| Batalla de Yucay | ||||
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| Parte de la conquista del Imperio inca | ||||
| Fecha | 2 de mayo de 1536 | |||
| Lugar | Valle de Yucay, Perú | |||
| Resultado |
Tácticamente: Victoria española Estratégicamente: Victoria incaica | |||
| Consecuencias |
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| Comandantes | ||||
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La batalla de Yucay fue un enfrentamiento militar ocurrido en mayo de 1536 entre los conquistadores españoles, al mando de Juan Pizarro, y las tropas incaicas dirigidas por Manco Inca, en el contexto de la conquista del Imperio incaico. El combate se suscitó en el valle de Yucay, cercano a la ciudad del Cusco.
El resultado fue un triunfo táctico español, al lograr que las fuerzas indígenas se retiraran hacia las colinas circundantes. Sin embargo, constituyó un fracaso estratégico, ya que los españoles no consiguieron capturar al Sapa Inca ni desarticular el grueso de sus tropas. Poco después, estas fuerzas iniciarían el asedio del Cuzco.
Tras los malos tratos infligidos por los conquistadores a Manco Inca, Hernando Pizarro regresó al Cusco con el propósito de restablecer la relación con el soberano inca. Como parte de esta estrategia, ordenó su liberación después de un intento fallido de fuga y mantuvo con él un trato aparentemente conciliador.
Durante este período, Manco Inca solicitó permiso a Hernando Pizarro para salir de la ciudad con el pretexto de recuperar objetos de oro destinados a los españoles. En una primera ocasión regresó luego de algunos días y entregó una figura de oro, lo que reforzó la confianza de los conquistadores. Poco después, volvió a pedir autorización para buscar otra pieza de oro macizo que, según afirmó, se encontraba en el valle de Yucay. Concedido el permiso, Manco abandonó el Cusco y no regresó.
En lugar de ello, inició una insurrección general, reuniendo a los nobles incas, a los indígenas que permanecían en la ciudad y refugiándose en regiones montañosas de difícil acceso para la caballería española. Desde allí despacharía capitanes por las diferentes regiones para convocar a los indígenas aptos para la guerra y organizar un ejército destinado a cercar el Cuzco y expulsar a los españoles.
Al comprender que la salida de Manco Inca había sido utilizada para preparar una rebelión a gran escala y
al recibir noticias de la concentración de fuerzas indígenas en el valle de Yucay, Hernando Pizarro decidió tomar la iniciativa. Para ello envió una fuerza de caballería al mando de su hermano Juan Pizarro, con la misión de dispersar a los rebeldes antes de que el cerco sobre la capital incaica se cerrara definitivamente.
Hernando Pizarro envió a su hermano Juan Pizarro al mando de 60 jinetes (prácticamente toda la caballería disponible en el Cuzco) hacia el valle de Yucay. En el trayecto se encontraron con dos españoles que habían acompañado a Manco Inca, quienes regresaban a la ciudad sin conocimiento de la rebelión.
Al llegar a las inmediaciones del valle, los españoles observaron desde la meseta la magnitud de las fuerzas indígenas, compuestas por alrededor de 10 000 soldados. Los batallones se encontraban al otro lado del río Yucay, confiados en que el cauce impediría el paso de la caballería.
Sin embargo, Juan Pizarro ordenó a sus hombres cruzar el río a nado con los caballos, iniciando él mismo la maniobra. Bajo una intensa lluvia de piedras y flechas, los españoles lograron alcanzar la otra orilla y entablar combate. Tras un enfrentamiento encarnizado, los indígenas se retiraron progresivamente hacia las laderas y cerros elevados que rodean el valle, donde la caballería no podía operar con eficacia.
La permanencia española en el valle terminó abruptamente cuando un mensajero de Hernando Pizarro llegó con órdenes urgentes de regresar al Cuzco. Grandes contingentes indígenas se estaban concentrando en torno a la ciudad, con el objetivo de iniciar el asedio.
Durante el regreso, la columna de caballería fue acosada constantemente por grupos indígenas, aunque logró entrar en el Cuzco sin ser aniquilada. Poco después, enormes fuerzas rebeldes ocuparon tanto los cerros como la llanura circundante, cerrando el cerco de la ciudad. Los campos quedaron cubiertos de guerreros y que, por la noche, las innumerables fogatas daban la impresión de un cielo estrellado.
Aunque los españoles obtuvieron una victoria táctica en Yucay, la batalla no logró impedir la rebelión general ni el posterior sitio del Cuzco. Fue uno de los combates más disputados hasta entonces, destacando la disciplina, armamento y determinación de las tropas incas. El enfrentamiento evidenció que la resistencia organizada bajo el mando de Manco Inca había alcanzado una nueva escala y eficacia militar.