| Cementerio católico Calancala | ||
|---|---|---|
|
Entrada cementerio católico Calancala | ||
| Ubicación | ||
| País | Colombia | |
| Localidad | Barranquilla | |
| Dirección | Calle 51 # 31-115, Barranquilla, Atlántico | |
| Coordenadas | 10°58′29″N 74°47′33″O / 10.974722222222, -74.7925 | |
| Características | ||
| Tipo | Cementerio | |
| Historia | ||
| Creación | 1915 | |
| Administración | Arquidiócesis de Barranquilla | |
| Mapas y planos | ||
![]() | ||
El cementerio católico Calancala es un camposanto ubicado en Barranquilla, Colombia. Fue fundado en 1915 por la Iglesia católica. Abarca un área de 15 hectáreas y contiene las tumbas de importantes personajes de Barranquilla, así como mausoleos de diferentes estilos arquitectónicos. Comprende una sección judía y el mausoleo de la colonia china.


En 1915, un grupo de católicos que deseaban tener un lugar propio donde enterrar a sus muertos conformaron una junta autorizada por el arzobispo de Cartagena, Pedro Adán Brioschi, y el padre Carlos Valiente para construir el cementerio católico Calancala en un terreno donado por los herederos de Manuel María Bula en el camino viejo a Juan Mina, correspondiente a parte de los barrios Lucero, Los Pinos y San Isidro. La idea también era enterrar a los más necesitados y a los N.N., por lo que se conoce como el cementerio de los pobres.
El concejo municipal de 1914 a 1915, por acuerdo número 3 del 22 de abril de 1915, dispuso la construcción del cementerio. La junta constructora y administradora estuvo conformada por los concejales Ismael Insignares y Joaquín Bornaceli; el ingeniero municipal, Víctor M. Sojo; y los vecinos nombrados por el concejo, Francisco de P. Sánchez y Leonardo Falquez; el tesorero fue Miguel Moreno Alba. El gobernador del departamento del Atlántico, Abel Carbonell, contribuyó eficazmente a la obra.
La obra fue inaugurada oficialmente el 24 de octubre de 1915 con una misa campal celebrada por el padre salesiano Ernesto Briata acompañado por el clero de la ciudad presidido por el padre Carlos Valiente. Los discursos estuvieron a cargo de Adolfo Sundheim en representación de la Junta, e Ildefonso de la Rosa a nombre del concejo. Asistieron la Policía y el Ejército con artillería y bandas de música. Ese mismo día, poco después de la inauguración, se llevó a cabo el entierro de la joven Sabina Atilano, natural de Baranoa, tumba a la que muchos se acercan a pedir intercesión milagrosa.
El cementerio se consolidó con la administración de la Junta Diocesana creada en 1916 por el obispo Pedro Brioschi y conformada por el padre Carlos Valiente, Rogelio García, Daniel Carbonell, Gabriel Pineda, Francisco Sánchez y Víctor Henríquez. La administración del cementerio fue entregada a la Junta Diocesana por el gobernador Teodosio Goenaga mediante Resolución del 18 de agosto de 1916. Con el tiempo, el cementerio pasó a acoger difuntos de todos los credos religiosos.
El 12 de mayo de 1935, el prelado Luis Calixto Leyva, con motivo del primer aniversario de su arribo a Barranquilla y su posesión como primer obispo de la diócesis, colocó la primera piedra del templo Cristo Redentor. La capilla fue bendecida e inaugurada el 17 de mayo de 1936 por el presbítero Pedro Revollo en representación del presbítero Carlos Valiente, vicario general de la diócesis, encargado del gobierno eclesiástico por ausencia del titular. El altar fue donado por la esposa del presidente de la Junta Diocesana, Rita Palacio de De la Hoz. Las obras estuvieron a cargo del ingeniero José Ruiz con la asesoría del padre Valiente. La Junta Católica Diocesana, administradora del cementerio, estaba conformada por Eusebio de la Hoz, presidente; Francisco de P. Sánchez, vocal tesorero; y Julio Labarreta, vocal secretario. En 2005 se realizaron trabajos de restauración de la capilla, siendo arzobispo Rubén Salazar.
El 17 de julio de 1937 fue inaugurada la sala de autopsias Doctor Eusebio de la Hoz, antiguo presidente de la Junta Católica Diocesana administradora del cementerio.
Durante muchos años, el camposanto tuvo inconvenientes administrativos que lo sumieron en un notorio deterioro. En junio de 2002, bajo el liderazgo del arzobispo de Barranquilla Rubén Salazar Gómez, se conformó una nueva junta católica diocesana, nombrando como director al padre Manuel Domingo Arteaga Arias, quien llevó a cabo la recuperación administrativa y física del cementerio.
Aunque no existe consenso definitivo, la teoría más difundida sobre el nombre del cementerio es el de la antigua hacienda o potrero donde se construyó, que a su vez tomó el nombre del brazo Calancala de la desembocadura del río Ranchería en Riohacha, capital del departamento de La Guajira. Varias fuentes atribuyen la propiedad del terreno a distintos dueños, por ejemplo, el padre Revollo se lo adjudica a la riohachera Henriqueta Aarón de Núñez, quien llamó a su finca en recuerdo del río Calancala en Riohacha. Otros, a Joaquín Pereira, judío de Riohacha.
Otra teoría establece que calan cala se denominaba la urna donde los mokaná, pueblo indígena de la región, depositaban los restos de los muertos.

El cementerio católico Calancala está ubicado en el terreno comprendido entre las calles 50 y 53D y entre la diagonal 31 y la carrera 31, en la localidad Sur Occidente de Barranquilla. Tiene una extensión de 15 hectáreas y se encuentra en predios de los barrios Lucero, Los Pinos, Chiquinquirá, Loma Fresca y San Isidro. La dirección del cementerio es calle 51 # 31-115, barrio Lucero. El cementerio askenazi está ubicado en la carrera 31 # 51-87.
El camposanto cuenta con un horno para cremación de residuos, arborización, baterías sanitarias, sala de autopsias con instrumentos quirúrgicos, oficinas y la capilla Cristo Redentor.
En sus mausoleos reposan difuntos de la colonia china, del Cuerpo de Bomberos, de la Unión de Petroleros de Barranquilla, de la Asociación de Policías Retirados del Atlántico y de la Asociación de Pilotos, Timoneles y Aprendices del Río Magdalena.
En los pasillos de la sección de infantes hay pequeñas esculturas llamadas duendes dulceros, a los que les dejan frutas y dulces a cambio de favores y para evitar que los espíritus de los niños espanten a la gente si las figuras son tocadas y no les dejan nada.