
El cosmograma kongo (también llamado cruz yowa o cruz dikenga; en kikongo, dikenga dia Kongo o tendwa kia nza-n' Kongo) es un símbolo central de la religión kongo que representa el mundo físico (Ku Nseke), el mundo espiritual (Ku Mpémba), la línea vertical que une ambos mundos, la línea de Kalûnga horizontal y el río sagrado que discurre entre ellos, el sol que gira formando un círculo alrededor de los dos mundos y los cuatro momentos del sol.
Las fuentes etnohistóricas y la cultura material muestran que el cosmograma kongo ya era una tradición simbólica arraigada en la cultura del pueblo kongo antes del primer contacto con los europeos, en 1482, y que siguió en uso en el África Central hasta principios del siglo XX. En su forma más elaborada, el símbolo era un emblema del pueblo kongo y reunía un amplio conjunto de ideas y mensajes metafóricos sobre el lugar que este pueblo se atribuía en el cosmos.
El cosmograma kongo llegó a América con los bakongo que fueron víctimas del comercio atlántico de esclavos. Los hallazgos arqueológicos en Estados Unidos muestran que los afroestadounidenses veneraban este símbolo y lo grababan en la cerámica.
Los bakongo creen que «al principio, el mundo estaba vacío; era un mbûngi, una cosa vacía, una cavidad, sin vida visible». Este vacío (mbûngi, también llamado mwasi y mpampa) se simbolizaba con un círculo. En su interior surgió una fuerza de fuego, llamada kalûnga, que creció hasta convertirse en una gran fuerza de energía. Al calentarse, esa fuerza estalló y lanzó una tormenta de proyectiles, que se dispersaron como masas independientes; al enfriarse, dieron origen a los planetas.
Los bakongo creen que así se formó el universo, con el sol, las estrellas y los planetas, y llaman a este proceso luku lwalamba Nzambi, es decir, «Dios coció la masa». Por ello, kalûnga se considera el origen de la vida (moyo wawo mu nza), y los bakongo creen que la vida exige un cambio constante y un movimiento perpetuo. Kalûnga es también el dios-principio del cambio. El propio Fu-Kiau compara este proceso con el Big Bang.
La línea de Kalûnga separa el mundo físico (Ku Nseke) del mundo espiritual o de los antepasados (Ku Mpémba); es una barrera de agua entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. Al morir, el ciclo se repite y la persona renace. En kikongo, kalûnga significa «umbral entre mundos». Así, la línea de Kalûnga actúa como barrera entre los dos mundos y guía a todos los bakongo (muntu) a través de las cuatro etapas de la vida.
Juntos, la línea de Kalûnga y el círculo mbûngi forman el cosmograma kongo, también llamado cruz yowa o dikenga. Un simbi (pl. bisimbi) es un espíritu del agua que, según se cree, habita en las masas de agua y en las rocas.

Según Denise Martin, en la Encyclopedia of African Religion, «otra característica importante de la cosmología bakongo es el sol y sus movimientos. La salida, el cénit, la puesta y la ausencia del sol constituyen el patrón esencial de la cultura religiosa bakongo. Estos “cuatro momentos del sol” equivalen a las cuatro etapas de la vida: concepción, nacimiento, madurez y muerte. Para los bakongo, todo pasa por estas etapas: los planetas, las plantas, los animales, las personas, las sociedades e incluso las ideas. Este ciclo vital se representa mediante un círculo con una cruz en su interior. En este cosmograma o dikenga, el punto de encuentro de las dos líneas de la cruz es el punto más poderoso y donde se sitúa la persona».
Después, el proceso se repite y los bakongo renacen. Se cree que los cuatro extremos de la cruz representan el tiempo musoni, el tiempo kala, el tiempo tukula y el tiempo luvemba, que corresponden a los cuatro momentos del sol y a las cuatro etapas de la vida.

La naturaleza también es esencial en la religión kongo. Los espíritus simbi se asociaban con el agua (kalûnga), pero también con el bosque, o mfinda (finda en la Lowcountry de Carolina del Sur). En el reino de Loango, los bosques sagrados, llamados chibila, eran los centros donde se honraba a los antepasados deificados de los clanes, y a los espíritus de la naturaleza propios de la tierra se los llamaba bakisi banthandu, «espíritus de la tierra». Entre los vili de Loango, el bosque sagrado se llamaba xibila (pl. bibila).
Los kongo también creían que algunos antepasados habitaban el bosque después de la muerte y mantenían su presencia espiritual en la vida de sus descendientes. Se creía que estos antepasados habían muerto, viajado a Mpémba y renacido después como bisimbi. Así, el Gran Mfinda era un punto de encuentro entre el mundo físico y el mundo espiritual. Los vivos lo veían como una fuente de alimento físico, gracias a la caza, y de alimento espiritual, gracias al contacto con los antepasados. Un experto en la religión kongo, Fu-Kiau, llegó a describir algunos cosmogramas kongo precoloniales en los que el mfinda servía de puente entre los dos mundos.