| Maurice Renard | ||
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Maurice Renard fotografiado por Henri Manuel. | ||
| Información personal | ||
| Nacimiento |
28 de febrero de 1875 Châlons-en-Champagne (Francia) | |
| Fallecimiento |
18 de noviembre de 1939 (64 años) Rochefort-sur-Mer (Francia) | |
| Nacionalidad | Francesa | |
| Información profesional | ||
| Ocupación | Escritor | |
| Seudónimo | Vincent Saint-Vincent | |
| Géneros | Novela fantástica, novela maravillosa científica, novela policíaca | |
| Obras notables |
Le Docteur Lerne, sous-dieu (1908) Le Péril bleu (1911) Les Mains d'Orlac (1920) ''L'Homme truqué (1921) | |
| Distinciones |
Oficial de la Legión de Honor (1936) Premio Thérouanne (1928) por Notre-Dame Royale | |
| Firma | ||
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Maurice Renard (Châlons-sur-Marne, 28 de febrero de 1875-Rochefort-sur-Mer, 18 de noviembre de 1939) fue un escritor francés especializado en la literatura maravillosa científica, fantástica y policíaca.
Procedente de un entorno acomodado, comenzó su carrera de escritor a los 24 años y pronto obtuvo el reconocimiento de la crítica y de otros escritores por sus escritos fantásticos y maravillosos científicos. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial, su situación económica se deterioró hasta el punto de obligarlo a vivir de la escritura. Se convirtió entonces en novelista popular: adoptó el formato del folletín y se abrió poco a poco a temas más comerciales (policíaco, sentimental, histórico, aventuras). Escribió además numerosos cuentos para la prensa diaria, lo que lo convierte en uno de los últimos grandes cultivadores del cuento publicado en la prensa diaria en Francia.
A partir de 1909 se propuso también popularizar el género maravilloso científico, del que fue el principal teórico. Siguiendo el ejemplo de Edgar Allan Poe y de H. G. Wells, fijó los objetivos y el marco de esta literatura de imaginación científica, y a lo largo de toda su carrera se dedicó a promoverla mediante artículos teóricos, la creación de un premio literario con su nombre y, sobre todo, con sus propios relatos.
Aunque llegó a ser una figura reconocida de la vida literaria parisina del período de entreguerras, el favor de la crítica tardó en traducirse en éxito de público. Su obra, que comprende dieciocho novelas y varios centenares de relatos y cuentos, apareció sobre todo en la prensa: sus novelas, en L'Intransigeant y después en Le Petit Parisien, y sus cuentos, en Le Matin.
Pese a las reediciones periódicas de algunas de sus novelas y relatos a lo largo del siglo XX y a las numerosas adaptaciones cinematográficas de una de sus novelas de más éxito, Las manos de Orlac, Maurice Renard sigue siendo una figura poco conocida por el gran público. No obstante, se le reconoce como fundador del género maravilloso científico y como uno de los precursores de la ciencia ficción.

Hijo de Achille Renard y de Marie Gamahut, Édouard Louis Victor Maurice Renard nació en Châlons-sur-Marne el 28 de febrero de 1875 en el seno de una familia burguesa de altos magistrados. Su abuelo, Pierre Édouard Renard, era consejero honorario del Tribunal de Apelación de Ruan, y su padre, Achille, era juez del tribunal de primera instancia de Châlons-sur-Marne. Cuando Maurice tenía dos años, la familia se trasladó a Reims, ciudad en la que su padre fue nombrado presidente del tribunal.
La infancia de Maurice Renard estuvo marcada por las estancias veraniegas en el castillo familiar de Saint-Rémy, en Hermonville. En esos años descubrió, fascinado, la literatura fantástica de Edgar Allan Poe y la de escritores como Hoffmann y Erckmann-Chatrian. Aunque sus padres lo destinaban a la carrera de magistrado, el joven Maurice Renard soñaba con ser escritor, y, según sus propias palabras, empezó a escribir sus primeras historias hacia los nueve años.
En 1886 comenzó sus estudios en la École Monge de París, y seis años después los continuó en Reims, en el Collège des Bons-Enfants. Tras obtener el bachillerato, estudió Derecho en París y, una vez licenciado, entró en el despacho de un procurador para hacer sus prácticas de abogado. Entre 1896 y 1899 cumplió tres años de servicio militar en Reims, en la infantería montada. Apasionado por los caballos, llegó a plantearse la carrera militar, aunque acabó descartándola.
Al terminar el servicio militar, su familia renunció a verlo en la magistratura y dejó de oponerse a su vocación literaria. Sin dejar de ejercer como abogado ante el Tribunal de Apelación y gracias a unas rentas holgadas, se dedicó a escribir poemas y obras de teatro. Hasta 1914 escribió como diletante, fiel al principio del arte por el arte.
Su primer texto publicado, Vox Sæculi, fue una oda editada por Alphonse Lemerre para celebrar el centenario del nacimiento de Victor Hugo. El homenaje lo había recitado antes una joven al cierre de una gala ofrecida el 7 de marzo de 1902 en el Athénée Saint-Germain por los alumnos del actor Édouard Céalis. En esa misma velada, los alumnos representaron una obra en verso de Maurice Renard titulada La Langouste, boutade pathologique en un acte et six hallucinations, que narra las desventuras nocturnas de un poeta víctima de terribles alucinaciones tras atiborrarse de langostas.
En junio de 1903 se casó con Stéphanie Labatie, originaria de la región del Bugey, con quien tuvo cinco hijos: Renaud en 1904, Rémi en 1905, Cyril en 1915, Daniel en 1918 y, por último, Jean-Maurice en 1929.
Mientras componía con unos amigos piezas de teatro de sombras, actividad que mantuvo hasta 1913, escribía también poemas para diversas revistas, entre ellas La Phalange. Sin embargo, pronto abandonó el teatro y la poesía para dedicarse sobre todo a la novela y el relato. En 1905 publicó en Plon et Nourrit su primer volumen de relatos fantásticos, Fantômes et Fantoches. Publicado con el seudónimo de Vincent Saint-Vincent, en referencia al clos Saint-Vincent, una dependencia del castillo familiar de Hermonville donde se instaló para escribir sus relatos, el libro revela la fuerte influencia que las obras de Edgar Poe ejercieron sobre Maurice Renard. El libro le valió un éxito de crítica en los círculos literarios parisinos.
En 1908 publicó, ya con su verdadero nombre, su primera novela: Le Docteur Lerne, sous-dieu. Según el estudioso Arthur B. Evans, la novela fue un éxito literario. Esta anticipación científica se inspira a la vez en los trabajos del cirujano Alexis Carrel y en La isla del doctor Moreau de H. G. Wells, a quien además dedicó la novela. Renard retoma el tema de los injertos contra natura, ya explotado por el escritor británico, y lo lleva hasta lo fantástico. Construido como una novela policíaca que mezcla horror y erotismo, el relato presenta a un narrador que descubre poco a poco la verdad sobre los injertos ideados por el doctor Lerne. En estos primeros años, Renard escribía para un público burgués y culto, y aspiraba a una literatura de imaginación científica de calidad, que mezcla lo maravilloso y lo fantástico en un estilo erudito.
En marzo de 1909 fue admitido en la Société des gens de lettres, una asociación de escritores, con el padrinazgo de Henry-D. Davray, Edmond Haraucourt, Henri de Régnier y Auguste Dorchain. Ese mismo año publicó un nuevo volumen de relatos, Le Voyage immobile, suivi d'autres histoires singulières (1909), que reúne siete relatos fantásticos, y dio a conocer en la revista Le Spectateur, dirigida por su sobrino René Martin-Guelliot, su artículo fundacional del género maravilloso científico. En ese artículo, titulado «Du roman merveilleux-scientifique et de son action sur l'intelligence du progrès» («De la novela maravillosa-científica y de su acción sobre la inteligencia del progreso»), el escritor se apropió de la expresión «maravilloso científico» para darle una definición precisa. Tras repasar la historia de la literatura de imaginación científica, propuso reglas de escritura destinadas a institucionalizar el género para que pueda constituirse en escuela literaria.
Con sus volúmenes de relatos y sus novelas de éxito, Renard se hizo en pocos años un nombre en el mundo de las letras. En 1911 publicó Le Péril bleu, que Jacques Baudou y Pierre Versins consideran su obra maestra,y Guy Costes y Joseph Altairac, un clásico del género maravilloso científico. La novela presenta a los sarvants, una civilización invisible que vive por encima de la atmósfera y recoge de la superficie de la Tierra toda clase de muestras, entre ellas objetos, animales y seres humanos. Según Evans, su originalidad reside en el tratamiento no antropomórfico de un tema clásico de la literatura de imaginación científica: la existencia de una raza extraterrestre de inteligencia superior.
Ese mismo año participó en la creación de una revista poética, La Vie française, en la que colaboró con Léo Larguier, Charles Derennes, Pierre Benoit, René Fauchois y André Dumas. En 1913 publicó Monsieur d'Outremort et autres histoires singulières, un nuevo volumen de cinco relatos que oscilan entre lo fantástico y la literatura maravillosa científica, y que, según Jean-Luc Buard, se cuentan entre los más conocidos del autor. Entre 1912 y 1914 colaboró con el diario Le Matin, en el que publicó una docena de cuentos.
Al mismo tiempo, siguió buscando la legitimación de la novela maravillosa científica. Su reseña «Le Merveilleux scientifique et La Force mystérieuse de J.-H. Rosny aîné», publicada en La Vie el 15 de junio de 1914, le sirvió no solo para reafirmar su ambición para el género, sino también para completar su planteamiento.
La guerra interrumpió su carrera literaria en 1914: Francia decretó la movilización general el 1 de agosto y Renard partió al día siguiente como oficial de caballería.

Tras su regreso a la vida civil, el 6 de enero de 1919, su carrera literaria dio un giro progresivo. Su situación económica se había deteriorado tanto que necesitaba vivir de la escritura. A los apuros económicos se sumó su fracaso en crear una escuela en torno a la literatura maravillosa científica, y ambos lo convirtieron en un autor popular, que anteponía la producción abundante a una práctica verdaderamente artística de la literatura.
Para empezar, publicó de forma sistemática en diarios de gran tirada: en 1919 reeditó por entregas su novela Le Péril bleu en las páginas de L'Intransigeant. Al año siguiente entregó al mismo diario su novela más popular, Les Mains d'Orlac. Mezcla de lo maravilloso científico y del horror, el relato narra el drama de Stephen Orlac, un pianista que pierde las manos en un accidente. Tras recibir el injerto de las manos de un asesino recién ejecutado, empieza a adoptar la personalidad psicópata del donante. La novela refleja el giro del autor hacia la literatura popular: además de publicarse por entregas, busca fórmulas adaptadas a ese público y combina lo maravilloso científico con géneros más comerciales, como el horror, el policíaco y la novela histórica. La novela corta L'Homme truqué, obra de tono marcadamente pesimista, se publicó en la revista Je sais tout en 1921. El relato, que narra el regreso del frente de un mutilado de la Primera Guerra Mundial al que le han sustituido los ojos por aparatos electroscópicos, ilustra también esta hibridación de géneros: aunque se vincula a lo maravilloso científico por la explicación científica de un misterio de apariencia sobrenatural, está construido ante todo como un enigma policíaco.
A comienzos de la década de 1920, su fama estaba plenamente asentada. En su domicilio del número 8 de la rue de Tournon, en el VI Distrito de París, mantenía un salón literario al que acudían, entre otros, Henri de Régnier, Pierre Benoit, Charles Derennes, Claude Farrère, Colette y Willy, Jean Ray, J.-H. Rosny aîné, Henry de Montherlant o Raymonde Machard. En 1920 formó parte del jurado del premio de la revista Je sais tout, destinado a fomentar las novelas de inspiración científica, y en 1922 creó su propio premio literario, que financió de su bolsillo. El premio Maurice-Renard, pensado para revitalizar el género y asegurar su continuidad, desapareció al cabo de diez años.

En este periodo siguió colaborando con numerosos periódicos, en los que publicaba folletines (L'Intransigeant, L'Éclaireur de l'Est, Le Petit Parisien) y cuentos (sobre todo en la sección «Les Mille et un matins» de Le Matin, al que volvió tras diez años de ausencia, pero también en Le Journal y Eve). Sus novelas —y algunos de sus relatos y cuentos reunidos en volumen— se publicaban después en librería, principalmente en la editorial de Georges Crès, como los volúmenes Deux contes à la plume d'oie (1923), L'Invitation à la peur (1926) y Le Carnaval du mystère (1929).
En 1924, mientras Robert Wiene llevaba por primera vez al cine Les Mains d'Orlac, publicó Le Singe en las páginas de L'Intransigeant. Escrita en colaboración con Albert-Jean, esta novela maravillosa científica está construida como un relato policíaco cuyo enigma es la aparición, una y otra vez, del cadáver de la misma persona.
En 1925 adaptó al teatro uno de sus relatos fantásticos, Le Rendez-vous, publicado en 1909, con L'Amant de la morte, un drama en dos actos estrenado en el Théâtre du Grand-Guignol el 11 de febrero de 1925.
Frustrado por la falta de reconocimiento de la literatura maravillosa científica entre el gran público, Renard trató de hacer evolucionar el género: en 1923 lo rebautizó como «literatura paracientífica» y, a partir de 1928, prefirió la expresión «novela de hipótesis» para ampliar el alcance epistemológico del género. Además, sus problemas económicos lo alejaron de una producción exclusivamente de imaginación científica, menos vendible. Se diversificó y probó distintos géneros: la novela policíaca (? Lui ?, 1926), el ensayo histórico (Notre-Dame Royale, 1927) o la novela sentimental (La Jeune fille du yacht, 1930). No rompió, sin embargo, con la literatura maravillosa científica, ya que en 1928 publicó un proyecto largamente acariciado, Un homme chez les microbes, y en 1933 Le Maître de la lumière, que mezcla novela histórica y maravilloso científico. Por último, aunque el proyecto no llegó a realizarse, en 1929 se propuso escribir una novela interplanetaria con el título La Traversée de 130 ans.

A comienzos de la década de 1930, Maurice Renard rehízo su vida. Se divorció en 1930 y en 1932 se casó con Marie Alice Leclerc, con quien se instaló en la isla de Oléron. Pese a todos sus reveses literarios y económicos, su lugar en el mundo de las letras no disminuyó en esos años. Fue elegido vicepresidente de la Société des gens de lettres en 1935 y después presidente honorario del Sindicato de Novelistas Franceses. En 1936 fue ascendido al grado de oficial de la Legión de Honor, tras haber recibido el de caballero diez años antes. Su peso como cuentista en Le Matin fue en aumento, hasta el punto de que, a partir de 1928, publicó sus cuentos exclusivamente en ese diario. En 1931 pasó a ser uno de los tres autores con un cuento semanal fijo en el diario, junto a su amigo Albert-Jean.
Durante la década de 1930, además de su producción de cuentos para Le Matin, su principal fuente de ingresos, Maurice Renard trató de conseguir un segundo puesto en la redacción, el de folletinista. Así, en 1933 emprendió la publicación por entregas de dos novelas policíacas protagonizadas por el héroe Francis Perlot (Le Bracelet d'émeraude y Le Mystère du Masque), y a partir de 1935 publicó sus folletines principalmente en Le Petit Parisien. Estas últimas novelas, que reúnen todos los grandes temas de la literatura popular —intrigas sentimentales, sociedades secretas, raptos y aventuras—, reflejan su transformación definitiva en novelista popular. Formó parte, además, del jurado de las primeras ediciones del premio de la Novela Popular, creado en 1935, junto a numerosos novelistas como Georges Simenon, Albert Lejeune, Jean de La Hire, H. J. Magog o Jean-Joseph Renaud.
Murió a consecuencia de una congestión pulmonar en la clínica Rolland de Rochefort el 18 de noviembre de 1939. Está enterrado en la isla de Oléron, en el cementerio de Dolus-d'Oléron, y en la fachada de su casa hay una placa en su memoria.
Con sus misterios policíacos, fantásticos o científicos, los novelistas Edgar Allan Poe y H. G. Wells influyeron en Renard, que los reivindicó como modelos a lo largo de toda su carrera. Sus escritos muestran, además, otras muchas lecturas científicas y literarias.
Durante su adolescencia, Maurice Renard descubrió los relatos de Edgar Allan Poe. El tono fantástico de esas lecturas lo marcó profundamente y despertó su vocación literaria. Años después, ya como escritor reconocido, publicó en 1909 su manifiesto «Du roman merveilleux-scientifique et de son action sur l'intelligence du progrès», destinado a institucionalizar la novela maravillosa científica. Según él, este género descansa en una herencia en la que Edgar Allan Poe desempeña un papel primordial, en particular con sus relatos Souvenirs de M. Auguste Bedloe (1844) y La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845). Ese mismo año dedicó al escritor estadounidense el relato Le Rendez-vous y, en 1913, Le Brouillard du 26 octobre. Más allá de estos homenajes, la influencia de Poe se advierte también en algunos de sus relatos, como Le Singe (1925), escrito en colaboración con Albert-Jean, cuyo misterio policíaco parece modelado sobre el de Los crímenes de la calle Morgue (1841); en la novela ocultista Le Maître de la lumière (1933), y en muchos de sus cuentos, que concluyen con un final fantástico y terrorífico en la línea de la producción de Poe.
A la influencia de los relatos de Edgar Allan Poe se suma la de muchos otros autores fantásticos. Su obra fantástica se inscribe también en la prolongación de los escritores simbolistas y decadentes de la segunda mitad del siglo XIX, caracterizados por el retorno a temas mitológicos y por el ocultismo, como Maurice Level o André de Lorde. De manera más general, Maurice Renard fue un gran lector de relatos fantásticos y salpicó su obra de múltiples alusiones a sus contemporáneos. A veces desliza, de pasada, referencias a las obras de Gérard de Nerval, Edmond About o Charles Nodier. Algunos colegas lo inspiraron más directamente: su obra fantástica lleva la huella de Jean Lorrain y, sobre todo, de Henri de Régnier, a quien dedicó el relato La Berlue de Madame d'Estrailles.
El segundo autor de referencia para Maurice Renard es H. G. Wells. Ya en 1908 dedicó al novelista británico su primera obra verdaderamente vinculada a la literatura de imaginación científica, Le Docteur Lerne, sous-dieu. Explícitamente inspirada en La isla del doctor Moreau, la novela de Renard aborda también los injertos contra natura, aunque, pese a esta aparente analogía temática, las dos obras los tratan de manera muy diferente. Al año siguiente, en su manifiesto, presentó a Wells como el principal promotor del género, no solo por el gran número de sus relatos maravillosos científicos, sino sobre todo por el éxito que obtuvieron entre los lectores. Por último, Le Péril bleu (1911) vuelve a mostrar la influencia del novelista británico, pero la referencia es más flagrante en el relato satírico L'Homme qui voulait être invisible (1923), cuyo protagonista intenta repetir el experimento del héroe de Wells.
En general, Renard situó su obra dentro de una larga tradición literaria. En 1909, cuando definió la novela maravillosa científica, citó como modelos —además de Poe y Wells— a los novelistas Villiers de L'Isle-Adam, Robert Louis Stevenson y Charles Derennes. En 1914 añadió a esta lista de cultivadores de la literatura de imaginación científica a su colega J.-H. Rosny aîné. En realidad, la influencia del escritor francobelga se percibe ya en 1905, con el relato prehistórico Les Vacances de Monsieur Dupont, y sobre todo en Le Péril bleu (1911), en el que Renard se interroga sobre la temática rosnyana de la alteridad extraterrestre. En 1921, su novela corta L'Homme truqué aborda otro tema tratado antes por Rosny aîné en L'Énigme de Givreuse: el regreso del frente del soldado herido cuyo cuerpo ha sido modificado contra su voluntad por la investigación científica. Maurice Renard rindió además homenaje directo a L'Énigme de Givreuse en 1925, al citar la novela y a su autor en un pasaje de Le Singe.

Más allá de los modelos reivindicados, Maurice Renard bebe de una herencia literaria mucho más amplia. Si la referencia a La isla del doctor Moreau de H. G. Wells es evidente, su novela Le Docteur Lerne, sous-dieu recuerda también las metamorfosis mitológicas y los relatos libertinos del siglo XVIII. Además, aunque al comienzo de su carrera defendió el uso de un estilo literario exigente, tras la Primera Guerra Mundial se reconvirtió en folletinista y abordó los temas preferidos de los novelistas populares. Encontró inspiración en los grandes folletines, en particular en las novelas sobre errores judiciales, que gozaban de gran éxito desde finales del siglo XIX. Sus novelas Les Mains d'Orlac y Le Maître de la lumière reflejan esta reutilización de modelos empleados con éxito por Gaston Leroux o por el dúo formado por Pierre Souvestre y Marcel Allain.
Por último, Renard también dialoga con la tradición a la contra, retomando temas para burlarse de ellos o parodiarlos. Cuando empezó a escribir literatura de imaginación científica, el gran modelo del género a comienzos del siglo XX era Julio Verne. Sin embargo, su obra estaba catalogada como literatura infantil, por lo que Maurice Renard intentó desmarcarse de ella todo lo posible. En su manifiesto de 1909 lo excluyó expresamente de la novela maravillosa científica, y en dos de sus relatos dio la vuelta a sus temas: Le Voyage immobile (1909) y Le Péril bleu (1911). En el relato de 1909, Maurice Renard narra una vuelta al mundo realizada en un día gracias al aérofixe, un aparato que contrasta con los medios de locomoción cada vez más rápidos imaginados por Julio Verne. En la novela Le Péril bleu, rinde un homenaje irreverente a Julio Verne, y ridiculiza el optimismo pueril de sus personajes con Tiburce, un joven que parodia el comportamiento de Phileas Fogg. Este personaje de Tiburce le sirve también a Maurice Renard para hacer un pastiche del género policíaco de Conan Doyle: el joven, que se proclama «sherlockista», aplica todos los métodos del detective británico, aunque todas sus deducciones resultan erróneas.
Durante buena parte de su carrera, Maurice Renard trabajó para afirmar un género novelesco, al que durante algunos años llamó «novela maravillosa-científica» y cuyo nombre y definición fue modificando después.
En 1909 publicó en la revista Le Spectateur un artículo titulado «Du roman merveilleux-scientifique et de son action sur l'intelligence du progrès». Concebido como un manifiesto, el artículo pretendía imponer en el campo crítico la existencia de un género novelesco —calificado de «maravilloso-científico»— cuya autonomía y valor literario afirmaba. Para ello procede de dos maneras. En primer lugar, intenta fijar reglas de composición para la literatura de imaginación científica, según las cuales el escritor debe actuar como un verdadero científico que toma las condiciones del experimento científico como modelo de su escritura novelesca. El escritor introduce en la base de la intriga un sofisma —es decir, un elemento viciado— que debe desarrollar después de la manera más rigurosamente lógica. El relato maravilloso científico se sitúa, por tanto, en el mundo familiar del lector, pero en él el escritor modifica una ley científica o instaura otra nueva, inédita aunque racional. En definitiva, con este planteamiento Maurice Renard busca no solo iniciar al lector en los métodos científicos, sino también provocar en él una reflexión sobre las buenas y malas sorpresas de la ciencia futura. En segundo lugar, en vez de presentarse como fundador de una nueva escuela, se esfuerza en inscribir el género en una larga tradición literaria. Aunque concede un lugar preeminente a dos autores —Edgar Poe, designado como fundador del relato maravilloso científico, y H. G. Wells, que lo popularizó con sus numerosas obras—, Maurice Renard cita a muchos otros artífices de este nuevo género, entre ellos Villiers de L'Isle-Adam, Robert Louis Stevenson o Charles Derennes. En cambio, excluye categóricamente de su corpus a Julio Verne, al que acusa de un planteamiento exclusivamente científico —ya sea en términos de divulgación o de extrapolación a partir de la realidad— que descuida el aspecto maravilloso.
Aunque el artículo tuvo eco en los círculos literarios parisinos de comienzos de la década de 1910, el intento de Maurice Renard de legitimar el género maravilloso científico no logró imponerse más allá de un círculo restringido de allegados. Precisamente para ganar reconocimiento y evitar la disolución del género, el escritor publicó entre 1909 y 1928 una serie de artículos en los que profundizaba o corregía sus puntos de vista, manteniendo como característica invariable que esta literatura de imaginación científica debe dirigirse a la inteligencia del lector. En 1914 reafirmó los objetivos de la novela maravillosa científica e incorporó a Rosny aîné a su corpus. A partir de 1923, para contrarrestar las críticas que reprochaban al género caer demasiado en la fantasía en detrimento del rigor científico, Renard cambió de denominación. En su artículo «Depuis Sinbad» (1923), con un tono exasperado, rechazó categóricamente la expresión «maravilloso-científico» en favor de «paracientífico», más apta para reflejar la posición del género, situado al margen de la ciencia. En 1928 publicó un último artículo crítico sobre lo «maravilloso-científico», de tono ya desengañado. Con el término «novela de hipótesis» propuso una definición más flexible. Mientras que en sus escritos anteriores siempre había insistido en que lo maravilloso científico era únicamente un fin y no un medio, en este artículo reconoció que lo imaginario científico puede servir también para expresar opiniones sociológicas. Esta flexibilización de la definición conllevó una ampliación de su corpus literario, con la incorporación de autores satíricos como Voltaire y Jonathan Swift.

Paralelamente a sus artículos teóricos destinados a legitimar y perpetuar el género, a partir de 1922 creó un premio para recompensar las novelas de imaginación científica. Durante los diez años de existencia del premio Maurice-Renard, Renard premió, bajo el patrocinio de la Société des gens de lettres, de la que era miembro activo, a un escritor que hubiera sabido reunir en una obra los elementos fundamentales de la novela maravillosa científica: la inteligencia y la lógica, la buena factura y, por supuesto, el asombro. Pese a unas finanzas siempre difíciles, dotó el premio con una suma importante de sus propios fondos. Esta nueva estrategia literaria refleja su voluntad, todavía viva, de legitimar la novela de imaginación científica. Tras haber constituido un panteón literario a través de sus artículos, buscaba ahora, con este premio, promover a los autores que pudieran encarnar la renovación de lo maravilloso científico. Además, el programa de selección de las novelas debía ilustrar la tipología de la novela de hipótesis expuesta en sus artículos teóricos. La lista de galardonados cumple esa función, pero refleja también las metamorfosis que se produjeron en lo maravilloso científico, en particular con la adopción de nuevos temas. En 1932, el rechazo del premio por parte de un galardonado puso fin a esta recompensa. Su desaparición pone de manifiesto que Renard no logró consolidar un movimiento literario a su alrededor ni, en general, asegurar la continuidad de la literatura maravillosa científica ante el gran público.
Calificado de «escriba de los milagros» por el ensayista Jacques Van Herp en 1956, en uno de los primeros artículos póstumos dedicados al escritor, publicado en la revista Fiction, n.º 28, Renard se distingue por un enfoque atípico de la literatura de lo imaginario, siempre a caballo entre lo fantástico, el terror gótico, la fantasía mitológica y la novela científica.
Renard se inició en la literatura conjetural en 1905 con un volumen de relatos fantásticos, Fantômes et Fantoches. A lo largo de toda su carrera escribió multitud de cuentos y relatos publicados en la prensa, a veces reunidos en volúmenes para su publicación en librería. Como la brevedad refuerza la expresión de lo extraño y del misterio, Maurice Renard prefirió el formato corto —el relato o el cuento— para su obra fantástica. Otra característica de sus relatos fantásticos es la ambigüedad constante entre lo real y lo sobrenatural: aunque ofrece una explicación racional para hechos del todo misteriosos, siempre acaba inclinándose, de forma sutil, por la sobrenatural. Renard usa lo fantástico sobre todo para recrear un universo mágico, es decir, para hacer poesía. Por esa misma razón prefiere el formato corto: lo fantástico de Renard tiene más de poesía que de novela.

Apodado el «maestro del espanto» por su colega y amigo Jean Ray, Maurice Renard multiplica los temas ligados a las muertes misteriosas, a la conspiración asesina o, más en general, al género del horror. Muchos de sus relatos, situados en distintas épocas, transcurren en la Italia del Renacimiento, como Le Lapidaire (1905), que narra la tragedia de un anciano que posee una maravillosa colección de piedras preciosas codiciada por todos, o La Gloire de Comacchio (1913), en el que un escultor hechiza sus creaciones para vengarse de su rival. L'Affaire du miroir (1926), ambientado en la Francia de la Edad Moderna, termina con la ejecución por brujería de una especie de conde de Saint-Germain, en la que el narrador impone una versión fantástica a lo que podría no ser más que una banal historia de adulterio. Maurice Renard aprovecha también el género fantástico para jugar con los terrores infantiles. Así, mientras en La Main morte (1926) un niño ve cobrar vida una mano de yeso, en el cuento L'Épouvantail (1927) son dos niños quienes se enfrentan al espantapájaros al que suelen maltratar. En La Sonnette (1925), el narrador recuerda que, de niño, su abuela le prohibía usar la campanilla so pena de invocar al diablo. Algunos animales acceden —o parecen acceder— a cierta conciencia en Le Papillon de la mort (1927), en el que una mariposa se venga de su torturador, o en Le Requin (1936), que presenta la aparición de nuevas especies sanguinarias. Los relatos Château hanté (1916) y Jeff, le scaphandrier (1932) tienen en común objetos —respectivamente, armaduras de caballero y una escafandra— que cobran vida. Por último, su relato Le Rendez-vous (1908) narra la angustia de un hipnotizador que ve regresar a su víctima incluso después de la muerte —como el señor Valdemar, que además inspira el relato— sin lograr escapar de ella.

Sin embargo, es en las historias de aparición de fantasmas y, más en general, de fenómenos extrasensoriales donde, según Evans, lo fantástico de Renard se expresa de forma más original. En el relato Aux Écoutes des ténèbres (1921), un soldado del frente recibe la llamada telefónica de un compañero muerto unos días antes, mientras que en Un mirage (1928) un campesino sueña con la torre Eiffel en el mismo momento en que su hijo se suicida desde lo alto del monumento. Aquí, el elemento fantástico solo aparece en el desenlace, cuando los protagonistas descubren la funesta verdad; a la inversa, en Le Spectre photographié (1934), el narrador, que cree haber fotografiado un fantasma en una fábrica abandonada, descubre finalmente que se trata de una mistificación fortuita. El cuento Qui sait ? (1925) presenta a un compositor muerto que asiste al estreno póstumo de su oratorio, a menos que se trate de una alucinación del músico. El relato Brouillard en mer (1935) retoma el tema del buque fantasma, del que La Damnation de l'Essen (1923) es una transposición moderna.
En su producción literaria, lo mitológico ocupa un lugar destacado, con la actualización de figuras fabulosas. Este resurgir de mitos antiguos en la época contemporánea es, de hecho, uno de los temas favoritos de Maurice Renard.
Estos relatos, que prefiguran una forma de «fantasía mitológica», funcionan igual que sus obras fantásticas: el autor prefiere el formato breve del cuento y deja en el aire la duda sobre la realidad de los seres mitológicos que presenta. Así, las sirenas y su canto fabuloso aparecen en La Mort et le coquillage (1907), que narra la muerte de un hombre que ha escuchado el canto de una sirena, o en La Cantatrice (1911), que presenta a una misteriosa cantante de ópera de voz cautivadora. Le Baiser fabuleux (1928) también evoca a estos seres marinos, entre la embriaguez y los espejismos. El cuento Hippolyte (1928) narra la vida de un hombre al que le han amputado las dos piernas, que pasa los días en un cuartel de dragones y pone su profundo conocimiento y su comprensión intuitiva de los caballos al servicio de los jinetes. A su muerte, el narrador descubre en su habitación paredes cubiertas de cuadros y grabados de centauros, y evoca entonces la posibilidad de que Hippolyte fuera un centauro mutilado. El relato L'Ogre (1933), por su parte, no es más que la evocación de una figura mítica: cuenta la trágica gesta de una niña que asesina a un amable anciano al confundirlo con el ogro de su cuento de hadas favorito.
Por otra parte, su primera novela publicada con su nombre verdadero, Le Docteur Lerne, sous-dieu (1908), refleja tanto sus lecturas de las metamorfosis mitológicas como su afición por esos seres legendarios. El doctor Lerne ha ideado una técnica de injerto de tejidos vivos que permite transferir la mente de un ser vivo —humano o animal— a un cuerpo ajeno. Llama a este arte la «operación circeana» —por la maga Circe, que transforma en cerdos a los compañeros de Ulises en la Odisea—, y transfiere la mente de su sobrino, Nicolas Vermont, al cuerpo de un toro llamado «Júpiter». El nombre del doctor remite además directamente a la hidra de Lerna, un animal fabuloso de numerosas cabezas que vuelven a crecer cada vez que se corta una. Así, a la manera de la hidra, cuyas características la hacen virtualmente invencible, la mente del doctor logra escapar al final de la novela a un nuevo cuerpo: el de un automóvil.
Para definir la novela maravillosa científica, Maurice Renard explica que el relato debe basarse en un sofisma: el autor debe establecer una premisa falsa, por ejemplo la modificación de una ley científica —ya sea por la alteración de una ley biológica (del cuerpo humano), química (de la materia) o física (de la naturaleza)—, de la que debe extraer todo un razonamiento lógico. En sus propios relatos maravillosos científicos, Maurice Renard aplica también su teoría con la lógica más implacable, como en la novela Le Docteur Lerne, donde explota la idea del injerto hasta sus consecuencias más extremas (injertos hombre-animal, animal-vegetal y, finalmente, hombre-máquina). Lo que realmente interesa al escritor no es tanto la acción como las consecuencias que se derivan de esa alteración de las leyes científicas. Por ello, a diferencia de Wells, que muestra en La isla del doctor Moreau su horror por los injertos contra natura, Le Docteur Lerne deja entrever la fascinación de su autor por una ciencia que concibe como una auténtica empresa prometeica. En general, la ciencia que lleva a la ficción está siempre ligada a la ampliación de lo visible, gracias a nuevos instrumentos ópticos —rayos X, telescopios, microscopios o fotografía— que permiten no solo poner de manifiesto los límites del saber humano, sino también ofrecer una mirada nueva sobre el mundo conocido. Sin embargo, su práctica de la novela maravillosa científica evolucionó a lo largo de su carrera, en paralelo a sus intentos teóricos de redefinir y popularizar el género. Tras la guerra y los horrores causados por la tecnología, su fascinación disminuyó y ofreció una mirada más matizada sobre la técnica, tanto en la novela corta L'Homme truqué (1921) como en el relato La Rumeur dans la montagne (1920), en el que la tecnología aparece como destructora de la capacidad de soñar. Progresivamente, el elemento maravilloso científico pasó a desempeñar solo el papel de un artilugio científico cuya función se limitaba a desencadenar la acción, y ya no daba lugar a interrogantes sobre la naturaleza humana o el cosmos. Estos relatos se hicieron cada vez más escasos, de modo que su última novela vinculada al género fue Le Maître de la lumière, publicada en 1933. En su producción literaria, su obra maravillosa científica comprende siete novelas y algunas decenas de relatos.

Su primera novela maravillosa científica, Le Docteur Lerne (1908), trata de la alteración de una ley biológica, la del injerto logrado, que intentaban algunos grandes cirujanos a comienzos del siglo XX. Admitiendo como certeza la hipótesis científica del injerto entre los reinos animal y vegetal, la novela narra los experimentos de trasplante de cerebros realizados por el doctor Lerne para intercambiar las personalidades de animales y humanos. Manipulando al extremo estos trasplantes, el doctor busca alcanzar la inmortalidad transfiriendo su conciencia a un automóvil. En 1920 retomó el tema del injerto humano en la novela Les Mains d'Orlac. En ella, un célebre pianista recibe nuevas manos tras un accidente. Después de la operación, cuando descubre que sus manos eran las de un asesino condenado a muerte, empiezan a producirse sucesos extraños a su alrededor. Renard trata aquí lo maravilloso como objeto de estudio: no es un elemento fantástico, sino el resultado de una técnica inédita —un injerto de mano en 1920— cuyas posibles consecuencias analiza: la cuestión de la sugestibilidad, pero también los trastornos psicosomáticos, fisiológicos y psicológicos. Tras el «hombre híbrido», primera fase de la mejora del ser humano mediante un injerto procedente de un animal o de otro humano, Maurice Renard va más lejos al narrar el «hombre aumentado», que recibe, para mejorar sus capacidades, no un injerto orgánico, sino un implante tecnológico. Este es el tema de la novela L'Homme truqué (1921), en la que el protagonista recibe un implante ocular. Tras perder la vista durante la Primera Guerra Mundial, Jean Lebris sirve de cobaya a un misterioso científico que, en lugar de devolverle la vista, lo dota de electroscopios que le permiten ver la electricidad. El tema del superhombre, recurrente en el género maravilloso científico, adopta en Maurice Renard la forma de una interrogación, a través de los experimentos de científicos ambiciosos e inmorales, sobre los límites del ser humano. En otros dos relatos, el escritor se pregunta por los cambios que pueden introducirse en el cuerpo humano. En L'Homme au corps subtil (1912), un maleante aprovecha el descubrimiento del científico Bouvancourt para atravesar la materia, en este caso las paredes de un banco, mientras que en L'Homme qui voulait être invisible (1923) un individuo intenta repetir el experimento del protagonista de H. G. Wells.

Otro punto de partida del relato maravilloso científico en el que se apoya Maurice Renard es la alteración de las leyes químicas, es decir, las que rigen la materia y sus transformaciones. Para el autor, esto se traduce primero en experimentos sobre el cuerpo humano, no ya para crear un hombre aumentado, sino para liberarse de las limitaciones biológicas. En 1922 publicó el relato La Grenouille, en el que un profesor de física logra devolver un remedo de vida a su madre difunta aplicando el experimento de Galvani con electrochoques. Tres años después publicó un folletín escrito con su amigo Albert-Jean, Le Singe. Próxima al misterio policíaco, esta novela narra la investigación policial sobre el hallazgo periódico del cadáver de la misma persona, un tal Richard Cirugue. El caso se resuelve con la captura del Richard Cirugue original, que ha logrado, mediante un procedimiento de radioplastia, un medio de crear clones de sí mismo, aunque sin lograr animar los cuerpos. Su novela Un homme chez les microbes (1928) utiliza un tema tradicional de la literatura de imaginación científica: lo microscópico. Un joven, rechazado por su futura familia política con el pretexto de que es demasiado alto, experimenta en sí mismo un tratamiento para perder unos centímetros. El experimento funciona, pero no logra estabilizar su estatura y se encoge hasta el nivel atómico, donde encuentra un pueblo microscópico. Por último, su última novela maravillosa científica, Le Maître de la lumière (1933), no trata ya de un experimento biológico, sino del descubrimiento de una roca de propiedades fabulosas, la luminita. Este material, con una asombrosa capacidad de absorber la luz, permite ver las imágenes del pasado que se han reflejado en él.
Además, extrapolando los avances tecnológicos futuros, Maurice Renard se interesa por las múltiples consecuencias de estos inventos: desde lo más trivial, en el cuento La Découverte (1925), en el que la invención de un teléfono con sistema televisual permite al inventor sorprender el adulterio de su mujer, hasta graves consecuencias geográficas, en el relato de anticipación Avenir (1927), donde el perfeccionamiento de los medios de locomoción ha extendido el extrarradio de París hasta Reims. Pero es sobre todo en el relato maravilloso científico Le Voyage immobile donde Maurice Renard explota más a fondo el tema de los medios de locomoción. Imagina el aérofixe aplicando conocimientos científicos válidos, en concreto el principio de inercia, en un contexto inédito: la máquina se eleva hasta el cielo, donde no corre el riesgo de encontrar obstáculos, y una vez encendidos los motores mantiene una inmovilidad absoluta. El desplazamiento no es obra de la máquina, sino de la rotación de la Tierra sobre sí misma, de modo que en un día es posible dar la vuelta al mundo. En un registro sentimental, el autor imagina en el cuento de anticipación Le Cœur et le progrès (1928) la invención de un vídeo extremadamente realista que restituye escenas del pasado.

Como consecuencia de los trastornos científicos que imagina Renard, la exploración de mundos hasta entonces inaccesibles al común de los mortales se convierte en un tema recurrente del relato maravilloso científico. Lo hace, en primer lugar, ofreciendo un punto de vista nuevo sobre un mundo familiar para el lector: el pasado. El narrador puede ser espectador, por ejemplo gracias a la luminita, que permite ver imágenes del pasado en Le Maître de la lumière, o a una radio que capta conversaciones de más de un siglo atrás en el cuento La Merveilleuse énigme (1928); o puede ser actor directo de los acontecimientos que observa: el relato Les Vacances de M. Dupont (1905) trae el pasado al presente con la eclosión de un huevo de dinosaurio, mientras que en Le Brouillard du 26 octobre (1913) un fenómeno inexplicado envía temporalmente a dos científicos a la era terciaria. Los viajeros en el tiempo descubren entonces con estupor que los primeros hombres tenían originalmente alas. Por último, el cuento L'Étrange accident (1931), aunque más próximo al relato fantástico, presenta un bucle temporal en el que un anciano ve a su doble con veinte años. Más allá de la visión de imágenes del pasado, Maurice Renard narra el descubrimiento —y a veces la exploración— de mundos hasta entonces invisibles. Esta ampliación de lo visible, que deriva directamente de su proyecto de 1909 de hacer descubrir al lector el mundo que lo rodea desde un ángulo nuevo, refleja su fascinación por la alteración de los sentidos y de la percepción humana. Ya en 1909 abordó este tema en el relato La Singulière Destinée de Bouvancourt, que narra la desventura del físico Bouvancourt, quien, tras descubrir la manera de pasar al otro lado de un espejo, queda prisionero de ese mundo de reflejos.

En 1911, el escritor se interrogó por primera vez sobre la existencia de un mundo invisible que nos rodea. En Le Péril bleu narra los misteriosos secuestros de personas en la región del Bugey. Las desapariciones son obra de los sarvants, criaturas inteligentes e invisibles que viven por encima de la atmósfera y recogen de la superficie de la Tierra humanos a los que estudian en prisiones aéreas y, si es necesario, diseccionan. Además del tratamiento original del tema de una raza no humana, que escapa al cliché habitual del monstruo de ojos saltones —los sarvants son diminutas arañas capaces de combinarse para formar un conjunto multiforme—, Maurice Renard invita al lector a reflexionar de verdad sobre la alteridad. Renard, que en sus papeles se definía como «metaforista», basa su intriga en una metáfora: los humanos son como peces que los sarvants pescan con fines científicos. En el epílogo, Maurice Renard invita al lector a relativizar su conocimiento del mundo real, que no es en definitiva más que el producto de percepciones incompletas:
La humanidad, que no posee sobre el universo más que un pequeño número de tragaluces, que son nuestros sentidos, solo percibe de él un rincón irrisorio. Debe esperar siempre sorpresas surgidas de todo ese desconocido que no puede contemplar, salidas del inconmensurable sector de inmensidad que todavía le está vedado.Maurice Renard, Le Péril bleu
Diez años después, el autor volvió a evocar la existencia de un mundo invisible, que se revela incidentalmente al protagonista. En la novela L'Homme truqué, el héroe Jean Lebris, dotado de una visión electroscópica, logra ver mucho más allá del espectro normal de la visión humana. No solo puede observar los campos magnéticos, el movimiento del viento y todo tipo de radiaciones, sino que descubre también la existencia de entidades eléctricas invisibles. Este pueblo se mueve en forma de orbes alrededor de los seres humanos, cuyos órganos sensoriales no son lo bastante sensibles para percibirlos. En los años siguientes, Maurice Renard desarrolló esta hipótesis en los cuentos Gardner et l'invisible (1929), Eux (1934) y L'Œil fantastique (1938). Los tres relatos presentan las hipótesis de tres científicos que se preguntan por la existencia de seres invisibles en nuestro entorno inmediato. Estas criaturas, que manipularían a su antojo al ser humano, serían también la causa de las enfermedades y, en definitiva, de la muerte. La filiación entre estos tres cuentos, que formarían así un tríptico, se establece explícitamente en el último, que evoca la trágica muerte de los dos protagonistas principales de los textos anteriores. En su novela Un homme chez les microbes (1928), el escritor presenta el mundo invisible imaginando esta vez a un hombre que se encoge hasta el nivel atómico y descubre una civilización de seres telépatas. Así, mezclando el tono ligero de los viajes extraordinarios y las observaciones realistas propias de las variantes de ficción modernas, Maurice Renard narra otra faceta de la pluralidad de los mundos.
Pese a su predilección por lo fantástico y lo maravilloso científico, Maurice Renard procuró siempre variar los registros con el afán de sorprender al lector. Los cuentos que publicaba con regularidad en los periódicos eran el formato idóneo para multiplicar los géneros —humorísticos, dramáticos, sentimentales, fantásticos y maravillosos científicos—, y desde sus primeras novelas mostró interés por los enigmas policíacos. Este interés se desarrolló durante su conversión en folletinista a partir de la década de 1920, cuando se dedicó a los numerosos géneros populares. No obstante, aunque retoma sus códigos —es decir, sus características temáticas y diegéticas—, los intelectualiza para producir una novela concebida como exigente, que hace reflexionar al lector.

Al comienzo de su carrera, su ambición lo llevó a una obra esencialmente fantástica y maravillosa científica; después de la Primera Guerra Mundial se propuso convertirse en novelista popular. Esta evolución lo obligó no solo a adquirir un estilo y un ritmo nuevos, propios de los folletinistas, para mantener al lector en vilo, sino también a diversificarse y a abordar los géneros populares más vendibles. En primer lugar, el género policíaco ocupa un lugar cada vez más importante en su producción. Aunque siempre tuvo gusto por los misterios policíacos, como el de Le Péril bleu (1911) o los de los numerosos cuentos publicados en la prensa a partir de 1908, a partir de comienzos de la década de 1920 sus novelas maravillosas científicas incorporan casi siempre una intriga policíaca: Les Mains d'Orlac (1920), L'Homme truqué (1921) y Le Singe (1925). Con ? Lui ? (1926) y, más tarde, Le Bracelet d'émeraude (1933) y Le Mystère du masque (1933-1934), Renard pasó a escribir novelas estrictamente policíacas, aunque se complació en mantener una atmósfera fantástica, como la doble personalidad del protagonista de ? Lui ?, que recuerda mucho a la figura del doctor Jekyll y su alter ego el señor Hyde. Las dos novelas policíacas de 1933 y 1934 tienen como protagonista al detective aficionado Francis Perlot, un mecánico que investiga por su cuenta misteriosos asesinatos a la manera de Rouletabille. En 1933 se anunció una nueva aventura de Perlot con el título Le Monde perdu, que nunca llegó a publicarse. Además de estas novelas, siguió publicando cuentos policíacos en los diarios, como la serie de investigaciones del comisario Jérôme, publicada a partir de 1928 en Le Matin. Algunos de estos relatos breves se reunieron en volúmenes. Le Carnaval du Mystère (1929) incluye numerosos cuentos policíacos, como Cambriole (1923, L'Intransigeant), Un crime (1924, Le Matin) o Un masque (1926, Le Matin). En 1932 tenía previsto publicar un nuevo volumen con el título Celui qui n'a pas tué, que debía reunir cuentos y relatos policíacos, pero el proyecto acabó frustrándose.

Maurice Renard se interesó también por otros géneros de la literatura popular, como la novela sentimental. Además de los numerosos cuentos sentimentales, a menudo crueles, que entregaba a los diarios, publicó La Jeune Fille du yacht (1930) —en la que introdujo algunos recuerdos autobiográficos—, Une fleur dans la tourmente (1936) y Le Signe du cœur (1937). Durante la década de 1930, sin limitarse ya a un solo género, el autor escribió numerosos cuentos y folletines que reúnen todos los temas de la literatura popular: intrigas sentimentales, testamentos extraños, sociedades secretas, crímenes políticos, raptos y aventuras. Así, en Le Maître de la lumière (1933), la intriga retoma el tema de Romeo y Julieta, pero introduce progresivamente otros temas, históricos y maravillosos científicos; las novelas La Vie romancée de Colbert, l'homme de fer (1934) y Le Violon de la reine (1935) combinan, por su parte, los temas histórico y sentimental. Por último, como para Renard la acción es la esencia de la literatura popular, no podía descuidarla si quería agradar al público. Por eso sus últimas novelas beben además de la literatura de aventuras: Les Mousquetaires des Halles (1935), Les Trois Coups du destin (1938) y La Redingote grise (1939).
Su interés por la historia se manifestó también en 1923, cuando publicó un artículo titulado «L'entrée de Louis XVI à Reims» en la revista de la Champaña Le Pampre, de René Druart. Revisado y ampliado, este ensayo se publicó en la editorial de Georges Crès en 1927 con el título Notre-Dame Royale.

A lo largo de su carrera, Maurice Renard publicó dieciocho novelas y seis volúmenes de relatos. Hasta la Primera Guerra Mundial, sus obras se publicaban directamente en librería en distintas editoriales: Plon, Georges Crès, Louis Michaud o Mercure de France. A partir de 1919 inició una colaboración con el diario L'Intransigeant, en el que reeditó por entregas Le Péril bleu y, al año siguiente, ofreció la novela inédita Les Mains d'Orlac. Esta colaboración, en la que publicó relatos y folletines, terminó en 1927. Después entregó con regularidad folletines a diversos periódicos: La Revue universelle para Un homme chez les microbes en 1928, La Petite Illustration para La Jeune Fille du yacht en 1930, Le Journal de la femme para Le Bracelet d'émeraudes en 1933 y, por última vez, L'Intransigeant para Le Maître de la lumière ese mismo año. En 1933 logró por fin hacerse un lugar en el diario de gran tirada Le Petit Parisien, en el que publicó un folletín cada año. A lo largo de su carrera, además de su labor como folletinista, Maurice Renard publicó sus numerosos relatos en diversas publicaciones diarias o mensuales, nacionales o locales: La Petite Illustration, Je sais tout, L'Éclaireur de l'Est, Eve, Le Journal de la femme…
Cuando emprendió su conversión en folletinista a comienzos de la década de 1920, inició una estrecha colaboración con la editorial de Georges Crès, un editor aficionado al misterio. Maurice Renard y Georges Crès ya habían trabajado juntos en la publicación de Le Docteur Lerne en 1908, y volvieron a encontrarse en 1921 para la publicación de L'Homme truqué. Paralelamente a la publicación de los nuevos folletines y de volúmenes inéditos de relatos entre 1921 y 1929, esta colaboración continuó con la reedición de la mayoría de sus obras anteriores: el volumen M. d'Outremort, rebautizado para la ocasión Suite fantastique (1921), Le Docteur Lerne (1922), una versión revisada del volumen Le Voyage immobile (1922), Le Péril bleu (1922) y, por último, Les Mains d'Orlac (1927). Sin embargo, cuando publicó La Jeune Fille du yacht en 1930, la editorial G. Crès atravesaba dificultades económicas. Su proyecto de volumen de relatos Celui qui n'a pas tué, emprendido con la editorial en 1932, acabó frustrándose. La pérdida de su editor de siempre parece haber afectado a sus publicaciones, ya que —salvo Le Mystère du Masque, publicado en 1935 por la Librairie des Champs-Élysées, y Les Mousquetaires des Halles, publicado en 1937 por Tallandier— Maurice Renard no volvió a publicar folletines en librería durante esa década.
Además de su producción de novelas y relatos, Maurice Renard publicó a lo largo de toda su carrera numerosos cuentos en periódicos (los contes de presse). Estos relatos breves, de dos o tres páginas como máximo, se publicaban en los diarios. Como apenas se recopilaron en libro, esta literatura efímera ha sido poco reconocida. Caído en desuso tras la Segunda Guerra Mundial, este género literario vivió su apogeo durante el período de entreguerras. Según Brian Stableford, Renard fue uno de los últimos grandes cultivadores del cuento periodístico en Francia. Tras sus primeros ensayos en el formato corto, con la escritura de sainetes en 1907 en Le Supplément, una publicación anexa del diario La Lanterne, escribió más de seiscientos cuentos —quinientos cincuenta y nueve de ellos en la sección «Les Mille et un matins» del diario Le Matin—, de los que solo algunas decenas se recopilaron. El formato breve y efímero de estos relatos le permitía abordar numerosos géneros: humorísticos, dramáticos, sentimentales, policíacos y, por supuesto, maravillosos científicos. Como la brevedad obligaba a resolver rápido las intrigas, Renard lo compensaba profundizando algunos temas a lo largo de varios cuentos o haciendo aparecer personajes de forma episódica, como el comisario Jérôme, presente en veintiséis cuentos publicados entre 1928 y 1939. Por último, también por su brevedad, el arte de sus cuentos reside sobre todo en el final, para el que utiliza una estructura recurrente: tras abrir con un hecho misterioso, introduce progresivamente elementos fantásticos que conducen al lector a la incertidumbre, antes de concluir con un giro o un desenlace brusco.

Los comienzos literarios de Renard llamaron la atención en los círculos parisinos y recibieron numerosos elogios de sus colegas y de los críticos literarios. Así, su primer volumen de relatos, Fantômes et Fantoches (1905), despertó la admiración del novelista François Coppée; Le Docteur Lerne (1908) fue calificada de «novela subdivina» por Guillaume Apollinaire, y Le Péril bleu (1911) fue elogiada por el reciente ganador del Premio Goncourt, Louis Pergaud.
Muy pronto tuvo también detractores, en particular entre las personalidades vinculadas a La Nouvelle Revue française. Jacques Copeau en 1912 y Jacques Rivière en 1913 lamentaron la ausencia total de psicología en las obras de Maurice Renard, que además calificaron de «entretenimiento bastante pueril».

En general, sin embargo, los críticos de comienzos del siglo XX recibieron su obra con cierta indiferencia, porque desdeñaban las literaturas policíaca y de anticipación, consideradas demasiado populares. Fue sobre todo un círculo reducido de colegas —entre ellos J.-H. Rosny aîné, Octave Uzanne, Charles Derennes, Robert de Souza, Jean Ray o Albert Dubeux, que elogiaron unánimemente la calidad literaria de sus escritos— el que hizo de Renard uno de los pocos escritores franceses de literatura de imaginación científica reconocidos por la élite literaria de París a comienzos del siglo XX. En abril de 1925, la revista Vient de paraître. Revue des Arts et des Lettres le dedicó un dossier en el que numerosos escritores y científicos rindieron homenaje a su estilo literario, invariablemente original, sobrio y eficaz. Sin embargo, este reconocimiento de sus pares no se tradujo en éxito de público. Pese a las reediciones de sus obras, tuvo además numerosas dificultades editoriales, en particular con Un homme chez les microbes, escrita ya en 1907 pero publicada veinte años más tarde tras tres reescrituras, o con Le Maître de la Lumière, anunciada en 1920 y publicada en 1933.
El reconocimiento del público llegó tarde, en parte gracias a la adaptación cinematográfica de Les Mains d'Orlac en 1924 por Robert Wiene. También en esa época su producción literaria empezó a exportarse, aunque las obras traducidas fueron sobre todo sus novelas. Salvo Le Docteur Lerne, traducida al alemán y al ruso poco después de su publicación francesa, sus obras se difundieron en el extranjero principalmente durante la década de 1920, y sobre todo en Alemania y Europa del Este: algunas novelas se publicaron en inglés, italiano o ruso, pero casi todas se tradujeron al alemán, el polaco, el checo y el húngaro.
Ignorado por la historia de la literatura oficial, debido en gran parte a la hibridez genérica de sus escritos, que hace arriesgadas las comparaciones con sus contemporáneos también cultivadores de la literatura de imaginación científica, como Julio Verne, J.-H. Rosny aîné y H. G. Wells, Maurice Renard sigue siendo poco estudiado por los investigadores y una figura poco conocida por el gran público. Sin embargo, los especialistas francófonos en ciencia ficción lo califican con frecuencia de «padre espiritual», «precursor» o «pionero» del género, lo que le confiere la condición de fundador francés de la ciencia ficción. En realidad, esta visión teleológica, que define la producción maravillosa científica de Maurice Renard como una ciencia ficción arcaica, es engañosa porque borra su singularidad. Por eso algunos investigadores, que insisten en que su producción mezcla literatura de imaginación científica, mitológica y fantástica, prefieren calificarla de «fantástico-científica» o de «ciencia ficción fantástica» para destacar sus particularidades. En cualquier caso, los especialistas le reconocen un papel relevante en la historia de la literatura de imaginación científica: el ensayista Pierre Versins lo consideró «el mejor autor francés de anticipación científica de los años 1900-1930, entre Julio Verne y J.-H. Rosny aîné por un lado, y Jacques Spitz y René Barjavel por otro», y los enciclopedistas Guy Costes y Joseph Altairac le otorgaron el título de «maestro indiscutible de lo maravilloso científico» por su condición de teórico y practicante del género.
Durante toda la segunda mitad del siglo XX, la obra de Maurice Renard solo despertó el interés de los especialistas y editores de ciencia ficción, que consideraban secundarios sus otros textos, vinculados a los géneros policíaco, sentimental y de aventuras. Por eso, mientras que sus folletines tardíos no llegaron a publicarse en librería, los vinculados al género maravilloso científico se reeditaron de forma esporádica a lo largo del siglo XX, y de manera más sostenida desde comienzos del siglo XXI, gracias al trabajo de algunas editoriales dedicadas a la literatura maravillosa científica, como Grama (con su colección «Le Passé du futur»), Les Moutons électriques (colección «Bibliothèque voltaïque»), las ediciones de la BnF (colección «Les Orpailleurs»), L'Arbre Vengeur y la Petite Bibliothèque Ombres. Junto a las reediciones de novelas, muchos relatos y cuentos de Maurice Renard fueron seleccionados por antólogos como André de Lorde y Albert Dubeux para Les Maîtres de la peur (1927), Jean Ray para La Gerbe noire (1947) o Jacques Sternberg para los volúmenes Les Chefs-d'œuvre du crime (1959), Les Chefs-d'œuvre de l'épouvante (1965) y Les Chefs-d'œuvre du fantastique (1967). Por último, a partir de la década de 2010 surgieron simultáneamente varias iniciativas para recuperar los cuentos periodísticos de Maurice Renard. Junto a las recopilaciones de cuentos en epub (ALCA Nouvelle-Aquitaine, ediciones Oxymoron) o de acceso directo en blogs de aficionados (Gloubik, La Porte ouverte), la editorial Opoto publicó en 2019 cincuenta cuentos, entre ellos los protagonizados por el comisario Jérôme. Pero fue sobre todo al año siguiente cuando la iniciativa de la editorial Mi Li Ré Mi dio lugar a un trabajo de reedición de gran envergadura, con la publicación de la totalidad de los artículos, cuentos y relatos de Maurice Renard en cinco volúmenes.
Por otra parte, la crítica anglófona de ciencia ficción nunca estudió realmente la obra de Maurice Renard, por un lado debido a la mala calidad de las escasas traducciones existentes, y por otro porque su estilo híbrido de «ciencia ficción fantástica» era demasiado singular. Su influencia no fue, sin embargo, inexistente: no solo muchos de sus relatos fueron reciclados por autores de distintas nacionalidades en busca de inspiración desde comienzos del siglo XX, sino que también inspiraron numerosas películas y episodios de series de televisión estadounidenses, como La dimensión desconocida, Historias del más allá o Historias de la cripta. Pero su obra no se difundió realmente en el extranjero hasta que el gran público francés la redescubrió, hacia la década de 2010. Sus novelas se tradujeron al ruso (? Lui ? en 2011, Le Docteur Lerne en 2012, Le Singe en 2013, Le Péril bleu en 2015 y Le Maître de la lumière en 2016), al italiano (Les Mains d'Orlac en 2009 y Le Péril bleu en 2015), al español (Le Docteur Lerne en 2007 y Le Maître de la lumière en 2011) y al inglés (Le Péril bleu, L'Homme truqué, Un homme chez les microbes y Le Maître de la lumière en 2010). Además, el novelista Brian Stableford, autor de estas traducciones inglesas, publicó en 2020, también en Black Coat Press, la antología The Bald Giants, que reúne doce cuentos del escritor.

Única novela que inspiró a los cineastas, Les Mains d'Orlac fue adaptada por primera vez cuatro años después de su publicación. En 1924, Robert Wiene rodó Orlacs Hände, con Conrad Veidt en el papel protagonista. El director alemán, ya consagrado por el éxito de El gabinete del doctor Caligari, aprovechó su dominio del cine expresionista para subrayar la dimensión terrorífica de la historia. En la década de 1930 se proyectó adaptar ? Lui ?, pero fue de nuevo Les Mains d'Orlac la que llegó a las pantallas en 1935, esta vez en una versión estadounidense: Mad Love, de Karl Freund, contó con Peter Lorre en el papel del doctor Gogol.
A diferencia de la novela y de la versión de 1924, Karl Freund centra la intriga no en Orlac, sino en el cirujano. Como indica el título original, la trama gira principalmente en torno a la pasión del doctor Gogol por la mujer de su paciente, más que en torno a la historia del injerto de manos. En 1960, Edmond T. Gréville firmó una adaptación franco-británica con Mel Ferrer, y dos años después una nueva versión estadounidense, esta vez no oficial, dirigida por Newton Arnold, adaptó la novela con el título Hands of a Stranger.

A partir de la década de 1970, las adaptaciones televisivas francesas tomaron el relevo de las cinematográficas, con un interés añadido por otras novelas de Maurice Renard. En 1975, Jean-Christophe Averty realizó Le Péril bleu, con los actores Jean-Roger Caussimon (profesor Le Tellier), Bernard Valdeneige (Robert Collin), France Dougnac (Marie-Thérèse Le Tellier) y Michel Modo (Tiburce), con su método de realización habitual: para recrear la atmósfera fantástica en la que se mueven los personajes, Averty dirigía a los actores en estudio e incrustaba después en el control de realización los decorados, los efectos de vídeo y las intervenciones gráficas. En 1983 le llegó el turno a Le Docteur Lerne, sous-dieu, llevado a la televisión con L'Étrange Château du docteur Lerne, de Jean-Daniel Verhaeghe. El actor gascón Jacques Dufilho fue elegido para encarnar al megalómano doctor Lerne, un científico que ha perdido todo sentido de la ética y de la medida. Por último, la novela Les Mains d'Orlac, que ya había inspirado al cine, tuvo dos nuevas adaptaciones televisivas. En el marco de «Des voix dans la nuit», una colección de seis telefilmes fantásticos realizados en 1991, Peter Kassovitz adaptó la novela en un episodio con los actores Jacques Bonnaffé y Laszlo Szabo. En 2013, el personaje tomó los rasgos de una mujer, Roxana Orlac, en el telefilme Les Mains de Roxana, dirigido por Philippe Setbon.
A partir de 2009, Serge Lehman se propuso, a través de varias series de historietas, sacar a la luz toda una parcela olvidada de la literatura francesa de anticipación de la primera mitad del siglo XX. La obra literaria de Maurice Renard ocupa un lugar importante en este proyecto y es objeto de adaptaciones y continuaciones. Además de una breve aparición del escritor en la serie La Brigade chimérique, cuya trama narra la desaparición de los superhombres en Europa en 1939, Renard se convierte en personaje secundario del álbum L'Homme truqué, en el que hace de biógrafo oficial del superhombre Jean Lebris. En este álbum de 2013, concebido como precuela de La Brigade chimérique, Serge Lehman adapta la novela homónima mezclándola con la trama de Le Péril bleu, y prosigue su exploración del tema del superhéroe a la europea. A diferencia de la novela original, sin embargo, el final de la historieta es más optimista, ya que se explica que Maurice Renard habría mentido para proteger la existencia del verdadero Jean Lebris. En 2022, con La Brigade chimérique – Ultime Renaissance, Serge Lehman ofrece una continuación de la serie ambientada en 2021. El protagonista de L'Homme truqué, el capitán Jean Lebris —convertido en Rigg—, vuelve al servicio a los ciento veintiséis años: convertido en cíborg tras una carrera de superhéroe en Estados Unidos entre 1940 y la década de 1980, regresa a Francia para reconstituir el nuevo avatar de la Brigade chimérique.
Maurice Renard es autor de dieciocho novelas y de varios centenares de relatos y cuentos publicados en la prensa. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando se convirtió en un autor verdaderamente profesional, publicaba primero sus obras por entregas en revistas y después en librería.
En 2020, bajo la dirección de Jacques Olliveau, Claude Deméocq y Jean-Luc Buard, toda su producción de relatos y cuentos se reunió en cinco volúmenes de obras completas publicados por ADPF y Mi Li Ré Mi. Estos volúmenes suman seiscientos sesenta y seis cuentos y relatos del autor, la novela corta L'Homme truqué y un centenar de artículos de Maurice Renard y sobre él.
