
Cibeles, Cíbele o Cibebe (en frigio: Kubileya o Kubeleya; en lidio: Kuvava; en griego: Κῦβέλη, Κυβήβη o Κύβελις; en latín: Cybĕle o Cybēbe) era la gran diosa de Frigia, con frecuencia llamada la ‘Madre de los Dioses’ o la ‘Gran Madre’ por ser una ‘diosa madre’. Su poder se extiende sobre la naturaleza toda, cuya potencia vegetativa personifica. Fue honrada en las montañas de Asia Menor, donde su culto mistérico se expandió por todo el mundo helénico y posteriormente el romano. El Senado de Roma trajo de Pesinunte la «piedra negra» (betilo), que simbolizaba a la diosa, y le erigió un templo en el Palatino.
Cibeles era una diosa asociada a las montañas, tierra, murallas, naturaleza fértil y animales salvajes. Su amante o consorte era Atis, una figura esmasculada, y sus sacerdotes eunucos son los galos. Cibeles fue considerada por los mitógrafos griegos como una simple encarnación o apelación de Rea, mientras que en Roma se identificó estrechamente con la Magna Mater («Gran Madre»). Monta un carro con leones uncidos en él, está acompañada por los coribantes y además se la representa ceñida con una corona de torres. Las festividades romanas más importantes en honor de Cibeles fueron las Megalesias y las Hilarias.
En todos sus aspectos, romanos, griegos y orientales, Cibeles era caracterizada particularmente por su universal maternidad: era no solo la Madre de los Dioses sino también de los seres humanos y los animales. Era llamada ‘Madre de la Montaña’ (Matar Kubileya), y se ponía un énfasis especial en su maternidad sobre la naturaleza salvaje, que se manifestaba en el carácter orgiástico de su culto.
Algunas ciudades-Estado, en particular Atenas, la evocaban como protectora, pero sus ritos y procesiones griegas más celebradas la muestran como una diosa mistérica extranjera y exótica que aparece en una carroza jalada por leones, acompañada con música salvaje, vino y una multitud extática y alborotada.
Cántame, musa de voz clara, hija del gran Zeus, a la Madre de todos los dioses y de todos los hombres, a la que agrada el estruendo de los crótalos y tamboriles, así como el rumor de las flautas, el griterío de los lobos y de los leones de feroz mirada, los montes fragorosos y los torrentes cubiertos de vegetación.
Cibeles representa en realidad la tierra y sus atributos lo confirman. Es la Madre de los Dioses porque los hombres, luego divinizados, nacen de la tierra. Tiene una corona con torres porque simboliza las ciudades y fortalezas que rodean la tierra como una corona. Sus vestiduras están acompañadas de ramas y hierbas, porque representa los bosques, plantas y vegetación que cubren su superficie. También el cetro en la mano indica que en la tierra residen el poder político, la riqueza y los reinos. Cibeles va en su carro tirado por leones. Aunque la tierra es inmóvil, se la representa en cuadriga para simbolizar el ciclo continuo de las cuatro estaciones. Entre sus elementos rituales se encuentran los coribantes armados y sacerdotes eunucos (los galos). El mito de las castración de Atis representa, para Macrobio, el sol que rejuvenece cada año para fecundar la tierra. Los humanistas dicen que la diosa ha llevado múltiples nombres: Cibeles en Frigia, Rea en Grecia y Ops en Roma.
Se ha señalado que la antecesora de Cibeles era la diosa Kubaba, ya documentada en la Edad del Bronce en Asia Menor. En Frigia se la llamaba simplemente «Madre». Por otra parte, en tanto existen muchas deidades similares de origen no frigio, es posible que Cibeles sea simplemente la forma frigia de la deidad de la naturaleza de toda Asia Menor. Esta diosa madre fue honrada en todo el mundo antiguo. El centro de su culto estaba en la ciudad frigia de Pesinunte, donde cayó el betilo cúbico y negro denominado Kubele que da origen de su nombre.
Estrabón dice que:
«Los berecintes, que son una tribu frigia, los frigios en general y la parte de los troyanos que habitan en la zona del monte Ida veneran también ellos a Rea y celebran cultos orgiásticos en su honor. La llaman Madre de los Dioses, Agdistis, Frigia, Gran Diosa, o también, dependiendo de los lugares donde se la adora, Idea (del monte Ida), Dindimene (del monte Díndimo), Sipilene (del monte Sípilo), Pisinúntide (de Pesinunte), Cíbele y Cibebe».

Los colonos griegos en Asia Menor adoptaron y adaptaron su culto frigio y lo esparcieron a la Grecia continental y a las colonias griegas occidentales más distantes alrededor del siglo VI a. C. En el siglo V a. C., adquirió fama una estatua de la diosa realizada por Agorácrito. En Atenas, el culto a Cibeles tuvo un centro destacado en el Metroón. Se ha sugerido que la figura mitológica de Atis, un consorte de la diosa que se castró a sí mismo, puede haber sido una invención griega. En Grecia, Cibeles adquirió aspectos de varias diosas: Gea, Rea y Deméter, aunque los mitógrafos griegos principalmente la identificaron con Rea.

Su equivalente romana era Magna Mater, la Gran Madre o Idaea mater («Madre del Ida»). Su identificación por parte de los romanos con las diosas Maya, Ops, Rea, Tellus y Ceres, contribuyeron a que su culto se estableciera firmemente. Los mitógrafos romanos la reinventaron como una diosa troyana, y por lo tanto una diosa ancestral del pueblo romano a través del príncipe troyano Eneas. A medida que Roma estableció con el tiempo su hegemonía a lo largo del mundo mediterráneo, formas romanizadas de cultos de Cibeles se esparcieron a lo largo del Imperio romano.
En 204 a. C., durante la segunda guerra púnica, los romanos, obedeciendo a una profecía de los libros sibilinos, y del oráculo de Delfos, enviaron embajadores (entre los que se contaba Marco Valerio Faltón) a Pesinunte con la difícil misión de llevar a Roma la piedra sagrada que representaba a Cibeles. Se contaba que tras la inicial negativa del Atalo I, que reinaba sobre el territorio, un temblor de tierra precedió a unas palabras de la diosa que ordenaban que se la dejara marchar a Roma. La llevaron escoltada por cinco quinquerremes que fueron recibidos por Claudia Quinta. Inicialmente se colocó en el templo de La Victoria en el suroeste del monte Palatino, a la espera de la finalización de su propio templo, que le fue consagrado el 10 de abril de 191 a. C.
El culto perduró al menos hasta el siglo IV. Los rituales eran dirigidos por sacerdotes castrados de origen asiático, a los que denominaban galos. Los ciudadanos romanos no tenían derecho a participar en el sacerdocio, puesto que la castración estaba prohibida en Roma. Sin embargo, a partir de la época del emperador Claudio se sustituyó el sacrificio de los genitales humanos por los testículos de un toro, que era sacrificado en lo que se conocía como taurobolio.
Las festividades en honor de Cibeles constaban de dos partes; la primera abarcaba desde el 15 al 27 de marzo. En las celebraciones, después del taurobolio, se talaba un pino y era llevado en procesión hasta el templo de Cibeles del Palatino, donde era honrado como un dios y adornado con violetas, que se consideraba habían brotado de la sangre de Atis. El 24 de marzo, el «día de la sangre» su sacerdote supremo, el archigalo, derramaba sangre de sus brazos y se la ofrecía a la diosa al ritmo de platillos, tambores y flautas, mientras que los miembros menores del clero daban vueltas frenéticamente y se cortaban para salpicar el altar y el pino sagrado con su sangre. El 25 de marzo era el día de las Hilarias, donde se conmemoraba la resurrección de Atis y la gente se disfrazaba. El 27 de marzo, la estatua plateada de la diosa, con la piedra sagrada sobre su cabeza, era cargada en procesión y bañada en las aguas del Almo, un río tributario del Tíber.
El segundo bloque de las fiestas era el de las Megalesias, que tenían lugar desde el 4 al 10 de abril. En ellas se conmemoraba la entrada de la piedra sagrada en Roma.
Un trabajo de referencia en el estudio del culto a Cibeles ha sido realizado por Maarten Jozef Vermaseren, titulado Corpus Cultus Cybelae Attidisque, en siete volúmenes publicados entre los años 1977 y 1989:
| zona | ejemplos notables |
|---|---|
| Asia Menor | Monumentos en Pesinunte, la ciudad sagrada desde donde se exportó el culto y su famosa piedra meteorítica a Roma. En el santuario en Azanos existen relieves rupestres tallados en las rocas de las montañas frigias. |
| Grecia e islas | El metroón del ágora de Atenas. Pequeños relieves votivos de mármol del siglo IV a.C. hallados en Atenas y El Pireo, donde Cibeles aparece ya helenizada y fusionada con Rea: sentada en un trono, portando un tympanum y con un león recostado dócilmente en su regazo o bajo su asiento. |
| Roma y Lacio | El foco principal se sitúa en la ciudad de Roma y el puerto de Ostia. El templo de Magna Mater en la colina del Palatino y el santuario del Phrygianum en el Vaticano. Altares taurobólicos hallados bajo la actual basílica de San Pedro, así como la Pátera de Parabiago. |
| Resto de Italia | Altares y estatuillas de terracota y bronce descubiertos en las ciudades sepultadas de Pompeya y Herculano. Un hallazgo singular catalogado son las pinturas murales pompeyanas que retratan procesiones callejeras de los galli (sacerdotes eunucos) portando su imagen. |
| Europa occidental y África | Provincias occidentales y meridionales de Roma, entre ellas Egipto, África, Hispania, Galia y Britania. En Hispania destacan las inscripciones taurobólicas de Córdoba y el famoso relieve de Mataró (Barcelona), además de las esculturas de la diosa sentada procedentes de talleres de Augusta Emerita (Mérida). El altar taurobólico de Lyon (Lugdunum), ricamente decorado con la cabeza de un toro y un carnero, conmemora los rituales de iniciación y consagración para el bienestar del emperador. |
| Europa oriental y mar Negro | Frontera septentrional y oriental romana —Germania, Recia, Nórico, Panonia, Dalmacia, Macedonia, Tracia, Mesia y Dacia. El santuario de Cibeles en Mainz (Mogontiacum) era un templo transfronterizo en el que se reveló una inmensa cantidad de figurillas votivas, lámparas de aceite y tablillas de maldición (defixiones). También sobresalen los monumentos de Panonia, donde los soldados de las legiones romanas adoptaron con fervor el culto a la Madre de los Dioses como fuerza protectora. |
| Asociaciones y epítetos |
|
| Descendencia | Alce (con Olimpo), Córibas (con Yasión), Midas (con Tmolo) y Nicea (con Sangario) |

La autocastración a la que se sometían los sacerdotes en el día de la sangre homenajeaba a Atis, amado de Cibeles según la mitología, que tras engañarla con la ninfa Sagarítide, fue enloquecido por la diosa celosa y se castró a sí mismo.
La leyenda que relaciona a Cibeles con los leones es relatada por Ovidio en Las Metamorfosis. Estos leones fueron en origen Hipómenes y Atalanta, que compitieron en una carrera de velocidad. La astucia de Hipómenes —inspirado por la diosa del amor, ya que el premio era la mano de Atalanta— hizo caer al suelo unas manzanas de oro que atrajeron la atención de Atalanta y la distrajeron de la carrera, que perdió. El mito concluye con la unión impía de los amantes dentro de un recinto sagrado dedicado a la diosa Cibeles, la cual se enfurece y como castigo los metamorfosea en leones, condenados a tirar de su carro eternamente y sin poder mirarse el uno al otro.
En los confines de Frigia —dice Timoteo— existía una roca de una eminencia descomunal, cuyo nombre es Agdo (Agdus), llamada así por los nativos del lugar. De ella Rea tomó piedras y, según las instrucciones de Temis, las arrojó sobre la tierra sedienta, de donde tomó su forma esta actual Madre de los Dioses. A esta misma Madre, que descansaba durmiendo en la cumbre más alta de la roca, Júpiter la acometió con deseos torpes e impúdicos. Pero al no poder conseguir lo que pretendía por la resistencia de la diosa, desahogó su pasión derramando el semen sobre la misma piedra. La roca concibió de la simiente divina y, con un espantoso parto, dio a luz a Agdistis, un ser que recibió su nombre del lugar de nacimiento, el cual unía en sí los dos sexos y poseía una fuerza salvaje e indomable, dotado de una ferocidad desmedida y una lascivia furiosa y destructiva.
Dice Diodoro Sículo que Yasión se casó con Cibeles y engendró a Coribante o Córibas. Una vez que Yasión pasó a ocupar un puesto en el círculo de los dioses, Dárdano, Cibeles y Coribante trasladaron a Asia los sagrados ritos de la Madre de los Dioses y se fueron con ellos a Frigia. Después Cibeles, tras unirse a Olimpo, engendró a Alce y dio a la diosa su propio nombre, Cíbele; por su parte Coribante, atribuyendo asimismo su propio nombre, llamó coribantes a los que eran presa del furor divino en la celebración de los ritos de la Madre, y se casó con Teba, la hija de Cilix.
Algunos autores griegos dicen que la Gran Madre, Rea o Cibeles inició a Dioniso en su culto mistérico. Higino dice que Midas era hijo de Cibeles y en otra parte afirma que era hijo de la diosa Madre y de Tmolo. Plutarco, sin embargo, refiere que «los romanos tienen una diosa a la que llaman Bona, como los griegos Ginecea; los frigios la reclaman como propia y dicen que fue la madre del rey Midas». Focio dice que con el río Sangario Cibeles fue madre de la náyade Nicea.
El sincretismo entre la Magna Mater y la Virgen María representa una de las transiciones culturales más profundas de la Antigüedad tardía, donde las fórmulas del paganismo oficial se integraron en el lenguaje de la nueva fe estatal. La arraigada devoción popular hacia la soberana de la naturaleza (asociada a títulos como Mater Deorum o Alma Mater) facilitó que el cristianismo, especialmente tras la proclamación dogmática del título de Theotókos (Θεοτόκος, «Madre de Dios») en el Concilio de Éfeso (431 d. C.), canalizara la antigua reverencia mariana hacia la figura de la Virgen. Este proceso purificó el plural politeísta y adaptó atributos iconográficos clásicos —como la rigidez del trono regio y el señorío sobre el entorno— convirtiendo la majestad soberana de la antigua Diosa de la Montaña en el fundamento visual e institucional de la Reina de los Cielos.