Mita

Cerro Rico de Potosí. Grabado en madera.

La mita (en quechua mit'a) fue un sistema de trabajo obligatorio utilizado en la región andina, tanto en la época incaica, como, posteriormente, durante la colonización española de América; en el Perú republicano en la segunda mitad del siglo xx este dispositivo jurídico de colaboración estatal fue mantenido como impuesto indígena, a falta de economía de moneda. La mita proveía al Estado de la energía indispensable para construir y conservar caminos y puentes. Era un sistema de trabajo a favor del Estado destinado a la formación de la civilización que implicaba la construcción de centros administrativos, templos, acueductos, casas, puentes, etc. Por medio de la mita, la población Indígena pagaría un impuesto no con dinero o bienes materiales, sino que con fuerza de trabajo al estado inca.

La mita no es invento inca, ya que los estados que la precedieron, como Moche, Sicán y Chimú ya la usaban; en Europa también existió, y se la llamaba corvea.

En la época Inca

En el Imperio Inca se practicaba la mita para el desarrollo de obras públicas como: la construcción de templos, acueductos, fortalezas, caminos, etc., era de estricto cumplimiento para los varones de todos los pueblos, los cuales recibían una retribución basado en el sistema económico de la reciprocidad en la que se basaban los incas. Se daban ofrendas a los dioses, como el sol, la lluvia, agua, y muchos más.

En la época hispánica

La mita incaica fue rescatada por el Virrey Toledo, transformándola en una especie de tributo al trabajo, en el cual una séptima parte de los adultos varones casados de cada pueblo de indios, cuya edad oscilaba entre los 18 y 50 años, estaban obligados a cumplir con esta labor un año de cada seis para la extensión del reino del Perú; los trabajadores eran principalmente destinados a las minas de Potosí. Para facilitar la implementación de la mita, Toledo dispuso la creación de reducciones o pueblos de nativos a cargo de un corregidor que se encargaba de designar a las personas que cumplirían con esta obligación. Esto provocó una enorme migración forzada, por el que los indígenas dejaban de estar dispersos por el área rural, para concentrarse en pueblos fundados con inspiración en la Urbanística medieval y las ciudades castellanas.

En una primera instancia, Toledo había establecido que unos 16 distritos, de Potosí al Cuzco, proveyeran a una séptima parte de los hombres adultos a un año de servicio en las minas, sin trabajar más de una ocasión cada seis años. Esto sumaba un total de 13 500 hombres, que a su vez se dividían en tres grupos de más de 4 000 cada uno, que rotaban y tenían tres semanas de trabajo y otras tres semanas libres, lo que mantenía un abasto constante de fuerza de trabajo.

Los «mitayos» debían recibir un pequeño salario por parte de los mineros, sin embargo ocurrían muchos casos en donde se les pagaba salarios incompletos:

Y no le paga su trauajo de la yda y buelta de los caminos y de acudir en las minas, de los tienpos questá y a los yndios de sus jornales. Con color de las minas y tareas le ocupa en guardar ganados y tragenear [trajinar] y los mete a los llanos y se muere los yndios. Y hazen cunbes [tejido fino] y a otros les manda texer ropa y a otros les pone por rrescatadores; a éstos no le paga su tarea y lo esconde su trauajo. [...] Y lo haze tomar maýs y carne o chicha o queso o pan por fuerza a su cuenta de ellos y le desqüenta de su trauajo y tarea. Y con esto al cabo salen muy pobres y con mucha deuda y no tiene qué pagar a su tributo.
Felipe Guamán Poma de Ayala, 1614

Además las comunidades tenían la obligación de mantener las familias de sus respectivos mitayos y darles alimento. De este modo, de un solo brochazo, entre la mitad y dos terceras partes de la fuerza de trabajo minera era provista a los propietarios de minas a un costo en extremo bajo, lo que estimuló la producción en grande.

La mita fue implementada para reducir los costos laborales de la minería de la plata en Potosí. Era un sistema de trabajo obligatorio, y continuó, ya dentro del período bajo soberanía española, ayudando a desarrollar internamente una economía de mercado con productos y servicios para España. Cada grupo de indígenas aportaba a la corona un número determinado de trabajadores durante varios meses del año. Estos trabajadores eran movilizados de sus lugares de origen hacia las zonas en las que se les requería para diversas actividades.

La mita establecía cuotas laborales que debía cumplir la población nativa tributaria según asignación que hiciese el corregidor, tanto para el servicio del encomendero como del poseedor de mercedes de tierra o hacendado. Se sorteaba periódicamente a la población indígena de un determinado lugar para trabajar durante un plazo o tiempo determinado al servicio de la clase española mediante el pago de un salario controlado por las autoridades. Los propietarios de encomienda deducían de los jornales la cantidad que las personas comprometidas debían pagar por concepto de tributo y el resto se les daba a ellas. La duración de la mita minera se fijó en diez meses dentro de cada año y no se podía exceder de un tercio permanente de la población tributaria para ser destinada a estas labores. A cambio de la fuerza de trabajo y de los consiguientes tributos que recibía el encomendero, este tenía la obligación de catequizar en la religión católica a las personas que le habían sido encomendadas. El servicio forzado ejercía una inmensa presión sobre la población sobre todo entre los trabajadores en las minas, como la de Potosí. Esto obligó a la Corona española a llevar esclavos negros al virreinato para trabajar de forma precaria de la misma manera.[cita requerida] La extracción dentro de las minas se realizaba a golpes de barreta; el metal era trasladado por los mitayos en cargas de dos arrobas (24 kg) sobre sus espaldas mediante escaleras de tres cuerdas paralelas, hechas de cuero de vaca con peldaños de madera, estas escaleras medían unos diez estados (20 m), unas de otras estaban separas por andamios que fungían como lugares de descanso. Dada la oscuridad perpetua en los socavones, los indígenas debían usar velas atadas a sus pulgares:

El delantero lleva una vela atada al dedo pulgar para que vean, porque, como está dicho, ninguna luz hay del cielo, y vanse asiendo con ambas manos; y así suben tan grande espacio, que como ya dije, pasa muchas veces de ciento cincuenta estados; cosa horrible, y que en pensarla aún pone grima.
José de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias, 1590

Fray Diego de Ocaña, quien ingresó al interior de las minas de Potosí, describe los túneles de la siguiente manera:

Es un retrato del infierno entrar dentro, porque ver tantas cuevas y tan hondas, y tantas luces por tan diversas partes, y oír tantos golpes de los que están barreteando, es cosa que pierde el hombre el tino y aun el sentido. Hay unos socavones grandes por donde se comunican y labran las vetas; y dentro, en los cruceros, hay unas plazas tan anchas y después unas partes tan estrechas, unas veces derechas y otras veces hacia abajo, que si acierta a morirse la vela al indio, se despeña. Yo entré por el socavón de Juan Ortiz a ver estas minas, para poder escribir esto que escribo, hasta que no pude pasar adelante por la estrecheza del lugar y por los hábitos que llevaba; donde miraba a una parte y a otra y veía tantas luces y oía tantos golpes, que me pareció que estaba en el infierno.
Fray Diego de Ocaña, 1605

Para algunas minerías, como la de San Antonio, era predominante el trabajo voluntario; sin embargo el contrato de estos obreros voluntarios resultaba muy costoso para las autoridades, además las malas condiciones y las remuneraciones incompletas provocó una alta cantidad de dimisiones en el siglo XVIII, por lo que se procedió al trabajo femenino e infantil:

La alternativa obvia al trabajo indígena forzado; la mano de obra voluntaria, también presentaba problemas. La incomodidad del trabajo minero -inevitablemente a los obreros voluntarios se les empleaba en las tareas más difíciles en los frontones- y la inhospitalidad general y aislamiento de la comarca de Huancavelica, se oponían a la presencia de una mano de obra voluntaria y contenta. El sueldo establecido por la corona, el más alto entre todos los mineros del Perú, de 4 reales por día, pocas veces se pagaba entero por la dirección de la mina, la cual tenía muy mala fama en cuanto a la explotación de los obreros mediante altos precios cobrados por la alimentación, la ropa y las herramientas. Según el director Ordozgoyty, estas grandes dificultades de la mano de obra fueron la causa principal de su dimisión, mientras que, en el año siguiente, Márquez [Fernando Márquez de la Plata] informó que se veía obligado a recurrir al trabajo femenino e infantil.
Mervyn Lang

Reacción de la población indígena

Los testimonios, sobre como la población de la República de indios afrontó a la mita, posee opiniones contradictorias, que evidencia la complejidad de está dinámica social en la época virreinal. Generalmente se muestra un clima de opresión y explotación por la dureza del trabajo:

Porque a las yndias en ausencia de los dichos maridos les asota a sus mugeres y a los dichos sus maridos le asota arregasado y la güergüensa fuera; le castiga como a niño en las nalgas y otros le apalea como animal cauallo, como a su negro esclabo. [...] De todos estos dichos agrauios se ausentan de sus pueblos por no yr a las dichas minas a padeser tormento y martirio y por no padeser en aquel ynfierno aquellas penas y tormento de los demonios. Y otros se huyen de las dichas minas, otros de los caminos por no llegar a las dichas minas y por no murir muerte supitania.
Felipe Guamán Poma de Ayala, 1614

El minero Luis Capoche, en su Relación general de la villa imperial de Potosí, describe la precaria situación que pasaban los indígenas en las minas y los ingenios:

Y ordinariamente los bajan muertos y otros quebradas las cabezas y piernas, y en los ingenios cada día se hieren. Y solo el trabajar de noche y en tierra tan fría y asistir al mortero, que es lo de más trabajo por el polvo que reciben en los ojos y boca, basta para hacerles mucho daño. Y así está el hospital [lleno] de indios heridos.
Luis Capoche, 1585

El cronista Buenaventura de Salinas y Córdova detalla de primera mano las condiciones en que eran reclutados los mitayos de las minas de mercurio de Huancavelica; asimismo, retrata la reacción de los familiares, hijos y esposas que quedaban abandonados:

Al tiempo de las mitas, es lástima ver traer a los indios de cincuenta en cincuenta y de ciento en ciento, ensartados como malhechores, en ramales y argolleras de hierro. Las mujeres, los hijuelos y parientes se despiden de los templos, dejan tapiadas sus casas y los van siguiendo dando alaridos al cielo, desgreñados los cabellos, cantando en su lengua endechas tristes y lamentaciones lúgubres, despidiéndose dellos sin esperanza de volverlos a cobrar, porque allí se quedan y mueren infelicemente en los socavones y laberintos de Guancavelica. Aquí se ven las ventas de las mulas, los empeños de los vestidos y, lo que es más de sentir, por este tiempo empeñan y alquilan a sus hijas y mujeres a los mineros, a los soldados y mestizos, a cincuenta y a sesenta pesos, por verse libre de la mina.
Buenaventura de Salinas y Córdova, Memorial de las historias del Nuevo Mundo Pirú, 1631
Sírvase Vuestra Majestad de considerar lo mucho que los indios padecen en las minas de Guancavelica, así por el rigor del trabajo que tienen en entrar quinientos y cincuenta varas debajo de la tierra como en quebrantar la dureza del metal, enfermar y morir del polvillo que sale al golpe de la barreta y les entra por la respiración de la boca y las narices, y salir cargados del mismo metal de aquella profundidad donde jamás se ve la luz del sol, abierto el pecho, cubiertos de sudor de sangre que echan por la boca. El aire de allá dentro, como nunca corre, es espeso, enemigo de la vida humana y a todos los almadea [marea]. El que sopla y baña cuando llegan a la boca del socavón, como es delgado, los traspasa y mata. El agua que beben cuando salen sedientos es frigidísima, y sobre todo, el rigor y la crueldad que hallan en los mineros y mayordomos que residen en las minas y de muchos mestizos, que es codicia violenta y conocida tiranía que les saca la sangre.
Buenaventura de Salinas y Córdova, Memorial de las historias del Nuevo Mundo Pirú, 1631

Este entorno de coerción y miedo a las minas provocó una huida masiva de grupos indígenas a distritos en donde no serían considerados como tributarios y, por ende, contribuyentes a la mita minera. Durante la visita general del virrey Melchor de Navarra y Rocafull se registraría que la mayoría de la población indígena en Charcas era censada como forastero o yanacona. Las autoridades virreinal eran conscientes del fenómeno, pero con frecuencia consideraban ser impotentes para acabar con los flujos de población. Esto se debió a que poblaciones indígenas terminaban insertándose en la mita a conveniencia aprovechando cierto poder de negociación como trabajadores del campo, y para luego escapar e irse a otros pueblos en función de las demandas del mercado (evitando ser presionados por algunas autoridades coloniales en el proceso y así tener exención de la mita).

La fuga que hacen los indios de sus reducciones retirándose á las montañas, apostatando de la religión, que es lo más lastimoso, ha hecho que no se aumenten los Reales tributos de V. M. en su mayor parte, y que falten aquellas asignaciones de mitas que están hechas á los minerales, sobre que son notorios los reclamos de los superintendentes de Potosí y de otros asientos, siguiéndose en uno y otro punto un manifiesto perjuicio al Real Erario (...), faltando al cuidado los mineros y gobernadores de hacer regresar los indios enteradores á sus provincias de su origen, por no pasar los trabajos en su tránsito se quedan en dicha villa, por lo que carecen los caciques de los pueblos de la tasa de los tributos, y con precisión de enviar á la mita en los tercios siguientes otros á quienes no tocaba turno; perjuicios que hacen atrasar y quebrar á los caciques y arruinan á otras familias.
Cabildo del Cusco, Representación de la ciudad del Cusco, 1768

La memoria del sufrimiento y temor que les inspiraba la mita llevó a que los indígenas de Huancavelica enviaran en representación a sus caciques y gobernadores a Lima a suplicar ante la Real Audiencia, alegando la imposibilidad de continuar con la mita debido a la drástica reducción demográfica por el trabajo que, en tiempos prehispánicos, solo se imponía a delincuentes condenados a muerte. Solicitaron que el azogue (mercurio) sea traída desde China, Alemania u otras regiones; costeadas con su propio peculio y trabajo, antes que extraerlos ellos mismos:

Es tan grande y horrible para los indios la memoria y el temor de los indios de Guancavelica, que los gobernadores y caciques dellos han venido a la ciudad de Lima y están clamando por la imposibilidad en que se hallan para poder continuar la mita en el nuevo asiento que trata de hacer Vuestra Excelencia con los mineros de aquella villa, por la gran disminución y consumo a que los tiene reducidos el riguroso e incomparable trabajo, que es tal que en el tiempo antiguo solo se aplicaba a delincuentes dignos de muerte. Aunque todos están inocentes desde que recibieron la ley de Dios y el Evangelio, dicen que se ven esclavos y así dan voces a las puertas y salas desta Real Audiencia, sin poderlos quietar. Tanto, que por escapar de las minas tienen por mejor contribuir y pagar a Su Majestad, de su propia hacienda, la costa que puede tener en mandar traer al Pirú, de la China o Alemania, o de otras partes, la cantidad de azogues que ellos pueden sacar en el estado miserable que hoy tienen sus repartimientos, descontando lo que se les había de pagar por su sudor y trabajo, y quieren esto más, y lo tendrán por favor, que no sacarlo ellos de las minas.
Buenaventura de Salinas y Córdova, Memorial de las historias del Nuevo Mundo Pirú, 1631

Los intentos legales para la exoneración de la mita persistieron por más de un siglo y medio. El 4 de octubre de 1776, los caciques de los ayllus de Illayoque y Chicuayque enviaron como apoderado a José Gabriel Túpac Amaru a la ciudad de Lima para actuar en representación contra la mita minera.

Don Ramón Moscoso, cacique de los ayllos de Illayoque y Yanaoca y Don Tomás de Soto, cacique del de Chicuayque, reducidos en el Pueblo de Yanaoca, provincia de Tinta, (...) dan su poder cumplido y bastante de que de derecho se requiere y se juzga necesario a Don José Túpac Amaro, Cacique del Pueblo y Doctrina de Pampamarca, especialmente, para que representando su propia persona, acción y derecho, siga, prosiga, fenezca, y acabe, la causa que tienen pendiente en el Real y Superior Gobierno de estos Reinos, sobre que se liberten los Naturales de sus ayllos de la pensión de la mita que se despacha al Real Asiento de la Villa Imperial de Potosí.
José de Palacios (escribano), 4 octubre de 1776

En esta representación, José Gabriel Túpac Amaru presenta un escrito a la Real Audiencia de Lima el 18 de diciembre de 1777, en donde describe la devastación demográfica y humana que producía el traslado a las minas a más de 200 leguas de distancia:

José Túpac Amaru, (...) en nombre de los caciques de los demás pueblos de dichas Provincias, (...) el suplicante por lo respectivo a sus Pueblos hizo a Vuestra Excelencia la más humilde representación a beneficio de aquellos Indios, que le son sujetos, por los imponderables trabajos que padecen con la mita de Potosí, en una distancia de más de 200 leguas; y, lo que es más, el gravísimo daño de la extirpación de los pueblos en el visible experimental de sus Indios, que, obligados a ir a una mina de tan considerable distancia, cada uno carga con sus mujeres y con sus hijos, y hacen una dolorosa despedida de su patria, y de sus parientes; porque la rigidez y la escabrosidad de los caminos los mata, los aniquila; el extraño temperamento y pesado trabajo de Potosí, o su indigencia no les da arbitrio para regresar a sus pueblos, cuando la calamidad no ha acabado antes con su vida.
José Gabriel Túpac Amaru, 18 de diciembre de 1777

La indiferencia de las autoridades españolas se hizo evidente, el visitador José Antonio de Areche redacta una respuesta el 23 de septiembre de 1777 negando su apertura a las solicitudes de Túpac Amaru como representante de los caciques de Yanaoca. Esta constante indiferencia provocó que los intentos legales por parte de los indígenas se agotase, la falta de atención finalmente provocó el estallido de múltiples insurrecciones en diversas partes de los territorios españoles en Sudamérica, una de ellas iniciada en Pocoata en el mes de agosto de 1780 debido al arresto injustificado de Tomás Katari y las quejas contra la mita:

... creyendo se les engañaba por el Corregidor, faltando á la palabra de que en aquel dia le presentaria libre en el pueblo de Pocoata, dando á las comunidades que concurrian á la lista de mita el gusto y satisfaccion de ponerles presente á Tomas Catari, y desagraviarle de sus quejas y padecimientos; y como no lo hizo, se resolvieron, así su hermano Damaso como Acho, á presentar los dos pedimentos (la liberación de Catari y las quejas contra la mita), uno en pos de otro; y el haber disparado la pistola que tenia encima de la mesa, y quitado la vida al último (a Tomás Acho), motivó la conmocion de todos los indios que á la sazon estaban presentes, y las desgracias de aquel dia acaecidas en indios y soldados.
Esteban de Loayza, Causa criminal contra los Catari, 7 de mayo de 1781

Finalmente, la mita minera junto a múltiples factores, entre ellos los abusos y apatía de los funcionarios virreinales, desembocó en la Gran Rebelión de los Andes liderada por Túpac Katari en Charcas y José Gabriel Túpac Amaru en el sur del Virreinato del Perú desde noviembre de 1780:

Me es preciso hacerle a V. una breve insinuación de mi Empresa, la que solamente se dirige a quitar los abusos, malas costumbres y latrocinios q. se han experimentado por los que han gobernado en este Reyno: en principal los Corregidores que reparten sus efectos en precios duplicados, y llevarse cada uno de ellos 50,000 pesos y mas de cada Provincia (...) y últimamente la Mita de Potosí tan perjudicial que nunca los Yndios volvían a sus Pueblos.
José Gabriel Túpac Amaru, 26 de enero de 1781

Efectos remanentes de la mita

La mita fue abolida en 1812 por las Cortes liberales de Cádiz durante la guerra de Independencia española; sin embargo, los efectos de la mita colonial parecen persistir hasta nuestros días. La investigación de Melissa Dell reveló que la población de las zonas que históricamente fueron sujetas a la mita colonial presentan un nivel general de instrucción más bajo que el promedio nacional de los países afectados (Perú y Bolivia); estas zonas están, hasta el presente, menos conectadas a las redes de caminos y carreteras. Además, Dell demostró que los habitantes de estas zonas presentan también una tendencia a practicar la agricultura de subsistencia. Esto se explica por el hecho de que las haciendas, cuya mano de obra residía localmente, habían sido prohibidas en los distritos sometidos a la mita, para minimizar la competencia con el Estado en la mano de obra. La aristocracia agraria de las haciendas aprovechaba sus influencias políticas para lograr que las carreteras conectaran a todas las haciendas que fuera posible y le reportaran beneficios. En efecto, la experiencia mostraba que las carreteras y caminos garantizaban una participación más elevada en el mercado y en las utilidades; ya que Dell descubrió que los hogares de los distritos afectados tenían un consumo doméstico 25 % menor que el de las zonas no afectadas.

Melissa Dell reveló que las comunidades afectadas presentaban 6 puntos porcentuales más en el retraso del crecimiento en los niños, la mita minera al ser una institución que contribuyó a perpetuar la pobreza y las carencias de infraestructura pudo favorecer condiciones adversas para el crecimiento de generaciones posteriores.

Miguel Ángel Carpio y María Eugenia Guerrero revelaron que las zonas afectadas, en la actualidad, presentan una drástica pérdida de diversidad de apellidos. Al comparar el Padrón Electoral del 2011 mediante un diseño de regresión discontinua, los investigadores hallaron que los distritos sometidos a la mita tienen un 47 % menos de apellidos y hasta un 93 % menos de apellidos regionales exclusivos en comparación con las zonas exentas. Este fenómeno sería explicado por la mortalidad masculina, la fuga a distritos no afectados y la alteración de apellidos para evadir el reclutamiento. Carpio y Guerrero plantean que el porcentaje de mortalidad masculina es muy similar al de los apellidos faltantes.

Aplicación gubernamental en el Perú

La única experiencia de aplicación de la mita de un Estado moderno, como política de Estado, en Latinoamérica, la dio Perú, durante los dos gobiernos de Acción Popular con el presidente Fernando Belaúnde Terry (1963-1968 y 1980-1985), cuando se creó una institución estatal a la que se denominó Cooperación Popular y en el mundo entero junto a Perú, la República de Corea (Corea del Sur). Era esta, una institución que personalizaba la antigua tradición de la mit'a (filosofía del trabajo comunal para lograr un bien común). Los resultados de la experiencia fueron espectaculares en esos casi diez años. Se logró realizar en el Perú, más infraestructura que en casi toda la época republicana (de 1821 hasta 1963). Esos resultados derivaron en cientos de kilómetros de carreteras, acueductos, obras comunales y municipales e infraestructura de otro tipo.

En 1964 el gobierno de la República de Corea, dados los resultados espectaculares logrados en el Perú, acreditó una misión de alto nivel ante el gobierno peruano, su misión era: estudiar la metodología y organización de la institución peruana y la factibilidad de aplicación a la República de Corea. Permanecieron algunos meses en el Perú, cumpliendo su cometido y a su regreso, aplicaron la versión moderna de la mit'a ancestral peruana, a sus sistemas de producción (incluyendo a la industria manufacturera). Los resultados obtenidos en Corea, son más espectaculares que los obtenidos en el Perú, debido a un enfoque de desarrollo distinto.

Fue la institución gubernamental, que creó Acción Popular en sus gobiernos de 1963 a 1968 y de 1980 a 1985. El principio fue bastante simple: dado los escasos recursos económicos del Estado, las obras públicas que haría esta institución, debían contar con el «cofinanciamiento» de los beneficiarios, básicamente este cofinanciamiento, estaba dado en mano de obra.

En toda obra estatal, se calcula que entre el 60 % y el 70 %, corresponde a la adquisición de bienes (materiales) y la diferencia a servicios (mano de obra); aplicando el principio de la ancestral mit'a, el gobierno corría con los gastos de adquisición de bienes (60 % a 70 %) y los beneficiarios la correspondiente a servicios (30 % a 40 %); esto le permitía al Estado peruano un ahorro en efectivo de entre 30 % y 40 %, por obra pública, que era invertido en más bienes para otra obra; por otro lado, los beneficiarios, no aportaban dinero, sino su fuerza de trabajo comunal.

Con este sistema, se construyeron centenares de kilómetros de carreteras comunales, represamientos, canales de riego, se incorporaron nuevas hectáreas a la frontera agrícola, pequeñas centrales hidroeléctricas, infraestructura comunal y municipal. Gracias a la ancestral mit'a, Perú logró superar a bajo costo su falta de infraestructura y Corea logró superar el atraso en que estaba sumida, convirtiéndose hoy en un gigante del Asia.

Véase también

Referencias

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Bibliografía

Enlaces externos