| Los trabajos de Persiles y Sigismunda | ||
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| de Miguel de Cervantes Saavedra | ||
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Portada de la edición príncipe de 1617. | ||
| Género | Novela bizantina, novela de aventuras | |
| Idioma | Español medio | |
| Texto original | Los trabajos de Persiles y Sigismunda en Wikisource | |
| Editorial | Juan de la Cuesta a costa de Joan de Villarroel | |
| País | España | |
| Fecha de publicación | 1617 | |
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional es la última novela de Miguel de Cervantes y su obra póstuma, publicada en Madrid en 1617. Perteneciente al género de la novela bizantina, narra el viaje de dos príncipes nórdicos, Persiles y Sigismunda, que, bajo los nombres de Periandro y Auristela y fingiendo ser hermanos, recorren Europa hasta llegar a Roma. En el camino afrontan naufragios, raptos, persecuciones y otros peligros que ponen a prueba su amor y su determinación. La novela retoma la tradición de la novela griega de aventuras y la desarrolla en una obra de gran ambición literaria.
La fecha de composición de la novela no está establecida con certeza. La crítica ha propuesto distintas fechas a partir de las fuentes utilizadas por Cervantes y de las referencias contenidas en la propia obra, y también se ha planteado que su redacción se prolongara durante varios años. En su edición de Cátedra, Carlos Romero Muñoz propuso una composición en dos tiempos: una primera etapa iniciada hacia 1596 y una segunda, mucho más tardía, desarrollada entre 1615 y 1616.
En la dedicatoria del prólogo de la novela, Cervantes le escribió a su benefactor don Pedro Fernández de Castro y Andrade, VII conde de Lemos, el 19 de abril de 1616, cuatro días antes de morir, donde se despide de la vida continuando «aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: Puesto ya el pie en el estribo...» de la siguiente forma:
- Puesto ya el pie en el estribo,
- con las ansias de la muerte,
- gran señor, esta te escribo.
Cervantes anunció la publicación de los Trabajos de Persiles y Sigismunda en varias obras de sus últimos años. En el prólogo de las Novelas ejemplares (1613) escribió:
Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza; y primero verás, y con brevedad dilatadas, las hazañas de don Quijote y donaires de Sancho Panza, y luego las Semanas del jardín.
En el Viaje del Parnaso (1614) afirmó:
Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique / para dar a la estampa al gran Pirsiles, / con que mi nombre y obras multiplique.
En la dedicatoria de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615), dirigida al conde de Lemos, anunció:
Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la segunda parte de La Galatea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros.
Finalmente, en la dedicatoria de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615), fechada el 31 de octubre, escribió:
Ofreciendo a vuestra excelencia los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien dará fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo, o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible.
Cervantes terminó la novela en abril de 1616, pocos días antes de su muerte. La dedicatoria al conde de Lemos está fechada el 19 de abril y presenta la obra como concluida.
Para escribir el Persiles, Cervantes tomó como referencia la tradición de la novela griega de aventuras, y en particular a Heliodoro, autor de las Etiópicas, cuya obra se había convertido en uno de los principales modelos de narrativa en prosa durante el Renacimiento. Esta consideración de Heliodoro también se refleja en la Philosophía antigua poética (1596), de Alonso López Pinciano, donde las Etiópicas son tomadas como referencia para la composición de una épica en prosa. De ahí la afirmación de Cervantes de que pretendía «competir con Heliodoro». La «competición» no consiste simplemente en imitar los argumentos de las Etiópicas, sino en medirse con los procedimientos mediante los cuales Heliodoro produce admiración, curiosidad y entretenimiento:
La competición con Heliodoro no supone, sin embargo, una simple imitación. Cervantes conserva elementos característicos de la novela griega de aventuras, como la separación de los amantes, los viajes, los naufragios, los peligros y el reconocimiento de la identidad, pero modifica los procedimientos narrativos mediante los que estos elementos se desarrollan. A ello añade una dimensión humorística e irónica que distancia el relato de la solemnidad del modelo antiguo: las situaciones extraordinarias y los modelos literarios pueden ser deformados, combinados o tratados con familiaridad. El resultado es una transformación del modelo helenístico, en la que Cervantes incorpora elementos religiosos, didácticos y narrativos ajenos a las Etiópicas. Mercedes Blanco considera esta operación una «modernización» de Heliodoro, mediante la que Cervantes explora los límites de la novela helenística.
Tras la muerte de Cervantes el 22 de abril de 1616, su viuda, Catalina de Salazar, solicitó el privilegio para imprimir el Persiles. La cédula, expedida en San Lorenzo el 24 de septiembre de 1616, señala que Cervantes había dejado compuesto el libro y concede a Catalina, o a quien actuase en su nombre, un privilegio de impresión y venta durante diez años.
Catalina vendió posteriormente el privilegio al «mercader de libros en la Platería» madrileño Juan de Villarroel, aunque se desconoce la cantidad que recibió por él. Villarroel encargó la impresión a Juan de la Cuesta. El texto estaba ya impreso el 15 de diciembre de 1616, fecha de la fe de erratas, y el 23 de diciembre el Consejo de Castilla fijó la tasa de venta del libro en cuatro maravedís por pliego. Al constar de cincuenta y ocho pliegos, el precio total quedó establecido en 232 maravedís, equivalentes a seis reales y 28 maravedís.
La novela se publicó póstumamente en Madrid en 1617. La edición príncipe fue impresa por Juan de la Cuesta a costa de Villarroel. El 2 de abril de 1617, de la Cuesta entregó dos ejemplares a la Hermandad de Impresores de Madrid. La obra tuvo un éxito rotundo desde su publicación. A lo largo de ese mismo año aparecieron cinco nuevas ediciones en Barcelona, Lisboa, Valencia, Pamplona y París, a las que se sumó otra en Bruselas en 1618. Francisco Rico señala que la edición madrileña de 1617 «suscitó una gran expectativa en el mundo editorial europeo».

Periandro y Auristela constituyen el centro de la peregrinación que articula la novela. Su viaje hacia Roma es real, pero la identidad bajo la que lo realizan forma parte del fingimiento que sostiene su recorrido: se presentan como hermanos cuando en realidad son amantes y, bajo los nombres de Periandro y Auristela, ocultan su condición de príncipes nórdicos, Persiles y Sigismunda. Su viaje hacia Roma proporciona un marco común a una narración formada por numerosos episodios, encuentros e historias de otros personajes. Según Vilanova, la diversidad de trabajos y aventuras constituye el marco en el que se desarrolla la peregrinación de los protagonistas. Romero Muñoz señala, por su parte, que la presentación de una psicología compleja y matizada no parece haber sido un objetivo esencial de Cervantes en el caso de los protagonistas: su función está ligada principalmente a la acción, pues Periandro y Auristela hacen y contemplan lo que sucede a su alrededor, y las acciones de los demás les sirven de enseñanza. De este modo, las peripecias se integran en el recorrido de los dos protagonistas, que afrontan los obstáculos del viaje mientras mantienen el propósito de llegar a Roma. La peregrinación constituye así el principio que da unidad a la variedad de acontecimientos de la novela.
El tiempo de la narración presenta varias referencias a períodos de dos años que permiten seguir la evolución de la historia principal. Manuel de Sosa Coitiño está alejado de su futura esposa por dos años (Libro primero). Arnaldo afirma que Auristela ha permanecido dos años bajo el poder de su padre, el rey de Dinamarca (Libro primero); posteriormente, Auristela recuerda que hace dos años entregó su voluntad a Periandro (Libro cuarto) y que desde entonces lo ha llamado «hermano». El regreso de Magsimino a Tile se sitúa asimismo después de una ausencia de «dos años, poco más». Estas referencias pueden entenderse como distintas formas de señalar un mismo período de la historia de los protagonistas, aunque algunas formulaciones presentan pequeñas diferencias, como el «más de dos años» que Clodio atribuye a la permanencia de Auristela (Libro segundo). El tiempo de la peregrinación se reconstruye así progresivamente a través de las palabras de los personajes y de las numerosas historias intercaladas.
Esta construcción temporal se relaciona con el carácter profético de la novela. Las predicciones de Mauricio (I-18) y, más adelante, las de Soldino (III-18) y otros personajes (III-16) ponen en relación pasado, presente y futuro. Soldino anuncia acontecimientos históricos posteriores a la peregrinación, entre ellos la muerte de Alí Pachá en la batalla de Lepanto y la de Sebastián de Portugal en Alcazarquivir. De este modo, el tiempo de la acción novelesca convive con referencias que pertenecen a momentos históricos, sin que estas tengan que formar parte de la cronología inmediata de los protagonistas.
Estas particularidades han planteado dificultades para establecer una cronología histórica del relato. Rafael Osuna señaló las discordancias entre el tiempo de la acción y algunas referencias históricas introducidas por Cervantes. El relato comienza in medias res, cuando una parte de la historia ya ha sucedido y debe ser reconstruida retrospectivamente; el comienzo de la narración no coincide, por tanto, con el comienzo del viaje. La acción principal se sitúa aproximadamente entre el verano de 1558 y el verano de 1559, mientras que los acontecimientos retrospectivos se remontarían al verano de 1557. La noticia que Mauricio tiene del retiro de Carlos V en Yuste (II-19) constituye este último año como terminus post quem de la cronología interna; la muerte del emperador, en septiembre de 1558, constituye a su vez una de las principales referencias históricas del relato.
La novela está dividida en cuatro libros, agrupados en dos partes. La primera comprende los libros primero y segundo, en los que se desarrolla principalmente la peregrinación por los territorios septentrionales a partir de las representaciones geográficas de autores como Olao Magno y Nicolo Zeno, y se mantiene un grupo relativamente compacto de personajes. En el libro tercero, desde el desembarco en Lisboa, ya en el mundo católico del sur de Europa, la narración adopta en buena parte una estructura episódica: el presente de los protagonistas y de sus compañeros de viaje sirve de marco para las historias de otros personajes, que estos presencian sin integrarse necesariamente en ellas. A partir de III-16, el libro tercero recupera en parte el funcionamiento del primero hasta la llegada de los protagonistas a Lucca, mientras que el cuarto, notablemente más breve que los tres anteriores, con catorce capítulos, vuelve a aproximarse a la estructura del segundo y conduce al grupo hasta Roma, donde se concentran la resolución del viaje y las principales anagnórisis. Esta organización permite combinar la sencillez de la trama central, basada en la peregrinación de Periandro y Auristela, con la variedad de historias y aventuras que se incorporan a su recorrido.
En el prólogo, el escritor relata un encuentro que habría tenido durante el camino entre Esquivias y Madrid con un estudiante que lo reconoce y lo elogia como «el manco sano», «el famoso todo» y «el regocijo de las musas». Cervantes responde con ironía diciendo que él no es ninguna de esas cosas y ambos continúan el camino hablando de su enfermedad. El estudiante la identifica como hidropesía y le recomienda moderar el consumo de agua y alimentarse, pero Cervantes declara que su vida está llegando a su fin y que, según el curso de sus pulsos, morirá a más tardar el domingo.
Al llegar al puente de Toledo, ambos se separan. Cervantes anuncia que la fama y sus amigos se encargarán de contar lo que suceda con él y se despide del lector con una reflexión sobre la muerte, aunque todavía conserva el propósito de escribir otros «donaires». El tono jocoso del encuentro contrasta así con la conciencia de la muerte que recorre el final del prólogo. Este termina con su despedida:
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

El joven Periandro es sacado de una mazmorra por unos bárbaros y llevado a la isla Bárbara, donde pretenden sacrificarlo. Durante los preparativos del sacrificio se produce su reencuentro con Auristela, de quien se había separado y por cuya causa había sido encarcelado. El encuentro provoca un altercado entre los bárbaros, durante el cual algunos de ellos incendian la isla. Periandro y Auristela consiguen escapar con ayuda de Antonio, un joven que vive en la isla junto con sus padres (Antonio y Ricla) y su hermana Constanza.

Antonio conduce a los dos jóvenes hasta la cueva donde vive su familia. Allí, Periandro y Auristela cuentan parte de su historia, mientras Antonio (padre) y los suyos relatan la suya. Tras conocer sus respectivos infortunios, deciden abandonar la isla. A ellos se unen Constanza, Transila y Rutilio (un maestro de danza italiano que había llegado a la isla en circunstancias extraordinarias). El grupo emprende así una peregrinación por mar, durante la cual visita distintas islas y escucha las historias de varios de sus habitantes.
Después de diversos viajes llegan a Golandia, donde se alojan en un mesón. Allí se incorporan a la historia nuevos personajes, entre ellos Mauricio (el cual se reúne con su hija Transila), Ladislao (marido de Transila), Clodio y Rosamunda, cuyas relaciones y relatos amplían la historia de los peregrinos. Periandro y Auristela continúan su viaje acompañados por los dos Antonios y otros personajes, mientras el príncipe Arnaldo, heredero del reino de Dinamarca y enamorado de Auristela, se incorpora a la peregrinación.
Durante la navegación se producen nuevos incidentes que obligan a los viajeros a cambiar de embarcación. Un infortunio separa a los protagonistas y los distintos grupos pierden el contacto entre sí. Periandro queda en una de las islas junto con Arnaldo y otros compañeros, mientras Auristela continúa en otra embarcación. La separación vuelve a poner en peligro el propósito de los peregrinos de permanecer juntos y alcanzar finalmente su destino.
Auristela y sus compañeros conocen posteriormente, a través del relato de otros viajeros, el rumbo que ha seguido la embarcación en la que viajan Periandro y Arnaldo. De este modo consiguen averiguar dónde se encuentran sus compañeros y proseguir la búsqueda, que constituye el hilo conductor de la peregrinación.

La embarcación en la que viajan Auristela y sus compañeros naufraga durante un temporal y queda destrozada cerca de la isla gobernada por Policarpo. Periandro y Arnaldo consiguen rescatar de la nave a Auristela, Mauricio y Transila. Una vez en la isla, Auristela conoce a Policarpa y a Sinforosa, hija del rey, y descubre que esta última está enamorada de Periandro. Celosa, solicita alojarse en el castillo con el pretexto de su enfermedad.

Sinforosa confiesa a Auristela sus sentimientos por Periandro y le pide que permita su matrimonio con él. Auristela responde con prudencia y oculta sus verdaderos sentimientos. Más adelante, ella y Periandro conversan sobre las dificultades que han encontrado durante la peregrinación y reafirman su amor. Mientras tanto, Clodio, uno de los personajes del primer libro, sospecha que Periandro y Auristela no son realmente hermanos, como ambos aseguran, y cuestiona repetidamente la naturaleza de su relación. Sus insinuaciones provocan el rechazo de Auristela y de Arnaldo.
La situación se complica cuando Antonio (hijo) se enfrenta con la consejera de Policarpo, Cenotia, y Clodio muere durante el altercado. Ante los acontecimientos, Periandro reúne a los principales personajes de la peregrinación y a Policarpo y sus hijas, y decide contar la historia de los sucesos que los han llevado a emprender su viaje. Comienza así a relatar los acontecimientos anteriores a su llegada a la isla Bárbara, que hasta entonces había mantenido en secreto.
Cenotia sospecha que el relato de Periandro es una maniobra para ganar tiempo y, a espaldas de los peregrinos, convence a Policarpo de actuar contra ellos. La isla es incendiada y los protagonistas, advertidos por Policarpa, hija del rey, deben huir nuevamente por mar. Tras abandonar la isla llegan a la isla de las Ermitas, un lugar donde viven Renato y Eusebia, cuya historia escuchan los personajes. Allí Periandro continúa y termina el relato de su pasado y se completan las historias de los personajes que los han acompañado.
Entonces, Renato se reencuentra con su hermano, un noble francés, diciéndole que queda en condiciones de regresar a Francia. Una vez resueltos estos acontecimientos, los caminos de los distintos personajes comienzan a separarse. Periandro y Auristela prosiguen su peregrinación hacia el sur, mientras otros compañeros toman destinos diferentes, cerrándose así una etapa del viaje que había comenzado en el norte.

Periandro y Auristela continúan su peregrinación acompañados por Antonio (padre), su esposa Ricla y sus hijos Antonio y Constanza. Tras diecisiete días de navegación llegan a Lisboa, todavía vestidos con sus ropas septentrionales, que llaman la atención de los habitantes. Periandro encarga entonces a un pintor un gran lienzo en el que se representan los principales episodios de sus aventuras, mientras la belleza de Auristela suscita nuevas tentativas de retratarla. Después de diez días abandonan la ciudad y atraviesan la península con hábito de peregrinos. En Badajoz, un poeta contempla el lienzo y propone convertir su historia en una comedia, pero Auristela rechaza la idea. Más adelante conocen a Feliciana de la Voz, cuya historia los lleva a Guadalupe, donde permanecen cuatro días, y después a Trujillo. Tras pasar por Talavera de la Reina, se separan de una peregrina en La Sagra y continúan hasta Quintanar de la Orden pasando por Aranjuez. Allí Antonio se reúne con sus padres, los Villaseñor, y decide permanecer con su esposa Ricla, mientras Constanza contrae matrimonio con un conde que llega moribundo al lugar y queda viuda al día siguiente pero convertida en condesa.

Periandro, Auristela, Constanza y Antonio (hijo) abandonan Quintanar y prosiguen su viaje hacia el este. Tras pasar por Valencia y Barcelona, donde se desarrolla una nueva aventura, continúan hacia el norte y atraviesan Perpiñán para entrar en Francia. En el camino conocen a varias mujeres francesas y, ya en Provenza, Periandro interviene en el episodio de una torre en el que se enfrenta a un conde Domicio para ayudar a dos mujeres. La caída que sufre durante el enfrentamiento le obliga a permanecer un mes convaleciente. Tras reanudar el viaje, los peregrinos atraviesan el Delfinado y el Piamonte y llegan a Milán, donde permanecen cuatro días. Durante esta parte del recorrido se suceden además episodios como el de Ruperta y Croriano, relacionado con un incendio en una posada, y el encuentro con Soldino, un anciano que realiza una profecía sobre un nuevo incendio.
El viaje continúa hacia Lucca, donde los peregrinos permanecen otros cuatro días. Allí se desarrolla la historia de Isabela Castrucho, cuya supuesta enfermedad provoca la preocupación de su tío y da lugar a un nuevo episodio antes de que termine el libro. El tercer libro concluye así en Italia, después de un recorrido que ha llevado a los protagonistas desde la península ibérica hasta el sur de Europa y que ha incorporado numerosas historias particulares al viaje principal.

Los peregrinos llegan a las proximidades de Roma y son acogidos por una familia de judíos. A medida que avanzan hacia la ciudad, Auristela continúa despertando admiración por su belleza. Una vez en Roma, se reencuentran con Arnaldo, quien mantiene un conflicto con otro noble por un retrato de Auristela realizado por un pintor de Lisboa. El retrato termina siendo retirado de la disputa y queda en poder de Periandro, que considera que pertenece a Auristela.
En Roma conocen también a Hipólita, una mujer rica que se enamora de Periandro. Lo hace llamar a su casa con el propósito de conocerlo y seducirlo, pero él rechaza sus proposiciones. Hipólita intenta entonces denunciarlo por ladrón, aunque la acusación no prospera. Al descubrir que Periandro está enamorado de Auristela, decide recurrir a la hechicería para provocar la enfermedad de su rival. Mientras tanto, Auristela se interesa por la religión católica y procura conocer sus fundamentos antes de concluir su peregrinación.

El hechizo hace enfermar gravemente a Auristela, que permanece postrada durante varios días. Durante su enfermedad conversa con Constanza sobre su futuro y considera la posibilidad de abandonar el matrimonio con Periandro para ingresar en un convento. La enfermedad llega a poner también en peligro la vida de Periandro, afectado por el sufrimiento que le provoca el estado de Auristela. Hipólita, al comprender que la muerte de Auristela supondría también la de Periandro y, con ella, la pérdida de su propio amor, ordena que se detenga el hechizo. Auristela comienza entonces a recuperarse.
Periandro, afectado por las palabras de Auristela sobre su intención de hacerse monja, se aparta del grupo y se adentra en el campo. Allí escucha hablar en noruego a dos hombres y reconoce a Rutilio y a su antiguo ayo, Seráfido. Es entonces cuando descubre la verdadera historia de él y Auristela: ambos son en realidad los príncipes Persiles y Sigismunda y emprendieron la peregrinación bajo la apariencia de hermanos. Seráfido revela que Persiles es hijo de Eustoquia, reina de Tile, y hermano menor de Magsimino, mientras que Sigismunda es hija de Eusebia, reina de Frislandia. Sigismunda había sido destinada a casarse con Magsimino, pero Persiles se enamoró de ella y Eustoquia, al conocer los sentimientos de su hijo, favoreció la unión de ambos pese a la oposición de Magsimino. Por ello, Persiles y Sigismunda huyeron juntos y emprendieron la peregrinación hacia Roma bajo la apariencia de hermanos; Magsimino los persiguió desde entonces.
Sin embargo, durante el reencuentro, que tiene lugar a las puertas de San Pablo Extramuros, Pirro, el criado y aliado de Hipólita, interpreta que la relación de esta con Periandro ha terminado en su perjuicio y lo ataca con una espada, atravesándole el cuerpo. Periandro sobrevive a la herida y Pirro es detenido. Poco después llega a Roma Magsimino, hermano de Periandro, que se encuentra moribundo. Reconoce finalmente a Persiles y Sigismunda y, antes de morir, acepta su unión y pide a su hermano que se case con ella. Tras la recuperación de Persiles, se preparan las celebraciones del matrimonio.
Finalmente, Persiles y Sigismunda cumplen su propósito de concluir la peregrinación. Tras recibir la bendición papal y resolver el destino de los demás personajes, quedan unidos en matrimonio y regresan a su patria.

El espacio septentrional de los dos primeros libros posee un carácter extraordinario, acorde con las noticias geográficas y relatos de viajes que circulaban en la Europa del siglo XVI, entre ellas, el constante atisbo de islas (Libro I) y la presencia de seres marinos imaginarios (Libro II). Entre las fuentes relacionadas con esta representación del Norte se encuentran los viajes de los Hermanos Zeno, publicados en Venecia en 1558 por Nicolò Zeno el Joven, descendiente de la familia Zeno, cuyo relato incorporaba lugares como Frislandia, Groenlandia y otras tierras septentrionales. Cervantes conocía esta tradición y menciona a Nicolò Zeno en el propio Persiles (Libro IV). La representación del Septentrión combina así lugares reconocibles con islas y territorios de carácter legendario, contribuyendo a crear durante los dos primeros libros un espacio narrativo alejado de la geografía cotidiana de la Europa meridional. Otros materiales procedentes de las obras de Olao Magno y Antonio de Torquemada contribuyeron también a la construcción de este imaginario septentrional.
El comienzo in medias res deja deliberadamente incompleta la historia de los protagonistas, cuyos antecedentes se reconstruyen mediante varias analepsis narradas por distintos personajes. La más extensa es el relato de Periandro, que ocupa buena parte del libro II y funciona como una analepsis completiva del comienzo de la novela. Sin embargo, la información no queda completamente restituida en este relato: otros personajes aportan posteriormente nuevos fragmentos del pasado de los protagonistas, hasta que el relato de Seráfido, en el libro IV, completa la historia de su origen.
Cervantes intentó con este relato construir una obra narrativa cuyo género –a diferencia del Quijote, que parodiaba los nuevos géneros novelísticos del Renacimiento– sí estaba avalado por la práctica de la literatura clásica; de este modo partía de un modelo narrativo que recogían las preceptivas literarias neoaristotélicas renacentistas.

Pretendió con ello crear para la narrativa española un modelo de novela griega de aventuras adaptada a una visión cristiana del mundo que siguiera el ejemplo de la Historia de Leucipe y Clitofonte de Aquiles Tacio o la Historia etiópica de Teágenes y Cariclea de Heliodoro. Esta última se había descubierto en el Renacimiento y se publicó en 1534; fue traducida de inmediato a las lenguas más importantes de la época –entre ellas al español, en 1564–, constituyéndose inmediatamente en un referente clásico al que imitar. El tratado de López Pinciano, Filosofía antigua poética (Madrid, 1596), debió de influir en la teoría cervantina de la novela, pues en él equiparaba a las Etiópicas –nombre con el que también se conoce la historia de Teágenes y Cariclea– con la épica heroica de los clásicos Homero y Virgilio, a pesar de estar escrita en prosa.
Es este tipo de género literario el que Cervantes emprendió en el Persiles como culminación de su obra narrativa, pues se ajustaba a los modelos teóricos de prestigio menos originales que el novedoso modelo realista establecido por el Quijote. En la teoría, el Quijote pertenecía al género bajo de la literatura por su carácter cómico, risible y paródico; el Persiles se acogía al registro sublime de la preceptiva neoaristotélica, pero con el añadido, respecto a la literatura gentil o pagana, de su asunción de una espiritualidad cristiana. Si el Quijote se concebía como un ejemplo ex contrariis, el Persiles constituiría el ejemplo a seguir, intentando así superar a otras novelas bizantinas españolas como el Clareo y Florisea (1552) de Alonso Núñez de Reinoso o El peregrino en su patria (1604), de Lope de Vega.
Cervantes, prologando sus Novelas ejemplares, ya había señalado que estaba redactando el Persiles, «libro que se atreve a competir con Heliodoro». Sin embargo, en ningún momento asevera Cervantes que su Persiles se inspirase en la obra de Heliodoro, o sea, Teágenes y Cariclea, como muchos críticos aseveran, aunque los paralelismos sean muy claros. Según Juan Bautista Avalle-Arce, esta última narración de Cervantes suponía «la gran epopeya cristiana en prosa, propósito que ha desorientado a muchos lectores y provocado no menos desaciertos críticos».
En el prólogo del Quijote de 1605, la parte más difícil de escribir, según el autor, y a través del cual él mira hacia atrás después de haber escrito el libro, Cervantes construye deliberadamente la imagen de una obra que carece de los signos convencionales de erudición y doctrina que exhibían otros libros de su tiempo, haciendo referencia a autores como Aristóteles, Platón, Jenofonte, Zoilo, Xenón, a veces con anotaciones marginales a pie de página o enumeraciones alfabéticas en un imaginario índice al final del libro; y en otros casos mediante la alusión de sonetos escritos por personajes ilustres después del prólogo. Era consciente de que el libro carecía deliberadamente del aparato de erudición y doctrina que caracterizaba a esas otras obras y representaba esa carencia como algo que podía afectar a su recepción ante el «antiguo legislador que llaman vulgo».
Desde La Galatea hasta el Persiles, Cervantes fue ensayando distintos modos de narración. Sabía cómo se fabricaba la apariencia de un autor erudito y decidió no fabricarla en el Quijote; en el Persiles, en cambio, al construir una novela de acuerdo con la tradición clásica, donde Heliodoro era la autoridad máxima, podía demostrar que tanto la lengua castellana como Cervantes mismo podían estar a esa misma altura. Frente a una novela como el Quijote, abierta y basada en el itinerario vital de sus protagonistas, el Persiles se construye sobre una trama sometida a una tradición narrativa y a unas reglas de composición más definidas. La escritura de «entretenimiento» podía convertirse así en un medio para consolidar el prestigio literario de Cervantes. No obstante, Cervantes ya era admirado desde su primer Quijote y sus Novelas ejemplares confirmaron dicho prestigio.
Edward Riley (1990) explica que las ideas sobre el libro de caballerías ideal que el canónigo de Toledo expone en el capítulo XLVII de la primera parte del Quijote responden cabalmente a la definición del carácter del Persiles. Cervantes estaba persuadido de que su última obra rehabilitaría su prestigio como narrador, perdido entre ciertos sectores de la crítica literaria por las insuficiencias que mostraba el Quijote desde el punto de vista de la preceptiva erudita.

La idea muy aceptada y difundida sobre la ortodoxia del Persiles como obra bizantina, neoclásica y católica ha sido discutida y matizada en dos libros escritos por Michael Nerlich (2005) y Michael Armstrong-Roche (2009), y, más recientemente, en un nuevo volumen de estudios coordinado por Mercedes Alcalá Galán (2016) para celebrar el legado poético del Persiles cuatrocientos años después de su publicación. Alcalá Galán dice que últimamente se han producido otras lecturas que han hecho crecer el sentido de la novela; por eso este volumen destaca «su complejidad artística, su energía narrativa, su carácter lúdico, su humor, su ironía, su invención, sus logros estéticos, el placer de su lectura, y sobre todas las demás cosas, el contagio de la pasión literaria con la que fue escrita». La tentativa más reciente de buscar algo nuevo en la novela sostiene que debajo de los disfraces de los héroes como Periandro y Auristela están por descubrir otras identidades sorprendentes, relacionadas con la historia y con la religión.
Este obra es también importante porque supone en el autor un cierto distanciamiento de las fórmulas realistas que hasta el momento ha cultivado:
El humor del Persiles se relaciona con la transformación cervantina de las convenciones de la novela helenística. Lozano-Renieblas considera que Cervantes debilita el género aventurero mediante la introducción de elementos de la literatura cómica y didáctica, sin convertir la obra en una parodia del género. Al modificar el modelo de Heliodoro y poner a prueba sus convenciones, Cervantes lleva el relato hacia «ese resbaladizo dominio en el que se confunden la seriedad y la risa». La risa no aparece únicamente en situaciones cómicas, sino que también es objeto de reflexión dentro de la propia narración. En II-5, el narrador recuerda la definición del hombre como «animal risible» y añade que también puede considerarse un «animal que llora».
La tensión entre las convenciones de la novela de aventuras y su tratamiento cervantino se manifiesta asimismo en diversas situaciones cómicas. Periandro y Auristela adoptan sucesivamente identidades y disfraces que alteran las expectativas sobre los protagonistas de la novela bizantina. El intercambio de sus apariencias —Periandro disfrazado de mujer y Auristela de hombre— en I, 4, junto con la huida del incendio, en la que Periandro, bajo apariencia femenina, lleva consigo a Auristela, bajo apariencia masculina, a lomos de un caballo, hace visible el carácter ficticio de la peregrinación que ambos presentan ante los demás: su identidad, su parentesco y buena parte de su historia son objeto de continuas ocultaciones y fingimientos. La inversión de sus identidades convierte así el fingimiento en una situación de marcado carácter teatral y potencialmente cómico. El personaje Clodio constituye otro ejemplo de este tratamiento cómico de la verdad: el personaje se presenta como alguien dispuesto a decir la verdad, incluso cuando resulta inconveniente para quienes le rodean. Desde su aparición en el libro primero (I-14) hasta su muerte (II-8), los demás personajes le instan repetidamente a que calle, de modo que su insistencia en hablar y revelar aquello que otros preferirían ocultar se convierte en un motivo recurrente de comicidad. En el incendio provocado por Policarpo y Cenotia en el palacio de la isla (II-16), Periandro y Auristela consiguen escapar mientras los responsables del incendio intentan aprovechar el caos para retenerlos, pero, una vez que los protagonistas han huido, los ciudadanos conocen la causa del alboroto y reaccionan de forma expeditiva: deponen a Policarpo y cuelgan a Cenotia de una entena. Este desenlace resulta cómico por el contraste entre la gravedad de los acontecimientos y la confusión que los rodea, que termina resolviéndose de manera súbita y desproporcionada. El episodio de los falsos cautivos (III-10) desarrolla una situación basada en el engaño y el fingimiento, cuya acumulación de elementos burlescos ha sido considerada de finalidad esencialmente cómica. También aparecen escenas de carácter caricaturesco, como la descripción grotesca de la peregrina de Talavera de la Reina en III-6.
Durante las primeras décadas del siglo XVII siguieron apareciendo ediciones en Madrid y Pamplona, entre ellas las de 1619, 1625 y 1629.
Entre las ediciones del siglo XVII destaca la llamada «edición del canastillo», una edición contrahecha que reproduce los datos de la edición príncipe. Tradicionalmente se había fechado entre 1650 y 1670, aunque los estudios bibliográficos han propuesto situarla provisionalmente hacia 1668.
Después de este período se produjo un largo intervalo sin nuevas ediciones conocidas, hasta la de Madrid de 1719, seguida por otra en 1728. La obra continuó reimprimiéndose durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, con nuevas ediciones en Madrid y Barcelona, entre ellas las de 1734, 1760, 1768, 1781, 1799, 1802 y 1805.
La recuperación editorial del Persiles cobró especial importancia durante el siglo XX. En 1914 apareció la edición de Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla, incluida en sus Obras completas de Miguel de Cervantes Saavedra. En 1917 la Real Academia Española publicó una reproducción facsimilar de la edición príncipe, y en 1969 apareció la edición de Juan Bautista Avalle-Arce en la colección «Clásicos Castalia». La Real Academia Española publicó una nueva reproducción facsimilar de la edición príncipe en 1976.
A partir de finales del siglo XX aparecieron nuevas ediciones destinadas al estudio crítico de la obra. En 1994, Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas incluyeron el Persiles en Obra completa, publicada por el Centro de Estudios Cervantinos; posteriormente apareció una edición individual en Alianza, en 1999. En 1997 Carlos Romero Muñoz publicó su edición crítica en Cátedra, resultado de un prolongado trabajo de reconstrucción textual, revisada en 2002. En 2017 la RAE publicó una nueva edición de la obra con motivo del cuarto centenario de la publicación de la edición príncipe.
El Persiles tuvo una difusión internacional muy temprana. Apenas un año después de la edición príncipe aparecieron dos traducciones al francés, ambas en París: la de François de Rosset, publicada en 1618, y la de Vital d'Audiguier, también de ese año. Esta última volvió a publicarse en 1626. Al año siguiente apareció en Londres la primera traducción al inglés, de autor desconocido, y en 1626 se publicó en Venecia la primera traducción al italiano, realizada por Francesco Ellio. La versión inglesa se tradujo a partir de la francesa de Rosset, circunstancia que explica algunas de sus particularidades.
Durante el siglo XVIII continuó la difusión de la obra en francés, con una nueva traducción de Madame Le Givre du Richebourg publicada en París en 1738 y reimpresa en 1740. También aparecieron nuevas traducciones al inglés en 1741 y 1742 y, en 1746, la primera traducción alemana, Persilus und Sigismunda. Nordische Historie. En portugués se conservan además dos traducciones manuscritas, una atribuida a Frei José de Nossa Senhora da Consolação y otra anónima, conservadas en la Biblioteca Nacional de Lisboa.
El alemán se convirtió durante los siglos XVIII y XIX en una de las principales lenguas de traducción del Persiles. A la versión de 1746 siguieron, entre otras, las de Friedrich Julius Heinrich Botho Graf von Soden (1782), Johann Friedrich Butenschoen (1789), Franz Theremin (1808), Forster (1825-1826), H. Müller (1827), Dorothea Tieck (1837) y Friedrich Notter (1839). Algunas de estas versiones fueron abreviadas o modificadas respecto del original. La traducción de Tieck, publicada en 1837 con el título Die Leiden des Persiles und der Sigismunda, constituye una de las versiones alemanas más conocidas de esta etapa.
Durante el siglo XIX aparecieron asimismo nuevas traducciones al francés, como la de Henri Bouchon Dubournial de 1822, y al inglés, como la de Louisa Dorothea Stanley de 1854. Esta última introdujo importantes abreviaciones y supresiones. En italiano se publicó ese mismo año la primera traducción de Enrico Zezon.
En el siglo XX aparecieron nuevas traducciones en distintas lenguas europeas. Entre ellas se encuentran la versión italiana abreviada de Luisa Banal (1935), la francesa de Mathilde Pomès a partir de la traducción de d'Audiguier (1947), la rusa de Nikolái Liubímov (1961), la alemana de Anton M. Rothbauer (1963), la italiana de Cesco Vian (1966), la versión italiana de Carlos Romero (1971), la rumana de Sorin Mărculescu (1980), la inglesa de Celia E. Weller y Clark A. Colahan (1989), la francesa de Maurice Molho (1994) y la italiana de Aldo Ruffinatto (1996). En 2023, William Thomas Little publicó una nueva traducción inglesa, The Perils of Persiles and Sigismunda, a Northern Saga, acompañada de introducción, notas y bibliografía crítica.