
Colosenses 2 es el segundo capítulo de la Epístola a los Colosenses es el duodécimo libro del Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Fue escrito, según el texto, por Pablo el Apóstol y Timoteo, y dirigido a la iglesia en Colosas, una pequeña ciudad de Frigia cerca de Laodicea y aproximadamente a 100 millas (160,9 km) de Éfeso en Asia Menor.
División del capítulo:
Pablo resalta que Cristo es la manifestación completa del «misterio» de Dios, es decir, del plan divino orientado a la salvación de la humanidad. Ante las enseñanzas nuevas y atractivas que podrían desviar la atención de los fieles, Pablo anima a profundizar en el Evangelio que ya han recibido. En Cristo reside una riqueza infinita de sabiduría y conocimiento (v. 3), y por ello, la contemplación de su vida, acciones y enseñanzas se convierte en una fuente inagotable de sustento para la vida espiritual y el crecimiento interior de los creyentes.
Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchas vetas de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada veta hallando nuevas venas de riquezas acá y allá.
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Se destaca la coherencia que exige la fe en el misterio de la Encarnación, del cual se deriva el dominio universal de Cristo sobre la creación. Frente a quienes, a través de elaborados ritos iniciáticos, aspiraban a alcanzar la plenitud divina por medio de la gnosis, la Escritura subraya que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad (v. 9). Esta expresión no solo tiene un carácter polémico, sino que encierra un profundo significado teológico.
Quiere decir —explica San Juan de Ávila— que [la divinidad] no mora solamente en Él por vía de gracia, como en los santos —hombres y ángeles—, mas por otra manera de mayor tomo y valor, que es por vía de la unión personal» (Audi, filia 84). La doctrina cristiana explicará con claridad que en Jesucristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola persona que es divina. Esta unión en la persona (unión hipostática) no impide que cada naturaleza siga manteniendo sus características propias en plenitud, pues como definió San León Magno «ni el Verbo ha sido cambiado en carne, ni la carne en Verbo, sino que uno y otros permanecen en una unidad»
Así como en el Antiguo Testamento la circuncisión marcaba la integración del israelita al pueblo de Dios, el Bautismo es el sacramento que incorpora al cristiano a la Iglesia (cf. vv. 11-12). Utilizando una imagen similar a la de Romanos 6,4, se describe el Bautismo como un entierro, simbolizando la «muerte al pecado», y al mismo tiempo, como una «resurrección a una vida renovada en gracia». Por medio de este sacramento, participamos de la muerte y sepultura de Cristo para, de igual manera, resucitar junto a Él a una vida nueva.
Cristo significó con su resurrección nuestra nueva vida, que renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado. Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del bautismo: que todos los que reciben esta gracia mueran al pecado (…) y que renazcan a la nueva vida.
Cristo, al ser Dios y Hombre, es el único mediador entre la humanidad y Dios. Su misión principal es restablecer la relación entre los hombres y Dios mediante el perdón de los pecados y la entrega de la gracia, que permite participar en la vida divina. El versículo 14 explica cómo alcanzó este objetivo: mediante su muerte en la cruz. Con este sacrificio, Cristo liberó a todos los que estaban sujetos al pecado y a la Ley. La Ley mosaica, sobrecargada por los numerosos preceptos impuestos por los escribas y fariseos, se convertía en un documento acusatorio que imponía cargas pesadas sin ofrecer la gracia necesaria para soportarlas. De manera expresiva, se dice que este documento fue eliminado y clavado en la cruz, simbolizando su abolición definitiva.
Vino a nosotros el Rey para cancelar nuestras facturas y escribió en su nombre otra factura para hacerse nuestro deudor.
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Los novilunios, o días de luna nueva, eran festividades judías celebradas desde tiempos antiguos (cf. Lv 23,24). El sábado, fiesta semanal de los hebreos, estaba consagrado al Señor, quien lo santificó y lo destinó al descanso (Ex 20,11). El Antiguo Testamento establecía estrictas normas sobre la abstinencia de ciertos alimentos y bebidas (cf. Lv 10,9; 11,1-47; Nm 6,3) y regulaba las celebraciones en honor a Dios (cf. Nm 28,1-26). Estos preceptos servían como preparación para acercar a los hombres a lo divino, pero no deben absolutizarse a la luz de la plenitud de la Revelación en Jesucristo. Al recibir el Bautismo, los creyentes mueren con Cristo a los elementos del mundo, quedando liberados de la servidumbre de la Ley y del pecado, para comenzar una nueva vida que el apóstol Pablo desarrollará en los capítulos siguientes.
Otros pasajes bíblicos relacionados: Génesis 17, Deuteronomio 10, Deuteronomio 30, Romanos 1, Romanos 2, 1 Corintios 1, 2 Corintios 10, Colosenses 1, 2 Timoteo 3, Judas 1, 2 Pedro 2