
Los términos whodunit o whodunnit provienen de la contracción en una sola palabra de la pregunta en inglés «who has done it?» o «who's done it?» («¿quién lo ha hecho?») y hacen referencia a una variedad de trama compleja dentro de la novela policíaca, en la que un enigma o una especie de rompecabezas es su principal característica de interés. En este subgénero se proveen al lector los indicios acerca de la identidad del autor del delito, para que pueda deducirlo antes de la solución que se revela en las últimas páginas del libro. Por lo general la investigación suele ser realizada por un detective aficionado o profesional, frecuentemente excéntrico y erudito.
Esta forma de novela se desarrolló particularmente en los países anglosajones durante la llamada «edad de oro» de la ficción policial, o sea, los años 1920, 1930 y 1940. Entre los mejores autores de este período figuran numerosos escritores británicos tales como Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Gladys Mitchell, Josephine Tey, G. K. Chesterton, Michael Innes, Nicholas Blake, Christianna Brand y Edmund Crispin. Otras figuras destacadas del género son los americanos S. S. Van Dine, John Dickson Carr y Ellery Queen, quienes imitaban el estilo inglés, mientras que Rex Stout, Clayton Rawson y Earl Derr Biggers, por su parte, buscaban imprimir al whodunit un estilo más auténticamente estadounidense.
Con el tiempo, ciertas convenciones y clichés se desarrollaron limitando la posibilidad de sorpresa para el lector, en cuanto a reenfoques y rebotes de la intriga, así como en cuanto a la identificación del asesino.
Ciertos escritores obtuvieron éxito orientando a los lectores hacia una falsa pista, antes de individualizar como culpable a uno de los personajes considerado generalmente como el menos sospechoso.
El whodunit también implica o abarca tanto cierto tipo de personajes como cierto tipo de decorados o entornos, como por ejemplo una isla, una casa de campaña bastante aislada, etc.
En reacción a este estilo convencional del whodunit inglés, se desarrolló la escuela de la novela policial hard-boiled (algo así como «duro de cocinar») representada especialmente por Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Mickey Spillane.
Debido a la naturaleza predominantemente racional de las tramas, muchos novelistas y teóricos del género redactaron catálogos de reglas para garantizar el juego limpio entre el escritor (que planteaba el enigma a resolver) y el lector (que intentaría resolverlo antes de la exposición final).
Uno de los primeros decálogos se lo debemos al reverendo Ronald A. Knox quien, a su vez, se basó en un compendio más extenso de 20 reglas escrito por S. S. Van Dine (pseudónimo de Willard Huntington Wright).
Las reglas de Knox son las siguientes:
I. El criminal debe ser alguien mencionado en la primera parte del relato, pero no puede ser alguien cuyos pensamientos se haya permitido seguir al lector. El misterioso desconocido que aparece de la nada, procedente de un lugar indeterminado —a menudo, de un barco—, cuya existencia el lector no tenía motivo alguno para sospechar desde el principio, arruina por completo la intriga.(...)
II. Quedan descartadas, por principio, todas las intervenciones sobrenaturales o preternaturales.(...)
III. No se permite más de una habitación o pasadizo secreto. Añadiría que no debería introducirse ningún pasadizo secreto, salvo que la acción transcurra en una clase de casa en la que cabría esperar semejantes artificios.(...)
IV. No se pueden emplear venenos desconocidos hasta el momento ni ningún dispositivo que requiera una larga explicación científica al final.(...)
V. No debe aparecer ningún chino en el relato. No sé por qué ha de ser así, a menos que encontremos una explicación en nuestra costumbre occidental de suponer que están excesivamente dotados de inteligencia e insuficientemente dotados de moralidad.(...)
VI. Ningún accidente debe ayudar jamás al detective, ni este debe tener una intuición inexplicable que resulte ser acertada.(...)
VII. El propio detective no debe cometer el crimen.(...)
VIII. El detective no debe descubrir ninguna pista que no se presente de inmediato al examen del lector.(...)
IX. El amigo torpe del detective, el Watson, no debe ocultar ninguno de los pensamientos que le pasen por la cabeza; su inteligencia debe estar ligeramente por debajo de la del lector medio, pero solo ligeramente.(...)
X. No deben aparecer hermanos gemelos ni dobles de ninguna clase, a menos que el lector haya sido debidamente preparado para ello. Es un recurso demasiado fácil y la hipótesis resulta demasiado improbable.(...)
El whodunit presenta diversas variantes que se diferencian por la naturaleza del enigma, la organización de la investigación y el tipo de información que se proporciona al lector. Algunas de estas modalidades constituyen subgéneros reconocibles de la ficción detectivesca, mientras que otras describen principalmente estructuras narrativas que pueden combinarse con diferentes formas de novela policíaca.
El howdunit (contracción de la expresión inglesa «how was it done?», «¿cómo se hizo?») es una variante de la ficción detectivesca en la que el interés principal reside en descubrir cómo se cometió el crimen, especialmente cuando sus circunstancias o su mecanismo resultan difíciles de explicar. A diferencia del whodunit convencional, en el que la incógnita central es la identidad del culpable, el howdunit concede especial importancia a la reconstrucción de los procedimientos empleados por el criminal.
Esta estructura puede incluir la resolución de problemas relacionados con la cronología, las oportunidades de los sospechosos, los medios utilizados o la aparente incompatibilidad entre las pruebas disponibles. El término no designa siempre una categoría independiente y sus límites pueden solaparse con los del whodunit y el misterio de habitación cerrada.
El cozy mystery (también escrito cosy mystery) es un subgénero de la ficción detectivesca caracterizado por la representación poco explícita de la violencia y la sexualidad. El crimen suele producirse fuera de escena y la investigación se desarrolla habitualmente en una comunidad pequeña o relativamente cerrada.
El protagonista suele ser un detective aficionado, a menudo una persona cuya profesión o afición le permite conocer las particularidades de la comunidad. En lugar de centrarse en la acción física o en los procedimientos policiales, la narración concede especial importancia a la observación, las conversaciones, la deducción y el análisis de las relaciones entre los personajes. Son frecuentes los ambientes rurales, los pequeños pueblos y los círculos sociales delimitados, así como la presencia de elementos humorísticos o costumbristas.

También conocida por su denominación en inglés, el misterio de habitación cerrada o locked-room mystery es una variante del relato detectivesco en la que el crimen, generalmente un asesinato, parece haberse cometido en circunstancias físicamente imposibles. La víctima puede aparecer en una habitación cerrada desde el interior, en un espacio aparentemente inaccesible o en un lugar donde no parece posible que el autor del delito haya entrado o salido sin ser visto.
El enigma no consiste únicamente en identificar al culpable, sino también en explicar cómo pudo llevarse a cabo el crimen. La investigación debe esclarecer la aparente imposibilidad mediante una explicación racional que permita conciliar las circunstancias del suceso con las pruebas disponibles. Por ello, el género suele conceder una importancia especial a los detalles físicos de la escena, la cronología, los mecanismos y las declaraciones de los sospechosos.
El misterio de habitación cerrada se desarrolló especialmente dentro de la ficción detectivesca de los siglos XIX y XX. Entre los antecedentes habitualmente citados figuran «Los crímenes de la calle Morgue» (1841), de Edgar Allan Poe; «El gran misterio de Bow» (1892), de Israel Zangwill; y «El misterio del cuarto amarillo» (1907), de Gaston Leroux. Posteriormente, autores como John Dickson Carr cultivaron de manera destacada los enigmas de crímenes aparentemente imposibles.
El howcatchem (expresión inglesa que puede traducirse como «¿cómo lo atraparán?»), también denominado inverted detective story («relato detectivesco invertido»), es una estructura narrativa que invierte el procedimiento habitual del whodunit. La identidad del criminal y, con frecuencia, la forma en que se ha cometido el delito se muestran al lector al comienzo de la historia. La intriga se desplaza así desde la identificación del culpable hacia la reconstrucción de las pruebas y el proceso mediante el cual el investigador consigue descubrirlo y demostrar su responsabilidad.
Uno de los principales antecedentes de esta estructura es The Singing Bone (1912), colección de relatos de R. Austin Freeman protagonizados por el investigador científico John Thorndyke. En el prólogo, Freeman explicó que su propósito era permitir que el lector conociera desde el principio los hechos del crimen, de modo que el interés dependiera de la interpretación de las pruebas y del desarrollo de la investigación, en lugar de la revelación final de la identidad del asesino.
La estructura alcanzó una amplia difusión en la ficción televisiva a través de «Colombo», serie estadounidense protagonizada por un detective de homicidios que investiga crímenes cuyo autor conoce el espectador desde el comienzo. En este tipo de relato, el suspense procede principalmente de observar cómo el investigador identifica las contradicciones del culpable, reconstruye los hechos y obtiene pruebas suficientes para esclarecer el caso.
A mediados del siglo XX, el modelo clásico del whodunit fue objeto de críticas por parte de varios escritores y críticos literarios. Entre las más conocidas figuran las del crítico estadounidense Edmund Wilson y las del novelista Raymond Chandler, cuyas objeciones, aunque parcialmente coincidentes, respondían a perspectivas diferentes.

En octubre de 1944, Edmund Wilson publicó en la revista The New Yorker el ensayo «Why Do People Read Detective Stories?» («¿Por qué lee la gente novelas detectivescas?»), en el que examinaba obras de Rex Stout, Agatha Christie y Dashiell Hammett. Wilson consideraba que buena parte de la ficción detectivesca contemporánea reproducía fórmulas narrativas ya establecidas y subordinaba los demás elementos literarios a la resolución del enigma. Criticó especialmente la previsibilidad de algunas tramas, la escasa profundidad psicológica de los personajes y el uso de pistas engañosas para mantener el suspense. En su opinión, el interés por descubrir la identidad del asesino no compensaba necesariamente las deficiencias de la escritura ni la falta de originalidad de la solución.
Wilson también interpretó la popularidad del género desde una perspectiva psicológica y social. Sugirió que la resolución final del crimen proporcionaba al lector una sensación de alivio ante un mundo marcado por la incertidumbre, la culpa y el temor a un desastre cuya responsabilidad resultaba difícil de determinar. En la ficción detectivesca convencional, la identificación del culpable y la intervención de un investigador presentado como autoridad intelectual restablecían el orden y permitían localizar la responsabilidad en una figura criminal concreta.
Tras recibir numerosas cartas de lectores que cuestionaban sus conclusiones y le recomendaban otros autores, Wilson publicó en enero de 1945 un segundo ensayo, titulado «Who Cares Who Killed Roger Ackroyd?» («¿A quién le importa quién mató a Roger Ackroyd?»). El título aludía a la conocida novela de Agatha Christie, aunque el artículo no constituía un análisis de dicha obra. En él, Wilson reafirmó sus objeciones a la calidad literaria de buena parte del género y criticó la tendencia a considerar la novela detectivesca como un mero problema intelectual, independiente de la calidad de la prosa, la caracterización y el interés humano. No obstante, reconoció en Raymond Chandler una capacidad narrativa superior a la que encontraba en muchos de los autores que había examinado.
En diciembre de 1944, Raymond Chandler publicó en The Atlantic Monthly el ensayo «The Simple Art of Murder» («El simple arte de matar»), considerado una intervención influyente en el debate sobre la novela detectivesca. A diferencia de Wilson, Chandler no rechazaba el género en su conjunto, sino que defendía una renovación de sus convenciones narrativas.

Chandler cuestionaba especialmente la novela de enigma tradicional, asociada en buena medida a la ficción detectivesca británica del período de entreguerras. Según su análisis, muchas de estas obras subordinaban la verosimilitud de la trama y la complejidad de los personajes a la construcción de un problema ingenioso. Criticaba los argumentos artificiosos, las motivaciones criminales poco convincentes y los escenarios y procedimientos de asesinato que consideraba alejados de la experiencia real. También censuraba la tendencia a construir personajes esquemáticos y diálogos poco naturales.
Como alternativa, Chandler defendía una narrativa criminal más atenta a las condiciones sociales, las motivaciones de los delincuentes y el lenguaje cotidiano. Destacó especialmente la obra de Dashiell Hammett, a quien atribuyó el mérito de trasladar el asesinato desde el ámbito de los enigmas intelectuales y los ambientes refinados al mundo de personas que cometían crímenes por motivos reconocibles y mediante procedimientos plausibles. Esta concepción se relacionaba con la tradición hard-boiled, caracterizada por sus ambientes urbanos, la violencia, la corrupción y la presencia de detectives privados que actúan en contextos moralmente ambiguos.
La crítica de Chandler no implicaba, por tanto, que una novela policial debiera prescindir de la intriga o de la estructura argumental, sino que estos elementos no debían prevalecer sobre la caracterización, el estilo y la representación convincente del mundo narrado. Su ensayo contribuyó a formular una defensa de la ficción criminal como literatura capaz de abordar la experiencia social y moral, frente a la consideración de la novela detectivesca como un simple juego de deducción.