
El peinetón es un gran peine ornamental que se originó en Buenos Aires, y que se puso muy de moda entre sus habitantes femeninas, así como entre las de Montevideo, entre finales de la década de 1820 y mediados o finales de la de 1830. Aunque su origen se remonta a la tradicional peineta española, el peinetón derivó en un tocado distinto, tanto por sus características físicas como por los significados simbólicos que envolvían su uso. La peineta se introdujo en Buenos Aires alrededor de 1815 y, ya en 1824, comenzó a crecer el interés por modelos más grandes y elaborados, dando lugar finalmente al peinetón, que tuvo su apogeo entre 1830 y 1837. El accesorio surgió durante la época romántica de la moda occidental, y se usaba junto con vestidos de cintura pequeña y mangas grandes y voluminosas.
Los peinetones se definían por su tamaño extravagante, llegando a medir hasta 120 centímetros de alto y de ancho en el apogeo de su popularidad. Se fabricaban normalmente con carey, aunque también era común el asta, más barata, sobre todo cuando el primero escaseaba. El carey se importaba en piezas o planchas, que los artesanos cortaban, fundían al calor, calaban, cincelaban y pulían en los talleres de la ciudad, y que a veces también se estampaban e incrustaban. El diseño de cada peinetón era único y se adaptaba a los gustos de cada mujer. El accesorio, de una sola pieza, tenía el cuerpo ligeramente convexo, se presentaba en diferentes formas y contaba con una profusa ornamentación con diseños inspirados en la naturaleza y en el Neoclasicismo.
La tendencia fue exclusiva del Río de la Plata, y sirvió como una forma de diferenciarse de la cultura española y se convirtió en un rasgo definitorio de la mujer porteña tanto para locales como para extranjeros. Como tal, representa un momento de especial interés para los historiadores de la moda argentina y está asociado con un creciente sentido de identidad nacional en la Argentina poscolonial, que había declarado su independencia en 1816 y atravesaba una serie de sangrientas guerras civiles entre federales y unitarios. El desarrollo de la moda tuvo lugar principalmente durante el gobierno del federal Juan Manuel de Rosas, una época en la que la indumentaria se codificó cada vez más para demostrar la adhesión política al régimen. De hecho, el uso del peinetón terminó asociándose con las mujeres federales, con modelos que a menudo presentaban efigies de Rosas y consignas políticas del partido.
El peinetón tuvo un gran impacto en la sociedad porteña de la época, lo que derivó en una intensa producción literaria, gráfica, artística y periodística tanto a favor como en contra del accesorio. Debido al alto costo del carey y a su elaborada manufactura, el tocado se convirtió en un artículo de lujo que servía como símbolo de prestigio entre la élite, aunque las mujeres de las clases sociales más bajas también aspiraban a poseer uno. Varios autores modernos consideran que el peinetón sirvió para que la mujer irrumpiera y se reafirmara en el espacio público, en una época en la que estaba fuertemente relegada a la vida doméstica.
El peinetón es un tocado de una sola pieza con el cuerpo ligeramente convexo, calado en ambas caras y profusamente decorado. Está compuesto por dos partes bien diferenciadas: el peine, que cumple la función de sujetar el peinetón al cabello, y el campo, la zona visible que presenta la ornamentación. Según la historiadora de la moda Regina A. Root, los peinetones «podían tener de seis a catorce dientes y pesar 750 gramos». Se fabricaban normalmente con carey, aunque también se empleaba el asta de toro, más barata, sobre todo cuando el primero escaseaba. El marfil, el nácar y la plata se utilizaron en menor medida. En el Archivo General de la Nación existen numerosos inventarios de pulperías en los que también se mencionan peinetones hechos de «talco». No se conocen referencias sobre a qué material aluden, aunque pudo haber sido algún tipo de yeso.
El término «peinetón» proviene de «peineta» (un tocado tradicional español), que a su vez proviene de «peine». La palabra se originó en la Argentina y es difícil de encontrar en los diccionarios de lengua española, como el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, que solo incluye la voz «peineta». Se trata de un aumentativo, resultado de añadir el sufijo -ón a la palabra «peineta». Según Root, «peinetón» «podría traducirse al inglés como algo más elaborado que un "peine grandioso"».
Al accesorio se lo llamaba indistintamente «peineta» y «peinetón», mientras que el periódico local en lengua inglesa The British Packet, and Argentine News empleaba simplemente la palabra comb («peine») para ambos. Según las fuentes escritas e iconográficas de la época, la peineta había caído en desuso durante la popularidad del peinetón, por lo que se entiende que, cuando usan la palabra «peineta», en realidad se refieren al peinetón. Sin embargo, hoy ambos nombres están bien diferenciados en la catalogación museística argentina moderna, que define las categorías de peineta (de menos de 28 cm), peinetón pequeño (de entre 28 y 35 cm) y peinetón (de más de 35 cm).
Según su forma, el historiador Horacio Botalla clasificó a los peinetones en ovalados, acampanados, en forma de varilla y trapezoidales, siendo los dos primeros los que «permitían diseños más narrativos». A juzgar por las litografías de la época, la mayoría de las mujeres optaba por el estilo trapezoidal. En cuanto a la ornamentación, Botalla señaló que incluía motivos vegetales y animales típicos del Neoclasicismo. Por su parte, la investigadora Serafina Perri diferenció el estilo neoclásico francés del estilo «orgánico». El primero incluye «perlas, grecas, meandros, rombos, ovas, olas, palmetas, volutas, retículas, cintas, lazos, espirales, mostacillas, plumas, copas, canastas, instrumentos musicales, hojas de acanto, hachones, gorros frigios, iniciales, inscripciones y nombres»; mientras que el segundo representa «elementos tomados de la naturaleza, motivos fitomorfos, hojas y flores, rosas, margaritas, girasoles, amapolas, hasta un árbol de la vida (en la colección del Museo Saavedra [de Buenos Aires]) y zoomorfos, mariposas, pájaros y libélulas».

No existen fuentes suficientes para determinar cuándo surgió el peinetón ni si tuvo un inventor. Su origen se atribuye comúnmente al fabricante Manuel Mateo Masculino, incluso por parte de la socióloga de la moda Susana Saulquin en su libro Historia de la moda argentina (2006). No obstante, otros autores han rechazado la idea de que un único diseñador inventara el peinetón; la investigadora Susan Hallstead señaló que «fue un producto establecido y popularizado por las mujeres de la élite, para las mujeres». Por su parte, Root también declaró a Página/12 en 2013: «No podemos afirmar que Masculino haya sido el creador del peinetón tal como lo conocemos, pero está claro que fue su mayor difusor. Lo más probable es que el peinetón haya sido una creación del mercado y de la competencia». Masculino fue responsable de muchos de los diseños más populares del accesorio y se promocionaba rápidamente en la prensa cuando lanzaba nuevos modelos.
Masculino nació en 1797 en España y llegó a Buenos Aires en 1823, como consignó el periódico local Argos de Buenos Aires el 16 de abril de ese año: «Manuel Masculino, fabricante de peines de marfil y peinetas de carey de varios gustos, ha llegado a esta ciudad para radicarse. Masculino ofrece las máquinas de su invención para la fabricación en serie de peines». Puede inferirse que también vivió un tiempo en Montevideo, ya que sus hijos María y Encarnación Masculino nacieron allí en 1830 y 1831 respectivamente. Masculino abrió su primera tienda en 1825 —dos años después de su llegada a Buenos Aires— y pronto fue imitado por otros comerciantes como Custodio Peis, Martín Suárez y Salvador Videla.
El origen del accesorio se remonta a la tradicional peineta española, que fue introducida en el Río de la Plata alrededor de 1815. Ya en 1824 comenzó un especial interés por crear y confeccionar peinetas cada vez más grandes y extravagantes.
Algunos autores modernos señalan que el peinetón derivó en realidad de los peinados altos y recargados que aparecían en los figurines de moda franceses, entre ellos el estilo chignon y los peines de carey conocidos como peigne «à la girafe». Estos peines se pusieron de moda en París en 1827, luego de que la jirafa Zarafa —un regalo de Mehmet Alí al rey Carlos X de Francia— llegara a París y desatara una moda influida por el animal, que incluyó los peinados. Sin embargo, el accesorio fue más probablemente una síntesis de los estilos español y francés, y Hallstead lo describió como resultado de la transculturación y como un «producto argentino que concilia la independencia cultural completa y la imitación flagrante». Y añadió:
Si bien el peinetón no derivó de ninguna prenda indígena, fue en cambio un producto formado a partir de varias fuentes exteriores (particularmente española y francesa) y modificado en el contexto argentino. Quizá el peinetón pueda entenderse mejor como un ejemplo argentino de «apropiación selectiva» [...], por la cual ciertos marcadores o productos considerados «modernos» (por su origen europeo occidental) son apropiados por las periferias coloniales y poscoloniales en un intento de «parecer» transformadas, manteniendo —o, en el caso de la Argentina, creando— cierto sentido de individualidad frente a la imposición colonial.

La producción del peinetón se concentraba en el área comercial ubicada en los alrededores de la Plaza de la Victoria (conocida hoy como Plaza de Mayo), eje principal de la ciudad. Allí se encontraban los negocios dedicados exclusivamente a la venta de peinetones, así como aquellos que tenían otros rubros pero igualmente vendían el accesorio. Los peinetones podían comprarse directamente a los fabricantes en su fábrica o en sus locales comerciales, pero también en tiendas de ramos generales y, en su apogeo, se registra que llegaron a venderse incluso en una mueblería y en una loceria.
Aunque no puede asegurarse que el peinetón implicara un modo de producción industrial, algunos elementos podrían sugerirlo, entre ellos el gran volumen de producción, la división del trabajo y el uso y perfeccionamiento de maquinaria que permitiría una mayor producción en menos tiempo. Una gran cantidad de peines se exportó al exterior, como indican los registros de buques de carga publicados en The British Packet, and Argentine News, un semanario en lengua inglesa editado por la comunidad británica de Buenos Aires. De hecho, Perri sugiere que el peinetón podría considerarse la primera manufactura argentina exportada, lo que contradice la idea extendida de que esto no ocurrió hasta la llegada del llamado «modelo agroexportador» décadas más tarde:
Si consideramos que en esa época todas las exportaciones consistían exclusivamente en materias primas, sebo, tasajo, plumas de avestruz, cueros secos de vaca, chinchilla, nutria, madera, astas, azúcar, sal, etc., esta exportación es un hecho extraordinario porque se trató del primer producto manufacturado argentino enviado al exterior mucho antes de que el llamado modelo agroexportador de fines del siglo XIX promoviera la exportación de carne congelada y trigo como única producción exportable. Este modelo no tuvo en cuenta, no reconoció o no le interesó considerar que un producto manufacturado, el peinetón, pudo haber sido embarcado al exterior mucho antes que la carne refrigerada en 1868. El resultado de este divorcio podría ser la mejor explicación de la ausencia del peinetón de la lista de producciones técnicas, de las actividades más significativas de la ciudad, de las producciones artesanales, de las pequeñas industrias o de las creaciones artísticas.
La manufactura de un peinetón era un proceso laborioso que involucraba a artesanos calificados. Según el historiador Alejo González Garaño, los trabajadores que fabricaban el peinetón eran negros esclavos o libertos de clase baja —incluidas mujeres y niños— que eran instruidos en el oficio y que muchas veces «resultaban eminentes artífices como cinceladores, grabadores, esmaltadores de colores, engarzadores, dibujantes, etc.». Asimismo, Perri afirma que la fabricación del peinetón estaba «dividida por castas: los españoles libres y los mulatos pasaban a ser patrones o capataces de taller; los negros esclavos o libertos, incluidos mujeres y niños, llevaban a cabo la manufactura». La autora cita un aviso firmado por Juan Bracco, fabricante de peines establecido en la calle Cuyo 214, que solicitaba «(…) se presenten 1 o 2 jóvenes de color para enseñarles el oficio».
La fabricación incluía diversas fases: hervido, fundido, soldado, armado del peine, moldeado a mano y pulido. El material llegaba en piezas o planchas ya fundidas, que luego se cortaban y se fusionaban en los talleres. Para ello, los artesanos hervían las piezas en agua salada para ablandarlas y luego las unían soldando las planchas resultantes mediante presión.
Como el carey era una materia prima importada y costosa, se acepta en general que el peinetón fue un artículo de lujo cuyo uso estaba reservado a las mujeres de la élite. Sin embargo, algunas historiadoras de la moda como Saulquin y Root sostienen que el peinetón fue usado por mujeres de todas las clases sociales. Esta última señala que una de las primeras litografías publicadas por César Hipólito Bacle muestra a una mujer afroargentina luciendo el tocado mientras se dirige a una pulpería. No obstante, Root también advirtió que el peinetón seguía siendo inaccesible para muchas y citó una sección de la gaceta popular La Gaucha, que documentaba los sentimientos de una vendedora ambulante empobrecida que aspiraba a poder comprar un peinetón para lucirlo en las celebraciones patrias del 25 de mayo.
El uso del peinetón fue un agregado local a la moda desmedida de la época romántica, un período destacado por sus peinados sumamente elaborados. La moda femenina porteña del período se basaba en los estilos franceses, y las mujeres llevaban su peinetón junto con vestidos de cintura pequeña y mangas grandes y voluminosas. El crecimiento del peinetón acompañó de manera proporcionada el de las mangas y las faldas (extendidas con múltiples capas de enaguas superpuestas), que «transformaban a las damas en verdaderos relojes de arena ambulantes». Según las fuentes iconográficas, la mayoría de los vestidos eran rosados, rojos, marrones, amarillo pálido o blancos, tonos que también estaban de moda en Europa en la década de 1830. Al salir, las mujeres solían llevar su peinetón junto con un rebozo, que se colocaba sobre el accesorio o descansaba sobre los hombros. Prueba de ello son los avisos de peinetones perdidos, en los que las mujeres detallaban los colores y diseños del rebozo que acompañaba al accesorio en el momento de su pérdida.
Con el tiempo, el tamaño del peinetón se volvió tan grande que el paso de las mujeres por las angostas veredas de la ciudad se complicaba, por lo que se dictó una ordenanza policial que regulaba el derecho de paso para quienes caminaban por la derecha.
La gran popularidad del peinetón derivó en una intensa producción literaria, gráfica, artística y periodística tanto a favor como en contra del accesorio. Existen numerosas fuentes iconográficas que representan la moda, como los retratos de damas de la élite de Buenos Aires y Montevideo realizados por artistas como Charles Henri Pellegrini, Jacobo Fiorini, Jean-Philippe Goulu, Carlos Morel, Fernando García del Molino, Amadeo Gras, Gaetano Gallino y Adolphe d'Hastrel de Rivedoux. Entre ellos destaca la extensa producción pictórica de Pellegrini, a quien se ha descrito como el «historiador gráfico de los peinetones». La trayectoria de la moda del peinetón puede seguirse a través de sus retratos.
Una de las representaciones visuales fundamentales de la moda de los peinetones fue una serie de litografías producidas por César Hipólito Bacle para su colección de estampas Trages y costumbres de la provincia de Buenos Ayres [sic]. Se publicó en forma de álbum y constaba de treinta y seis litografías clasificadas en seis cuadernos, cada uno dedicado a una particularidad de la vida urbana de Buenos Aires, enmarcadas dentro del género del costumbrismo. El peinetón fue representado por primera vez en la exitosa segunda edición de 1833 de Trages y costumbres de la provincia de Buenos Ayres, cuyo segundo cuaderno está dedicado a representar la indumentaria femenina de las porteñas.
Una litografía de 1833 publicada por Bacle muestra a dos damas de Buenos Aires con sus trajes de mañana, que aparecen sin peinetones. Esto indica que el uso del peinetón estaba reservado a la vida social y pública.
El 29 de octubre de 1831, The British Packet dedicó al peinetón un artículo titulado «The Comb», en el que el editor declaraba:
¿Cómo describiremos el inmenso peine que hoy constituye una parte tan prominente del tocado de las elegantes damas de Buenos Ayres, su calado con ornamentos y el modo grácil en que se dispone en el cabello? En verdad podríamos exclamar con el «noble Poeta»: «No puedo describirlo, aunque tanto impresione, / ni compararlo: jamás vi cosa igual».
Desde Buenos Aires, el uso del peinetón se extendió notablemente a Montevideo, donde también llegó a definir la moda local del período, así como a Asunción, Paraguay. Algunos autores sostienen que el uso del peinetón también llegó a Santiago de Chile.
[...] ¡ved avanzar este nuevo grupo y, en medio, a esta soberbia persona que lleva con orgullo, pero con majestad, una cabeza adornada de rosas y un magnífico peinetón! ¿No se diría Calipso en medio de sus ninfas?Uno de los relatos del naturalista francés Arsène Isabelle sobre su estadía de 1834 en Buenos Aires, de su libro de 1835 Voyage à Buénos-Ayres et à Porto-Alègre.
Dos de los testimonios más valiosos sobre la moda del peinetón provienen de las crónicas de viaje de los naturalistas franceses Alcide d'Orbigny y Arsène Isabelle. El relato de D'Orbigny sobre los peinetones de Buenos Aires se ha convertido en una «referencia obligada para casi todos los estudios posteriores sobre el [accesorio]». Tras elogiar el gusto de las porteñas en materia de moda y su seductor uso del abanico, expresa su asombro ante el tamaño de sus peinetones:
Un adorno particular distinguirá siempre a una porteña de cualquier otra mujer del mundo; un adorno que ella aprecia tanto como su propia vida. Ese adorno es un inmenso peine que dibuja sobre su cabeza un amplio abanico convexo, más o menos rico, más o menos ornamentado según el rango y la fortuna de quien lo lleva, pero que la acompaña a todas partes: solo varían los accesorios.
El testimonio de D'Orbigny muestra cómo la popularidad del peinetón continuó creciendo a fines de la década de 1820.

Un pasaje de El viaje del Beagle, de Charles Darwin, escrito con motivo de una estadía en una estancia del interior, en las afueras de Buenos Aires, sugiere que los hombres del campo se enorgullecían de la elegancia de las porteñas y de sus peinetones:
[...] tenía una sola pregunta que hacerme [...] temblé al pensar cuán profundamente científica sería: era «si las damas de Buenos Ayres no eran las más hermosas del mundo». Respondí, como un renegado: «Encantadoramente así». Añadió: «Tengo otra pregunta: ¿las damas de alguna otra parte del mundo usan peines tan grandes?». Les aseguré solemnemente que no. Quedaron absolutamente encantados. El capitán exclamó: «¡Miren! Un hombre que ha visto medio mundo dice que es así; siempre lo pensamos, pero ahora lo sabemos». Mi excelente criterio en materia de peines y de belleza me valió la más hospitalaria acogida [...].
Isabelle escribió en 1834:
¡Nada es tan imponente como la actitud de una porteña en público! ¡Nada se presta más a ese aire [...] que la manera en que adornan su cabeza, el modo en que la llevan, acompañando cada uno de sus movimientos con un gesto de brazos tan suave, tan natural, con un giro de mano tan liviano, tan a menudo repetido, pero tan imperceptible que apenas se comprende el rápido juego del abanico, que se abre y se cierra sin cesar! Llevan todo un edificio de cabello sobre la cabeza, y así debe ser para acompañar peines calados o llenos (peinetones) cuyo tamaño alcanzaba, en 1834, ¡hasta un metro y un decímetro de ancho! (cinco cuartas).
En Montevideo, el poeta Francisco Acuña de Figueroa —bajo el seudónimo Cid Frageiro Fonseca— criticó la tendencia en una columna del periódico El Investigador del 23 de enero de 1833, titulada «¡¡Abajo las peinetas!!».

Varios autores interpretan la moda de los peinetones extravagantes como una forma en que las mujeres irrumpieron y se reafirmaron en el espacio público, en una época en la que estaban fuertemente relegadas a la vida doméstica. Según Root:
Tanto autores como artistas utilizaron la ambigüedad del peinetón, que equiparaba el peine de una mujer con la participación pública, para reflexionar sobre la quiebra de los rígidos roles de género y la transformación de los espacios públicos. Al romper las expectativas, el emblemático peinetón puso en cuestión la exclusividad de la participación masculina en la esfera pública al permitir que las mujeres improvisaran su ciudadanía de manera individual y colectiva. Asumiendo la moda como presencia, las mujeres llevaron su visión de independencia a las calles de Buenos Aires. Sin embargo, pronto se les recordó que sus coronas de moda les otorgaban el reinado sobre las obligaciones domésticas y no sobre las calles de Buenos Aires.
Hallstead escribió:
[...] el peinetón representaba una suerte de anomalía: era abiertamente público pero limitante; permitía un consumo femenino que en última instancia solo servía para ostentar la potencia masculina; exigía espacio adicional para las mujeres en la arena pública y al mismo tiempo inhibía una participación funcional a causa de su tamaño; y llamaba la atención sobre el cuerpo femenino en la esfera pública a la vez que servía para encender el debate sobre el «verdadero» propósito de la mujer (la domesticidad, la maternidad, la modestia, etc.) en oposición a las mujeres «públicas».
Inés Corujo-Martín, en The Fashion Studies Journal, señaló:
... dentro del proceso de construcción nacional, las mujeres de la Argentina poscolonial llevaron el peinetón a la moda para afirmar su presencia en las esferas pública y política, ganando una visibilidad social sin precedentes. El alto precio del peinetón se fue vinculando progresivamente con la prostitución femenina, lo que ayuda a explicar la rápida desaparición del peinetón de las calles de Buenos Aires y su desaparición final en 1837. El auge y la decadencia de este accesorio están íntimamente ligados a la reconfiguración de los roles de género a través de la moda en el contexto poscolonial, un momento histórico único en el que ciertos objetos de adorno se cargaron de un influyente mensaje ideológico. El peinetón marca así una fascinante relación entre moda, política y género, un tema que requiere mayor exploración.
El peinetón es una de las primeras manifestaciones de una moda auténticamente argentina.

Como una de las primeras manifestaciones de la moda local, muchos peinetones forman hoy parte de colecciones museísticas argentinas, como las del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de la Historia del Traje, el Museo Fernández Blanco, el Museo Cornelio de Saavedra y el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires, y el Complejo Museográfico Enrique Udaondo de Luján, provincia de Buenos Aires.
En Uruguay, el Museo Histórico del Cabildo de Montevideo conserva en su colección una serie de réplicas de peinetones originales realizadas por Manuel Hugo Paz Morquio en 1953.