Se llama misionero a aquella persona cuyo objetivo principal es el anuncio del evangelio mediante obras y palabras entre aquellos que no creen. Esa forma de misión propiamente tal es conocida como ad gentes, es decir, hacia las gentes, gentiles o no cristianos, y se desarrolla en lugares donde el evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, o en ambientes refractarios ubicados más allá de las propias fronteras donde se dificulta la prédica y aceptación del mensaje o prestar servicios a las personas, tales como educación, alfabetización, justicia social, atención sanitaria y desarrollo económico.


En la Historia del cristianismo, la idea de misión se aplica tanto a colectividades como a individuos e implica una forma de vocación, que se interpreta como un llamamiento positivo de Dios que «envia», para llevar un encargo o realizar un trabajo apostólico: la tarea de anunciar el evangelio, conforme al mandato final puesto en boca de Jesús de Nazaret en los Evangelios de Mateo y de Marcos:
«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.»Evangelio de Mateo 28:19-20a
Y les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».Evangelio de Marcos 16:15
En la traducción al latín de la Biblia, Jesucristo pronuncia estas palabras cuando envía a los discípulos a diferentes lugares y les ordena predicar el evangelio en su nombre. El término se utiliza más comúnmente en referencia a las misiones cristianas, pero también puede utilizarse en referencia a cualquier credo o ideología.
La palabra «misión» se habría originado en la década de 1590, cuando la Compañía de Jesús (jesuitas) envió a algunos de sus miembros al extranjero, ya que la vocación de la orden era «servir a Cristo en misión universal». Concretamente, entre 1581 y 1592, salieron de Lisboa 54 jesuitas con rumbo a la India, para seguir los pasos de Francisco Javier. La palabra se popularizó a partir de la traducción latina del pasaje bíblico en el que Cristo envía a sus discípulos a predicar en su nombre, y condujo a la definición de las misiones como los asentamientos fundados en tal carácter.
La palabra «misión» tiene también el sentido de trabajo, tarea, quehacer o cometido. Esta acepción más general permite además la concepción de un cierto carácter misionero en las personas, ministerios e instituciones, independientemente de su origen o de su condición religiosa o laical. El término, usado en sentido estricto en el marco del cristianismo, se puede utilizar también en sentido laxo para referir a otros credos o ideologías.

En los evangelios sinópticos, Jesús de Nazaret se presenta a los hombres como el enviado de Dios por excelencia, por lo cual al acogerlo o rechazarlo se acoge o se rechaza al que lo ha enviado, es decir, a Dios Padre. La conciencia que Jesús tiene de su misión (término de donde deriva la palabra «misionero») se explicita en frases características: «Yo he sido enviado...», «Yo he venido...», «El Hijo del hombre ha venido...» para anunciar el evangelio, para cumplir la ley y los profetas, para llamar no a los justos sino a los pecadores, para buscar y salvar lo que estaba perdido, para servir y dar su vida en rescate de muchos. Todos los aspectos de la obra de Jesús de Nazaret enlazan con esa misión, desde su primera predicación en Galilea hasta su muerte en la cruz.
La misión de Jesucristo aparece todavía en forma más evidente en el Evangelio de Juan. Allí, el único deseo de Jesús es hacer la voluntad del que lo ha enviado, realizar sus obras, y decir lo que aprendió del Padre, y pide a los hombres que crean en su misión.
La misión de Jesús de Nazaret se prolongó con la de sus propios enviados, los doce apóstoles, que tornaron en misioneros para curar, y para anunciar el evangelio, enviados «como ovejas en medio de lobos». Además, Jesús envió delante de sí misiones más numerosas en discípulos. La misión de los apóstoles enlazó con la propia misión de Jesús: «Como el Padre me envió, yo también os envío a vosotros» (Juan 20, 21). Así, a todos los apóstoles se les atribuye haber muerto en ciudades o tierras de misión.

Entre las personalidades del siglo I, Pablo de Tarso amerita una mención especial por haberse constituido en el motor de construcción y expansión del cristianismo en el Imperio romano, merced a su talento, a su convicción, y a su carácter indiscutiblemente misionero. Así había sido presentado el propio Pablo: como un instrumento de elección que llevaría el nombre de Jesús ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
Pablo hacía generalmente sus viajes a pie (2 Corintios 11, 26). El esfuerzo realizado por Pablo de Tarso en sus viajes es digno de mención. Si se cuenta únicamente el número de kilómetros de los tres viajes por Asia Menor, supera los 4 600 km según Josef Holzner.
A lo anterior habría que añadir los viajes por tierras de Europa y por mar, los caminos difíciles, las diferencias de altitud, etc. De una forma muy vívida, Pablo mismo describió en el pasaje siguiente lo que estos viajes implicaron:
En peligros de muerte he estado muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez fui apedreado; tres veces padecí naufragio; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros en el mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?2 Corintios 11:23c-29
El teólogo protestante alemán Gustav Adolf Deissmann enfatizó el punto al comentar que sentía «indecible admiración» a vista del esfuerzo puramente físico de Pablo, que con toda razón podía decir de sí mismo que «azotaba su cuerpo y lo domaba como a un esclavo».
En la Biblia, se recoge que Jesucristo encargó a los apóstoles que hicieran discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19–20, Marcos 16:15–18). Los misioneros cristianos se refieren a este versículo como la Gran Comisión y es una fuente de inspiración para la labor misionera.
Un misionero cristiano puede definirse como «aquél que da testimonio a través de las culturas». El Congreso de Lausana de 1974 definió el término, en relación con la misión cristiana, como «formar un movimiento viable de plantación de iglesias autóctonas». Hay misioneros en muchos países de todo el mundo.
El número de misioneros cristianos a lo largo de la historia es difícil de calcular. Una obra moderna recopila 2400 personalidades conocidas desde los inicios del cristianismo hasta el presente, que representan a la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa, la Comunión anglicana, las Iglesias protestantes, pentecostales, independientes e indígenas, de los cuales cerca de un centenar fueron mártires.

La Iglesia cristiana se expandió por todo el Imperio romano ya en la época del Nuevo Testamento y, según la tradición, llegó incluso más lejos, hasta Persia (Iglesia de Oriente) y la India (cristianos de Santo Tomás). Durante la Edad Media, los monasterios cristianos y misioneros como San Patricio (siglo V) y Adalberto de Praga (h. 956-997) difundieron las enseñanzas cristianas más allá de las fronteras europeas del antiguo Imperio Romano. En 596, el papa Gregorio Magno (en el cargo entre 590 y 604) envió la Misión Gregoriana (que incluía a Agustín de Canterbury) a Inglaterra. A su vez, los cristianos de Irlanda (la misión hiberno-escocesa) y de Gran Bretaña (San Bonifacio (c. 675–754) y la misión anglosajona, por ejemplo) desempeñaron un papel destacado en la conversión de los habitantes de Europa central.
Durante la Era de los Descubrimientos, la Iglesia católica estableció varias misiones en América y en otras colonias occidentales a través de los agustinos, franciscanos y dominicos para difundir el cristianismo en el Nuevo Mundo y para convertir a los nativos americanos y otros pueblos indígenas. Por esa misma época, misioneros como Francisco Javier (1506-1552), así como otros jesuitas, agustinos, franciscanos y dominicos, llegaron a Asia y al Lejano Oriente, y los portugueses enviaron misiones a África. Emblemática en muchos aspectos es la misión jesuita de Matteo Ricci en China a partir de 1582, que a menudo se caracteriza por ser pacífica y no violenta. Estos movimientos misioneros deben distinguirse de otros, como las Cruzadas bálticas de los siglos XII y XIII, cuya motivación solía considerarse comprometida por designios de conquista militar.

Gran parte de la labor misionera católica contemporánea ha experimentado un profundo cambio desde el Concilio Vaticano II de 1962-1965, con un mayor impulso a la indigenización y la inculturación, junto con las cuestiones de justicia social como parte constitutiva de la predicación del Evangelio.
Dado que la Iglesia católica se organiza normalmente según criterios territoriales y disponía de los recursos humanos y materiales necesarios, las órdenes religiosas —algunas de ellas incluso especializadas en ello— se encargaron de la mayor parte de la labor misionera, especialmente en la época posterior a la caída del Imperio Romano de Occidente. Con el tiempo, la Santa Sede estableció gradualmente una estructura eclesiástica normalizada en las zonas de misión, a menudo comenzando con jurisdicciones especiales conocidas como prefecturas apostólicas y vicariatos apostólicos. En una etapa posterior de desarrollo, estas fundaciones se elevan a la categoría de diócesis regulares con un obispo local designado. A nivel mundial, estos procesos se aceleraron a menudo a finales de la década de 1960, en parte como consecuencia de la descolonización política. En algunas regiones, sin embargo, aún están en curso.
Al igual que el obispo de Roma tenía jurisdicción también en territorios que más tarde se consideraron parte de la esfera oriental, los esfuerzos misioneros de los dos santos Cirilo y Metodio del siglo IX se llevaron a cabo en gran medida en relación con Occidente más que con Oriente, aunque el campo de actividad fuera Europa Central.
La Iglesia Ortodoxa Oriental, bajo la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla, llevó a cabo una vigorosa labor misionera bajo el Imperio Romano y su sucesor, el Imperio Bizantino. Esto tuvo efectos duraderos y, en cierto sentido, está en el origen de las relaciones actuales de Constantinopla con unas dieciséis iglesias ortodoxas nacionales, entre ellas la Iglesia Ortodoxa Rumana, la Iglesia ortodoxa georgiana y la Iglesia ortodoxa ucraniana (de las que tradicionalmente se dice que fueron fundadas por el apóstol misionero Andrés), y la Iglesia Ortodoxa Búlgara (de la que se dice que fue fundada por el apóstol misionero Pablo). Los bizantinos ampliaron su labor misionera en Ucrania tras el bautismo masivo en Kiev en 988. La Iglesia Ortodoxa Serbia tuvo su origen en la conversión de las tribus serbias por parte de misioneros bizantinos cuando estos llegaron a los Balcanes en el siglo VII. Los misioneros ortodoxos también trabajaron con éxito entre los estonios entre los siglos X y XII, fundando la Iglesia ortodoxa en Estonia.

Bajo el Imperio ruso del siglo XIX, misioneros como Nicholas Ilminsky (1822-1891) se trasladaron a los territorios sometidos y propagaron la ortodoxia, entre otros lugares, a través de Bielorrusia, Letonia, Moldavia, Finlandia, Estonia, Ucrania y China. El ruso San Nicolás de Japón (1836-1912) llevó la ortodoxia oriental a Japón en el siglo XIX. La Iglesia Ortodoxa Rusa también envió misioneros a Alaska a partir del siglo XVIII, entre ellos San Herman de Alaska (fallecido en 1836), para atender a los nativos. La Iglesia Ortodoxa Rusa fuera de Rusia continuó su labor misionera fuera de Rusia tras la Revolución Rusa de 1917, lo que dio lugar al establecimiento de muchas nuevas diócesis en la diáspora, desde las cuales se han producido numerosos conversos en Europa del Este, América del Norte y Oceanía.
Entre los primeros misioneros protestantes se encontraban John Eliot y otros clérigos de la época, como John Cotton y Richard Bourne, quienes atendían a los nativos algonquinos que vivían en tierras reclamadas por representantes de la Colonia de la Bahía de Massachusetts a principios del siglo XVII. Los cuáqueros, «difusores de la verdad», visitaron Boston y otras colonias de mediados del siglo XVII, pero no siempre fueron bien recibidos.
El Gobierno danés inició la primera labor misionera protestante organizada a través de su Colegio de Misiones, fundado en 1714. Esta financiaba y dirigía a misioneros luteranos como Bartholomaeus Ziegenbalg en Tranquebar, India, y Hans Egede en Groenlandia. En 1732, durante una visita a Copenhague con motivo de la coronación de su primo, el rey Cristian VI, el mecenas de la Iglesia Morava, Nicolás Luis, el conde von Zinzendorf, quedó muy impresionado por sus efectos y, en particular, por dos niños inuit que estaban de visita y que habían sido convertidos por Hans Egede. También conoció a un esclavo de la colonia danesa en las Indias Occidentales. Cuando regresó a Herrnhut, en Sajonia, inspiró a los habitantes del pueblo —que entonces contaba con menos de treinta casas— a enviar «mensajeros» a los esclavos de las Indias Occidentales y a las misiones moravas en Groenlandia. En treinta años, los misioneros moravos se habían establecido en todos los continentes, y esto en una época en la que había menos de trescientas personas en Herrnhut. Son famosos por su labor desinteresada, viviendo como esclavos entre los esclavos y junto a los nativos americanos, incluidas las tribus indias lenape y cheroqui. Hoy en día, la labor en las antiguas provincias misioneras de la Iglesia Morava mundial la llevan a cabo trabajadores nativos. La zona de mayor crecimiento de la labor se encuentra en Tanzania, en África Oriental. La labor morava en Sudáfrica inspiró a William Carey y a los fundadores de las misiones bautistas británicas. A 2014, siete de cada diez moravos viven en un antiguo campo misionero y pertenecen a una raza distinta de la caucásica.
Gran parte de la labor misionera anglicana surgió bajo los auspicios de la Sociedad para la Propagación del Evangelio en Tierras Extranjeras (SPG, fundada en 1701), la Sociedad Misionera de la Iglesia (CMS, fundada en 1799) y la Sociedad Eclesiástica Intercontinental (anteriormente Sociedad Eclesiástica de la Commonwealth y Continental, fundada en 1823).
Algunos de los misioneros citados, particularmente los de los primeros siglos, son reconocidos y conmemorados además por otras denominaciones cristianas, como la Iglesia ortodoxa.

Durante la conquista y colonización española y portuguesa de América, los misioneros eran los encargados de construir asentamientos en las zonas más alejadas de los centros cívicos de la época. También eran los encargados de evangelizar a los naturales de esas zonas. En la evangelización de Hispanoamérica, los jesuitas y religiosos de otras congregaciones a menudo defendieron los derechos de los nativos, frente a la corriente que tomaron muchos colonos hispanos. Fueron partidarios de perpetuar el idioma de los nativos, a la vez que les animaron a aprender español. Algunos grupos misioneros reconocidos son: Instituto del Verbo Encarnado, Cáritas, Carmelitas, Cartujos, Dominicos, Franciscanos, Hermanas de la Caridad, Misioneras de la Caridad, Hermanos de la Caridad Contemplativos, Jesuitas, Mercedarios, Misioneros Josefinos, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Orden de los Hermanos Betlemitas, Misioneros Combonianos, Claretianos, Salesianos, y Padres Blancos.








Las denominaciones cristianas protestantes también cuentan con una larga historia misionera, entre las llamadas denominaciones históricas encontramos a los bautistas, metodistas, presbiterianos, anglicanos, luteranos etc. Los que más se han distinguido por su herencia misionera ha sido la denominación bautista.


La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene programas misionales activos y extensivos, en 399 misiones a través de sus representantes conocidos como misioneros. Las misiones de tiempo completo, son para hombres solteros a partir de los 18 años, y para mujeres solteras a partir de los 19 años, hasta los 25 años, aunque también existen los matrimonios misioneros. Estas misiones se realizan, en el caso de los hombres, durante 24 meses y para las mujeres, durante 18 meses. Entre sus figuras se recuerda a:
La Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional (IDMJI) desarrolla una activa labor misionera mediante el envío de pastores que establecen grupos de reunión y abren salas de oración en distintos países.
Según el periódico colombiano El Pilón, en febrero de 2025 la organización contaba con 1.176 sedes en el mundo, de las cuales 644 se encontraban en Colombia. La iglesia mantiene presencia legal registrada en varios países, entre ellos Perú.
La expansión internacional se intensificó a partir de la década de 1990, cuando deja de ser una iglesia nacional en Colombia y pasa a ser una denominación «Internacional». Los países con mayor número de salas de oración incluyen Colombia, Estados Unidos, España, México, Ecuador y Canadá, con presencia adicional en América Latina, Europa, África, Asia y Oceanía. En el marco de su labor misionera y de formación intercultural, la Fundación Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo (FIDMJ) ha publicado materiales orientados a facilitar la adaptación cultural de sus colaboradores. Entre ellos se menciona la obra colectiva Cómo superar barreras culturales (2026), distribuida de forma gratuita por la propia fundación.