Pelayo en el año 737, es sucedido por su hijo Favila. Ese mismo año, Favila y su esposa, Froiluba, hicieron levantar en Cangas de Onís la modesta iglesia de la Santa Cruz, un lugar vinculado a la memoria de Covadonga.La inscripción dedica la iglesia al día de la victoria de Constantino en la batalla del Puente Milvio.
La lápida fundacional y la propia arquitectura de la iglesia de Santa Cruz reúnen diversos elementos vinculados a la tradición cristiana de la Hispania visigoda: una arquitectura de planta cruciforme, la utilización de la liturgia goda, el empleo de un latín culto y de una elaborada epigrafía monumental de tradición hispana en la talla de la piedra, así como el uso de la era hispánica principal sistema de cómputo cronológico empleado en la Hispania visigoda.
La piedra fundacional ofrece otro dato de interés, el templo fue consagrado por el obispo Asterius o Astemus. Siendo vinculado por algunos autores con el obispo de Oca, sede episcopal del Ducado de Cantabria.
La acumulación de estas convergencias constituye un testimonio excepcionalmente temprano de la continuidad de la tradición cultural, política y religiosa de la Hispania visigoda en la nueva monarquía asturiana.
Resurge por mandato divino este ingenio sagrado: de pequeño tamaño, adornado por las ofrendas de los fieles, claramente brilla este templo ante las miradas sagradas, mostrando figuradamente el signo de la santa cruz. Sea a Cristo agradable este aula consagrada bajo el trofeo de la cruz, la cual así fundó el siervo Fáfila la con fe diligente, con su esposa Froiliuba y sus hijos, a los cuales, Cristo, por tus ofrendas, sea por ello toda tu gracias, y tras el curso de esta vida les alcance la generosa misericordia. Aquí por el sacerdote Asterio fueron consagrados los altares a Cristo, en el día 300 del tiempo transcurrido del año, extendida la sexta edad del siglo, corriendo la era 775 (fechado en era hispánica, 737 de nuestra era cristiana)
Traducción de piedra fundacional: César García de Castro, Arqueología Cristiana de la Alta Edad Media en Asturias, Oviedo, RIDEA, 1995, «Inscripciones litúrgicas, n.º 25», págs. 181-182
Al mismo tiempo, la elección del emplazamiento no parece casual. La iglesia fue construida sobre un antiguo túmulo, que a su vez cubría un dolmen aún más antiguo, en una sucesiva superposición de construcciones y espacios de carácter sagrado. El lugar parece conservar así, a través de las distintas épocas, una especial connotación y asociación con lo sagrado, sobre la que se superpone ahora el culto cristiano. Santa Cruz constituye de este modo un excepcional ejemplo temprano de adaptación y superposición de tradiciones culturales y religiosas en la nueva monarquía asturiana.
No hay más menciones de Favila en las crónicas salvo su muerte a manos de un oso durante una cacería en 739.
Junto a Pelayo, las crónicas asturianas sitúan otro núcleo de poder aristocrático en torno al ducado de Cantabria. Alfonso hijo de Pedro, duque de Cantabria, se unio en matrimonio con su hija Ermesinda. La existencia del linaje ducal cántabro cuentan con un respaldo documental, epigráfico, material y onomástico considerablemente mayor que el disponible para la familia de Pelayo. La existencia de una organización territorial cántabra anterior a la conquista islámica cuenta con testimonios históricos y arqueológicos independientes, entre los que destacan la importancia estratégica de enclaves como Amaya y la organización eclesiástica del obispado de Oca, documentada desde finales del siglo VI. Por otra parte, la documentación de Liébana y Valpuesta de los siglos VIII y IX conserva términos y formas de dependencia patrimonial de tradición goda, que apuntan a la continuidad de estructuras sociales anteriores a la conquista islámica.
La unión matrimonial de ambas casas, plantea interrogantes sobre los orígenes sociales y políticos del fundador del reino. Si la familia de Pedro pertenecía a la alta aristocracia visigoda y estaba vinculada a una autoridad territorial de rango ducal, resulta pertinente preguntarse por qué habría subordinado su linaje a la autoridad de Pelayo si este hubiese sido únicamente un dirigente local sin una posición política y aristocrática equiparable o superior.

La muerte de Favila posibilitó el ascenso al trono de su cuñado Alfonso, hijo de Pedro duque de Cantabria, unificando el linaje de Pelayo y la casa de Cantabria, una de las familias más poderosas del Reino de Asturias. La integración de Cantabria herencia de Alfonso supuso un salto en la escala del territorio y de los recursos controlados por la nueva monarquía. Su incorporación permitió articular un área continua a lo largo de buena parte de la cordillera Cantábrica, aumentando la base demográfica y económica disponible. Se produjo así una evolución desde un núcleo de resistencia surgido en una comarca rebelde hacia la formación incipiente de un reino con una base territorial y política más amplia.
Paralelamente a estos hechos, los bereberes, que habían constituido una parte importante de las fuerzas musulmanas que conquistaron Hispania y que habían sido asentados en numerosos territorios, se rebelaron contra el poder omeya a partir de 739. La rebelión, iniciada en el norte de África, se extendió a al-Ándalus y provocó el abandono de numerosas guarniciones bereberes del norte peninsular. El sistema de ocupación establecido tras la conquista en el norte quedó debilitado o había desaparecido casí por completo. Alfonso I aprovechó esta situación de vacío de poder en noreste para extender el dominio astur, durante la década de 740, las crónicas sitúan campañas militares que incorporaron Galicia al reino, el norte de Portugal y distintos territorios de la Meseta, junto con continuas incursiones en el valle del Duero tomando ciudades y pueblos y llevando a sus habitantes hacia las zonas más seguras del norte. Esto provocará la desaparición de grandes núcleos urbanos en la meseta creando el Desierto del Duero como protección contra futuros ataques musulmanes.
Además , Alfonso I extendió el reino astur hacia el oriente, alcanzando las tierras de la actual Álava, Vizcaya y las Encartaciones. La naturaleza de esta expansión no fue uniforme: junto a territorios incorporados al dominio astur aparecen otros en los que se mantuvieron los poderes y comunidades locales, dejando abierta una relación política que se desarrollaría durante las generaciones siguientes.
«Quis enim tantis periculis referendis sufficiat? Quis tantis calamitatibus lamentabilibus numerandis? Nam si omnia membra humana in linguam verterentur, nequaquam naturae humanae sufficeret tantam Hispaniae ruinam referre, quantis et qualibus eam malis pertulisse constat.»«¿Quién podrá, pues, narrar tan grandes peligros? ¿Quién podrá enumerar desastres tan lamentables? Pues aunque todos sus miembros se convirtiesen en lengua, no podría de ninguna manera la naturaleza humana referir la ruina de España ni tantos y tan grandes males como ésta soportó.»
Crónica mozárabe de 754, como contexto histórico.
En 755, Yūsuf gobernador de Córdoba envió dos expediciones hacia el norte, una contra Galicia y otra contra los vascones. La primera no obtuvo resultados, mientras que la segunda fue derrotada. La operación coincidió con la llegada a al-Ándalus de Abderramán I, unico omeya superviviente de la revolución abasí que puso fin al propio califato omeya de Damasco, al añó siguiente en 756 Abderramán tomo Córdoba y creo su propio emirato independiente.

Alfonso I muere en 757, el reino entró en una etapa de resistencia y consolidación de los territorios incorporados durante su reinado. Su hijo Fruela I continuó asegurando los territorios vascones inestables al tomar por esposa a Munia, de origen alavés. El matrimonio vinculó a la dinastía asturiana con las élites del ámbito vascón y reforzó los lazos establecidos hacia el oriente.
La creación del nuevo emirato no supuso una pacificación inmediata de al-Ándalus. Abderramán I tuvo que consolidar su autoridad frente a los partidarios de Yūsuf grupos árabes y bereberes y otros focos de oposición. En este contexto de reorganización del poder cordobés se reanudaron las operaciones militares hacia los territorios astures.
Para 757-758, Abderramán I organizó una expedición contra los territorios occidentales del reino asturiano y la puso al mando de su hijo Umar. Fruela salió a su encuentro y se enfrentó a ella en la batalla de Pontuvio, en la provincia de Galicia. Según algunas reconstrucciones modernas, Fruela habría aprovechado la orografía de la zona para interceptar y emboscar a la expedición cordobesa, aunque las crónicas no describen las circunstancias tácticas del combate. La Crónica de Alfonso III, en su versión ad Sebastianum, identifica al propio primogénito de Abderramán I como líder de la expedición, siendo capturado en el mismo y decapitado por Fruela.
En 761, una vez consolidado su poder en Córdoba, Abderramán I volvió su atención hacia el norte. Varias expediciones se dirigieron de nuevo contra el Reino de Asturias. Aunque los detalles de estas campañas apenas han llegado hasta nosotros, su sucesión muestra que el nuevo emirato comenzaba a recuperar la iniciativa militar frente al reino de Fruela.
Después de las campañas iniciales, Fruela parece dedicar buena parte de estos años a consolidar el territorio incorporado por Alfonso I y continuar su expansión hacia el oeste y el sur. Las fuentes árabes posteriores atribuyen a su reinado la incorporación de Lugo, Portucale (Oporto), Salamanca, Zamora, Ávila y Segovia, además de avances en Galicia hasta el río Miño. La cronología exacta de estas conquistas no puede establecerse con seguridad
La respuesta cordobesa a esta nueva expansión se hace sentir con mayor fuerza hacia 766-767. Abderramán I envió entonces un ejército hacia el extremo oriental del reino asturiano, confiando su mando a su liberto Badr. La expedición penetró en Álava, en una región donde los asturianos habían comenzado a extender su dominio hacia el Alto Ebro. Las fuentes árabes señalan que Badr logró imponer tributos y obtener rehenes como garantía de la sumisión de la población. La campaña frenó temporalmente la expansión asturiana en este sector y mostró que, mientras Fruela extendía las fronteras de su reino, Córdoba estaba en condiciones de responder llevando la guerra hasta sus nuevos límites.
Durante su reinado, Fruela tuvo que hacer frente a varias rebeliones y a las dificultades derivadas de la consolidación del territorio incorporado al reino. La presión exterior de Córdoba se sumaba así a las tensiones internas de una monarquía todavía en proceso de afirmación. En este contexto, Fruela terminó enfrentándose también a su propia familia y ordenó la muerte de su hermano Vimarano, hijo de Alfonso I y Ermesinda. Poco después, en 768, el propio Fruela fue asesinado en Cangas por miembros de la nobleza.
Fruela fue sucedido por Aurelio el mismo año de su muerte, lo único que sabemos de su reinado es que se caracterizo por un largo periodo de paz con Córdoba, que estaba inmiscuida en grabes luchas internas y por tener que sofocar una rebelión de siervos contra sus amos.

Tras la muerte de Aurelio en 774, Silo accedió al trono por su matrimonio con Adosinda, hija de Alfonso I y Ermesinda. Durante su reinado tuvo que hacer frente a una rebelión en Galicia, cuyos participantes fueron derrotados en la batalla de Monte Cubeiro, consolidando la autoridad asturiana sobre el territorio. Durante el reinado de Silo, la sede regia se estableció en Pravia, que pasó a desempeñar la función de principal centro político de la monarquía asturiana. Este traslado reforzó la posición de Pravia como núcleo de poder y estuvo acompañado de una actividad constructiva y religiosa de creciente importancia. En este contexto se construyó la iglesia de Santianes de Pravia, vinculada al establecimiento de la corte y considerada el primer edificio conservado del prerrománico asturiano. Su arquitectura combina elementos procedentes de la tradición hispánica de época visigoda con soluciones propias que anticipan el posterior desarrollo de la arquitectura asturiana.
Esta etapa se caracterizó por la estabilización política y el creciente fortalecimiento del emirato de Córdoba. Para los cristianos asturianos, este proceso se producía sobre el trasfondo del inicio de una intensa presión militar sobre el reino que duraría por un siglo, con una sucesión de campañas militares emprendidas desde el reinado de Hisham I que llevaron la guerra hasta el corazón del reino, poniendo en riesgo su propia existencia y provocando el desplazamientos de poblaciones y la devastación de amplias comarcas.
Para los cristianos asturianos, aquella amenaza no se percibió simplemente como un conflicto fronterizo, sino como una lucha por la supervivencia de la propia monarquía cristiana surgida en el norte. No resulta casual que, en este mismo contexto histórico, Beato de Liébana compusiera y difundiera su Comentario al Apocalipsis de San Juan, una de las principales obras intelectuales de la cristiandad de la época, marcada por una visión providencial y del fin de los tiempos.
«En este año el chambelán ʿAbd al-Karīm b. ʿAbd al-Wāḥid b. Mugīṯ lanzó contra el territorio enemigo la aceifa llamada de los Castillos, en la que ocupó Calahorra y acabó con sus recursos, enviando a la caballería por escuadrones al país de los infieles, tras los cuales entró él asolando el territorio enemigo, causando gran mortandad y penetrando en su corazón hasta alcanzar la costa [cantábrica] y avanzar siguiéndola dentro del país en destrucción constante, mientras la caballería se lanzaba sobre aquéllos a diestro y siniestro, escuadrón tras escuadrón. Regresó cargado de botín y gloriosamente vencedor».
Ibn Hayyan, Al-Muqtabis, II-1, fol. 91v, se refiere al año 796 d. C., es decir, 180 H.

En 775 se conserva el llamado Diploma de Silo, uno de los testimonios documentales más antiguos de la monarquía asturiana. El documento está suscrito por el propio rey y constituye un testimonio temprano de la utilización de la escritura y de las fórmulas jurídicas en la legitimación del poder regio. La institución monárquica asturiana se expresaba así mediante una cultura política heredera de la tradición hispánica, que había incorporado elementos de la tradición romana y del reino de Toledo. El diploma registra además la concesión de tierras para la construcción de una iglesia dedicada a san Juan Bautista.
La continuidad de esta tradición también se aprecia en la cultura escrita. Desde el punto de vista paleográfico, las inscripciones de este periodo conservan rasgos de las formas escriturarias utilizadas en el reino de Toledo durante el siglo anterior, mostrando la pervivencia de una tradición escrita hispánica.

En el marco cultural-religioso de su reinado donde la élite intelectual y letrada estaba constituida en buena medida por un reducido grupo de clérigos, surgió un conflicto religioso de suma importancia. Los obispados e iglesias del norte seguían vinculados a la tradición eclesiástica hispana y, en último término, a la antigua sede metropolitana de Toledo. Cuando el arzobispo Elipando de Toledo que desarrollaba su actividad bajo las autoridades islámicas promovió el adoptivismo, considerado una herejía por otros sectores de la cristiandad, e intentó hacer valer su autoridad doctrinal sobre las iglesias astures, la controversia adquirió una dimensión que trascendió lo estrictamente teológico. Beato de Liébana (c. 730-c. 798), confesor de la reina Adosinda, esposa del rey Silo, y uno de los principales escritores de la Hispania cristiana de la segunda mitad del siglo VIII, marcó aquí un punto de inflexión. Aquella pretensión de control doctrinal provocó la enérgica oposición de Beato, quien veía en la jerarquía eclesiástica vinculada a Toledo una tradición que consideraba comprometida y estéril. Su enfrentamiento con Elipando alcanzó una extraordinaria dureza para una disputa teológica, llegando a referirse al arzobispo en formas despectivas. Frente a la posición de Elipando, Beato recurrió a los autores de la antigua Iglesia hispana, cuya tradición intelectual veneraba profundamente, especialmente a san Isidoro.
«testiculum Antichristi»
«testículo del Anticristo»
Beato de Liébana: en una contracarta responde con insultos al arzobispo de Toledo y su herejía.
Este enfrentamiento y la utilización de autores de la tradición cristiana hispanogoda en su obra permiten constatar, un siglo antes de las crónicas asturianas, la pervivencia en el norte peninsular de una tradición intelectual cristiana anterior a la conquista. La obra de Beato muestra que el legado intelectual de la época del reino de Toledo continuaba siendo estudiado y reelaborado en los círculos cultos vinculados al reino asturiano, al tiempo que la propia controversia evidencia la existencia de contactos y vínculos entre distintas comunidades eclesiásticas de la península.
«Beati itaque Isidori clarissimi doctoris non solum Hispaniae, verum etiam cunctarum Latinae eloquentiae Ecclesiarum perplurima legebamus opuscula, et in magna habemus veneratione.»«Leíamos muchas obras del bienaventurado Isidoro, doctor ilustre no solo de Hispania, sino también de las Iglesias de toda la elocuencia latina, y lo tenemos en gran veneración.»Beato de Liébana
Lejos de doblegarse, aquella resistencia intelectual contribuyó a reforzar la necesidad de dotar al reino de una estructura eclesiástica propia. El proceso, desarrollado también al calor de la polémica, culminaría en la creación y consolidación de la sede episcopal de Oviedo, reforzando al norte asturiano no solo como un centro político, sino también como uno de los principales focos de continuidad de la tradición cristiana hispana anterior a la conquista.
La corte asturiana fue incorporando progresivamente esta tradición, hasta formalizar una arquitectura ideológica en la que la memoria del reino visigodo de Toledo, sus instituciones, su tradición jurídica y su herencia religiosa podían servir como elementos de legitimación del nuevo reino.
Silo murió en 783 sin descendencia, abriendo una nueva crisis sucesoria. Adosinda, viuda de Silo e hija de Alfonso I, intentó situar en el trono a su sobrino Alfonso, hijo de Fruela I, pero Mauregato consiguió hacerse con el poder. Su reinado, entre 783 y 788, estuvo marcado por las tensiones internas de la monarquía y por la presión del emirato de Córdoba. A su muerte le sucedió Vermudo I el Diácono, que abandonó temporalmente su condición eclesiástica para asumir la corona. Su breve reinado estuvo condicionado por las derrotas ante las campañas cordobesas y terminó tras la derrota asturiana en el río Burbia. Vermudo abdicó en 791 y permitió el regreso al trono de su sobrino Alfonso, que iniciaría un largo reinado de cincuenta y un años.

Alfonso II es el primer rey ungido, ceremonia celebrada el 14 de septiembre de 791, ritual litúrgico mediante el cual el rey era consagrado con óleo sagrado por la Iglesia, imitando el modelo bíblico de los reyes de Israel y restaurando el rito hispanogodo de ascenso al reinado.
El reino que heredo Alfonso había dejado atrás la condición de pequeño núcleo de resistencia surgido tras la conquista islámica y se había convertido en un reino territorial, todavía reducido en comparación con las grandes potencias de su tiempo, pero dinámico y capaz de movilizar recursos a una escala considerable. Su monarquía disponía ya de una corte, una aristocracia vinculada al rey, instituciones eclesiásticas y una administración de carácter todavía personal y relativamente reducida, pero suficiente para gobernar un territorio que se había extendido considerablemente desde los tiempos de Pelayo. Su capacidad militar tampoco era ya la de una comunidad local de guerreros, las campañas de años siguientes muestran que podía reunir contingentes de miles de hombres, defender un territorio extenso en varios frentes simultáneamente y emprender expediciones a larga distancia y sostener relaciones diplomáticas con poderes situados fuera de la península.
Esta transformación tuvo también una dimensión ideológica y religiosa. Durante las décadas anteriores, Beato de Liébana había contribuido desde el ámbito monástico a formular una conciencia del cristianismo septentrional que presentaba al reino astur y a su Iglesia como continuadores de la tradición cristiana hispana, desplazando simbólicamente el centro de gravedad de Toledo, bajo dominio islámico. Esta concepción de la continuidad del regnum Gothorum proporcionó un fundamento intelectual para la legitimidad de la monarquía.
Tras acceder al trono en 791, trasladó la corte a Oviedo, un asentamiento cuyo origen se remontaba al monasterio de San Vicente y a las primeras construcciones promovidas por Fruela I. Durante los primeros años de su reinado desarrolló allí un amplio programa constructivo que transformó el pequeño núcleo en una auténtica sede regia, concentrando la residencia del rey, el gobierno, el culto y la representación de la monarquía. Durante estos años desarrolló un proceso progresivo de fortificación y control de los principales pasos, valles y posiciones estratégicas. Oviedo quedó protegida por una cerca altomedieval, mientras que en el territorio se utilizaron posiciones defensivas destinadas a dificultar el avance de los ejércitos enemigos.

La importancia de la nueva sede regia quedó puesta a prueba muy pronto. En 794, el emir de Córdoba, Hisham I, envió una expedición contra el reino astur dirigida por los hermanos Abd al-Malik y Abd al-Karim ibn Abd al-Wahid ibn Mugit. Ambos dividieron sus fuerzas: mientras Abd al-Karim actuaba en Álava, las tropas de Abd al-Malik penetraron hasta el centro del reino y alcanzaron Oviedo, que fue tomada y saqueada. Las fuentes narran la destrucción de iglesias y edificios, el derribo de las defensas y la captura de habitantes, además de la obtención de un importante botín. Pero en su retirada cargados de botin hacia la Meseta por el Camino Real de La Mesa, el ejército cordobés tuvo que internarse de nuevo por un paso montañoso y estrecho. Alfonso II había aguardado su regreso y situó a sus tropas en una posición dominante sobre el camino, en el entorno de Lutos. El terreno favorecía especialmente la emboscada, la vía discurría entre elevaciones, junto a zonas de fuerte pendiente y un terreno pantanoso que dificultaba el movimiento. Cuando la columna cordobesa quedó comprometida en el paso, los astures descendieron sobre ella, iniciando la batalla y cortaron su retirada hacia la Meseta. Provocando la destrucción casi total del ejercito musulmán y matando a su general Abd al-Malik. Al año siguiente en 795, Hisham I respondió al desastre de Lutos con una nueva y poderosa aceifa contra Asturias, esta vez bajo el mando de Abd al-Karim, hermano del general muerto el año anterior. El objetivo ya no era únicamente obtener botín, según las propias fuentes árabes, la campaña buscaba castigar al reino, devastar su territorio y posiblemente eliminar a Alfonso II, cuya captura o muerte habría dejado a la monarquía asturiana en una situación extrema. Abd al-Karim penetró por la región de Astorga al frente de un gran ejército, mientras otra columna actuaba en Galicia para impedir que Alfonso reuniera todas las fuerzas disponibles. Alfonso había reunido tropas astures y refuerzos vascones y aguardó al enemigo al sur de la cordillera, en la región de Las Babias, con las rutas de retirada hacia los puertos de La Mesa y Ventana preparadas de antemano.

Abd al-Karim lanzó primero una vanguardia de unos cuatro mil jinetes al mando de Farach ibn Kinanah y avanzó después con el grueso de sus fuerzas. La unión de ambas formaciones terminó por quebrar la resistencia asturiana. La derrota de Las Babias se convirtió inmediatamente en una persecución. Los asturianos emprendieron la retirada por el puerto de la Ventana, pero la caballería musulmana se lanzó tras ellos. El ejército asturiano descendió hacia el valle de Quirós mientras los musulmanes avanzaban rápidamente por sus pasos y desfiladeros, tratando de alcanzar al rey antes de que pudiera reunir de nuevo a sus hombres. Abd al-Karim no quería dejar escapar la ventaja obtenida en Las Babias: tras la muerte de su hermano en Lutos, la persecución de Alfonso adquirió además un marcado carácter de represalia. Alfonso consiguió ganar cierta distancia y trató de recomponer sus fuerzas en Quirós, pero los musulmanes volvieron a darle alcance antes de que pudiera hacerlo. Entonces el rey recurrió a una maniobra desesperada. Para impedir que la caballería musulmana alcanzase al grueso del ejército asturiano, ordenó a Gadaxara que se interpusiera en su camino al frente de unos tres mil jinetes. Alfonso permaneció al otro lado del río, dispuesto a intervenir si la situación lo permitía, mientras aquella fuerza quedaba entre el rey y sus perseguidores.

El combate fue encarnizado. Los jinetes asturianos resistieron las grandes cargas de caballería, pero la superioridad numérica musulmana terminó imponiéndose. Gadaxara cayó prisionero y Alfonso se vio obligado a reanudar la huida pudierndo ganar distancia. La persecución continuaba, pero el ejército musulmán había perdido el tiempo necesario para que Alfonso alcanzara una nueva línea defensiva.
La persecución llevó entonces al ejército cordobés hasta castillo del Nalón, donde Alfonso había buscado refugio. Pero tampoco allí pudo detener el avance musulmán. Abd al-Karim tomó la fortaleza pero Alfonso había vuelto a adelantarse por muy poco a sus perseguidores escapando a galope. El ejército cordobés continuó su avance y penetró en Oviedo, que fue tomada y saqueada por segunda vez en apenas dos años. Las fuentes árabes describen la persecución del rey y señalan que las tropas musulmanas llegaron a tenerlo al alcance, pero Alfonso consiguió escapar refugiándose en las montañas.
De forma paralela a estos hechos, la otra mitad de las expedición musulmana, la que había sido destinada a Galicia, tras algunos enfrentamientos y saqueos favorables, fue derrotada en un gran enfrentamiento y posteriormente diezmada durante su retirada por todo el territorio cristiano sufriendo numerosas perdidas.
La magnitud de la campaña muestra hasta qué punto llegó a estar comprometido el reino. En dos años, las fuerzas de Córdoba habían penetrado repetidamente hasta su centro político, habían saqueado su nueva sede regia y, en 795, habían derrotado al ejército del rey, perseguido al propio Alfonso hasta las montañas y ocupado Oviedo. Sin embargo, el objetivo decisivo no llegó a cumplirse, Alfonso II sobrevivió y el ejército cordobés terminó retirándose sin conseguir capturar al monarca ni destruir la estructura política del reino. La muerte de Hisham I al año siguiente y la crisis sucesoria de Córdoba proporcionaron además a Alfonso un respiro que aprovechó para buscar alianzas exteriores.
Al años siguiente con la muerte de Hisham I, en 796, puso fin temporalmente a la presión cordobesa. Su sucesor, Alhakén I, tuvo que concentrarse en las rebeliones que estallaron en el interior del emirato. Alfonso aprovechó la situación para buscar nuevos aliados, enviando una embajada a la corte de Luis el Piadoso rey de Aquitania e hijo de Carlo Magno, y al año siguiente en 797 una directa a Aquisgrán sobre Carlo Magno. Iniciando un periodo de relaciones diplomáticas muy prolifero con los carolingios la mayor potencia de la Europa cristiana de su tiempo. El reino astur, que el año anterior había estado al borde de la catástrofe militar, pasó así de la defensa desesperada a la reconstrucción de su capital y a recuperar la iniciativa.
En 798, Alfonso II tomó la iniciativa y emprendió una expedición contra el emirato de Córdoba. Tras una marcha de unos seiscientos kilómetros, el ejército astur llegó por sorpresa ante las murallas de Lisboa. El ataque se produjo sin demora y la ciudad fue tomada y saqueada. Los astures obtuvieron un importante botín y numerosas cabezas de ganado antes de emprender rápidamente el regreso hacia el norte. La campaña demostraba que el ejército asturiano podía proyectar su fuerza a una distancia considerable de su núcleo territorial y llevar la guerra hasta las regiones occidentales de al-Andalus.
El éxito tuvo además una dimensión diplomática. Los Annales regni Francorum relatan que Alfonso envió a Carlomagno, por medio de sus embajadores Fruela y Basilisco, siete corazas, siete mulas y siete cautivos musulmanes como iinsignias de su victoria. La embajada convirtió así la campaña militar en un acto de representación política: Alfonso II se presentaba ante la corte carolingia como un monarca capaz de llevar la guerra hasta el territorio del emirato y de participar activamente en la política cristiana occidental.
La aproximación entre ambas cortes coincidió además con una creciente presión militar carolingia sobre al-Andalus. En 798, los francos reforzaron sus posiciones al sur de los Pirineos y prepararon nuevas operaciones contra los territorios musulmanes del noreste peninsular. Ese mismo año, mientras Alfonso II llevaba la guerra hasta Lisboa, la corte carolingia intensificaba su intervención en la frontera hispánica. En 799, las Baleares fueron atacadas por fuerzas musulmanas y sus habitantes solicitaron ayuda a Carlomagno. El emperador respondió enviando fuerzas que consiguieron expulsar a los atacantes de las islas. La intervención se sumaba a las operaciones que los francos estaban desarrollando en el noreste peninsular y precedió a una nueva ofensiva de mayor alcance. En 800, los francos emprendieron la campaña contra Barcelona, que fue conquistada en 801 por las tropas de Luis el Piadoso después de un largo asedio. La caída de la ciudad consolidó una posición carolingia permanente frente al emirato de Córdoba y convirtió el noreste peninsular en uno de los principales escenarios de la confrontación entre ambos poderes.

El programa monumental estuvo ligado a la actividad de Tioda, maestro de obras de la corte, cuya firma aparece en el documento otorgado por Alfonso II en 812. La Real Academia de la Historia lo considera arquitecto vinculado al programa de urbanización y embellecimiento de Oviedo y le atribuye tradicionalmente la dirección de obras como la basílica del Salvador, San Tirso y San Julián de los Prados. Entre las obras conservadas destaca precisamente San Julián de los Prados, levantada durante el reinado de Alfonso II y situada extramuros del núcleo principal. A este programa pertenece también la producción de objetos de representación regia, entre los que destaca la Cruz de los Ángeles, realizada en 808 por encargo de Alfonso II para la iglesia de San Salvador. La combinación de arquitectura monumental, espacios palatinos, edificios religiosos y orfebrería convirtió a Oviedo en una capital concebida para expresar materialmente la autoridad de la nueva monarquía.
La ciudad seguía siendo, no obstante, diminuta en términos demográficos. Aunque se había convertido en la capital y principal centro político y religioso del reino, una población del orden de un millar de habitantes constituye, como mucho, una estimación de magnitud y no una cifra documentada. El conjunto del reino continuaba siendo fundamentalmente rural, formado por aldeas, explotaciones campesinas y pequeños núcleos de población. Incluso los restantes centros de concentración demográfica debieron de tener generalmente dimensiones muy reducidas, con poblaciones que en muchos casos apenas alcanzarían unos pocos cientos de habitantes. Esta aparente contradicción resulta precisamente significativa: la importancia de Oviedo no procedía de su tamaño, sino de la concentración en ella de funciones que antes se encontraban dispersas. Una pequeña ciudad podía ser la sede de una monarquía territorial si concentraba al rey, su corte, el episcopado, el clero y los principales espacios ceremoniales.

La transformación política y religiosa encontró una formulación especialmente significativa en la Crónica Albeldense, que afirma que Alfonso II «estableció todo el orden de los godos, tal como había estado en Toledo, tanto en la Iglesia como en el Palacio» (omnemque Gotorum ordinem, sicut Toleto fuerat, tam in ecclesia quam palatio in Ovetao cuncta statuit). La expresión muestra cómo la corte asturiana concebía su reorganización institucional en relación con la tradición de la monarquía visigoda. No significa que Alfonso II reprodujera literalmente las instituciones del reino de Toledo, ni que el pequeño reino asturiano dispusiera de una administración comparable a la de la antigua monarquía visigoda. Se trataba más bien de recuperar y adaptar usos políticos, ceremoniales y eclesiásticos asociados a aquella tradición. La propia historiografía ha relacionado esta afirmación con la fundación de la sede episcopal de Oviedo y con la reorganización del orden eclesiástico y palatino de la nueva capital.
De este modo, el proceso iniciado en el ámbito intelectual y religioso durante la época de Beato encontró en Alfonso II su traducción institucional. La antigua Toledo había reunido en una misma ciudad la autoridad regia y el principal centro de la Iglesia hispana; ahora Oviedo asumía, en un contexto completamente diferente, una función análoga para el reino astur. La continuidad que reclamaba la monarquía no era, por tanto, únicamente genealógica o simbólica: se expresaba en la organización de la corte, en la liturgia, en los espacios palatinos y religiosos y en la propia concepción del poder regio. El ordo Gothorum puede entenderse así como la culminación de una transformación que había convertido al antiguo foco de resistencia en una monarquía con una identidad política y religiosa propia.
«Terminada la batalla Tamín mandó reunir las cabezas cortadas de los derrotados, que llegaban a cerca de 3.000 [...] con las cabezas se hizo un montículo desde el que los almuédanos llamaron a la oración».
Almanzor y la toma de Barcelona mediante el lanzamiento de cabezas de cristianos en lugar de piedras,
Pero la monarquía no se limitó a resistir.
Ataques francos incluir, doble frente
Esta relación con el mundo franco otorgaba además un valor estratégico especial a Pamplona. La ciudad y los pasos occidentales de los Pirineos constituían una vía terrestre de comunicación entre el norte peninsular y el espacio carolingio. Mientras Pamplona conservara una posición cristiana o autónoma frente a Córdoba, esa conexión permitía al reino astur mantener un enlace terrestre con el principal poder cristiano de Europa occidental. Para Alfonso II, por tanto, la situación pamplonesa no era una cuestión exclusivamente local, sino parte del equilibrio estratégico que protegía las comunicaciones del reino hacia el exterior.

La nueva relación de Asturias con el Imperio Carolingio no debío pasar desapercibida al poder de Córdoba. desarrollar nexo, con batalla rio oron.
El equilibrio se volvió especialmente delicado a comienzos del siglo IX. Pamplona se encontraba sometida a la presión de Córdoba, de los intereses carolingios y de las propias élites locales. Entre estas destacó Velasco, señor de Pamplona vinculado al ámbito franco y relacionado políticamente con Alfonso II. En 816 el hayib ʿAbd al-Karīm ibn ʿAbd al-Wāḥid ibn Mugīṯ emprendió una campaña contra Pamplona. Las tropas pamplonesas solicitaron ayuda y Alfonso II acudió con sus fuerzas. El enfrentamiento tuvo lugar durante varios días en la región del río Orón, cerca de Miranda de Ebro. Las fuerzas cristianas sufrieron graves pérdidas y entre los muertos estuvieron Velasco y varios de los principales dirigentes pamploneses; sin embargo, el ejército cordobés tampoco consiguió transformar la campaña en un dominio permanente sobre Pamplona.
La muerte de Velasco abrió una nueva etapa en la política pamplonesa. La desaparición de uno de los principales dirigentes vinculados al ámbito franco, unida a la dificultad de los carolingios para mantener un control efectivo de la región, favoreció el creciente protagonismo de las élites locales. En este contexto se consolidó el poder de Íñigo Arista y de su grupo familiar, en un proceso que no fue una sustitución inmediata de Velasco, sino una evolución en la que intervinieron los poderes locales, Córdoba y los carolingios. La posterior alianza de los Íñigo con los Banu Qasi reforzó su autonomía y permitió la consolidación de un poder pamplonés propio, antecedente del posterior Reino de Pamplona y, más adelante, de Navarra.
El fortalecimiento de la monarquía también tuvo una dimensión social. A medida que el territorio se organizaba y se incorporaban nuevas zonas a la órbita del reino, aumentó la ocupación de espacios rurales y fronterizos mediante asentamientos campesinos. Las formas de este proceso fueron diversas y la documentación altomedieval no permite reconstruir una política uniforme de colonización dirigida desde la corte, pero sí permite observar la presencia de campesinos libres y de pequeños propietarios capaces de explotar directamente sus tierras. Esta estructura social tendría consecuencias duraderas, aunque no puede establecerse una línea directa entre aquellos campesinos y la posterior hidalguía: durante los siglos siguientes se produjo una evolución compleja en la que algunos grupos de propietarios y guerreros rurales fueron adquiriendo nuevas funciones y estatutos.
En los últimos años del reinado apareció además un nuevo elemento de proyección religiosa. En las proximidades de Iria Flavia se identificó un sepulcro que fue atribuido al apóstol Santiago, tradición vinculada al obispo Teodomiro y a la intervención de Alfonso II en la construcción de un primer santuario. La documentación posterior no permite fijar con seguridad la fecha exacta del hallazgo, pero el culto comenzó a integrarse en la política religiosa de la monarquía y terminaría convirtiéndose en uno de los principales instrumentos de proyección internacional del reino.
estudiar consecuencias económicas, ideologías, tecnológicas y culturales.
Cuando Alfonso II murió en 842, dejaba atrás una monarquía muy diferente de la que había recibido medio siglo antes. Oviedo se había convertido en una sede regia, episcopal y monumental; la corte había articulado su legitimidad mediante la recuperación adaptada de tradiciones asociadas al reino de Toledo; el territorio disponía de una organización defensiva capaz de aprovechar sus características geográficas; y el reino había demostrado capacidad para movilizar contingentes de miles de hombres, resistir las grandes expediciones cordobesas, emprender campañas ofensivas a larga distancia y mantener relaciones diplomáticas con el mundo carolingio. El antiguo foco de resistencia se había transformado definitivamente en una pequeña pero dinámica monarquía territorial, esencialmente rural en su base demográfica, pero capaz de concentrar en torno a una corte, una sede episcopal y una red de poderes aristocráticos los recursos necesarios para actuar como uno de los principales actores políticos del norte peninsular.

Tras la muerte de Alfonso II sin descendencia directa, se produjo un contexto de alta inestabilidad. La vacante de poder fue aprovechada por el conde de palacio Nepociano, quien logró hacerse con el control de la corte ovetense con el respaldo de las aristocracias orientales y milicias vasconas. Ramiro, que se hallaba en tierras de Bardulia (futura castilla), se trasladó a Galicia para articular la oposición militar. Tras reunir una nutrida hueste entre la nobleza gallega, marchó hacia el centro del reino y derrotó decisivamente a las fuerzas del usurpador en la batalla del puente de Cornellana, a orillas del río Narcea. Capturado y cegado Nepociano, Ramiro fue ungido rey en el año 842.
Durante su reinado el Reino de Asturias continuó enfrentándose a las expediciones militares del emirato de Córdoba. En 846 una campaña dirigida por Muhammad, hijo del Abderraman II, saqueo e incendio León, destruyendo sus murallas. Las operaciones aceifas también afectaron a Álava.
La tradición historiográfica posterior atribuyó a Ramiro I la victoria de Clavijo en 844, asociada al rechazo del tributo de las cien doncellas y a la primera intervención del apóstol Santiago, sin embargo, este episodio se considera parcialmente legendario y discutido por la historiografía moderna, debido a que las fuentes primarias más tempranas son del siglo XII.
Ramiro I se caracterizó por un marcado esfuerzo de centralización administrativa y de represión de las tendencias feudalistas de la alta nobleza. Para afianzar el orden público y la autoridad de la corona, el monarca actuó con severidad contra el bandidaje e instauró un riguroso marco judicial destinado a frenar las conspiraciones palatinas y las insubordinaciones territoriales. Entre estos episodios destaca la sofocación de la rebelión del magnate gallego Piniolo, Paralelamente, la administración palatina avanzó en su estructuración institucional, consolidando la administración fiscal y las leyes.

El 31 de julio de 844, una flota normanda de 115 drakkares llegó a la costa astur. Tras recalar en Gijón para reabastecerse de agua, desconociéndose los motivos los normandos pusieron rumbo al oeste. Ramiro I, alertado de su presencia, había iniciado los preparativos para una respuesta.
Durante su avance al oeste los vikingos realizaron incursiones y saqueos en los asentamientos costeros gallegos y prosiguieron hacia el sur. Según el relato local recogido por Formoso Lamas, los invasores remontaron el curso del Ulla y atacaron la fortaleza de Castro Candade, donde se habrían refugiado nobles de la zona con sus tropas a la espera de refuerzos. La fortaleza resistió el ataque. Los invasores habrían saqueado asimismo los alrededores de Chantada y destruido otras fortificaciones y continuado hacia el sur.
Ramiro I llegó con sus huestes a Candade para reunirse con los nobles gallegos. Desde allí, las fuerzas astures habrían avanzado persiguiendo a los normandos, empujando a los invasores hasta las orillas del Miño. Donde finalmente cerca de Tuy se habría librado una batalla en la que los normandos fueron derrotados y según esas mismas crónicas, perdieron unos 60 barcos.
Los supervivientes de la expedición continuaron hacia el sur y atacaron territorios de al-Ándalus. En septiembre de 844 llegaron a Sevilla, donde saquearon la ciudad y otros importantes núcleos urbanos de Al-andalus.

El legado arquitectónico del reinado de Ramiro I representa el momento de mayor esplendor técnica del arte prerrománico asturiano, dando nombre al estilo ramirense. Durante su mandato se erigió en la ladera del monte Naranco, en las inmediaciones de Oviedo, un monumental complejo palatino y religioso. Destaca el edificio de Santa María del Naranco, concebido inicialmente como aula regia o pabellón de descanso y transformado posteriormente en templo, caracterizado por su planta rectangular de dos pisos, el empleo sistemático de la bóveda de medio cañón sobre arcos perpiaños y su decoración escultórica.
El conjunto se completaba con la iglesia palatina de San Miguel de Lillo y, en el entorno rural del reino, con construcciones como Santa Cristina de Lena. Ramiro I falleció el 1 de febrero de 850 en su residencia del Naranco, siendo sepultado en el panteón real de la catedral de San Salvador de Oviedo y dejando la corona en una posición de estabilidad institucional a su hijo y sucesor, Ordoño I.

Ordoño I sucedió a su padre, Ramiro I, en el año 850, su gobierno constituyó una etapa de expansión y consolidación de plazas al norte del Duero y extendió su dominio sobre importantes núcleos urbanos, aunque el dominio efectivo sobre las tierras situadas más al sur seguía siendo desigual. La ocupación de antiguas ciudades y fortalezas permitía reforzar las comunicaciones entre los territorios septentrionales y las regiones de la Meseta, al tiempo que aumentaba la organización política y militar de las zonas fronterizas.
La plaza fuerte consolidada más importante de todo es proceso fue de León, que constituyó uno de los acontecimientos más importantes de su reinado. La ciudad había desempeñado un papel destacado durante la época romana como centro administrativo y militar, ocupaba una posición estratégica en las comunicaciones entre la Meseta y contaba con las antiguas murallas romanas. Su repoblación, tradicionalmente fechada en 856.La Crónica de Alfonso III, redactada posteriormente, atribuye a Ordoño la reconstrucción de sus murallas, la instalación de puertas y el establecimiento de pobladores procedentes tanto de los territorios septentrionales del reino como de refugiados mozarabes. Otras plazas importantes de es esta política de recuperación de antiguas ciudades y fortificaciones se destacan Astorga y Amaya.

Uno de los episodios más destacados del reinado de Ordoño I fue su intervención en la rebelión de Toledo contra el emir Muhammad I. La sublevación de Toledo coincide en fechas con el proceso de los mártires de Cordoba. Desconocemos si ambos fenómenos formaron parte de un clima de resistencia cristiana más amplio que coincidió con una rebelión toledana de composición mixta. Toledo había sido la capital política y eclesiástica de la monarquía visigoda y conservaba un destacado valor histórico y simbólico en la memoria política de la Hispania cristiana. En 854, los rebeldes solicitaron ayuda al monarca asturiano y al rey de Pamplona, García Íñiguez. Ordoño envió un contingente dirigido por el conde Gatón, que se unió a los sublevados, pero la coalición fue derrotada por las tropas cordobesas en la Batalla de Guadalacete, al sur de Toledo. La sublevación de Toledo se mantuvo hasta el 859 tras su capitulación.
La expansión hacia el sector oriental de la Meseta también estuvo condicionada por la actividad de los Banu Qasi, una familia de origen hispanogodo islamizada que había alcanzado una posición destacada en el valle del Ebro. En 859, Ordoño I emprendió una campaña contra Albelda, una fortaleza situada en La Rioja que los Banu Qasi habían reforzado y convertido en una importante posición estratégica. El monarca asturiano sitió la fortaleza y derrotó al ejército de Musa ibn Musa en la batalla del monte Laturce. Tras la derrota de Musa, los asturianos tomaron Albelda y destruyeron sufortificacion. La victoria reforzó la posición de la monarquía asturiana en el sector oriental de la Meseta.
Como consecuencia de esta victoria, Lubb ibn Musa, hijo de Musa y vinculado al gobierno de Toledo tras su rebelión apaciguada el año anterior, se sometió a Ordoño I y estableció una alianza o vasallaje hacia monarca asturiano. Según la Crónica de Alfonso III, permaneció a su servicio mientras vivió Ordoño y participó junto a él en varias campañas contra los musulmanes. Este acercamiento ilustra la complejidad de las alianzas políticas de la península durante el siglo IX, en las que los intereses territoriales y personales de los gobernantes podían prevalecer sobre las diferencias religiosas o ideológicas.

Alfonso III apodado el Magno, fue elegido rey en 866, llevó el reino de Asturias al momento de mayor influencia política de su historia. Su reinado estuvo marcado por la consolidación territorial, una intensa actividad diplomática y el fortalecimiento de la monarquía. Mantuvo estrechas relaciones con el reino de Pamplona, reforzadas mediante vínculos matrimoniales y aprovechó las divisiones internas de al-Andalus para debilitar al emirato de Córdoba.
Esta política se caracterizo especialmente por apoyarse en los poderes periféricos y rebeldes de al-Andalus en contra de Cordoba. Entre los adversarios del emir de Cordoba Muhammad I se encontraba Abd al-Rahmán ibn Marwán, señor de Mérida. En 876, durante una campaña omeya contra los rebeldes emeritenses, estos derrotaron y capturaron a Hasim ibn Abd al-Aziz, uno de los principales funcionarios y jefes militares del emir, y lo entregaron a Alfonso III. Ibn Marwán llegó posteriormente a refugiarse en territorio asturiano y colaboró con Alfonso en nuevas acciones contra las posiciones cordobesas.
La política asturiana también alcanzó el valle del Ebro. Alfonso III mantuvo relaciones con los Banú Qasí, poderoso linaje muladí que había alcanzado un elevado grado de autonomía frente a Córdoba. La cooperación fue especialmente estrecha durante los primeros años de la década de 880, cuando los Banú Qasí se enfrentaron a las campañas del emirato. Alfonso llegó a confiar la educación de su hijo Ordoño a los propio Banú Qasi que fue enviando a Zaragoza, mientras sus intereses coincidían en la oposición a Córdoba. Estas alianzas, aunque cambiantes, permitían sacar provecho de las rivalidades internas de al-Andalus e impedir que el emir concentrase todos sus recursos contra el norte.

Otro de los grandes focos de inestabilidad fue la rebelión de Umar ibn Hafsún, que llegó a controlar amplios territorios de Andalucía oriental, perteneciente a una familia muladí, reivindicaba para sí una ascendencia vinculada a los antiguos godos y presentó su rebelión como una alternativa al poder omeya. En 899 se convirtió al cristianismo en Bobastro, adoptó el nombre de Samuel y promovió allí la construcción de una iglesia. Su conversión se vinculaba con la religión de los antepasados que reivindicaba y reforzaba su posición como dirigente cristiano frente a Córdoba.
Tras su conversión, Ibn Hafsún buscó el reconocimiento y el apoyo de Alfonso III. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con Ibn Marwán, no consta que Alfonso llegara a proporcionarle una ayuda militar efectiva.
La diplomacia de Alfonso III fue utilizada como un instrumento complementario de su política militar. El monarca apoyó directamente a determinados adversarios de Córdoba cuando, estableciendo alianzas con poderes fronterizos y aprovechó las grandes rebeliones internas del emirato. Más que una política de apoyo sistemático a las llamadas rebeliones mozárabes, se trató de una estrategia de aprovechamiento de la fragmentación política de al-Andalus.

La intervención de Alfonso III en los conflictos internos de al-Andalus y su debilitamiento permitió el avance cristiano hasta la cuenca del Duero. Esta situación provocó una reacción directa del emirato al ver amenazada su frontera septentrional.
Muhammad I respondió en 878 con una gran ofensiva destinada a frenar a los asturianos y recuperar la iniciativa. Su hijo al-Mundir marchó hacia León y Astorga al frente del ejército principal, mientras otro contingente avanzaba paralelamente hacia el Órbigo. El objetivo era marchar separos y presionar simultáneamente distintos sectores del reino y converger en el momento clave.
La respuesta de Alfonso III en lugar de esperar el ataque, ataco con celeridad para impedir que ambos contingentes cordobeses pudieran reunirse y lanzó sus fuerzas contra el ejército que había alcanzado el Órbigo. Allí, en la Batalla de Polvoraria, el ejército asturiano obtuvo una importante victoria. El primer contingente musulmán fue derrotado y obligado a retirarse, dejando al ejército principal de al-Mundir en una situación comprometida.
Al-Mundir inició entonces la retirada hacia el sur, pero Alfonso III no se limitó a defender sus posiciones. Persiguió al ejército cordobés y volvió a alcanzarlo en Valdemora, donde infligió una segunda derrota a las fuerzas de al-Mundir. En pocos días, la ofensiva organizada por Muhammad I había quedado desbaratada. Tras este fracaso militar el emir termino negociando una tregua de tres años junto con el pago de una gran suma de oro. La tregua proporcionó a Alfonso III un periodo de relativa seguridad para consolidar sus posiciones y organizar los territorios incorporados. La tregua resultante favoreció la consolidación de las posiciones asturianas en el Duero durante los años siguientes.
En el oeste, destacados nobles como Hermenegildo Gutiérrez desempeñaron un importante papel en la integración de Galicia y del norte de Portugal. En la cuenca del Duero se intensificó el proceso de ocupación, fortificación y repoblación. Zamora fue repoblada y fortificada en 893, mientras que en la región oriental del reino se ocuparon diversos enclaves fronterizos y en 884 se produjo la repoblación de Burgos. El espacio político de la monarquía llegó así a extenderse por buena parte del noroeste peninsular, desde Galicia y el norte de Portugal hasta las tierras de Álava y Castilla.
El crecimiento territorial estuvo acompañado por una importante actividad constructiva. Alfonso III amplió el carácter monumental de Oviedo como sede de la corte y centro político y religioso de la monarquía. Durante su reinado se construyeron un nuevo palacio regio y una fortaleza vinculada al complejo palacial, reforzando tanto la residencia del monarca como la defensa de la ciudad.
La arquitectura regia se complementó con un programa religioso de gran importancia. En 893 fue consagrada la iglesia de San Salvador de Valdediós, construida por iniciativa de Alfonso III y vinculada a un conjunto que incluía dependencias palaciales. El edificio representa la última gran obra conservada de la arquitectura prerrománica asturiana y muestra la madurez alcanzada por la tradición arquitectónica desarrollada por la monarquía.
Estas construcciones respondían a las nuevas dimensiones políticas del reino. Los territorios incorporados exigían centros fortificados y estructuras de organización, mientras que Oviedo debía ofrecer una sede adecuada a una monarquía cuyo poder territorial y diplomático había aumentado considerablemente. La arquitectura se convirtió así en una manifestación visible de la autoridad regia y de la consolidación del reino.
A esta actividad arquitectónica se sumó una intensa creación simbólica de la monarquía. En 908, Alfonso III y la reina Jimena ofrecieron a la iglesia de San Salvador de Oviedo la Cruz de la Victoria, que se convertiría en uno de los principales símbolos de la monarquía asturiana. Su realización, cien años después de la Cruz de los Ángeles encargada por Alfonso II, se inscribe en la continuidad de la utilización de objetos litúrgicos y monumentales como expresión de la autoridad y legitimidad regias.
Durante el reinado de Alfonso III adquirió especial importancia la vinculación ideológica de la monarquía asturiana con la tradición del reino visigodo de Toledo. Las crónicas redactadas en el entorno de la corte presentaron la conquista musulmana de 711 no como la desaparición del antiguo reino, sino como una conquista que no había llegado a someter a todo el reino. En el territorio que permaneció fuera del dominio musulmán habrían sobrevivido la realeza, la fe cristiana y las tradiciones políticas heredadas del reino godo con la resistencia de Pelayo. Desde Asturias, aquella continuidad se habría mantenido viva: sus reyes aparecían como herederos de los monarcas godos y depositarios de la legitimidad de la antigua monarquía. La expansión asturiana podía presentarse así como la recuperación progresiva de la tierra perdida, llevada a cabo por una realeza que no se consideraba fundadora de un nuevo reino, sino continuadora del que había gobernado Hispania antes de la conquista..
Gothi vero partim gladio, partim fame perierunt. Sed qui ex semine regio remanserunt, quidam ex illis Franciam petierunt; maxima vero pars in hanc patriam Asturiensium intraverunt sibique Pelagium filium quondam Faffilani ducis ex semine regio principem elegerunt.Los godos perecieron, unos por la espada y otros por el hambre. Pero de los que sobrevivieron de la estirpe regia, algunos marcharon a Francia; la mayor parte, en cambio, entró en esta tierra de los asturianos y eligió como príncipe a Pelayo, hijo del duque Favila, de estirpe regia
Crónica de Alfonso III, versión Ad Sebastianum
Las denominadas crónicas asturianas especialmente las versiones conocidas como Rotense, Sebastiana y Alfonsina relacionaron la historia de la monarquía asturiana con los antiguos reyes godos y con la defensa de la fe cristiana. La actuación de los reyes asturianos se presentaba así en relación con la recuperación de territorios que habían pertenecido al antiguo reino cristiano de Toledo, dentro de una concepción providencial de la historia.
nec Arabum amicitiis sociabor, nec me eorum imperio subiciam; sed tu non nosti quia ecclesia Domini lunae comparatur, quae et defectum patitur et rursus per tempus ad pristinam plenitudinem reuertitur? Confidimus enim in Domini misericordia quod ab isto modico monticulo, quem conspicis, sit yspanie salus et Gothorum gentis exercitus reparandusNo me uniré a la amistad de los árabes ni me someteré a su dominio; pero ¿acaso no sabes que la Iglesia del Señor es comparable a la luna, que sufre un eclipse y vuelve después, con el tiempo, a su antigua plenitud? Confiamos, pues, en la misericordia de Dios en que desde este pequeño monte que ves se produzca la salvación de Hispania y sea restaurado el ejército de la gente de los godosCrónica del Alfonso III, versión Rótense.
Esta visión aparece de forma particularmente expresiva en la Crónica profética, redactada en 883 en el entorno de Alfonso III. Su relato interpreta la historia peninsular desde una perspectiva bíblica y providencial y presenta el dominio musulmán como una situación temporal destinada a desaparecer. La pérdida de Hispania se integra en una secuencia de caída, castigo y recuperación, mientras que la monarquía asturiana aparece asociada a la restauración del antiguo orden cristiano. El texto vincula además al rey Alfonso III con el cumplimiento de las expectativas de restauración y salus Yspaniae, «salvación de España», para referirse al destino de la tierra bajo el dominio cristiano. De este modo, la recuperación del antiguo reino de los godos no aparece únicamente como una expansión territorial, sino como parte de una interpretación providencial de la historia en la que la restitución del orden cristiano constituía su desenlace esperado.
Gotorum regnum restaurari per hunc nostrum principem dicunt; etiam et multorum Christianorum revelationibus atque ostensionibus hic princeps noster gloriosus domnus Adefonsus proximiori tempore in omni Spania predicetur regnaturus.Dicen que el reino de los godos será restaurado por este nuestro príncipe; y también, según las revelaciones y manifestaciones de muchos cristianos, se anuncia que este nuestro glorioso príncipe, el señor Alfonso, en un tiempo próximo reinará sobre toda España.Cronica Profética
Esta construcción historiográfica ha sido relacionada por la historiografía moderna con el denominado neogoticismo asturiano y con la idea de una restauración del antiguo orden hispánico, siendo fuente de muchas controversias historiográficas modernas. Siendo la expresión Restauratio Hispaniae utilizada en la historiografía moderna para caracterizar esta concepción.
| Palabra | Crónica Albeldense | Crónica Profética | Crónica Rotense | Crónica ad Sebastianum | TOTAL | |||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| N.º | N.º | N.º | N.º | N.º | ||||
| rex/rey | 49 | 1 | 63 | 45 | 158 | |||
| regnum/reino | 35 | 0 | 54 | 49 | 138 | |||
| gothus/godo | 5 | 35 | 11 | 20 | 71 | |||
| Spania / Yspania/ España | 12 | 4 | 16 | 15 | 47 | |||
| Toleto/Toledo | 8 | 0 | 12 | 8 | 28 | |||
| princeps/El primero | 9 | 3 | 7 | 6 | 25 | |||
| dux/duque | 7 | 0 | 7 | 0 | 14 | |||
| patria | 0 | 0 | 8 | 8 | 16 | |||
| palatium/la sede o entorno de la corte | 0 | 0 | 9 | 8 | 17 | |||
| ecclesia/iglesia | 3 | 5 | 9 | 14 | 31 | |||
| gens/pueblo o comunidad | 0 | 8 | 0 | 15 | 23 | |||
| restauratio/restauración | 0 | 1 | 0 | 0 | 1 | |||
| asturias | 0 | 0 | 6 | 0 | 6 | |||

Durante los últimos años del reinado de Alfonso III surgieron graves tensiones con sus hijos. El conflicto estuvo relacionado con la sucesión y con el creciente peso político de los principales territorios del reino. En torno a sus hijos se fueron articulando distintos núcleos de poder, García el primogénito, adquirió una posición predominante entre los nobles de León y Castilla.
La situación desembocó en una rebelión de García contra su padre en 909. Alfonso III logró inicialmente controlar la crisis, y encarcelar a su hijo pero el rápido deterioro de las relaciones familiares hicieron cada vez más difícil mantener la autoridad regia. Finalmente, el monarca decidio repartir el gobierno entre sus hijos y se retiró de Oviedo, conservando la dignidad regia hasta su muerte.
Alfonso III murió en Zamora en diciembre de 910. Tras su muerte, García se estableció en León y Ordoño mantuvo en Galicia, mientras Fruela conservó Asturias. Aunque la división no supuso el desmembramiento del reino, el centro de gravedad de la monarquía comenzó a desplazarse hacia León. La sucesión de Alfonso III marcó así el final de la etapa propiamente asturiana y el comienzo de la progresiva transformación de la monarquía en el reino de León.
Tras la conquista islámica de España, el territorio de la Submeseta norte comenzó a experimentar un proceso de despoblamiento que se vio agudizado por la rebelión bereber de los años 740 y 741 y por la sequía que afectó a dicha área durante las décadas centrales del siglo VIII. El resultado es que la Cuenca del Duero se convirtió en un territorio de nadie.
Ha habido cierta discusión en la historiografía española en torno a la naturaleza e intensidad del despoblamiento del Valle del Duero. Algunos autores, como Sánchez Albornoz, afirmaban que dicha despoblación fue total, y más aún, fue buscada por los reyes asturianos para de esta manera aislarse estratégicamente del emirato de Córdoba y dificultar la entrada de las aceifas musulmanas en Asturias. Otros autores, como Abilio Barbero y Marcelo Vigil, consideraron que, antes que una despoblación, lo que se produjo fue una desorganización política y económica del territorio que, lejos de haber comenzado en el siglo VIII, hunde sus raíces en la crisis del latifundismo tardorromano y del sistema esclavista. Además, etnólogos como Julio Caro Baroja han llamado la atención sobre el hecho de que hay enormes diferencias entre las culturas cantábricas (gallega, asturiana...) y las de la Meseta (como la leonesa o la castellana).
La zona occidental de la Submeseta Norte, aquella que corresponde a los valles del Esla, el Órbigo y el Sil, estaba poblada en tiempos prerromanos por tribus de lengua céltica como los astures o los vacceos. Con la conquista romana, dichos territorios fueron incorporados al Conventus Asturiensis, que tras la división provincial de Caracalla fue adjudicado a la provincia de Gallaecia. En el periodo visigodo, el área pasó a formar parte del Ducado de Asturia (o Ducado Asturiense), cuyas principales ciudades eran Astorga (Asturica Augusta, capital de los astures cismontanos) y León (Legio VII, fundada por los romanos tras las guerras cántabras).
Desde la segunda mitad del siglo VIII estas regiones pasaron a ser progresivamente absorbidas por el Reino de Asturias. Sin embargo, dicha absorción se realizó de diferentes maneras, dependiendo del territorio. Así, de un lado, parece que las regiones de la montaña leonesa, el Bierzo y la Maragatería nunca llegaron a despoblarse del todo y conservaron toda su personalidad étnica: De este modo, es muy probable que los territorios de Valdeón, Laciana y Babia pertenecieran a la monarquía asturiana desde tiempos de Pelayo. Asimismo, se constata la existencia de un condado del Bierzo desde tiempos del rey Alfonso II, y es muy probable que sea bastante anterior al reinado de este monarca. Por otro lado, los estudios etnográficos que se han realizado sobre el pueblo maragato, revelan un posible origen astur, que fue expresado de una manera bastante poética por el folklorista asturiano Constantino Cabal. En todas estas comarcas, se han preservado hasta la actualidad modalidades lingüísticas asturleonesas y rasgos culturales que son muy próximos a los asturianos. Por el contrario, la colonización del Páramo Leonés, Coyanza y Tierra de Campos tuvo un fuerte componente mozárabe: Por todas estas comarcas abundan formas toponímicas correspondientes a dicha lengua, en las que predominan los sufijos -el y -iel, en lugar del asturleonés -iellu.
En cualquier caso, lo cierto es que la ciudad de León se convirtió en el principal bastión asturiano en la Meseta Central, llegando, ya en vida de Alfonso III, a convertirse en sede regia. Otro hito más en el avance cristiano hacia el Sur lo constituyó la fortificación y repoblación de Zamora, verdadera guardiana del río Duero y que por su importancia llegó a ser calificada por algunos historiadores árabes como la "capital de los gallegos". (la traducción al castellano es imprecisa, pues "bilād al-Jalāliqa" es "tierra de las gentes de Yilliqiyya (gallaecia), y no de Galisiyya (Gallecia, la verdadera Galicia)). La expansión leonesa se articularía durante los siglos siguientes en torno a la antigua calzada romana que unía Asturica con Emerita Augusta, que daría lugar con posterioridad a la Vía de la Plata.
En el Reino de Asturias los mayores centros urbanos apenas superaban los pocos cientos de habitantes y la capital Oviedo debió de ser una ciudad pequeña en comparación con los grandes centro urbanos de Córdoba. Asturias era un reino rural de pequeños núcleos, núcleos que crecieron en número junto con el reino.

La sociedad era profundamente cristiana, donde la vida cotidiana y el estado estaban vinculados a la iglesia. Las celebraciones de festividades religiosas, las propias iglesias y la liturgia constituían lugares de reunión y encuentro en los principales momentos de la vida comunal.
Para esta sociedad medieval, la religión no constituía un ámbito independiente de la vida social, sino uno de los principales marcos desde los que se articulaba la comunidad. La iglesia marcaba la trasmisión de las normas, valores, memoria y formas de entender el mundo. Esta concepción alcanzaba también al poder político. La monarquía y la Iglesia eran poderes diferenciados, pero estaban integrados bajo una misma legitimidad compartida. La legitimidad política se asentaba en la trasmisión de sus ideas por la propia iglesia, incluso en aquellas zonas más alejadas de los centros de poder político. Así mismo integrar y reforzar la conexión entre poder regio e iglesia proyectaba la identificación de su autoridad a lo divino. En ultima instancia los reyes eran escogidos por dios por lo que todo su gobierno, justicia y orden provenía de una concepción sagrada.
Los monasterios desempeñaron una función dual especialmente importe. Eran los centros intelectuales, donde se estudiaba, creaba y preservaba el conocimiento y a su vez servían como centros económicos y como base de nuevas repoblaciones.
En un reino en expansión continuada, surgió inicialmente de manera espontánea y desorganizada la ocupación de nuevas tierras, mediante prácticas conocidas como la presura, que permitían adquirir el derecho a la tierra que uno cultivaba y si bien su inicio fue espontáneo con un cierto arraigo en las tradiciones germanas, esto terminó regulándose con Alfonso II. Dando lugar a una repoblación continuada de los nuevos territorios que asolados por el conflicto habían reducida su población, la arqueología moderna pone en duda la visión tradicional de absoluto vacío de las zonas fronterizas. Resultando en una sociedad donde una parte importante de los hombres poseían su propia tierra, conviviendo junto con otros estamentos como siervos, la nobleza y el clero estos dos últimos controlando grandes patrimonios. Para muchos de estos campesinos propietarios una clase excepcional en Europa, la tierra no era una abstracción ni la propiedad de su señor, era la casa familiar que habían construido, los campos que cultivaban, los animales que poseían y el templo en el que rezaban a su dios. En un reino expuesto a continuas incursiones musulmanas, defender el territorio significaba también defender directamente aquello de lo que dependía su propia existencia. Frente a la amenaza de una Córdoba con una base de población sumamente mayor y grandes núcleos urbanos, esta sociedad rural arraigada, se movilizaba y autoabastecía con sus propias armas y comida, permitiendo a un reino con escasos recursos humanos, sin base monetaria y mayoritariamente con economía de intercambio, ser capaz de consolidar un sistema militar, con una capacidad de movilización extraordinaria para sus escasos recursos.
La vida de estas comunidades estaba también regulada por El Liber Iudiciorum, compilado en el siglo VII, reunía normas sobre cuestiones civiles, penales y patrimoniales y continuó siendo conocido y utilizado en su territorios. Su presencia en la documentación medieval muestra que la conquista islámica no supuso la desaparición de la tradición jurídica anterior. Sin embargo, su aplicación no fue uniforme ni exclusiva: junto al derecho visigodo coexistieron costumbres locales y nuevas prácticas jurídicas surgidas de las transformaciones sociales de este periodo.
«Si algun ome libre entra en el logar de las abeias por las furtar, si no furtare ende nada, solamientre porque lo fallaron hy peche III sueldos, e reciba L azotes. E si ende alguna cosa tomare, péchelo en IX duplos e demás reciba los azotes de suso dichos. E si fuere siervo, e non levare ende nada del abeiero, reciba C azotes. E si algo ende levare, reciba C azotes e péchelo en VI duplos. E si el sennor non quisiere fazer emienda por él, dé el siervo por emienda.»Si un hombre libre entra en el lugar de las abejas para robarlas y no roba nada, solo por haber sido encontrado allí debe pagar tres sueldos y recibir cincuenta azotes. Si toma alguna cosa, debe pagarla nueve veces y recibir además los mismos azotes. Si es siervo y no se lleva nada de la colmena, recibe cien azotes; si se lleva algo, recibe cien azotes y debe pagarlo seis veces. Si su señor no quiere reparar el daño por él, debe entregar al siervo como compensación.
Ley 3, título VI, libro VIII del Liber Iudiciorum Copia traducida en romance del siglo XIII
Por encima del pueblo llano, con una clase burguesa muy reducida que no componía una base social inexistente se encontraba una aristocracia vinculada al poder, a la guerra y al control de tierras y recursos. Sus miembros desempeñaban funciones militares y políticas y ocupaban posiciones relevantes en la administración del reino y en las relaciones con la Iglesia. Parte de esta aristocracia procedía de las élites locales incorporadas al nuevo poder asturiano, mientras que otras familias quedaron vinculadas a la propia dinastía mediante relaciones de parentesco, fidelidad y servicio. La expansión territorial del reino permitió además a estas élites ampliar su patrimonio y su influencia. Junto a ellas, las instituciones eclesiásticas fueron acumulando también propiedades y capacidad económica, configurando progresivamente una sociedad en la que el poder se concentraba en torno a la monarquía, las aristocracias y la Iglesia.

La cultura del Reino de Asturias fue el resultado de la superposición de distintas tradiciones acumuladas durante siglos. La población hablaba una lengua romance derivada del latín, heredera de la profunda romanización de la península y su norte, mientras que el antiguo sustrato prerromano, había dejado una huella especialmente visible en la toponimia.
Otro ámbito en el que resulta especialmente visible esta herencia es el de la antroponimia. El sustrato paleohispanico es testimonial, a excepción de la zona vascona, indeleble hasta la actualidad. Frente a esta realidad en el siglo VII, los nombres personales de origen germánico tuvieron una presencia destacada en la sociedad asturleonesa. Nombres como Alfonso, Fruela, Ramiro, Rodrigo, Vermudo, Álvaro o Fernando aparecen en la documentación medieval y algunos de ellos fueron utilizados durante generaciones por las familias dirigentes. Esta continuidad resulta especialmente significativa porque afecta a la identificación personal de las propias élites que protagonizaron la formación del reino. La combinación de nombres de tradición germánica, romana y cristiana muestra una sociedad culturalmente mezclada, pero también evidencia una tradición onomástica continuada procedente de la época visigoda y que conservaba suficiente prestigio para seguir reproduciéndose dentro de las nuevas estructuras políticas. Con el tiempo, muchos de estos nombres pasarían a formar parte de los sistemas patronímicos medievales y, finalmente acabarían generando los patronímicos que todavía forman parte de la sociedad hispánica actual, como González, Fernández o Rodríguez.
Los monumentos de arte prerrománico en Asturias son exponentes de la entidad política y cultural que estaba desarrollando en la cornisa cantábrica durante los siglos VIII y IX. Su arquitectura presenta influencias de distinta procedencia, elementos heredados de la arquitectura romana y paleocristiana, rasgos vinculados a la tradición hispanovisigoda y aportaciones procedentes del ámbito carolingio, junto con soluciones decorativas y propias..
Sin embargo, a pesar de que tradicionalmente se han venido subrayando los vínculos entre el estilo asturiano y el visigótico, algunos autores señalan también la importancia del arte romano y paleocristiano cuya presencia esta atestiguada mediante la arqueología de la región. También hay ciertos desarrollos autóctonos, y en este sentido en algunos monumentos prerrománicos, como San Miguel de Lillo, pueden observarse medallones en los que aparecen grabados motivos paganos como la hexapétala o la espiral solar, tan comunes en las estelas astures y que aún hoy se siguen empleando para decorar los hórreos asturianos.
La evolución del arte prerrománico asturiano puede estructurarse en dos periodos:

El periodo prerramirense (mediados del siglo VIII–842), en el que se insertan tanto las iglesias construidas por el rey Silo en Pravia como los monumentos que construyó Alfonso II alrededor de su corte en Oviedo, entre los que destacaban la catedral prerrománica de San Salvador, que fue sustituida por la actual gótica (construida en el siglo XIV), el Palacio Real, que también fue derruido con posterioridad y del que tan solo se conservan la capilla palatina (actual Cámara Santa) y algunas arquetas que hoy en día están integradas en la iglesia de San Tirso; Ramirense, que recibe su nombre del rey Ramiro I, bajo cuyo reinado se construyeron los principales monumentos pertenecientes al arte asturiano, como Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo.

El período postramirense, desarrollado durante los reinados de Ordoño I (850-866) y Alfonso III (866-910), supone la consolidación y expansión de las formas arquitectónicas desarrolladas durante las etapas anteriores. Las construcciones de este período muestran una evolución de los modelos ramirenses, combinando elementos de la tradición arquitectónica asturiana con nuevas influencias procedentes del ámbito carolingio y de otros territorios cristianos peninsulares. Entre sus principales ejemplos destaca San Salvador de Valdediós, consagrada en 893 durante el reinado de Alfonso III, que refleja la madurez alcanzada por la arquitectura del reino y la evolución de sus soluciones constructivas y decorativas en las décadas finales del siglo IX.
Junto con todos estos logros en materia arquitectónica, el Reino de Asturias desarrolló una orfebrería refinada cuyos exponentes más renombrados lo constituyen la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas, muchos de los cuales se ha confirmado mediante las excavaciones arqueológicas que en convergencia con las crónicas, que fueron creadas en el Castillo de Gauzón, habiéndose descubierto en este castillo la existencia de un taller especializado en trabajos metalúrgicos y suntuarios de elevada complejidad, así como materiales y técnicas compatibles con la producción de objetos de prestigio de la época. Estos hallazgos han reforzado la tradición que relacionaba la elaboración de algunas de las piezas de la orfebrería asturiana con este enclave.

La conservación de estas piezas resulta excepcional dentro de la orfebrería altomedieval europea. La Cruz de los Ángeles, fabricada en 808 por encargo de Alfonso II, y la Cruz de la Victoria, realizada en 908 por iniciativa de Alfonso III y la reina Jimena, son dos ejemplos extraordinarios y bien documentados de crux gemmata. De la orfebrería cortesana europea de los siglos VIII y IX se conserva muy pocas piezas, por lo que es especialmente indicativo del valor simbólico de ambas piezas, conservando ambas las inscripciones.
La Cruz de los Ángeles, donada por Alfonso II a la catedral de Oviedo en 808, es una de las obras más representativas de la orfebrería asturiana. Su forma de cruz griega enjoyada con influencias culturales de la era cristiana de la Antigüedad tardía, mientras que su elaboración recoge la tradición orfebre hispánica desarrollada durante la época visigoda, junto con soluciones técnicas propias de la cultura asturiana.

La Cruz de la Victoria donada por Alfonso III a la iglesias de San Salvador de Oviedo en el 908. La tradición cronística y su inscripción sitúan su fabricación en el castillo de Gauzón. Destaca por su riqueza material y complejidad técnica. Es ya una cruz latina con su brazo vertical más largo que el horizontal, fruto del influjo de las nuevas influencias europeas de su tiempo. Su estructura de madera está recubierta de oro y decorada con filigrana, piedras preciosas, perlas, cristales y esmaltes. La inscripción que recorre su reverso identifica a Alfonso III y a la reina Jimena y fecha su realización en 908.
Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus.Con este signo se protege al piadoso; con este signo se vence al enemigo
Inscripción de la Cruz de la Victoria, 908

En Cangas de Onís se encuentra uno de los ejemplos más llamativos de la superposición de las nuevas formas cristianas sobre espacios de una antigüedad mucho mayor. La iglesia de Santa Cruz, fundada por el rey Favila en 737, se levantó sobre un monumento megalítico que ya contaba con varios milenios de antigüedad. La elección de este lugar pudo favorecer la incorporación de un espacio de especial significado para las comunidades locales al nuevo paisaje cristiano de la monarquía, aunque no puede afirmarse que existiera una continuidad ininterrumpida de las prácticas religiosas o funerarias desarrolladas allí desde época megalítica. La propia inscripción fundacional de la iglesia aporta otro detalle singular al señalar que los altares fueron consagrados por un personaje llamado Asterio, al que denomina vates, término latino utilizado para designar a un poeta inspirado, profeta o adivino. La elección de esta palabra en un contexto cristiano resulta llamativa.

La Iglesia asturiana tampoco estuvo aislada de las corrientes religiosas del noroeste peninsular. El Parroquial Suevo, elaborado en época sueva, menciona una sede de los britones cuya jurisdicción comprendía iglesias situadas en Asturias y el denominado Monasterium Maximi. La presencia de esta comunidad britona constituye un testimonio de los contactos existentes entre Asturias y las comunidades cristianas de la Gallaecia altomedieval. Sin embargo, no existen pruebas suficientes para considerar que Asturias desarrollase un cristianismo separado o sustancialmente distinto del resto de la tradición hispánica. Esta documentado la persistencia del sincretismo en el cristianismo por toda la Europa Altomedieval. así como los concilios de Toledo lo narran al conjunto de Spania.
Con el nacimiento y consolidación de la monarquía asturiana, el cristianismo pasó a ocupar el lugar central en la legitimación del poder regio. Los reyes promovieron la construcción de iglesias y monasterios y dotaron a la nueva capital de Oviedo de un importante conjunto monumental. Durante los reinados de Alfonso II y Alfonso III, esta tradición cristiana se integró con la herencia cultural hispánica y con nuevas influencias procedentes del mundo carolingio, mientras que las fuentes elaboradas en la corte asturiana interpretaron la historia del reino dentro de una concepción providencial en la que la lucha contra al-Ándalus adquiría también un significado religioso..
Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas [...] y entonces veréis venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y gloria.Lc, 21:25–27

Durante los reinados de Silo y de Mauregato se sentaron las bases de la cultura del Reino de Asturias y de la España cristiana de la Alta Edad Media. En este periodo aparentemente anodino, en el que los reyes de Asturias se sometieron a los dictados de los emires cordobeses, vivió Beato de Liébana, que es probablemente la mayor figura intelectual del Reino de Asturias, y cuya obra dejó una huella imperecedera en la cultura cristiana de la Reconquista.
Beato se vio directamente involucrado en la querella adopcionista, en el seno de la cual combatió con fuerza a Elipando, obispo de Toledo. Los adopcionistas defendían que Jesucristo nació hombre y que solo tras su muerte y resurrección fue adoptado por el Padre y adquirió la cualidad divina. El adopcionismo tenía raíces en el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, y en el paganismo grecorromano, donde existían algunos ejemplos de héroes como Hércules que después de su muerte alcanzaron la apoteosis. No han de descartarse asimismo influencias musulmanas en el surgimiento del adopcionismo, pues Elipando fue impuesto en su cargo por las autoridades musulmanas, cuya religión negaba la divinidad de Jesús, al que se consideraba profeta pero no Hijo de Dios. Sin embargo, la herejía adopcionista fue combatida por Beato desde su monasterio de Santo Toribio de Liébana, al par que defendió la independencia de la iglesia asturiana frente a la toledana y estrechó lazos con Roma y el Imperio Carolingio: En este sentido, Beato fue apoyado en su lucha contra la iglesia toledana por el Papa así como por Alcuino de York, estudioso anglosajón afincado en Aquisgrán con el cual cultivó una gran amistad.

La obra de mayor trascendencia creada por Beato fueron sus Comentarios al Apocalipsis, que fueron copiados en manuscritos en los siglos posteriores (denominados usualmente Beatos) y de los que el escritor italiano Umberto Eco ha llegado a decir: «Sus fastuosas imágenes han dado lugar al mayor acontecimiento iconográfico de la historia de la humanidad». Beato expone en ellos una interpretación personal del relato apocalíptico, a la que añade citas procedentes del Antiguo Testamento y de los Padres de la Iglesia, y todo ello acompañado por magistrales ilustraciones.




En los Comentarios se da una nueva interpretación a los símbolos del Apocalipsis: Babilonia ya no representa a la ciudad de Roma, sino a Córdoba, sede de los emires de Al Ándalus; la Bestia, antiguo símbolo del Imperio Romano, encarna ahora al invasor islámico que amenazaba con destruir la cristiandad occidental y que en esa época atribulaba con sus frecuentes razzias a los territorios del Reino de Asturias.
En el prólogo al segundo libro de esta obra se encuentra uno de los Mapa Mundi más conocidos de la cultura altomedieval europea. El objetivo de este mapa no es la representación geográfica del mundo sino el de servir como ilustración de la diáspora evangelizadora de los Apóstoles durante las primeras décadas del cristianismo. Beato se basó para confeccionarlo en los datos proporcionados por San Isidoro de Sevilla, Ptolomeo y las Sagradas Escrituras. El mundo se representa como un disco de tierra rodeado por el Océano y que se divide en tres partes: Asia (semicírculo superior), Europa (cuadrante inferior izquierdo) y África (cuadrante inferior derecho). El Mar Mediterráneo (Europa–África), el Río Nilo (África–Asia) y el Mar Egeo y el Bósforo (Europa–Asia) separaban a las masas continentales. El Mapa Mundi de Beato de Liébana es la primera obra cartográfica que muestra la existencia de la Terra Australis. A pesar de que esta tierra hipotética ya había aparecido citada en las obras de Claudio Ptolomeo o San Agustín de Hipona, lo cierto es que el mapa contenido en los Comentarios al Apocalipsis, es el primero que refleja la existencia de este continente austral, que a partir de este momento aparecerá repetidamente multitud de mapas y originará innumerables expediciones en su búsqueda, como las de Fernández de Quirós y Abel Tasman, que culminarán en el descubrimiento de Australia. Beato estaba convencido de la llegada inminente llegada del Fin de los Tiempos, que vendrían precedidos por el reinado del Anticristo, cuyo imperio duraría 1290 años. Basándose en el esquema expuesto por San Agustín en su obra la Ciudad de Dios, el creador de los Comentarios consideraba que la historia del mundo se estructuraba en seis edades: Las cinco primeras se extendían entre la creación de Adán y la crucifixión Jesucristo, mientras que la sexta, posterior a Cristo y contemporánea a nosotros, debía culminar con el desencadenamiento de los sucesos profetizados por el Apocalipsis.
Los movimientos de carácter milenarista eran comunes en la Europa de entonces: En el periodo 760–780 se producen en las Galias toda una serie de fenómenos astrales que provocan pánico entre la población; un monje visionario, Juan, predice la llegada del Fin del Mundo en el reinado de Carlomagno. Aparece en estas mismas fechas el Apocalipsis de Daniel, un texto escrito en lengua siríaca durante el reinado de la emperatriz Irene en Bizancio en el que se profetizaban toda una serie de guerras entre árabes, bizantinos y pueblos del Norte que finalizarían con la llegada del Anticristo.
Para Beato, los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Hispania (el dominio islámico, la herejía adopcionista, la progresiva asimilación de los mozárabes...) eran señales que indicaban la proximidad del eón apocalíptico. Según cuenta Elipando en su Carta de los obispos de Spania a sus hermanos de la Galia, el abad de Santo Toribio llegó a anunciar a sus paisanos de la Liébana la llegada del Fin del Mundo para la Pascua del año 800: la víspera de ese día, cientos de aldeanos se agruparon en torno al Monasterio de Santo Toribio, esperando —aterrados— el prodigio. Durante casi día y medio permanecieron en aquel lugar sin probar bocado hasta que uno de ellos, de nombre Ordoño, exclamó: «¡Comamos y bebamos, de manera que si llega el fin del mundo estemos hartos!».
Las visiones proféticas y milenaristas de Beato de Liébana tuvieron una huella perdurable en el desarrollo del Reino de Asturias: La Crónica Profética, que fue redactada en torno al año 880, predice la caída final del Emirato de Córdoba y la conquista y redención de toda España por el rey Alfonso III. Asimismo, el icono de la Cruz de la Victoria, que terminó convirtiéndose el emblema del Reino de Asturias, tiene su origen en un pasaje del Apocalipsis en el que San Juan tiene la siguiente visión de la Parusía: Ve a Jesucristo sentado en majestad compañado de nubes y afirmando «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el que Fue, el que Es y el que Será. El Todopoderoso». El uso del lábaro se remonta a tiempos de Constantino el Grande, que lo empleó durante la célebre batalla del Puente Milvio. Pero en Asturias, el uso de la Cruz de la Victoria adquirió tintes de veneración. En casi todas las iglesias prerrománicas aparece grabado dicho icono, a menudo acompañado de la expresión «Hoc signo tuetur pius, in hoc signo vincitur inimicus», que se convirtió en el lema de los monarcas asturianos.
Otro de los legados espirituales del Reino de Asturias lo constituye el surgimiento de una de las vías de transmisión cultural más fascinante de Europa: El Camino de Santiago. El primer texto que hace referencia a la predicación de Santiago el Mayor es el Breviario de los Apóstoles, texto del siglo VI que cita a un lugar denominado Aca Marmárica como su lugar de descanso definitivo. San Isidoro de Sevilla insistió en esta idea en su tratado De ortu et obitu patrium. Siglo y medio después, en tiempos del rey Mauregato fue compuesto el himno O Dei Verbum en el que se califica al apóstol de «áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional», y se hace referencia a su predicación en la Península durante las primeras décadas del cristianismo. Algunos atribuyen dicho himno a Beato, aunque esto es discutido por los historiadores.
Pero no fue hasta el reinado de Alfonso II cuando desde Galicia llegaron noticias de un acontecimiento prodigioso: En la diócesis de Iria Flavia un ermitaño llamado Pelayo había observado durante varias noches sucesivas resplandores misteriosos sobre el bosque de Libredón. Canciones de ángeles acompañaban el baile de luminarias. Impresionado por este fenómeno, Pelayo se presentó ante el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que acudió al lugar con su séquito. En la espesura del bosque se halló un sepulcro de piedra con tres cuerpos, que fueron identificados con los del apóstol Santiago el Mayor y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. Según la leyenda, el rey Alfonso fue el primer peregrino en acudir a ver al Apóstol: Durante las noches que duró el trayecto fue guiado por el curso de la Vía Láctea, que a partir de ese momento tomaría el nombre popular de Camino de Santiago.
El hallazgo de la tumba de Santiago supuso un éxito político de primer orden para el Reino de Asturias: Hispania podía reclamar para sí el honor de albergar los restos de uno de los apóstoles de Jesucristo, un galardón solo compartido con Asia (concretamente Éfeso) donde reposaba el cuerpo de San Juan, y con Roma, donde fueron enterrados los restos de San Pedro y San Pablo. A partir de este momento, Santiago de Compostela se convertiría junto con Roma y Jerusalén en una de las tres ciudades santas de la Cristiandad. Al abrigo del Camino de Santiago penetraron en la península ibérica multitud de influencias procedentes de Centroeuropa durante los siglos siguientes, desde los estilos gótico y románico hasta la trova provenzal.
Sin embargo, la historia del descubrimiento de los restos del Apóstol presenta ciertos trazos enigmáticos. La tumba fue encontrada en un lugar que venía siendo usado como necrópolis desde el Bajo Imperio, por lo que es posible que se tratara de los restos de un notable de la zona: El historiador británico Henry Chadwick lanzó la hipótesis que identificaba el sarcófago hallado en Compostela con las reliquias de Prisciliano. Otros autores, como Constantino Cabal, ponen de relieve que muchos lugares de Galicia como el Pico Sacro, la Pedra da Barca (Mugía) o San Andrés de Teixido eran objetivo de peregrinaciones de fieles paganos, que consideraban que aquellos lugares, identificados con el Fin del Mundo, eran puertas de entrada al Otro Mundo. Con el descubrimiento de la tumba de Santiago se inició la progresiva cristianización de estas rutas de peregrinación.
Puesto que las Crónicas del Reino de Asturias fueron redactadas siglo y medio después de la batalla de Covadonga, son muchas las facetas de los primeros reyes de Asturias que han quedado en la penumbra, abandonadas al nebuloso territorio del mito y de la leyenda.
Si bien la historicidad de Pelayo queda fuera de toda duda, en torno a su figura se han tejido multitud de tradiciones y relatos. Uno de ellos afirma que antes de la invasión islámica de España acudió de peregrino a Jerusalén, la ciudad santa de la Cristiandad.
Se afirma así mismo, que la Cruz de la Victoria fue formada por un rayo que al golpear un roble talló dicha figura en su tronco. Se entrelazan en este mito dos elementos de importancia fundamental en la tradición asturiana: Por un lado, el rayo, que era el símbolo del antiguo dios astur Taranis y que en la mitología asturiana es forjado por el Ñuberu, señor de las nubes, de la lluvia y de los vientos. Por otro lado, el roble es el símbolo de la realeza asturiana, tal y como testimonian grabados en piedra como los de la Iglesia de Abamia, en los que se reproducen hojas de dicha especie arbórea.
Además, la zona de Covadonga ha sido pródiga en relatos asombrosos, como el que afirma que sobre el lugar que hoy ocupan los lagos de Enol y de la Ercina se alzaba un poblado de pastores que fue visitado en su día por la Virgen, la cual disfrazada de peregrina pidió comida y habitación por las casas del poblado. En todas ellas fue rechazada bruscamente, y solo encontró acogida en el humilde refugio de un pastor, que cariñosamente compartió con ella todo lo que poseía. Como castigo ante la inhospitalidad de los moradores del lugar, el día siguiente un diluvio de origen divino arrasó con la población, que quedó anegada para siempre, con excepción de la choza del pastor. Ante él, la misteriosa huésped comenzó a llorar, y sus lágrimas al caer al suelo se convirtieron en deliciosas florecillas. Entonces el pastor se dio cuenta de que la divina peregrina era la Virgen.
La leyenda del tributo de las cien doncellas cuenta que el reino de Asturias habría quedado obligado a entregar cada año cien jóvenes cristianas a los musulmanes. La tradición terminó vinculando este supuesto tributo con el reinado de Mauregato (783-788), a quien se acusó de haber alcanzado el trono con ayuda musulmana y de haber aceptado, a cambio, la entrega de cincuenta doncellas nobles y otras cincuenta pertenecientes al común. Según el relato, la situación se mantuvo hasta que Ramiro I se negó a continuar pagando el tributo y se enfrentó a los musulmanes en la batalla de Clavijo, donde la intervención milagrosa del apóstol Santiago habría permitido a los cristianos obtener la victoria.Sin embargo, no existe ninguna evidencia contemporánea de que el tributo hubiera existido. Las fuentes asturianas de los siglos VIII y IX no lo mencionan y la primera referencia conocida aparece varios siglos después, en el llamado Privilegio de los votos de Santiago, un documento falsificado en el siglo XII para justificar los derechos de la Iglesia compostelana. A partir de entonces el relato fue incorporado por cronistas como Lucas de Tuy y Rodrigo Jiménez de Rada, que contribuyeron a darle la forma con la que posteriormente se hizo conocido.La historia resulta especialmente eficaz como relato porque convierte una situación de sometimiento político en una imagen concreta y dramática. No se trata simplemente de pagar un tributo, sino de entregar cada año a los propios habitantes del reino. Las doncellas representan así a la comunidad cristiana sometida, mientras que su recuperación y la victoria de Ramiro I simbolizan la recuperación de la independencia y del honor. La intervención de Santiago completa el relato al presentar la victoria como una empresa favorecida por Dios. En versiones posteriores, además, las propias mujeres adquieren un papel más activo y llegan a convertirse en el motivo que desencadena la resistencia. La leyenda no surgió, sin embargo, de un mundo completamente ajeno a las situaciones que describe. La frontera entre los poderes cristianos y musulmanes conocía guerras, incursiones, captura y esclavización de personas, rescates, tributos, pactos y alianzas matrimoniales. Estos hechos no demuestran que existieran las cien doncellas, pero ayudan a entender por qué una narración semejante podía resultar verosímil. El relato parece llevar al extremo esas realidades: allí donde una relación de dependencia podía expresarse mediante un tributo o un pacto político, la tradición la convirtió en la entrega periódica de cien jóvenes.
Es este un mito pancéltico que se encuentra representado en numerosas historias de otros países del Arco Atlántico, como aquella que afirma que bajo la laguna de Antela (Galicia) se hallan los rastros de la antigua ciudad de Antioquía, borrada en su día del mapa por un diluvio nocturno en castigo por la vida pecaminosa de sus habitantes. Todavía hoy es posible oír durante la Noche de San Juan los tañidos de la iglesia de la ciudad así como el cantar de los gallos. Al otro lado del golfo de Vizcaya, en Bretaña, circulan tradiciones relativas a la ciudad de Ker-Ys, que se situaba en territorios de la bahía de Douarnenez ganados al mar y protegidos por un poderoso dique. La hija del rey de la ciudad, Dahud, entregó las llaves del dique a un demonio que se había disfrazado de un apuesto príncipe, acción que resultó en el anegamiento de la ciudad.

También existen mitos en torno a la Monarquía Asturiana que enlazan con la más pura tradición judía y cristiana: la Crónica Sebastianense narra que cuando falleció el rey Alfonso I tuvo lugar en Cangas de Onís un suceso extraordinario. Mientras los notables velaban su cadáver en la corte, se oyeron cánticos celestiales de ángeles. Entonaban el siguiente texto de Isaías que por lo demás era el empleado por la liturgia hispánica durante la Vigilia del Sábado de Gloria:
Yo dije: En el medio de mis días iré á las puertas del sepulcro: Privado soy del resto de mis años.
Dije: No veré al señor en la tierra de los que viven: Ya no veré más hombre con los moradores del mundo.
Mi morada ha sido movida y traspasada de mí, como tienda de pastor. Como el tejedor corté mi vida; cortaráme con la enfermedad; Me consumirás entre el día y la noche.
Contaba yo hasta la mañana. Como un león molió todos mis huesos: De la mañana á la noche me acabarás.
Como la grulla y como la golondrina me quejaba; Gemía como la paloma: alzaba en lo alto mis ojos: Jehová, violencia padezco; confórtame.Is. 38,10–14
Se trata del cántico que entonó el rey de Judá Ezequías tras su curación de una enfermedad mortal por Yahvé, gracias a la intercesión de Isaías: En dicho cántico, el rey, viéndose ante las puertas de la muerte, lamenta angustiado su partida hacia el sheol, el inframundo judío, un lugar oscuro y tenebroso donde no verá ya más a ni a Dios ni los hombres.
En Asturias se encuentran asimismo exponentes del mito del Rey Durmiente: Según la leyenda, es posible aún hoy en día ver vagar al rey Fruela por el Jardín de los Reyes Caudillos de la Catedral de Oviedo y se dice que su nieto, el renombrado caballero Bernardo del Carpio, duerme también en una cueva de los montes asturianos. La tradición relata que en una ocasión un campesino perdió una de sus vacas, y cuando se internó en una cueva para buscarla oyó una voz que afirmaba ser Bernardo del Carpio, vencedor sobre los francos en Roncesvalles. Tras contarle que había vivido solitariamente durante siglos en aquella cueva le dijo al campesino: «Dame tu mano, que quiero saber cómo son los hombres de ahora». El pastor, asustado, le alcanzó el cuerno de una vaca, que al ser agarrado por el gigante se deshizo al instante. El pastor se marchó despavorido, no sin antes oír a Bernardo decir: «Los hombres de ahora no son como los que me ayudaron a matar franceses en Roncesvalles».
Son evidentes los paralelismos entre estas leyendas y las que rodean las figuras de otros héroes medievales europeos como Barbarroja o el Rey Arturo. Del primero se afirma que no murió, sino que se retiró al interior del monte Kyffhäuser, desde donde retornará para restablecer la antigua gloria de Alemania cuando los cuervos dejen de volar. Del segundo se afirma que vive junto con sus caballeros en multitud de grutas y colinas de la isla de Gran Bretaña. Su morada más famosa es aquella que le atribuyó Sir Walter Scott: las colinas de Eildon, en Escocia, donde se refugió Arturo tras su última batalla, y donde dormirá hasta que el destino le otorgue de nuevo el gobierno de Britania.
El Reino de Asturias se contempla tradicionalmente como el origen de la Reconquista. Desde el reino de Asturias se crearon los condados de Castilla y de Portugal, que en tiempos del Reino de León cobrarían su independencia y se convertirían en reinos.
Los condados castellanos se aglutinaron a mediados del siglo IX en torno a la dinastía condal fundada por Fernán González. Si bien en sus comienzos el condado de Castilla no llegó a independizarse formalmente nunca del Reino de León, pronto entró en la órbita del rey Sancho Garcés III de Pamplona, el Mayor , que acabó definitivamente con la dependencia jurídica respecto de los reyes leoneses. Su hijo, Fernando I, heredó el condado de Castilla y tras derrotara Bermudo III de León anexionó su reino. Tras la muerte de Alfonso VII, los reinos de León y Castilla volvieron a separarse durante setenta años, hasta que fueron unificados definitivamente por Fernando el Santo. El recuerdo de la monarquía asturiana pervivió en las cortes de los reyes de Castilla y de España. Alfonso X el Sabio, en su Estoria de España, consideraba al Reino de Asturias como el lugar donde comenzó la reconquista y recristianización de España. Siglos después, el primer parque nacional de España, el de la Montaña de Covadonga (hoy en día, Parque nacional de los Picos de Europa), fue fundado por Alfonso XIII en 1918 para conmemorar el 1200 aniversario de la coronación Pelayo, y de la batalla de Covadonga.

Por lo que se refiere a Portugal, fue Alfonso III de Asturias el que ordenó en 868 a uno de sus vasallos, el conde gallego Vimara Pérez, tomar y repoblar la ciudad de Oporto y los territorios portucalenses entre el Miño y el Duero (fue el fundador de la ciudad de Guimarães). De este modo, al mismo tiempo que nacía en el centro hispánico el Condado de Castilla vasallo de los reyes asturleoneses y navarros, surgió en la frontera suroccidental asturiana el Condado Portucalense, que también se mantuvo vasallo de los reyes de Asturias y León durante los siglos IX a XII.
En el plano estrictamente asturiano, el Reino de Asturias es el lugar del nacimiento del asturiano, bable o asturleonés, lengua también hablada en el Reino de León. Ya en textos tan tempranos como la Pizarra de Carrio pueden distinguirse rasgos que van pergeñando un dialecto protorromance asturleonés, como por ejemplo la diptongación de la e breve latina (vostras -> vuestras) o la palatalización del grupo c'l (ovecula -> oveya) y el texto en lengua romance peninsular más antiguo, La Nodicia de Kesos, está escrito en una lengua que muestra ya signos claros de asturleonés. Si bien los documentos de la época del Reino de Asturias están redactados en casi su totalidad en lengua latina, no cabe la menor duda de que en la corte se empleaba como idioma habitual una forma primigenia del asturiano. En este sentido, los primeros documentos oficiales escritos en asturleonés comienzan a aparecer en el siglo XI y entre ellos destacan el Forum Iudicium (Fueru Xulgu) y diferentes derechos municipales como el Fuero de León o el Fuero de Avilés. En el primer parlamento de la historia de Europa, las Cortes de León de 1188, la lengua empleada tanto por el rey como por los procuradores fue la asturleonesa. Este idioma gozaba entonces de un enorme prestigio que venía derivado de su uso por los reyes de León, sucesores de Pelayo. Es de destacar el hecho de que en Portugal para designar a sus propios monarcas se empleaba usualmente el título El-Rei, que como puede apreciarse no es galaicoportugués (en cuyo caso correspondería una forma tipo O-Rei) sino asturleonés.

Siglos después del reinado de los últimos monarcas asturianos, en 1388, se creó el Principado de Asturias y el título de Príncipe de Asturias que desde entonces ostentaría el heredero de los reinos de la Corona de Castilla y, posteriormente, de la de España.
El territorio del Principado quedó constituido por las Asturias de Oviedo. Las Asturias de Santillana, que mantenían ese nombre desde el siglo XII, pasaron a formar la merindad denominada a partir del siglo XV Montaña de Burgos y desde 1778 Provincia de Cantabria. Tras el paso de Ribadedeva, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja en 1833 a la nueva provincia de Oviedo, a ésta se la denominó provincia de Santander y desde 1982 constituye la comunidad autónoma de Cantabria.
Tras mantenerse el principado como ente territorial durante todo el Antiguo Régimen, la división territorial de 1833 formó la Provincia de Oviedo, que incluía los concejos de las antiguas Asturias de Oviedo a los que se añadieron Ribadedeva, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja de las antiguas Asturias de Santillana. En 1983, la provincia de Oviedo cambió su nombre a provincia de Asturias, siendo la única provincia de la comunidad autónoma del Principado de Asturias.
El goticismo es un neologismo para definir la ideología regia vinculada a la interpretación del Reino de Asturias como continuador político e ideológico del Reino visigodo de Toledo, que tiene continuedad durante toda la reconquista en sus estados sucesores y tambien se conoce como restauratio regnum ghotorum o restauratio hispaniae.Aunque la historiografía tradicional concedió un papel central a esta continuidad, desde la década de 1970 los trabajos de Abilio Barbero y Marcelo Vigil cuestionaron algunos de sus conceptos, al destacar la persistencia de estructuras sociales locales y las particularidades de las regiones septentrionales de la península ibérica. Sin embargo, sus planteamientos se formularon en un momento en que la investigación arqueológica sobre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media todavía era limitada. El desarrollo posterior de la arqueología ha aportado nuevos datos sobre la continuidad de los asentamientos, las élites locales, las prácticas funerarias, los espacios religiosos y la cultura material de tradición romana y visigoda. Estos hallazgos han contribuido a matizar las interpretaciones rupturistas y favorecen una perspectiva que contempla la interacción entre las estructuras sociales heredadas del periodo romano, las tradiciones políticas y culturales hispanogodas y las dinámicas propias de las comunidades del norte peninsular. Si bien a día de hoy el debate historiografico continua.

El concepto tiene sus antecedentes ideológicos en los acontecimientos ocurridos durante el reino visigodo de Toledo, a partir de la segunda mitad del siglo VI, cuando la monarquía toledana llevó a cabo una política de unificación territorial paulatina deliberada para consolidar la soberanía sobre la antigua diócesis romana de Hispania. Ejecutándose mediante la anexión del Reino Suevo en 585, expulsando a los bizantinos del sur peninsular en 624, e integrando el norte peninsular. Paralelamente, se impulsó la igualdad e integración social entre la minoría goda y la mayoría hispano romana, Leovigildo derogó la antigua prohibición de los matrimonios mixtos y reformó el Codex Euricianus, previa a la unificación religiosa dictada por Recaredo en el III Concilio de Toledo (589) mediante el abandono del arrianismo y la adopción del catolicismo. Como resultado de este proceso, para el siglo VII se produjo una integración o fusión etnocultural, culminando definitivamente con la unificación legislativa promulgada por Recesvinto en 654 con el Liber Iudiciorum, que derogó el Derecho romano y visigodo previos para aplicar un único cuerpo de leyes a todos los súbditos.
El marco ideológico resultante de estas reformas, sustentado sobre la unidad del territorio de la diócesis hispana, la homogenización cultural y unidad religiosa, halló su mayor referente literario en la Laus Spaniae de San Isidoro de Sevilla. Detallando una visión de Spania como comunidad política. Siendo en esta época cuando comienza a consolidarse con la denominación de Regnum Spaniae como sinónimo de Regnum Gothurum.
EPISTOLA VII. LEONIS II AD ERVIGIUM REGEM HISPANIAECarta VII de León II a Ervigio, rey de SpaniaeCancilleria Papal, cartas de Leon segundo. año 682
Las ideas de Isidoro no se limitaron solo a sus escritos, estas fueron asumidas y desarrolladas por otros obispos como Julián de Toledo. Sin duda el arzobispo Julián de Toledo fue con sus escritos quien más contribuyó a subrayar la identificación del Regnum gothorum con Spania. De modo que habría sido, en opinión de S. Teillet, el formulador final de una equiparación completa de la gens goda con una patria que es España. Durante el siglo VII se produjo una asociación cada vez más estrecha entre la identidad goda, la pertenencia al reino y la fe católica, favoreciendo la representación de la población del reino como una comunidad política y religiosa cohesionada.
Entre todas las tierras que se extienden desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos; con razón se te llama reina de todas las provincias. [...] El pueblo godo, floreciente entre los pueblos, después de múltiples victorias por el mundo, te arrebató y te amó, y ahora, asentado en ti, florece abundantemente la gloriosa fecundidad de la estirpe goda. Isidoro de Sevilla Historia Gothorum, Laus Spaniae
Una muestra de esta concepción de pertenencia o entidad cultural, la tenemos en los relatos de los hispanos que tras la invasión musulmana del 711 quedaron bajo dominio musulmán. El ejemplo más conocido pero no el único, es la crónica mozarabe del 754,que relata «la perdida del reino y de la patria» también refleja el sentimiento por la perdida de la comunidad y la narración menciona en unos de sus pasajes mas emotivos la situación política de Spania desde la impotencia, la tristeza ante los acontecimientos y los sufrimientos derivados de la conquista, lamentando las «ruinas de Spania» y sus «tantos y tan grandes males», mientras describe la conquista mediante imágenes de devastación, hambre, cautividad y ciudades entregadas al fuego.
Pues ¿quién podría narrar tantos peligros? ¿Quién podría enumerar tantos desastres? Pues aunque todos los miembros del cuerpo se convirtieran en lengua, no podrían expresar con palabras humanas las ruinas de Spania y las miserias de tantos y tan grandes males.Spania, que antes era deleitosa, ahora se encontraba sumida en la miseria, tanto en su honor como en su deshonra
Crónica mozarabe de 754
Tras la conquista musulmana, el discurso isidoriano que había creado una imagen de comunidad de "Spania" perduró en los territorios cristianos independientes, siendo mantenida, estudiada y reelaborada desde muy temprana edad dentro del proceso histórico. Existe constancia de que los libros más habituales en las bibliotecas asturianas eran obras de Isidoro. Otra referencia celebre a la perduración de estas ideas es que en 778 Beato de Liébana utiliza la obra de Isidoro en su controversia con Elipando de Toledo.
La formulación explícita ideológica de restauración del reino perdido, tiene su aparición más temprana en la Crónica Profética, redactada en abril de 883. Acompañado por los demás textos alfonsinos que desarrollan formas de le legitimación relacionadas con el origen godo de la dinastía, la salvación de Spania y la recuperación del orden político godo. Texto que dan lugar al nacimiento ideológico denominado neogoticismo, destinado a justificar la idea de la Restauratio regnum gothorum.
Gotorum regnum restaurari per hunc nostrum principem dicunt; etiam et multorum Christianorum revelationibus atque ostensionibus hic princeps noster gloriosus domnus Adefonsus proximiori tempore in omni Spania predicetur regnaturus.Dicen que el reino de los godos será restaurado por este nuestro príncipe; asimismo, por las revelaciones y manifestaciones de muchos cristianos, se anuncia que este nuestro glorioso príncipe, el señor Alfonso, reinará próximamente sobre toda España
Crónica profética, redactada en 883
Este programa político heredó y se nutrió de los cimientos de legitimidad visigoda, basados en la continuidad de las instituciones y símbolos de la tradición tardorromana mediante el arte y la arquitectura, así como en la unidad cultural, religiosa, jurídica y territorial de la península establecida durante la etapa final del reino godo de Spania. El goticismo historiográfico no desapareció con el reino de Asturias, sino que fue reelaborado por los cronistas del reino de León y la corona de Castilla. La Historia legionensis, compuesta a comienzos del siglo XII, reivindicó la herencia política visigoda desde una perspectiva leonesa. En el siglo XIII, el Chronicon mundi de Lucas de Tuy y la Historia de rebus Hispaniae de Rodrigo Jiménez de Rada desarrollaron distintas interpretaciones del pasado hispánico y del legado de los godos, que ejercieron una influencia decisiva en la Estoria de España de Alfonso X.
…ut egredietur ex illa […] semen quo genus Goticum et ecclesia Christi in tota Yspania restauretur.…para que de ella salga una descendencia por la que sean restaurados el linaje godo y la Iglesia de Cristo en toda España
Lucas de Tuy, Chronicon mundi, libro III,
integradora
indigenista
<<en los últimos cincuenta años esta teoría «tradicional» ha sido cuestionada —ya en 1982 Luis Agustín García Moreno afirmaba que «los orígenes del primer núcleo organizado de resistencia cristiana al Islam, que la tradición sitúa en íntima relación con la victoria de Covadonga, sigue planteando graves interrogantes al historiador»—. Se ha destacado el hecho de que los visigodos, como ya había sucedido con los romanos, tampoco habían conseguido dominar completamente la franja cantábrica habitada por astures, cántabros y vascones, hasta el punto de que en el momento en que los musulmanes cruzan el estrecho de Gibraltar, el último rey visigodo Don Rodrigo se encontraba «ausente en tierra de Pamplona, en guerra con los vascones por graves rebeliones que habían estallado en aquel país», según el cronista árabe Ahmed Mohamed al-Maqqari. Así estos pueblos continuarían con la misma resistencia cuando los musulmanes alcanzaran el norte peninsular, por lo que, aunque allí pudieran haberse refugiado algunos visigodos ―incluso nobles―, este núcleo poco tendría que ver con la monarquía visigoda, y tampoco se podría hablar de «reconquista» de unas tierras que evidentemente nunca habían poseído.
Así, como ha señalado Luis Agustín García Moreno, «esta rebelión [encabezada por Pelayo] se nos presenta en lo esencial como continuadora de las que ya habían tenido lugar en el siglo VII contra el Estado visigodo, y en ese sentido era por completo ajena a todo intento restaurador de la monarquía toledana». «La posibilidad de que Pelayo fuera un aristócrata visigodo es, en realidad, bastante remota. Todo mueve a pensar que se trataba de un caudillo local, de los muchos que afloraron antes y después de la conquista árabe, enriscado en un terreno de difícil acceso y que contaba con el apoyo de las poblaciones indígenas astures que después de haberse reunido en una asamblea decidieron seguirle de la misma forma que habían hecho con caudillos anteriores», ha indicado por su parte Eduardo Manzano Moreno. «Existe consenso a la hora de considerar el relato sobre la victoria de Pelayo [en Covadonga] como la expresión de un mito providencialista sobre los orígenes del reino de Oviedo que fue objeto de una amplia elaboración durante los siglos medievales», ha concluido Alejandro García Sanjuán. Además este historiador ha señalado que sobre la figura de Pelayo se ha incurrido en la falacia del historiador. «Pelayo —ha advertido— no solo no fue nunca "rey de Hispania", sino que tampoco pretendió serlo, como tampoco pudo tener la menor idea de estar iniciando una lucha que culminaría ocho siglos más tarde en Granada».
Asimismo se ha señalado que la supuesta continuidad entre el Reino de Asturias y la Monarquía visigoda fue una invención bastante tardía, elaborada durante el reinado de Alfonso III (866-910), como resultado de las transformaciones y expansión del reino asturiano y de la influencia de elementos visigodos y mozárabes que allí se refugiaron, idea que habría sido aceptada por los monarcas astures porque afianzaba no sólo su poder interno, sino también su supremacía sobre el resto de los núcleos cristianos peninsulares. «En su círculo cortesano [de Alfonso III] es, en efecto, donde poco antes del año 900 se formula por primera vez de forma inequívoca un relato que defiende la idea de que los musulmanes han invadido una tierra que no es suya y que correspondía restituir a los herederos de sus antiguos dueños», ha señalado Carlos de Ayala Martínez.>>
goticista
| Personaje | Periodo | Cargo o parentesco | Origen lingüístico del nombre | Observaciones |
|---|---|---|---|---|
| Pelayo | c. 718-737 | Rey | Griego, transmitido por el latín | Primer monarca de la tradición asturiana. |
| Favila | Siglo VIII; padre de Pelayo según una tradición | Padre de Pelayo, según la Crónica de Alfonso III | Germánico, probable | La genealogía de Pelayo varía según las versiones cronísticas. |
| Bermudo (padre de Pelayo) | Siglo VIII, según una tradición cronística | Padre de Pelayo en una versión de la tradición | Germánico, probable | La versión que lo menciona también presenta a Pelayo como nieto de Rodrigo. No debe confundirse con Bermudo I. |
| Gaudiosa | Siglo VIII, según la tradición | Esposa de Pelayo | Latino | La identificación y el nombre dependen de una tradición discutida; no deben presentarse como datos plenamente seguros. |
| Hermana de Pelayo | Primer tercio del siglo VIII | Hermana del rey | Desconocido | Las fuentes no proporcionan un nombre seguro. «Dosinda» o «Adosinda» procede de una tradición documental cuestionada. |
| Favila | 737-739 | Rey; hijo de Pelayo según la tradición | Germánico, probable | Sucesor de Pelayo. |
| Ermesinda | Siglo VIII | Hija de Pelayo; hermana de Favila; esposa de Alfonso I | Germánico | La Crónica Albeldense la relaciona con la familia de Pelayo. |
| Alfonso I | 739-757 | Rey; esposo de Ermesinda | Germánico | Su acceso al trono se vincula a su matrimonio con Ermesinda y a sus relaciones con la aristocracia cántabra. |
| Fruela I | 757-768 | Rey; hijo de Alfonso I | Germánico | |
| Aurelio | 768-774 | Rey | Latino | |
| Silo | 774-783 | Rey; esposo de Adosinda | Incierto | |
| Adosinda | Siglo VIII | Hija de Alfonso I; esposa de Silo | Germánico, probable | |
| Mauregato | 783-789 | Rey | Germánico, probable | Su filiación respecto de Alfonso I se transmite en la tradición cronística. |
| Bermudo I | 789-791 | Rey | Germánico | |
| Alfonso II | 791-842 | Rey; hijo de Fruela I | Germánico | |
| Nepociano | 842 | Pretendiente al trono | Incierto | Se enfrentó a Ramiro I durante la sucesión. |
| Ramiro I | 842-850 | Rey | Germánico | |
| Ordoño I | 850-866 | Rey; hijo de Ramiro I | Germánico, probable | |
| Alfonso III | 866-910 | Rey; hijo de Ordoño I | Germánico | |
| Jimena | Finales del siglo IX | Esposa de Alfonso III | Incierto | |
| García | Finales del siglo IX-inicios del X | Hijo de Alfonso III; futuro rey de León | Germánico | |
| Ordoño | Finales del siglo IX-inicios del X | Hijo de Alfonso III; futuro rey de León | Germánico, probable | |
| Fruela | Finales del siglo IX-inicios del X | Hijo de Alfonso III; futuro rey de León | Germánico | |
| Hermenegildo Gutiérrez | Desde 869 | Conde y magnate al servicio de Alfonso III | Germánico | Participó en la expansión y organización política del reino. |
| Vimara Pérez | Segunda mitad del siglo IX | Conde vinculado a la expansión del poder asturiano hacia el territorio portucalense | Germánico | |
| Witiza | Finales del siglo IX | Aristócrata asociado a una rebelión contra Alfonso III | Germánico | La identificación y los detalles dependen de la tradición historiográfica. |
| Lucídio Vimaranes | Finales del siglo IX | Magnate del territorio portucalense; hijo de Vimara Pérez | Germánico | |
| Arias Menéndez | Finales del siglo IX-inicios del X | Conde; hijo de Hermenegildo Gutiérrez | Germánico, probable | |
| Gutierre Menéndez | Finales del siglo IX-inicios del X | Conde y miembro de la familia de Hermenegildo Gutiérrez | Germánico, probable | |
| Ero Fernández | Finales del siglo IX-inicios del X | Conde y magnate de Galicia | Incierto | La etimología de Ero no es segura. |
La interpretación tradicional de un Reino de Asturias de raíz visigoda, surgido como continuidad del reino visigodo de Toledo y vinculado a la idea de restaurar el orden político de la Hispania anterior a la conquista musulmana, ha sido objeto de debate historiográfico desde hace décadas.Frente a esta interpretación, buena parte de la historiografía contemporánea ha subrayado la importancia de las estructuras sociales, políticas locales y de la población hispanorromana de la región. Dentro de estas corrientes encontramos todo un espectro, desde posiciones hipercríticas que rechazan cualquier continuidad o influencia de la tradición hispano-goda, hasta posturas más integradoras que, sin excluir la importancia de las estructuras locales, reconocen la influencia de la tradición política y cultural hispano-goda y entienden la formación del reino como un proceso en el que confluyeron elementos locales y herencias procedentes del reino de Toledo en la creación del nuevo reino
Crónicas redactadas en territorio andalusí:
Crónicas redactadas durante el reinado de Alfonso III:
Crónicas del siglo XI:
Crónicas del siglo XII:
Crónicas redactadas durante el reinado de Fernando III del Santo:
Crónicas redactadas durante el reinado de Alfonso X el Sabio:
Crónicas musulmanas
| Año | Emir | Campaña / enfrentamiento | Resultado |
|---|---|---|---|
| 767 | Abderaman I | Álava | victoria musulmana |
| 791 | Hisham I | Burbia | Victoria cordobesa: Bermudo I renuncia, ocupa el trono Alfonso II |
| 792 | Hisham I | Álava | Victoria musulmana y saqueo |
| 794 | Hisham I | Oviedo – Lutos/Lodos | Victoria cristiana: saqueo de Oviedo y posterior destrución del ejercito cordobes |
| 795 | Hisham I | Babias | Victoria musulmana |
| 798 | Alhakén I | Álava | Victoria musulmana: saqueo |
| 803 | Alhakén I | Álava | Victoria musulmana: saqueo |
| 805 | Alhakén I | Hoces del Pisuerga | Victoria asturiana |
| 808 | Alhakén I | Galicia | Victoria cordobesa |
| 816 | Alhakén I | Río Orón | Resultado indeciso |
| 823 | Abderramán II | Álava | Victoria cordobesa |
| 825 | Abderramán II | Narón y Anceo | Victoria asturiana |
| 838 | Abderramán II | Galicia y Álava/Castilla | Resultado no determinado globalmente |
| 839 | Abderramán II | Álava/Castilla | Resultado no determinado con seguridad |
| 840 | Abderramán II | Galicia | Resultado no determinado con seguridad |
|url= sin título (ayuda).|título-libro= ignorado (ayuda)|título= (ayuda)| Entidades predecesoras: Reino visigodo Califato Omeya |
Reino de Asturias (718-925) |
Entidades sucesoras: Reino de León |