Las once, y sus variantes las onces y la once, son términos documentados en Hispanoamérica para designar un aperitivo, refrigerio o comida cuya denominación, horario, composición y función social varían según el lugar y la época. Denominan habitualmente una comida o refrigerio de la tarde en Chile y el centro de Colombia.
El término «las once» apareció como parte de la locución verbal «hacer las once», asociada inicialmente al consumo de bebidas alcohólicas. Jorge Juan y Antonio de Ulloa, a partir de sus observaciones entre 1735 y 1744 en América del Sur, documentaron en 1748 la práctica social de consumir aguardiente a las once de la mañana para recuperar fuerzas, favorecer el apetito y aliviar los efectos del sudor. En 1771 José Celestino Mutis destacó la utilidad del aguardiente de caña en los países cálidos, donde situó el origen y la difusión de la «bien recibida costumbre de hacer las once». En 1789 Antonio de Alcedo registró la expresión como el hábito de los países cálidos de América de ofrecer rosoli a las visitas para aliviar la languidez causada por el calor y sudor.
Las once no eran solo una costumbre americana sino también española. En España, una referencia a un episodio de 1744 documentó que, tras un acto de graduación en la Universidad de Oviedo, el nuevo doctor obsequiaba a graduados, invitados y otros con «espléndidas onces, comidas, refrescos y regalos». Su uso como denominación de una refacción está registrado en textos españoles desde el primer tercio del siglo XIX: Mesonero Romanos y Pereda, por ejemplo, emplearon la locución verbal «tomar las once» para referirse a una ingesta acompañada de, según el caso, panecillos o vino. Montis y Torrente Ballester también mencionaron la costumbre en el siglo XX.
La locución verbal «hacer las once» fue incorporada por primera vez al Diccionario de la lengua castellana en su quinta edición (1817), cuando se definió como «beber entre once y doce de la mañana vino ó licor». La locución se reformuló como «hacer ó tomar las once», definida como «[t]omar un corto refrigerio entre once y doce de la mañana, ó entre el almuerzo y la comida» en la décima edición (1852), como «[r]efrigerio ligero que se toma entre once y doce de la mañana, o a diferentes horas de la tarde, según los países» en la decimonovena edición (1970), y como «[t]omar un refrigerio ligero entre las once y las doce de la mañana, o a diferentes horas de la tarde, según los países» desde la vigésima segunda edición (2001).
Sobre la etimología de la locución «tomar las once», una teoría no comprobada ha planteado que surgió como una forma de disimular el consumo de aguardiente, palabra de once letras. Esta teoría ha sido cuestionada por considerarse más plausible que la expresión aluda a la hora en que originalmente se tomaba el refrigerio.
En Chile se emplean las denominaciones «las once», «las onces» o «la once»; la élite chilena, sobre todo la santiaguina, «habla "del té", nunca de "la once"», término que asocia con las clases media y popular. El Diccionario de uso del español de Chile (2010) define «once» como «[c]omida principal de la tarde, que se toma entre el almuerzo y la cena, que consiste generalmente en una bebida caliente acompañada de pan».
Aunque ya era popular en el siglo XIX en Chile, allí tomó mayor fuerza durante la década de 1960. Según la Encuesta Nacional de Consumo Alimentario (2015), cerca del 90 % de los chilenos tomaba once, mientras que entre el 20 % y el 40 % cenaba. En 2016 se señaló que, en el contexto de los cambios en los hábitos cotidianos, la once había reemplazado la cena en muchas familias. Por su parte, un estudio basado en una encuesta de 2016 sobre las prácticas alimentarias de los adultos en la capital chilena observó que la once o té era más frecuente (56,9 %) que la oncecomida y la cena (21,9 % cada una).
En Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (1541-1868) (1869), el escritor e historiador Benjamín Vicuña Mackenna expresó que «por las once letras de [aguardiente] llamaban esta distribucion o parvidad las once (ortografía original)». En el primer diccionario de chilenismos (1875), el escritor y lexicógrafo Zorobabel Rodríguez registró el término «once» como «palabra castiza; aunque no sea fácil encontrar ejemplo de ella en los escritos de los clásicos[, que] deriva su nombre de la hora en que se toma [...; e]s por lo tanto, aunque curiosa, completamente antojadiza la etimolojía que atribuye al vocablo cuestionado el señor Vicuña Mackenna en [un] pasaje de su Historia de Santiago». Asimismo, señaló que «carece de plural i es un disparate decir: vamos a tomar las onces (ortografía original)».
En el cuarto volumen del Diccionario de chilenismos y de otras voces y locuciones viciosas (1916), el lexicógrafo Manuel Antonio Román observó que «[c]omo ya se usan tanto las once, la voz ha llegado a emanciparse de [los] verbos [hacer o tomar] y a campar por sí sola o acompañada de muchos otros: “¿De qué serán, o en qué consistirán hoy mis once? Déme Ud. mis once, y no espere a que se las vuelva a pedir. ¿A qué hora quiere o necesita Ud. las once? ¡Qué once las que me han preparado!” Conviene pues dejarla sola, ya que puede andar sin andadores». Como Rodríguez, Román censuró la forma plural: «[l]o que no puede perdonarse es el pl. que casi siempre le ponen los diarios y los malos libros: “Tomé unas onces bien suculentas. ¡Qué onces las que le ofrecieron al diputado!” Así, pronto nos dirán también: “Las doces del día; Las dieces era la hora en que almorzaba”». Al tratar la etimología de «las once» en Apuntes para la historia de la cocina chilena (1943), el historiador Eugenio Pereira Salas recogió dos explicaciones: «[una la] derivan los costumbristas [...] de las once letras del aguardiente, que los frailes utilizaban como un eufemismo que disimulara el sentido de la invitación[; la otra] la deriva de la voz inglesa the eleventh, [...] que habría introducido lord Cochrane en la marinería nacional para designar el refrigerio de mediodía».
Del término se ha derivado «oncecomida», «[...] que se toma en lugar de la once y la cena a la vez».
Vicuña Mackenna reseñó que una de las costumbres de los caballeros santiaguinos durante la Colonia «era tomar entre el desayuno i la comida, por via de confortativo, un poco de mistela o aguardiente (ortografía original)». En Recuerdos de mi vida (1942), la memorialista Martina Barros de Orrego refirió un episodio autobiográfico de 1853 que documenta el uso de la expresión en el ámbito escolar: «dejábamos, sobre la mesa, los canastos con las once que llevábamos de nuestras casas, y en donde íbamos a comerlas todos los niños juntos [...]; y cuando íbamos a tomar las once [uno de mis compañeros] se trepaba sobre la mesa y lo revolvía todo». Rodríguez registró el término «once» como «la refaccion que se toma a medio dia» (ortografía original). En Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico (1879-84) (1929), el memorialista Arturo Benavides Santos relató que, durante la campaña de Lima a fines de 1880, «[m]i asistente me presentó, a modo de onces, que en el campamento no se acostumbraba, huevos fritos en un plato de caramañola».
Al describir la transformación de las costumbres alimentarias chilenas entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, Pereira Salas señaló que:
E[n el Chile colonial, e]l orden regular era almuerzo, comida y cena. El almuerzo debió ser muy temprano; la comida antes de las 2 de la tarde; la cena se ordenaba a las seis. Del lapso [...] entre el almuerzo y la comida deriva la tradicional once [...;] el almuerzo, comida y cena hispánicas se [transformaron], en el convivir histórico chileno, en: desayuno, almuerzo, once y comida. En las élites más refinadas esta secuencia agrega la cena [...]. Las once o el té de las costumbres populares se bifurcan a veces en la hora del «causeo», definido en la expresión gráfica «tomar té con tenedor», y el almuerzo de la «choca» o vianda que llevan las esforzadas esposas al sitio del trabajo del marido.
Dentro de la secuencia diaria de comidas, su horario fluctúa, pero normalmente se acostumbra «tomar once» —en la región de Valparaíso, «tomar choca»— entre las 18:00 y las 20:00 horas. Su contenido varía según la región de Chile; la bebida —té, café, leche o mate— y los alimentos que la acompañan dependen de las costumbres locales:

En la zona central de Chile se consumen diversas variedades de pan, generalmente marraqueta, acompañado de cecinas, huevos, mantequilla, mermelada, palta, paté, quesos o tomate, entre otros. Además, se consumen galletas, pasteles y tostadas; también calzones rotos y picarones.
En el ámbito rural, la «once campesina» puede incluir pan amasado, miel, longanizas, prietas, quesos frescos y pebre, entre otros. La «once campesina para el trabajador de claro a claro», una propuesta patrimonial de la Región de O'Higgins, documenta una variante local con preparaciones como pan de miel, arrope de miel, mantequilla rosada y queso de cabeza, además de bebidas de frutas, cereales y hierbas.
En la cuenca del lago Llanquihue, las llamadas «onces alemanas», especialidad gastronómica local asociada a la tradición culinaria de los inmigrantes alemanes, incluyen kuchen, tortas, pan, embutidos y productos lácteos, entre otros. En Punta Arenas, ciudad con presencia de descendientes croatas, se ofrecen «especialidades en dulces croatas» para las once.
La «oncecomida», más abundante que la once habitual, puede incluir, además de los elementos tradicionales, sopaipillas, tortillas de rescoldo, cazuela o charquicán.
La antropóloga y escritora Sonia Montecino ha destacado el carácter familiar de esta comida y señalado que «es central pensarla desde el punto de vista de la sociabilidad[; i]nvitar a tomarla implica la construcción de un grupo»; asimismo, ha subrayado su particularidad culinaria, pues «lo singular es que aquí se mezcla en un mismo momento lo salado y lo dulce, algo que no pasa en todas partes».
En Colombia, además de «las onces» (Bogotá), «la(s) once(s)» (Santander) y «onces» (Huila), se emplean otras denominaciones regionales: «algo» (Antioquia), «entredía» (Nariño), «mediatarde» (Norte de Santander) y «segundilla» (Huila). El Breve diccionario de colombianismos (2012) define «onces» como «[c]orto refrigerio que se toma entre el almuerzo y la comida o, en algunos lugares, entre el desayuno y el almuerzo».
En Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1867-1872), el filólogo y lexicógrafo Rufino José Cuervo explicó que «este refrigerio ó refaccion deriv[a] su nombre de la hora á que solia tomarse cuando los bogotanos hablábamos segun nuestras costumbres propias». Asimismo, censuró las formas «las/mis onces»: «Harto comun es oir á los muchachos pedir las onces ó mis onces, resabio que todavía algunos conservan de crecidos [...], es obvio que habrá de decirse las once, mis once» y criticó el anglicismo lunch: «No es difícil que se tenga por rústico y palurdo á quien use entre las llamadas personas de tono la castiza locucion [...], porque en esas regiones suele tomarse á la inglesa un lunch. Como á estas cosas se expone uno tratando con necios» (ortografía original).
En Vocabulario criollo-español sud-americano (1910), el escritor costumbrista Ciro Bayo atribuyó al periodista colombiano Manuel María Madiedo (1815-1888) la explicación de que «tomar las once» es una «[e]xpresión derivada [...] de las once letras de la palabra aguardiente». Otra versión recogida por El Tiempo narra que unos seminaristas franciscanos de La Candelaria, en Bogotá, para combatir el frío, bebían aguardiente llevado por un sacerdote visitante de Manizales; para disimular su consumo, lo habrían llamado «once» por las once letras de aguardiente. La expresión se habría extendido después entre los hombres que se reunían a beber con sus amigos y, posteriormente, entre las mujeres que se juntaban a tomar té.
Del término se han derivado «onceadero», término coloquial usado en Cundinamarca y Santander para «salón de onces», y «oncear» («o zoncear, como dicen las gentes non ilustres»), «tomar las onces».
Al describir las costumbres alimentarias de Bogotá a comienzos del siglo XIX, la historiadora Cecilia Restrepo Manrique señaló que:
[...] los bogotanos consumían abundante comida, al día se servían cinco comidas distribuidas así: a las 7:00 a.m. se levantaban con una taza de chocolate, este se consideraba el desayuno, a las 10:00 a.m. se conformaban con una sopa, luego venía el almuerzo, más tarde la merienda y por la noche la cena.
En el cuadro de costumbres «La siembra del trigo» (1866), el escritor A. Briceño Briceño reseñó que «[a] las doce es costumbre en Colombia, dar a los trabajadores la ración de guarapo fermentado [...] Al guarapo sigue lo que llaman onces, y consisten en café o cacao, con yuca cocida o arepa y un pedazo de carne asada. Esta comida intermedia es de imprescindible necesidad, y se acostumbra en todas las casas».
En Léxico de la alimentación popular en algunas regiones de Colombia (1964), la lingüista María Luisa Rodríguez de Montes observó que la comida intermedia entre el almuerzo y la comida se tomaba entre las 14:00 y las 15:30. Entre sus bebidas y alimentos habituales mencionó: «café con leche, chocolate, aguadepanela, leche o coladas con pan o con arepa, [...] frutas»; y «mazamorra con arepa» en Antioquia. Asimismo, señaló que las onces eran una comida que se preparaba «en algunos lugares únicamente para los niños».
Las onces se toman en Bogotá a las 17:00 horas, y constan de una bebida y una comida sólida: café negro con almojábana, café con leche y galletas, chocolate caliente con pan, una gaseosa con empanada o un yogur con almendras, fruta, maní o una barra de proteína, entre otros.
En Perú en época moderna no hay vestigios del término «las once». Hacia el último tercio del siglo XIX, fue desplazado de forma progresiva por el anglicismo lunch, adaptado posteriormente como «lonche».
En Lima. Apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres (1867), el escritor y periodista Manuel A. Fuentes explicó en una nota que «las once letras componentes de [aguardiente] han servido de nombre honesto á esa comida, y escusado la frase poco aristocrática de “Vamos á echar un trago” (ortografía original)». Por su parte, el filólogo y lingüista José Luis Rivarola (1943-2012) consideró que «no parece plausible la relación con las once letras de aguardiente [...; l]a relación con la hora me sigue pareciendo la más natural».
En el artículo «Un lunch en Carnaval», el periodista Modesto Molina contrastó los términos «las once» y lunch:
Prometiendo a los padres que no faltaríamos al convite [una invitación a Chorrillos a las tres de la tarde], nos retiramos, no sin ponderar el aprovechamiento lingüístico de la chiquita [hija de los anfitriones], quien de seguro se quedaría poco menos que muda si alguien le dijese que lo que ella llama tomar lunch era para sus padres cuando jóvenes tomar o hacer las once.Modesto Molina, fragmento del artículo «Un lunch en Carnaval» (El Correo del Perú, año III, número 10, 1873)
La sustitución se consolidó cuando el anglicismo se adaptó a la fonética del español y comenzó a decirse «lonche».
Fuentes reseñó que «[e]n los tiempos antiguos se agazajaba á toda visita segun la hora del día; desde el medio dia hasta las cuatro de la tarde, se le obligaba á “tomar las once”[, que] se componían generalmente de pan, queso, fruta, aceitunas y, sobre todo, de aguardiente (ortografía original)».
La expresión «las once» también se ha documentado en Argentina, Bolivia, México y Venezuela.