
El antioccidentalismo, también llamado sentimiento antioccidental, es la oposición, el prejuicio o la hostilidad generalizados hacia los habitantes, la cultura o las políticas del mundo occidental.
Es un fenómeno presente en todo el mundo. A menudo nace del antiimperialismo y de la crítica a las acciones coloniales del pasado emprendidas por las potencias occidentales. En África, por ejemplo, figuras como Patrice Lumumba y Mobutu Sese Seko responsabilizaron a Occidente del imperialismo en la región del Congo. En Etiopía, la presión sobre la política interna y el modo en que se gestionó la guerra de Tigray alimentaron el rechazo a Occidente. En Oriente Medio, el panarabismo y el islamismo alimentan las actitudes antioccidentales. Grupos yihadistas como Al Qaeda y el Estado Islámico consideran a los países occidentales un blanco del terrorismo, tanto por los agravios que perciben contra el islam como por las intervenciones militares en países musulmanes. Muchos países latinoamericanos mantienen una postura crítica a raíz de las intervenciones estadounidenses y europeas a lo largo de su historia. En Rusia, buena parte de la sociedad y de sus dirigentes ha hecho suyo el discurso antioccidental; tradicionalmente han rechazado el liberalismo occidental, en el que ven una amenaza[cita requerida] para la hegemonía rusa en la región.
El fenómeno suele agudizarse con los acontecimientos del momento. Factores como la guerra de Irak, el apoyo a Israel o las sanciones contra países como Irán han avivado los sentimientos antioccidentales.
En muchos casos actuales, el sentimiento antioccidental se alimenta del antiimperialismo, sobre todo frente a los países a los que se considera «culpables de crímenes coloniales del pasado y del presente», como Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, Francia, España y Portugal. Se da en numerosos países, incluidos los del propio Occidente y, en especial, los europeos. También existe un amplio rechazo a Occidente en el mundo musulmán hacia europeos y estadounidenses. El sentimiento antiestadounidense tiene su origen en el apoyo de Estados Unidos a Israel, en la invasión de Irak de 2003 y en las numerosas sanciones contra Irán.
Buena parte del rechazo a Occidente hunde sus raíces en la experiencia histórica del colonialismo y el imperialismo europeos. Durante siglos, la expansión colonial se justificó mediante doctrinas de superioridad racial y cultural —como la llamada «misión civilizadora» o el darwinismo social y el racismo científico—, que presentaban a los pueblos no europeos como «atrasados» y legitimaban su conquista y dominación. Esa empresa tuvo un coste humano inmenso: solo en el comercio transatlántico de esclavos —la mayor migración forzada de la historia—, unos 12,5 millones de africanos fueron embarcados por la fuerza hacia América entre los siglos xvi y xix, de los cuales cerca de 1,8 millones murieron durante la travesía. Pensadores anticoloniales como Aimé Césaire, en Discours sur le colonialisme (1950), y Frantz Fanon, en Les Damnés de la Terre (1961), denunciaron esta empresa como una estructura de deshumanización sistemática que generó la resistencia de los pueblos colonizados y alimentó las actitudes antioccidentales que perviven hasta hoy.
El politólogo Samuel P. Huntington sostuvo que, tras la Guerra Fría, el conflicto internacional dejaría de girar en torno a la ideología económica para hacerlo en torno a las diferencias culturales. Según su teoría del choque de civilizaciones, el regionalismo económico y político llevará a los países no occidentales a estrechar lazos geopolíticos con aquellos que comparten sus valores. Huntington argumentó que el crecimiento de la población musulmana, unido al auge del fanatismo islámico, conduce a un rechazo de la occidentalización.
El periodista Ian Buruma y el filósofo Avishai Margalit analizaron en detalle el fenómeno en su obra Occidentalism: The West in the Eyes of Its Enemies (2004). Sostienen que la imagen deshumanizada de Occidente no la crearon solo sus enemigos externos, sino que se gestó dentro del propio Occidente —en el Romanticismo europeo, la eslavofilia rusa y el pensamiento contrario a la modernidad del Japón y la Alemania de entreguerras— antes de arraigar en el islamismo radical. Para estos autores, la hostilidad yihadista hacia Occidente es la manifestación más reciente de una larga reacción mundial contra la modernidad occidental.
La tesis del choque de civilizaciones de Huntington ha sido objeto de amplias críticas académicas. El crítico literario Edward Said, en su ensayo «The Clash of Ignorance» («El choque de la ignorancia», 2001), sostuvo que etiquetas como «el islam» y «Occidente» simplifican en exceso una realidad mucho más diversa, al presentar las civilizaciones como entidades homogéneas y cerradas e ignorar sus múltiples corrientes internas y sus intercambios históricos. Otros analistas añaden que el modelo carece de respaldo empírico y reproduce una visión orientalista (es decir, basada en estereotipos occidentales sobre «Oriente») que opone de forma rígida un «nosotros» a un «ellos».
El uso que Huntington hacía de las matemáticas ya había sido cuestionado mucho antes. En 1986 y 1987, el matemático Serge Lang impugnó su candidatura a la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y calificó de «pseudociencia» trabajos como Political Order in Changing Societies, en los que —mediante recursos como un «índice de frustración»— Huntington había llegado a sostener que la Sudáfrica del apartheid era una «sociedad satisfecha». Según Lang y otros miembros de la Academia, esos trabajos recurrían a la apariencia de la ciencia para dar credibilidad a lo que no eran sino opiniones políticas. La campaña de Lang prosperó y la candidatura de Huntington fue rechazada en dos ocasiones.
Pese a la difusión del sentimiento antioccidental, las encuestas internacionales muestran que la opinión hacia Occidente sigue siendo mayoritariamente positiva en muchos países. Según el Centro de Investigaciones Pew, en 2024 una mediana del 54 % de los encuestados en 34 países tenía una visión favorable de Estados Unidos, frente a un 31 % desfavorable, con los índices más bajos en varios países de mayoría musulmana.
La propia idea de «Occidente» que subyace al sentimiento antioccidental ha sido cuestionada por diversos académicos, que la consideran una categoría histórica imprecisa y cambiante más que una realidad definida. El filósofo Kwame Anthony Appiah sostiene que la noción de una «cultura occidental» es una invención moderna: la etiqueta se fue desplazando con los siglos desde la «cristiandad» a «Europa» y, más tarde, a «Occidente», y la idea de estudiar una «civilización occidental» unificada solo se consolidó hacia la década de 1890, en plena era imperialista. En la misma línea, el sociólogo Stuart Hall describió «Occidente» como un constructo discursivo (esto es, una abstracción producida por el propio discurso) que sirve para clasificar a las sociedades, condensar realidades complejas en una imagen simplificada y establecer una jerarquía en la que las sociedades no occidentales aparecen como inferiores, según el esquema que denominó «Occidente y el resto».
Diversos autores señalan, además, que la categoría de «Occidente» ha sido un instrumento recurrente de la retórica populista y propagandística. El sociólogo Rogers Brubaker describe un «giro civilizacionista» en los partidos populistas de derecha de Europa, que se presentan como defensores de una «civilización» occidental o cristiana frente a una supuesta amenaza islámica y que emplean el cristianismo no como práctica religiosa, sino como simple marca de identidad colectiva. Según Brubaker, este discurso presenta tanto a «Occidente» como al «islam» como bloques homogéneos y enfrentados, una operación afín al uso político de la idea de Occidente por parte de gobiernos y movimientos —como ocurre, por ejemplo, con la noción del «Occidente colectivo» en la propaganda estatal rusa.
Appiah equipara la creencia en una «cultura occidental» compartida con el concepto de raza: ambas serían construcciones modernas que agrupan de forma artificial a pueblos muy diversos bajo una identidad común inventada, a la que se atribuye una herencia continua —el relato que iría «de Platón a la OTAN»— que no se corresponde con la historia real de Europa. Desde esta perspectiva, valores como la libertad, la tolerancia o la racionalidad no son patrimonio exclusivo de ninguna civilización.

El líder independentista congoleño Patrice Lumumba responsabilizó al mundo occidental del imperialismo. El 1 de agosto de 1960 pronunció un discurso que, según un estudio, daba a entender sin lugar a dudas que las Naciones Unidas, su secretario general, Estados Unidos y las potencias occidentales eran entidades corruptas. Durante la crisis del Congo, Lumumba recibió apoyo de la Unión Soviética, lo que contribuyó a su derrocamiento y ejecución a manos de Mobutu Sese Seko, respaldado por Occidente.
Cuando Mobutu llegó al poder, rebautizó el país como Zaire e instauró la política nacional de la autenticidad, o «zaireanización», que buscaba eliminar toda influencia cultural occidental del país.
En 2001, el sentimiento antioccidental se disparó en el Congo tras el asesinato del presidente Laurent Kabila, pues muchos ciudadanos congoleños culparon de su muerte al mundo occidental.
En Etiopía, el sentimiento antioccidental se manifestó con amplitud durante la guerra de Tigray, como reacción de muchos etíopes, que resentían la presión sobre la política interna del país y las exigencias acerca de cómo debía alcanzarse la resolución del conflicto. El 30 de mayo de 2021 se celebró en Adís Abeba una concentración progubernamental para protestar contra la presión internacional, que los manifestantes denunciaron como «intervención occidental», y contra las sanciones estadounidenses en materia de asistencia económica y de seguridad. Los asistentes también enarbolaron pancartas de apoyo al polémico proyecto de la gran presa del Renacimiento etíope. El 22 de octubre de 2022, decenas de miles de personas se manifestaron en la plaza Meskel de Adís Abeba, mientras que otras ciudades del país —entre ellas Bahir Dar, Gondar, Adama, Dire Dawa y Hawassa— acogieron protestas similares para condenar la intervención.

Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, mantuvo una postura firmemente antioccidental y atribuyó a Estados Unidos buena parte de las dificultades de África.
El nombre del grupo terrorista extremista islámico Boko Haram, asentado en el noreste de Nigeria, se traduce como «la educación occidental está prohibida» o «la civilización occidental está prohibida».
El expresidente de Zimbabue Robert Mugabe recurrió a una retórica antioccidental en sus discursos y aplicó políticas que expropiaron tierras de cultivo a los agricultores blancos de origen europeo.

El sentimiento antioccidental en China ha aumentado desde comienzos de la década de 1990, sobre todo entre los jóvenes. Entre los episodios que provocaron una reacción antioccidental notable figuran el bombardeo de la embajada china en Belgrado por la OTAN en 1999, las protestas de 2008 durante el relevo de la antorcha olímpica y el supuesto sesgo de los medios de comunicación occidentales, en especial en relación con los disturbios del Tíbet de 2008. Aunque las encuestas de opinión disponibles indican que la población china tiene una visión favorable de Estados Unidos, persiste la desconfianza hacia las intenciones de Occidente, que arranca en gran medida de experiencias históricas, en particular el llamado «siglo de la humillación».
Esta desconfianza se ha visto reforzada por la «Campaña de Educación Patriótica» del Partido Comunista de China. Aunque los milénials chinos se muestran en buena medida indiferentes a la política, la generación Z del país tiene hoy una opinión de Occidente y de los «valores occidentales» más baja que en cualquier momento desde la reforma y apertura de los años setenta.[cita requerida] Entre las quejas de los jóvenes chinos figuran el rechazo occidental a las empresas tecnológicas chinas, el racismo contra los asiáticos orientales, la propaganda antichina y la presión sobre los asuntos internos del país. En un estudio realizado por la Universidad de Toronto en abril de 2020, cuatro de cada cinco chinos menores de treinta años afirmaron no confiar en los estadounidenses.
Aunque las encuestas de opinión apuntan hoy a una visión favorable de los países occidentales, el sentimiento antioccidental fue habitual durante el Raj británico a causa del movimiento de independencia de la India.
El sentimiento antioccidental está extendido en los círculos del nacionalismo hindú por diversos motivos, como las caricaturas occidentalistas (es decir, las imágenes estereotipadas de Occidente) y el resentimiento ante la actitud que estos círculos atribuyen al mundo occidental, a su juicio antihindú y promusulmana —y dominada, según ellos, por la cultura «woke» y el islamoizquierdismo—, en el contexto del conflicto entre hindúes y musulmanes. Los nacionalistas hindúes promueven el desprecio hacia valores occidentales como el laicismo y el liberalismo, y lo presentan como una forma de descolonización.
La historia intelectual de Japón cuenta con una larga tradición de crítica a Occidente.
Históricamente, el sentimiento antioccidental en Corea se ha vinculado a la oposición a la actividad misionera cristiana en la región, encabezada sobre todo por el movimiento Donghak. Más adelante, se ha relacionado con las dificultades ocasionales de la relación entre Estados Unidos y Corea en Corea del Sur y, en una medida mucho más acusada, con Corea del Norte.
En las primeras etapas de la República de Corea, el sentimiento antioccidental llegó a ser muy intenso. Quedó circunscrito a un número muy reducido de personas, que se exponían a la detención y la cárcel en virtud de la Ley de Seguridad Nacional de 1948. El gobierno de Rhee aprovechó esa ley para reforzar el respaldo a su base de poder, de extrema derecha. Su aplicación también garantizó que el antiamericanismo quedara reservado a extremistas dispuestos a arriesgarse a ser detenidos. En la práctica, ello hizo que el antiamericanismo permaneciera estrechamente ligado al marxismo-leninismo hasta el inicio del movimiento democratizador.
Lee Kuan Yew, antiguo primer ministro de Singapur, sostuvo que los países de Asia Oriental o de tradición confuciana —como China, Japón, Corea o Vietnam— debían desarrollarse a partir de los «valores asiáticos», también llamados valores «confucianos» o «sínicos». Dicho de otro modo, países como los Cuatro tigres asiáticos debían aspirar a un nivel de vida de tipo occidental sin asumir las instituciones y los principios sociales liberal-democráticos. Estos valores asiáticos se inspiran sobre todo en los ideales del confucianismo, en especial la piedad filial y la cohesión social. El concepto de valores asiáticos ha sido muy criticado por considerarse un medio para instaurar el autoritarismo; entre sus críticos figura el economista Amartya Sen.


Junto con los salafistas políticos, los yihadistas —también llamados salafistas yihadistas— consideran la Europa cristiana una tierra habitada por infieles (Dar al-Kufr). Para ellos, eso convierte a la Europa cristiana en un blanco legítimo de la yihad armada, ya sea en forma de actos de guerra o de atentados terroristas; a esas tierras las denominan Dar al-Harb («tierra de guerra»). Los propios yihadistas justifican sus ataques de dos maneras principales: para resistir la intervención militar occidental o cristiana en países musulmanes, en especial la que consideran favorable a Israel, y para disuadir lo que perciben como insultos contra el islam, como las caricaturas de Mahoma.
El académico John Calvert escribe que, en su crítica a Occidente, los islamistas citan a pensadores occidentales como Alexis Carrel, Oswald Spengler, Arnold J. Toynbee y Arthur Koestler.
Tanto Al Qaeda como el EIIL/EI, grupos terroristas extremistas, son considerados antioccidentales. Se les atribuye haber promovido el terrorismo tanto en países occidentales como en países de orientación antioccidental, en especial Rusia.

El sentimiento antioccidental en Rusia se remonta al debate intelectual del siglo xix entre occidentalistas y eslavófilos. Mientras los primeros consideraban a Rusia un país occidental rezagado, los segundos rechazaban de plano esa idea y tenían a Europa occidental por «podrida», de donde procede el tópico ruso del «Occidente podrido». Una figura antioccidental destacada durante el reinado de Alejandro III de Rusia fue Konstantín Pobedonóstsev, antiguo liberal que con el tiempo renegó de sus ideas y las criticó a fondo.
Bajo la Unión Soviética, «Occidente» acabó por convertirse en sinónimo del «mundo capitalista», lo que dio origen al conocido tópico propagandístico de la «influencia corruptora de Occidente».
Tras la Guerra Fría, varios políticos de la Federación de Rusia han defendido abiertamente la promoción del tradicionalismo ortodoxo ruso y el rechazo del liberalismo occidental. Algunos dirigentes ultranacionalistas, como el fallecido Vladímir Zhirinovski, expresan el sentimiento antioccidental más extremo.
Vladímir Putin ha impulsado políticas declaradamente conservadoras en materia social, cultural y política, tanto dentro como fuera del país. Ha arremetido contra el globalismo y el neoliberalismo y ha promovido nuevos centros de estudios que insisten en el nacionalismo ruso, la recuperación de la grandeza histórica de Rusia y la oposición sistemática a las ideas y políticas liberales. Putin ha colaborado estrechamente con la Iglesia ortodoxa rusa en esta campaña cultural. El patriarca Cirilo, cabeza de la Iglesia, respaldó su elección en 2012 y afirmó que los mandatos de Putin habían sido «un milagro de Dios». Es sabido que la Iglesia ortodoxa rusa acoge a grupos que promueven tendencias nacionalistas y antioccidentales.
El Gobierno ruso ha restringido la financiación extranjera de algunas organizaciones no gubernamentales (ONG) de orientación liberal. Los activistas prorrusos del antiguo espacio soviético equiparan con frecuencia a Occidente con la homosexualidad y la «agenda gay». La ley rusa contra la «propaganda» homosexual de 2013 fue acogida con satisfacción por figuras políticas nacionalistas y religiosas del país, que la vieron como un baluarte frente a la influencia occidental.[cita requerida]

La ley Yarovaya prohíbe el proselitismo a las minorías religiosas y se empleó para ilegalizar a los Testigos de Jehová, con sede en Estados Unidos.
En 2023, Rusia adoptó una estrategia de política exterior eurasianista y antioccidental recogida en un documento titulado «Concepto de Política Exterior de la Federación de Rusia», aprobado por Vladímir Putin. El texto define a Rusia como un «Estado-civilización singular y una vasta potencia euroasiática y europacífica» que aspira a crear una ««Gran Asociación Euroasiática»» mediante el estrechamiento de lazos con China, la India, los países del mundo islámico y el resto del Sur Global (América Latina y el África subsahariana). La estrategia señala a Estados Unidos y al resto de la Anglosfera como «el principal inspirador, organizador y ejecutor de la agresiva política antirrusa del Occidente colectivo», y persigue el fin del dominio geopolítico estadounidense en el plano internacional.
En un discurso pronunciado en noviembre de 2023, Putin afirmó que el yugo mongol-tártaro derivado de la Invasión mongola de la Rus de Kiev había sido mejor para el pueblo ruso que la dominación occidental. Dijo: «Alejandro Nevski recibió un yarlyk [permiso] de los kanes de la Horda de Oro para gobernar como príncipe, sobre todo para poder resistir con eficacia la invasión de Occidente». Según Putin, la decisión de someterse a los kanes tártaros preservó «al pueblo ruso y, más tarde, a todos los pueblos que viven en el territorio de nuestro país».
Durante el periodo otomano de la historia turca se desarrolló una tradición de antioccidentalismo.

El sentimiento antioccidental existe en América Latina, sobre todo en países cuya población es mayoritariamente indígena, como Bolivia, Guatemala o Perú. En cambio, en países como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay la población de origen europeo tiene mayor peso. En consecuencia, hay muchos latinoamericanos que se identifican como occidentales, de modo que el discurso antioccidental no está tan presente como en otras regiones. Esto no significa, sin embargo, que tal discurso no exista: se encuentra, sobre todo, en países con líderes o movimientos nacionalistas y populistas, incluidos partidos de izquierda de Colombia, Cuba, México, Nicaragua o Venezuela. Con el tiempo, las naciones latinoamericanas se han ido distanciando de Estados Unidos. No obstante, varios estudios académicos matizan el alcance del antioccidentalismo en la región: el análisis de Andy Baker y David Cupery sobre encuestas latinoamericanas concluye que los vínculos económicos actuales con Estados Unidos —comercio, ayuda, migración y remesas— pesan más en la opinión pública que el recuerdo del imperialismo, y que en la mayoría de los países predominan las actitudes favorables hacia ese país. El historiador Max Paul Friedman ha sostenido, por su parte, que la propia categoría de «antiamericanismo» se ha empleado con frecuencia para descalificar críticas legítimas a la política exterior estadounidense en lugar de analizarlas.

El sentimiento antioccidental está ligado a la historia de las intervenciones políticas estadounidenses y europeas en América Latina. Muchas personas de la región critican con dureza a Estados Unidos por su apoyo a los golpes de Estado y a las dictaduras militares respaldadas por la CIA durante la Guerra Fría. La mayoría de los países latinoamericanos tienden a dar prioridad a lo regional y a centrarse en la cooperación interna, a lo que se suma una notable desconfianza hacia la globalización. Organizaciones latinoamericanas como el Mercosur, Prosur y la Unasur reflejan este rasgo de la política exterior de la región.
Desde la perspectiva de la escuela decolonial, la posición de América Latina respecto a «Occidente» refleja la naturaleza eurocéntrica del propio concepto. El sociólogo peruano Aníbal Quijano sostuvo que la jerarquía racial creada para justificar la conquista se convirtió en principio estructural del sistema mundial moderno, y que la definición misma de quién pertenece a «Occidente» es un producto de esa «colonialidad del poder». En la misma línea, Walter Mignolo argumenta en The Idea of Latin America (2005) que la región es «occidental» si se mira desde la perspectiva de las élites criollas de ascendencia europea, pero queda excluida de esa categoría cuando se atiende a las poblaciones indígenas y afrodescendientes, lo que expone la idea de «Occidente» como una clasificación racial y colonial más que geográfica o cultural.