En biología, la clase (del latín classis) es una de las principales categorías taxonómicas de la clasificación jerárquica de los seres vivos. Se sitúa por debajo del filo —o de la división, término empleado tradicionalmente en botánica— y por encima del orden. Cada clase reúne uno o varios órdenes de organismos que comparten un conjunto de características y, según los criterios actuales, un origen evolutivo común. Son ejemplos de clases los mamíferos (Mammalia), los insectos (Insecta) o las dicotiledóneas en sentido amplio (Magnoliopsida).
Históricamente, la clase se concibió como el conjunto de organismos que comparten un determinado grado de organización, es decir, un nivel de complejidad medido por la diferenciación de sus sistemas de órganos, combinado con un tipo particular de plan corporal. No existe, sin embargo, un criterio objetivo que determine qué grupos merecen el rango de clase: su delimitación depende en último término del juicio de los taxónomos. Por ello, las clases de distintos grupos de organismos no son necesariamente equivalentes entre sí, ya que pueden diferir en antigüedad evolutiva, en diversidad o en número de especies.
Desde mediados del siglo XX, la cladística o sistemática filogenética se ha convertido en el método de referencia de la sistemática biológica. Según este enfoque, los grupos taxonómicos deben ser monofiléticos, es decir, deben incluir a un antepasado común y a todos sus descendientes. Muchas clases tradicionales, definidas a partir de la semejanza entre organismos, no cumplen este requisito. El ejemplo más citado es el de los reptiles (Reptilia) en su sentido clásico, que son parafiléticos porque excluyen a las aves, descendientes de un grupo de reptiles.
Los especialistas extraen conclusiones distintas de esta situación. Según la postura más radical, la clasificación jerárquica de tradición linneana, con sus rangos fijos, está obsoleta y debería sustituirse por una nomenclatura basada exclusivamente en clados. Según una postura más moderada, los rangos clásicos, entre ellos la clase, pueden seguir utilizándose siempre que se apliquen a grupos monofiléticos y se tenga presente que no indican equivalencia entre grupos distintos. El empleo del rango de clase no revela, por sí mismo, el método taxonómico seguido por el autor de una clasificación.
En la clasificación tradicional de los vertebrados, los tetrápodos se dividen en cuatro clases: anfibios (Amphibia), reptiles (Reptilia), aves (Aves) y mamíferos (Mammalia); los peces se reparten, a su vez, entre varias clases. Entre los invertebrados, la clase de los insectos (Insecta) pertenece al filo de los artrópodos (Arthropoda). En botánica, las clasificaciones actuales asignan rangos de clase a grupos mucho más amplios que en el pasado (véase la sección Historia).
Los nombres científicos de las clases se rigen por los códigos de nomenclatura correspondientes a cada grupo de organismos. El Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas establece terminaciones específicas para los nombres de clase formados a partir del nombre de un género: «-opsida» en las plantas (Magnoliopsida), «-phyceae» en las algas (Chlorophyceae) y «-mycetes» en los hongos (Agaricomycetes). Las subclases llevan igualmente sufijos propios: «-idae» en las plantas (Rosidae), «-phycidae» en las algas y «-mycetidae» en los hongos.
En cambio, el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica no regula los nombres de las categorías superiores a la de superfamilia, por lo que no existe un sufijo obligatorio para las clases ni para las subclases de animales (Mammalia, Insecta, Cephalopoda). Tampoco el código de nomenclatura de los procariotas fija una terminación para el rango de clase (Bacilli, Mollicutes).
Cuando la clasificación lo requiere, pueden intercalarse categorías adicionales entre la clase y las categorías contiguas. Entre el filo y la clase, la más utilizada es la superclase; entre la clase y el orden, las más frecuentes son la subclase y la infraclase.
Se han propuesto otras categorías intermedias, pero su uso no se ha generalizado y se ha limitado a grupos concretos. El sistemático James S. Farris, del Museo Americano de Historia Natural, propuso un sistema que permite crear cualquier rango intermedio mediante prefijos normalizados, como mega-, super-, sub- o infra-, y sus combinaciones. En la clasificación de los mamíferos de Malcolm McKenna y Susan Bell (1997) se emplearon, entre la subclase y el orden, rangos adicionales como la legión y la cohorte, que solo se han utilizado de forma esporádica.
La clase como categoría diferenciada, con un nombre propio y no simplemente como un «género de nivel superior» (genus summum), fue introducida por el botánico francés Joseph Pitton de Tournefort en la clasificación de las plantas que publicó en sus Éléments de botanique (1694).
En la primera edición de su Systema Naturae (1735), Carlos Linneo dividió los tres reinos de la naturaleza (mineral, vegetal y animal) en clases. Solo en el reino animal sus clases se asemejan a las actuales: en esa edición distinguió seis, correspondientes a los cuadrúpedos, las aves, los anfibios, los peces, los insectos y los gusanos. Sus clases de plantas, en cambio, no pretendían representar grupos naturales, sino servir como una clave artificial de identificación: su sistema sexual distribuía las plantas en veinticuatro clases según el número y la disposición de los estambres.
La clase fue la categoría más alta de la jerarquía taxonómica hasta que Georges Cuvier agrupó a los animales, a principios del siglo XIX, en cuatro grandes embranchements o planes de organización. Para estas unidades, Ernst Haeckel acuñó en 1866 el término phylum, que acabaría designando la categoría situada inmediatamente por encima de la clase.
En botánica, el rango de clase ha perdido protagonismo. Desde la primera publicación del sistema de clasificación APG en 1998, que propone una taxonomía de las plantas con flores hasta el nivel de orden, muchas fuentes tratan los grupos superiores al orden como clados informales, sin rango. Cuando se han asignado rangos formales, estos se han desplazado hacia niveles mucho más bajos: así, en la clasificación de Chase y Reveal (2009), todas las plantas terrestres forman una única clase, Equisetopsida, cuyas grandes divisiones se tratan como subclases y superórdenes.