2 Pedro 2 es el segundo capítulo de la Segunda Epístola de Pedro del Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Compuesto por Simón Pedro, uno de los primeros Doce Apóstoles de Jesús. Contiene saludos y enseñanzas sobre la llamada de Dios y el testimonio de la gloria de Cristo.
Algunos manuscritos antiguos que contienen el texto de este capítulo son:
Existe una relación evidente entre los textos de 2 Pedro y la Epístola de Judas. Comparando las porciones de texto griego de 2 Pedro 2:1-3:3 (426 palabras) con Judas 4-18 (311 palabras) se obtienen 80 palabras en común y 7 palabras de sinónimos sustituidos.
Los pasajes compartidos son:
| 2 Pedro | Judas |
|---|---|
| 1:5 | 3 |
| 1:12 | 5 |
| 2:1 | 4 |
| 2:4 | 6 |
| 2:6 | 7 |
| 2:10–11 | 8–9 |
| 2:12 | 10 |
| 2:13–17 | 11–13 |
| 3:2-3 | 17-18 |
| 3:14 | 24 |
| 3:18 | 25 |
Este capítulo trata de los falsos profetas. Duff ve el capítulo como una unidad, presentando el caso del autor contra los «falsos maestros» después de una defensa de la verdadera enseñanza en el primer capítulo. La New King James Version destaca las secciones que tratan de los falsos maestros en términos de su «perdición» (versículos 4-11), su «depravación» (versículos 12-17) y sus «engaños» (versículos 18-22). Varias versiones dividen el versículo 10 en dos partes, comenzando un nuevo párrafo a mitad del versículo. La Biblia de Jerusalén divide el capítulo en el versículo 10b, tratando primero de los falsos maestros (versículos 1-10a) y luego del «castigo venidero» para «tales personas obstinadas» (versículos 10b-22).
Antes de refutar el error central de los falsos maestros —la negación de la Parusía—, el autor sagrado señala sus desviaciones morales, como la avaricia y la impureza. Este pasaje encuentra un paralelo en la Carta de San Judas, de la que parece haber tomado inspiración. Dicho texto complementa y aclara las enseñanzas presentadas en este capítulo, ofreciendo una denuncia más completa de la conducta y las doctrinas erróneas de estos maestros.
Se ilustra el castigo eterno que espera a los falsos maestros, con tres ejemplos bíblicos bien conocidos:
En el pasaje paralelo de Judas 5-10, en lugar del diluvio se habla del castigo de los israelitas rebeldes durante el éxodo. En contraste con la condenación que espera a los impíos, Dios otorga la salvación a los que permanecen fieles, como salvó a Noé y Lot. Es éste un estímulo para perseverar en el bien, aunque el ambiente sea contrario. El v. 4 habla del pecado de los ángeles.
El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos.
Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392). La Sagrada Escritura no explica en qué consistió su pecado. Muchos Santos —San Agustín, Santo Tomás de Aquino, p. ej.— piensan que tuvo que ser un pecado de soberbia. La condena de los ángeles ha de servir de escarmiento: aun siendo criaturas privilegiadas, sufrieron una severa pena. Tal castigo ayuda a entender la maldad del pecado. Parece ser que el pecado más difundido entre los falsos maestros, y que más pervertía a los fieles, era el de lujuria (v. 10), como sucedía en Sodoma y Gomorra (cfr nota a Jds 5-7). Ese vicio ofusca de tal manera la mente que quien está inmerso en él llega a menospreciar «la autoridad del Señor» (cfr Jds 8-10). En cambio, la castidad «es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso con los demás.
El pasaje paralelo de la Epístola de Judas (vv. 8-16) arroja luz sobre este texto, que describe la conducta corrupta de los falsos maestros. «Los seres gloriosos» (v. 10) probablemente se refieren a los ángeles, ya sea en su totalidad o específicamente a los ángeles caídos que gobiernan el mundo. Su dignidad sería menor que la de los ángeles que sirven directamente ante el Señor. Los impíos, cegados por su soberbia, blasfeman contra estos seres superiores, una audacia aún más grave considerando que ni siquiera los ángeles se atreven a emitir juicios injuriosos contra los demonios. Esto podría implicar que los falsarios despreciaban el poder de los demonios, creyendo que no podían dañarlos, y usaban esa presunción para justificar su vida inmoral. Alternativamente, podría interpretarse que invocaban a los ángeles para justificar sus vicios.
La mención de Balaán lo presenta como un ejemplo de perversión y codicia, por haber inducido a los israelitas a la idolatría y la fornicación, a pesar de haber bendecido al pueblo anteriormente. Los falsarios tienen un impacto devastador: seducen a los recién convertidos, quienes, tras haber dejado atrás sus antiguos vicios, son arrastrados de nuevo a ellos con promesas engañosas de libertad. Esta «libertad» es presentada como un permiso para seguir los instintos y pasiones desordenadas, lo que evidencia el engaño y la perversión de sus enseñanzas.
Cristo, nuestro Liberador, nos ha librado del pecado, y de la esclavitud de la ley y de la carne, que es la señal de la condición del hombre pecador. Es pues la vida nueva de gracia, fruto de la justificación, la que nos hace libres. Esto significa que la esclavitud más radical es la esclavitud del pecado. Por ello, las otras formas de esclavitud encuentran en la esclavitud del pecado su última raíz. Consecuentemente, la libertad en su pleno sentido cristiano, caracterizada por la vida en el Espíritu, no puede ser confundida con la licencia de ceder a los deseos de la carne. Ella es vida nueva en la caridad.
Con dos proverbios populares, uno tomado de *Proverbios 26,11* y otro presente tanto en la tradición semítica como en la griega, el autor sagrado ilustra la gravedad de quienes, tras haber conocido la doctrina salvadora de Jesucristo, regresan a sus antiguos pecados. Este regreso a una vida depravada refleja lo que Jesús afirmó acerca de aquel que, después de ser liberado de un demonio, vuelve a caer bajo su dominio: «La situación final de aquel hombre resulta peor que la primera». Así, el autor subraya la seriedad de abandonar la gracia recibida y ceder nuevamente al pecado. Gregorio Magno comenta:
Quien llora el pecado cometido pero, no obstante, no lo deja, se hace reo de mayor culpa; porque menosprecia el perdón que llorando pudo impetrar, y se revuelca como en agua cenagosa, porque cuando, a pesar de sus lágrimas, impide la limpieza de su vida, ante los ojos de Dios hace que se manchen las mismas lágrimas.